CAPÍTULO XXXV #2
Cheryl me estaba provocando claramente para que perdiera la compostura y la agrediera. Tenía los puños apretados debajo de mis muslos, a buen recaudo. No había ninguna posibilidad de que me desahogara. Ella se las había agenciado para que eso no fuera posible.
—No me mires con esos ojazos azules sin pestañear o acabarás derritiéndome aquí mismo.
—¿Qué es lo que pretendes?
—Soy periodista, Arlene. Entenderás que en el fondo como todos nosotros solo quiero saber e informar de lo que sé.
—Tú solo eres una embustera y una manipuladora experta en jugar sucio que tiene como socio a la mayor sanguijuela de este mundo que es Paul Prenter.
—Dejemos aparte al irlandés ahora.
—¿Fue idea suya lo de pagar a ese atajo de taradas para acosarme o fue tuya?
—Las noticias nacen, se desarrollan y mueren, como cada maldita cosa en este universo. Es poco realista creer lo contrario. En breve tu romance con Freddie irá perdiendo fuelle hasta no importar absolutamente a nadie.
—Tú sabes perfectamente que entre Freddie y yo no hay nada de lo que has escrito en tus sucios artículos. ¿Es que te has acabado creyendo tus propias mentiras?
—¿Qué no hay nada? Vamos, a otro perro con ese hueso. No eres la primera mujer ni la última que se vale del bache matrimonial de su mejor amiga para probar suerte. Es algo muy común. Además, ¿quién se iba a resistir? Tienes a quien te apetece, ¿no? Es fácil para ti.
—Solo ves lo que tus viciosos ojos quieren ver, lo que resulta rentable para tu monstruosa mentira. Estás jugando con la vida de la gente como si nada. En algún momento tendrás que caer tú también.
—Me manifiesto culpable de tener ojos y observar con ellos. Si quieres denominar simple amistad a una atracción arrolladora estás en tu derecho de defenderte así. Pero no engañarás a Cheryl Burgess. He absorbido cada uno de tus gestos. Tú no miras a Freddie Mercury como una amiga.
¿Cómo podía ser tan evidente para aquella sabandija esos sentimientos calientes como lava que a veces afloraban en mi mirada?
Pensaba que los tenía perfectamente a buen recaudo, que mi auto control era suficiente, que nada podía indicar en mi rostro esos a veces inoportunos pensamientos prohibidos con mi cantante favorito.
La sola constatación de que aquella alimaña lo tuviera tan claro, me hacía arder de furia.
—Yo entiendo vuestra historia de amor, en serio.
Sois dos auténticas bestias sexuales que ya no tienen que esconderse nunca más.
Se dice que el divorcio entre Elideth y él ya está firmado.
Tenéis vía libre para empezar lo vuestro.
Pero permíteme decirte que la discreción brilló por su ausencia cuando te colaste en la suite de Freddie como una gata en celo.
—Soy parte de su personal de seguridad. Yo no me cuelo en los sitios.
—No es lo que tengo entendido. Al parecer os liberasteis de una manera bastante rotunda aquella mañana en Rio de Janeiro.
—No voy a seguir desmintiendo tus mentiras, Cheryl. Mi conciencia está limpia.
—Me temo que alguien capaz de hacer lo que tú has hecho es todo menos alguien limpio. Eres una putita muy pero que muy sucia.
Los insultos eran su siguiente paso planeado para hacer que finalmente me desatara y la golpeara dentro de aquel taxi.
Sentía bombear mi corazón muy fuerte, mis puños apretados seguían clavándose al hueco detrás de mis rodillas hasta hacerme daño.
Pero Arlene Atkins no iba a jugar su juego de provocaciones.
Podía domeñar a la perfección mi deseo de matarla a golpes.
—Pero tan increíblemente sexy que duele hasta mirarte —acabó diciendo con esa voz ronca de fumadora tan peculiar que tenía desnudándome con sus vivos ojos oscuros.
No era posible que cada maldita mujer alrededor de Freddie me considerara deseable.
Barbara Valentin me hubiera llevado a la cama sin dudarlo, Nina y nuestro mutuo juego de poder casi me había llevado a la tumba y ahora la zorra de Cheryl Burgess.
Explotar mi ascendente sobre Nina fue una táctica peligrosísima pero muy efectiva para que se alejara de Elideth aunque en extremo arriesgada.
Ya no era la misma que cuando entré por primera vez en la misión con toda la ilusión por conseguir mis objetivos.
Con ese fino instinto para manipular y doblegar voluntades.
Cheryl Burgess no podía ser mi segunda Nina y jugar a ver si la podía enamorar como hice con Killer para derrotarla.
A pesar de mi éxito con aquella apuesta arriesgada a la que me sometí, las implicaciones emocionales fueron demasiadas y jamás la iba a poder expulsar de mi mente.
Sin duda se había llevado algo de mí. Supongo que la clave aún estaba en que no fui yo quien la logré matar.
Aún pensaba que si yo hubiera sido su verdugo, no me seguiría atormentando su recuerdo.
Hubiera saldado con mayor limpieza la misión cumplida.
Si yo me aliara con Cheryl y sabía que con un poco de tesón lo conseguiría, derrotaría a Prenter de un modo que él ni siquiera podía sospechar.
Robarle su aliada sería una gran humillación que estaría dispuesta a emprender.
Cercenaría su cooperación casi sin despeinarme.
Sería tan jodidamente fácil. Y una vez que la periodista comiera de mi mano, la podría asestar el golpe final tras haber derrotado a la serpiente Prenter.
No podía creerme que en cuestión de segundos hubiera ideado todo eso.
Arlene Mata Hari Atkins, ¿no?
—¿En qué estás pensando? —me preguntó de pronto Cheryl y fue como si volviera a la realidad.
—En auténticas locuras —respondí sin dudarlo.
—¿En matarme?
—Claro.
Cheryl echó la cabeza para atrás en una carcajada interminable. Ese cuello arqueado marcándose la tráquea con tanta claridad tuvo una atracción irresistible en mí. Sería tan fácil rompérselo de dos malditos movimientos.
—Stafford Terrace 12. Hemos llegado —anunció el taxista.
Fui a pagarle pero Cheryl, rápida como el rayo, le deslizó las libras sin esperar el cambio. Salió junto a mí al exterior. Pensaba que ella seguiría ruta pero no fue así.
—¿Por qué te apeas aquí? —me interesé.
—Iré andando a mi destino. No está tan lejos —volvió a encender otro cigarrillo, su forma compulsiva de fumar me ponía nerviosa—. Me ha sabido a poco nuestro encuentro.
—Eres una chica muy afortunada, Cheryl Burgess. Si hubiera un poco menos de luz, un poco menos de gente alrededor, puede que te llegaras a arrepentir de nuestro encuentro.
—Ohhhh, Dios mío. Sabes cómo poner cachonda a una mujer, ¿eh, pelirroja?
Volvió a reírse del mismo modo que antes. Arqueando el cuello hacia atrás. Tan cerca de mis manos fuertes y letales.
—Tómalo como quieras —dije dispuesta a subir las escaleras del hogar Mercury.
—Te lo repito, nuestro encuentro me ha dejado muy caliente e insatisfecha.
—Pues vete a aliviarte y déjame en paz.
—Sin duda lo haré pero antes toma mi tarjeta. Tú y yo tenemos más puntos en común que divergencias. Cuando quieras descubrirlo, llámame.