TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXXIV
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CAPÍTULO XXXIV

PLEASE STAY A WHILE

AMANDINE

—Buenos días.

—Buenos días. Ahora mismo la atiendo.

Entrar en la peluquería del hotel Savoy era quizás mi mayor hito dentro de la misión.

De hecho aún no me podía creer que hubiera llegado este momento decisivo.

No me imaginaba que tuviera que tomar las riendas de aquel modo tan drástico y no estaba muy segura de mi éxito pero iba a intentarlo de todas las formas posibles.

Nadie podía decirle a Amandine Solís que se fuera a rendir a la primera de cambio.

Como siempre, me arrepentía de las lágrimas vertidas.

Solo me podía hacer feliz una cosa y era que todo saliera como yo había planeado.

Había aprendido a las malas que esta misión y la vida en general no funcionaban así.

Tus planes eran una cosa y lo que la vida te deparaba otra muy distinta.

Pero mis planes eran de todo menos egoístas.

Solo quería la felicidad para Freddie, la que efectivamente tuvo hasta su muerte con el hombre que se ganó su corazón.

La sola perspectiva de que apartara a Jim de su vida me hizo llorar, debí auto controlarme mejor.

Aunque Freddie se ponía muy nervioso viendo a alguien llorar y quería que se detuvieran sus lágrimas sin casi darlas opción a salir, él también me había enseñado que no había nada de malo en llorar y demostrar tu vulnerabilidad de vez en cuando.

Mi problema es que mi hipersensibilidad se multiplicaba dentro de la misión.

A todos los niveles. En mis explosivas discusiones con Wish, en mi forma de cuidar a Farrokh, en el modo en que Rudi entró al trote en mi corazón, en mi acentuado instinto de protección que me hizo exponer mi vida y mi salud mental.

Sabía que era fuerte y que había tenido agallas suficientes cuando así se requirió pero no podía luchar contra mi hipersensibilidad. Era una batalla perdida.

Si Freddie estaba hecho un lío y en estos momentos no sabía lo que quería de algo tendría que valer yo para hacerle ver el camino diáfano. Tenía que actuar.

El señor que se había dirigido a mí no era Jim y empezaba a temer que fuera su día libre o que simplemente ya no trabajara allí. Pero mis dudas se disiparon cuando le vi saliendo de una de las puertas interiores. Exhalé un suspiro de alivio.

—Hola, Jim —me acerqué a él intentando contener en lo posible mi emoción.

—¿Jacqueline?

Sonreí. No era capaz de memorizarse mi nombre pero eso no me importaba. Siempre y cuando fuera ese ángel el olvidadizo estaba perdonado.

—Amandine -le rectifiqué.

—Claro. Perdona mi mala memoria. ¿Qué te trae por aquí?

—¿Podrías hacer algo con mi pelo? Me ha crecido demasiado —me lo enrosqué dubitativa entre los dedos.

—¿Seguro? Yo no me lo cortaría en exceso. ¿A ver?

Jim se acercó y tocó mis mechones oscuros observando mi cabeza desde todos los ángulos.

Era curioso lo mucho que la misión me había ayudado a la hora de relajar mi actitud con respecto a que alguien me tocara.

Cada vez me encontraba más segura de mí misma a ese nivel a pesar de mi aún cercana experiencia traumática.

Sin embargo, aún a pesar de encontrarme durante semanas en una especie de nube de irrealidad después de haber vencido a aquel monstruo, tuve la necesidad inmediata y sorprendente de contacto físico.

La primera de todos con Wish a quien debía la vida y siempre estaría en deuda con ella y después toda la demás gente cercana a mí.

Sentirme tocada iba convirtiéndose cada vez más en algo que ya no suponía ninguna afrenta a pesar de haberme visto expuesta tan recientemente a horribles abusos.

Así que los dedos de Jim en mi pelo no eran ninguna amenaza. No me hacían vulnerable sino fuerte y segura de lo que me tocaba hacer ahora.

—Sabes que esto es una peluquería masculina, ¿verdad? —me sonrió Jim.

—Oh, claro. Es cierto. ¿Está prohibida mi entrada aquí entonces?

—Claro que no. Dame una cabeza sea masculina o femenina y sabré lo que hacer con ella.

—Me pongo en tus manos entonces. Puedes hacer lo que quieras con mi pelo.

—¿Estás segura?

Esa era una afirmación muy impulsiva por mi parte.

No podía teñírmelo de ningún color, no podía estirármelo ni rizármelo y por supuesto debía tener cuidado con esas tijeras porque no podía cortarme más de la cuenta.

Sí, mi pelo era como mi templo así que confiársele a alguien era un absoluto salto de fe.

Pero era Jim Hutton, ¿no? No podía soñar mejor peluquero para mi pelo.

—Solo espero que saltarte las reglas no te suponga un problema porque entonces me voy.

—¿Reglas?

—No sé, estamos en una peluquería masculina de uno de los hoteles más antiguos de Londres. Es todo como muy convencional, ¿no? Quizás cortar el pelo a una mujer no esté muy bien visto por tu jefe. Irreverente, es la palabra.

—¿Te confieso una cosa?

—Sí, por favor.

—Estoy hasta las pelotas de mi jefe y si no necesitara el dinero me habría ido hace mucho.

—¿Quieres utilizar la cabeza de esta chica francesa para plantar cara a tu jefe?

—Voy a hacer una excepción contigo. Pero no te preocupes, no creo que vaya a ser motivo de despido.

—Lo cierto es que es una peluquería preciosa y enorme. El sitio donde solían cortarme el pelo antes era como una caja de zapatos.

—Sí, es una peluquería con cierto prestigio.

—Entonces puede que el modesto sueldo de una niñera no pueda pagar tu corte de pelo.

—Veremos qué se puede hacer.

—Voy a pagarlo, ¿de acuerdo? No quiero ningún tipo de favoritismo solo por conocerte.

—Aquí soy yo el que manda así que si me apetece invitarte a mi corte de pelo lo haré.

—No, Jim, hablo en serio.

—Yo también. Vamos, déjate llevar.

—No me dejaré llevar mientras no me prometas que habrá ningún tipo de truco. Yo soy tu clienta y como tal te pagaré.

—Eres muy malpensada y muy terca también.

—Sí, las dos cosas.

Mi corte de pelo exigía pasar por la peluquería con mucha frecuencia aunque últimamente desde lo de Sally se habían visto trastocadas algunas de mis más arraigadas costumbres.

Me había crecido mucho. Lo único imperecedero y que jamás cambiaría era mi hábito de tocar el piano cada día.

Era una suerte que con Freddie al lado siempre tuviera esa posibilidad.

Pero había muchas cosas que habían cambiado desde aquella experiencia.

No soportaba la oscuridad cuando antes la necesitaba para tener un descanso óptimo.

Ahora con las sombras venía todo lo demás que quería olvidar como fuera.

Ya había dejado de intentar olvidarlo porque eso solo servía para traerlo a mi memoria una y otra vez.

Así que permitía que en algún momento esos recuerdos asolaran mi cerebro y luego desaparecían permitiendo que siguiera adelante.

Mientras Jim se abría paso con sus grandes manos fuertes pero muy suaves sobre mi pelo, me sentí capaz de volver a tomar las riendas de mi vida con soltura. En realidad a esto había venido a la misión, a devolver a Freddie lo que le pertenecía. Y este irlandés no podía escaparse.

—¿No vas a decir nada?

De momento solo podía observar aquella peluquería llena de hombres donde yo era la única clienta de sexo femenino y las miradas de todos ellos puestas en mí. No era muy agradable.

—¿Seguro que no estás arriesgando tu empleo por encargarte hoy de mi pelo?

—Te he dicho mil veces que no. Tendrás una opinión, ¿no?

Sí, la tenía. Jim era un excelente peluquero que había mimado mi cabellera excepcionalmente.

Había estado a punto de ponerme a roncar mientras me lavaba la cabeza, nutría mi pelo y me la masajeaba.

Había dejado mi pelo suave y lleno de volumen, se había pasado un centímetro que otro con las tijeras pero ya estaba perdonado.

Sí, me veía muy guapa. Con el pelo refrescante rozándome la punta de la barbilla.

—Me has cortado un poco demasiado.

—Lo siento, aproveché que cerraste los ojos un momento. Creo que has nacido para llevar este corte de pelo y no otro. Pero le tenías algo debilitado así que te vendrá fenomenal.

—Gracias. Hoy me gusto un poco más. ¿Cuánto es? Jim...

—Invito yo.

—Te dije que nada de trucos.

—No es ningún truco. Acéptalo sin rechistar y si quieres estar en deuda conmigo, me puedes invitar a una cerveza cuando quieras.

—No me gusta estar en deuda con la gente mucho tiempo así que me gustaría saldarla hoy mismo. ¿A qué hora sales de trabajar?

—A las seis.

—¿Quedamos a esa hora en la puerta?

—¿Me estás invitando a tomar algo para pagar tu corte de pelo?

—Algo parecido.

—Entonces creo que me tendrás que emborrachar, cariño.

Ser la casamentera oficial de Freddie y Jim era un sueño tan loco que aún no me creía que estuviera a punto de hacer algo parecido.

No era la mujer más romántica del mundo pero creo que ellos dos eran el romanticismo personificado y debía cooperar para ponerlo en marcha y hacer que todas las tontas dudas de mi cantante favorito se disiparan de una maldita vez.

Así que ahí me encontraba esperando a que Hutton saliera de la peluquería con el taxi preparado para acercarnos hasta Garden Lodge, donde se encontraba en aquellos momentos Freddie echando un ojo a las últimas obras de restauración.

Me parecía el sitio idóneo para que reemprendieran con buen pie la relación que se había interrumpido injustamente.

—¿Adónde vamos? Hay un pub cerca que está muy bien —me preguntó con su naturalidad habitual Jim tomando asiento en el taxi.

—Yo conozco un sitio mejor.

—Amandine, con un par de cervezas queda saldada nuestra deuda.

—Quiero saldarla a mi modo.

Jim no hizo más preguntas, parecía confiar en mí.

Al fin llegamos frente a la puerta verde y el muro de ladrillo.

Le miré de arriba abajo. No necesitaba ningún adorno.

Llevaba puestos unos vaqueros, una camiseta con los botones abiertos y unas deportivas.

Estaba perfecto y olía endiabladamente bien.

Pero yo había pensado en un detalle adicional. Unas fresias amarillas.

FREDDIE