TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXXV
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CAPÍTULO XXXV

TAKE YOUR AIM

JIM

—Ven, acuéstate a mi lado.

No sabía por qué había acabado entrando en su habitación pero lo cierto es que estaba ahí.

Peter había regresado y estuvimos un rato charlando distendidamente los tres hasta que el leal asistente de Freddie supo que sobraba.

Se retiró con elegante discreción a adecentar el desorden que habíamos dejado en la cocina y mientras tanto Freddie me tomó de la mano llevándome al piso superior.

Le observé unos instantes allí recostado sobre la cama sin deshacer, dudoso.

Se despojó por la cabeza de la parte superior de su chándal y cimbreó con natural sensualidad su cintura en la cama.

Me quedé observando con fascinación aquella cintura extremadamente estrecha para un hombre.

Todos los hombres con los que había salido hasta el momento distaban mucho del aspecto físico de Freddie.

Sentí un deseo rotundo al mirarle ahí tumbado esperándome.

Tuve muchas ganas repentinas de quitarle el resto de ropa que llevaba puesta y tenerle totalmente desnudo solo para mí.

Tras volver a pedirme que me acostara a su lado, di unos pasos hasta la enorme cama.

No era timidez exactamente lo que sentía, era una mezcla de sentimientos extraña.

Por un lado me sentía insatisfecho conmigo mismo por no haber sido lo bastante tajante con él.

En aquellos momentos debería estar en mi casa intentando ponerme a salvo de su aureola de dominio sobre mí.

Pero por otro lado deseaba con mucha fuerza sentirle muy cerca.

Freddie se impacientó ante mi evidente indecisión y se sentó en la cama arrastrándose con sus rodillas hasta el borde.

Alzó sus grandes ojos de una belleza tan arrolladora y me sacó el polo de los pantalones.

Luego desató un botón y luego otro sin dejar de mirarme.

Le detuve. Nos miramos unos instantes sin hacer ningún otro movimiento.

Finalmente, me recosté sobre la cama con cuidado y Freddie con suma agilidad y naturalidad rodeó con sus largas piernas las mías.

Antes de siquiera enterarme lo que estaba haciendo, dejé sus pantalones a la altura de sus caderas y coloqué mi mano con placidez sobre su sexo por encima de la ropa interior.

Me sonrió con una inocencia que me encantó, tanto que encendió mis mejillas de vergüenza y deseo.

—Jim... —musitó agarrando mi mano como para impedir que siguiera desnudándole.

—¿Demasido deprisa? —le pregunté recibiendo un pequeño beso en mi labio inferior.

—En realidad no. Te deseo tanto...

Me estiró los brazos hacia la cabecera y deslizó mi polo por mi cabeza quedando mi tórax desnudo, colocándose a horcajadas sobre mí.

Me dejé acariciar durante mucho rato por aquellos preciosos dedos largos y elegantes.

Luego yo también le acaricié. Nuestras bocas se buscaron una a la otra juguetonas y expectantes.

Nuestros besos creo que podrían oírse a kilómetros de distancia chocando con alegría en toda la geografía de nuestros cuerpos.

—Tenemos que hablar... —me dijo de pronto despegando sus labios de los míos al fin.

Abrí los ojos y observé como descabalgaba de mí, recostándose de costado y arrebujando su cabeza sobre la almohada.

Yo también me recosté de costado, de modo que nos encontrábamos uno frente al otro.

Tan cerca que nuestras barbillas se tocaban.

No quería enamorarme de él, sentía que iba a ser una experiencia muy exigente para mí.

—¿De qué quieres hablar?

—Antes de seguir quiero que sepas algo.

—¿De qué se trata?

—Me gustas tantísimo que hacía mucho que no tenía tanto miedo de mis sentimientos por un hombre.

—Yo siento lo mismo por ti.

—Quiero ser sincero contigo y no ocultarte nada.

—¿Qué ocurre?

Tomó mis dedos y tras acariciarlos con cierta indecisión, se los llevó a los labios besando una a una la yema de mis dedos.

—Tengo esa enfermedad de la que cada vez se habla más.

—¿Qué enfermedad?

—Es un extraño virus que se ha alojado en mi cuerpo y que acabará matándome. No está claro cuánto tiempo pasará pero parece claro que así será.

—Pero, ¿qué estás diciendo?

—No tengas miedo. No se transmite besándote ni tocándote. Pero sí puedes infectarte si hay sexo con penetración y sin protección. Así que será mejor que seamos buenos porque no tengo un maldito condón en esta casa.

Me había quedado sin palabras. Ahora que lo decía había oído algo en cierta ocasión de una enfermedad que se estaba propagando a mucha velocidad sobre todo entre la comunidad gay de Estados Unidos.

Pero no conocía a nadie que se hubiera infectado entre mi pequeño círculo de amistades y quizá debido a eso nunca le había prestado demasiada atención.

—Pero no pareces estar enfermo. Es decir...

—No hay síntomas. Al menos durante los primeros años. El virus al parecer queda inoculado en el organismo y se mantiene hibernando hasta que se decide a destruir las defensas.

—¿Cuánto tiempo está hibernando?

—Depende de cada persona. Pero pasan unos cuantos años hasta que todo se descontrola.

—¿No hay ninguna medicación contra eso, para evitar que se descontrole?

—No. Aún no existe nada que cure esta enfermedad. Hay mucha confusión entre los científicos. Están intentando desarrollar una vacuna pero puede que pasen muchos años para eso.

Empecé a sentir un frío demoledor en todo mi cuerpo y cogí mi polo del suelo y me lo puse.

—Cariño... Lo siento, era lo justo decírtelo.

Noté sus labios besando mi hombro por encima de la tela y tuve al instante unas ganas de llorar inmensas. Mi garganta me ardía porque no era capaz de pronunciar palabra. Era yo quien debería decirle que lo sentía. No él.

—Jim, dime algo.

¿Qué quería que le dijera? ¿Qué acababa de romperme el corazón en mil pedazos?

Me incorporé de la cama y decidí salir de allí enseguida.

No podía soportar seguir a su lado. Necesitaba estar solo.

Necesitaba pensar y con él tan cerca no podía.

Solo serviría para enamorarme más y más de él y si antes tenía un montón de dudas, ahora se multiplicaban aún más.

Prefería perderle ahora a verle desintegrarse frente a mí. No estaba preparado para eso.

WISHFUL-THINKING∞

Me encaminé hasta el taxi que aquel amable hombre me había pedido para regresar a casa.

Miré a un lado y a otro como si alguien más fuera a vilipendiarme y a exigirme explicaciones.

La situación era bastante esperpéntica y decidí calmarme.

Había sido un hecho aislado de un grupo de fanáticas sin cerebro.

Mi vida no podía correr peligro simplemente porque fuera considerada el "nuevo coñito de Freddie Mercury".

Enrojecí hasta la punta de mi rojo pelo solo pensando en aquel apelativo.

¿Cómo era posible que mi vida ya suficientemente complicada se hubiera visto trastocada de ese modo?

Siempre que me pasaba algo bueno no tardaba en aparecer otra cosa terrible para que no me acostumbrara, para no darme un triste respiro.

La foto que se había repetido hasta la extenuación de ambos abrazándonos no era la manifestación pública de una deslealtad, éramos Freddie y yo recuperando nuestra amistad, reconciliándonos.

Por supuesto que había sido un abrazo largo, tan largo como todo el tiempo que habíamos estado enemistados, con juegos peligrosos fruto de la desesperanza.

Fue un momento excepcional para mí que se había convertido gracias a la maldad de la prensa en mi pesadilla. Nunca pensé verme en este fregado.

—¿Me permites compartir el viaje contigo? Yo pago.

Me volví cuando estaba poniendo una pierna dentro del vehículo para observar la figura menuda de Cheryl Burgess encendiendo un cigarrillo tras aplastar la colilla del anterior en el suelo.

Se coló a mi lado en el asiento antes de poder tener tiempo de cerrar la puerta en sus narices. La observé un instante mientras bajaba la ventanilla para expulsar el humo de sus ansiosas caladas. Fumaba con verdadera voracidad.

No me podía creer que aquella inmoral se atreviera a seguirme y acercar siquiera su rodilla a la mía.

Sabía perfectamente que en aquel taxi estaba a salvo, por fuerte que fuera mi deseo de estrangularla y acabar con su infecta vida, yo no iba a hacerla nada.

¿Su objetivo era provocarme para hacerme salir de mis casillas y conseguir un nuevo titular?

—¿Te encuentras bien? ¿Te llegaron a causar algún daño?

Sus ojos oscuros como la misma noche, maquillados de tal modo que parecían el doble de grandes, me radiografiaron el cuerpo en cuestión de segundos.

Parecía bastante evidente que no le preocupaba en exceso mi integridad física.

Pero lo que realmente me sorprendió fue la constatación de que ella estaba detrás de aquel "espontáneo acoso".

—No será posible ¿verdad? —la pregunté por fin.

—¿El qué, amor?

—¿Esa pandilla de taradas eran gente que previamente has pagado para hacer lo que han hecho?

—Algunas me consta que lo hubieran hecho gratis.

—Eres más hija de puta de lo que pensaba.

—Yo tampoco imaginaba que era tan fácil hacerte perder el control de tus emociones. Fue una sorpresa agradable.

—¿De qué estas hablando?

—Hablo de Prenter. ¿Sabes que le he comprado unas gafas nuevas, pelirroja destructora? No solo le llevaste al hospital sino que conseguiste lo inaudito, que Freddie le expulsara de su vida. Supongo que tienes que sentirte muy orgullosa de eso.

—¿Esto es una entrevista?

—No tengo ninguna grabadora activada. Cachéame cuanto quieras y compruébalo —sonrió lanzando la colilla por la ventanilla con media sonrisa burlona.

—¿Qué es lo que pretendes, Cheryl? Ya has tenido tu exclusiva. Ya has hablado hasta la extenuación del marido infiel y la amiga desleal. ¿Qué es lo siguiente?

—Tú. Tú eres lo siguiente. Ya te he dicho lo mucho que me intrigas, por no decir la de veces que me he imaginado contigo en diferentes posturas.