TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXXIV #2
90%

CAPÍTULO XXXIV #2

Por un lado estaba deseando trasladarme definitivamente a Garden Lodge pero por otro la pena me invadía las últimas veces que entraba allí.

Recordaba cuando Eli y yo lo visitamos el día de Navidad de hacía ya cinco años.

Cuando no era ni siquiera un proyecto de lo que había acabado siendo pero tenía en mi cabeza cada una de las cosas que quería hacer ahí dentro.

Había sido el regalo de Navidad para mi mujer y habíamos bromeado sobre la posibilidad de que jamás viviríamos allí si las obras se dilataban porque nos divorciaríamos mucho antes.

Parecía que eso sin duda es lo que pasaría.

Iba a estrenar aquel hogar en el que me había esmerado hasta el último de los detalles sin tomarnos de la mano uno al otro como siempre había imaginado que sería.

Seguía sin tener noticias de Elideth a pesar de aquel revuelo mediático y debía intentar asimilarlo cuanto antes.

Era su modo de decirnos que habíamos terminado y que pasara lo que pasara en mi vida ya no era de su incumbencia.

Sin embargo, aún me negaba a mí mismo ese pensamiento. Aún pensaba que en cualquier momento podría entrar por la puerta regalándome su sonrisa y su acento brummie acariciando mis oídos mientras sus suaves labios los rozaban.

—Freddie...

Dejé el arreglo floral que acababa de trasladar de un mueble a otro y me volví ante aquella voz masculina.

Observé durante unos instantes la figura de aquel hombre recortada en la puerta abierta de par en par.

El sol daba de lleno en su espalda y parecía irradiar luz a su alrededor.

Era como un ángel que alguien me acababa de enviar para decirme que no todo estaba perdido.

Me acerqué lentamente a él y observé su rostro confiado, seguro pero con cierto atisbo de inquietud. Era como si alguien hubiera guiado sus pasos hasta aquí sin saber muy bien cómo había llegado pero que no se arrepentía de encontrarse aquí.

—Jim... ¿Qué haces aquí?

—La verdad es que no lo sé muy bien.

—¿Es que has estado indagando sobre mi nueva casa?

—No se necesita indagar mucho. Solo abrir los periódicos y cada uno de tus pasos está ahí.

—Sí, claro.

—Supongo que alguien me ha tendido una trampa para acabar aquí. Pero he de admitir que no me arrepiento de haberme dejado llevar. Nunca habría hecho esto sino.

—Imagino que fue alguien con acento francés.

Jim sonrió sin responder. No hacía falta. Ya tendría mi conversación con mi petite artiste.

Me alargó unas fresias amarillas y quise agradecerle ese maravilloso detalle con un beso de tornillo pero sorprendentemente me contuve.

No estaba seguro de que mi forma impetuosa de actuar al final diera buen rendimiento a mi vida.

Sin pensarlo moví el arreglo floral de lirios rosas y coloqué el diminuto jarrón de fresias amarillas en la mesa central del hall de entrada.

—¿Qué te parece? —le consulté volviéndome a él que seguía en la puerta como si no se atreviera aún a entrar.

—Quedaba mejor como lo tenías ideado antes —me dijo con total honestidad.

Me eché a reír. Lo cierto es que tenía razón.

Aquella majestuosa mesa de brillante caoba estaba destinada a tener arreglos florales un poco más exuberantes aunque no excesivos.

El jarroncito con las humildes pero coquetas fresias quedaría mejor en otro sitio.

Pero no estaba pensando en la decoración en aquellos momentos sino en agradecer su regalo.

—Queda perfecto donde está —sentencié—. ¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí como si fueras el repartidor?

Una de las cosas que más me fascinaba aparte de decorar era explicar el motivo de este o aquel mueble, de este o aquel color a todos mis amigos. No estaba seguro de que fuera igual de fascinante para ellos.

Pero Jim me observaba con mucha atención todo el tiempo y parecía genuinamente interesado por mis explicaciones.

—Salgamos fuera —le dije de pronto tras haberle enseñado toda la casa.

Mientras paseábamos por todo el terreno que circundaba la casa y le relataba mis proyectos para el jardín japonés con el estanque de koi y la construcción de un invernadero, le tomé de la mano por primera vez durante todo el trayecto.

Noté enseguida una chispa distinta en sus ojos cuando estábamos en el jardín. Parecía disfrutar de verdad.

—Me encanta la jardinería —me confesó al fin.

—¿En serio? ¿Quieres ser mi jardinero?

—No —me contestó.

—¿Por qué no?

—Estás bromeando, ¿verdad?

—Hay cosas con las que nunca bromeo.

—Gracias por tu ofrecimiento pero ya tengo un trabajo y me gusta mucho.

—Si temes que sea un mal jefe...

—Sé que no es así. Peter sólo habla maravillas de ti y además no creo que puedas ser peor que mi jefe pero...

—No quieres ningún vinculo conmigo.

—No sé, Freddie. Dijiste que cuando regresaras íbamos a hablar.

—Lo sé. Perdona. He estado muy...

—¿Ocupado? ¿Eso me vas a decir?

—Sí, por supuesto que ocupado pero no sé... quizás la palabra adecuada sea indeciso.

—Y sigues estándolo. La prueba es que he sido yo quien ha venido a por ti.

—¿No me dijiste que te habían tendido una trampa? No has venido por tu propia voluntad entonces.

—Pude echar a correr.

—Pero no lo has hecho.

—No, aquí sigo.

—¿Te vas a quedar esta noche? Di que sí.

—¿Me vas a invitar a cenar?

—Siempre que seas tú quien cocine.