CAPÍTULO XXXIII #2
—No quiero hablar mal de la madre de tus hijos porque tú la amas demasiado, con un amor que nunca entenderé. Pero te ha roto el corazón muchas veces. Os amáis mucho pero como pareja no funcionáis. Creo que ella ya lo ha entendido, solo falta que lo entiendas tú.
WISHFUL-THINKING∞
Nina me había acompañado durante meses y meses en cada una de mis malditas noches.
Ni uno solo de los muertos que formaron parte de mi vida en mis veintiún años en las guerras, fueron capaces de apropiarse de mis terrores nocturnos como ella.
Y cuando al fin parecía que había recuperado un ciclo de sueño más o menos razonable, llegó mi maldita enfermedad y ahora este asombroso lío que había formado Cheryl y compañía.
No era capaz de dormir más de dos horas seguidas, el resto de la noche tenía los ojos abiertos de par en par perdidos en la oscuridad.
Y había muchas cosas en las que pensar cuando no pegabas ojo.
Mi enfermedad y mi ex marido, la enfermedad y segundo embarazo de Eli y su dulce inconsciencia de nuestro turbulento pasado, los posibles siguientes movimientos de nuestros enemigos.
El Daily Mail y la princesa de la mentira llamada Cheryl Burgess se habían encargado de caldear el ambiente apropiadamente para que ninguno de sus ávidos lectores olvidara que yo era la furcia oficial del reino de su Majestad.
En el pasado Eli se había convertido en la novia de todo el país y yo en la mayor puta de los contornos.
Era increíble cómo esos periodicuchos abominables y las malvadas plumas que los rellenaban podían tener tanta influencia sobre la población.
Elideth tenía tanto lovers como haters a lo largo del país desde el momento en que empezó a aparecer en el papel couché pero era curioso como incluso los que más la podían odiar, ahora la defenderían hasta la muerte al verse expuesta a esta vergüenza.
Mi relación estrecha tanto laboral como personal con ella era tema de conversación y por tanto mi affair con Freddie era doblemente nauseabundo.
Moralmente reprobable. Tenía gracia. Los campeones de la inmoralidad se rasgaban las vestiduras conmigo.
Freddie me prohibió terminantemente ejercer como su personal de seguridad para no verme expuesta en estos primeros momentos.
Lo cierto es que habría sido un completo circo y accedí a ello solo por su bien.
Me soliviantaba que mi vida se viera manejada por esa pandilla de indeseables mentirosos.
No podía seguir encerrada en Stafford Terrace o acabaría tirándome por la ventana.
Decidí salir a la calle desobedeciendo las indicaciones de Freddie y todos los demás. No iba a permitir que me condenaran a un encierro que acabaría por hacerme enloquecer y me aferraba a mi equilibrio con uñas y dientes. Esta escoria no podía hundir a la teniente Atkins.
Era un espíritu libre pero no idiota. Me cercioré que no había ningún paparazzi alrededor de Stafford Terrace o barrios aledaños aunque sabía que eso era ciertamente difícil de conseguir. Eran escurridizos como ratas de alcantarilla.
Estaba demasiado centrada en no encontrarme a la prensa y no reparé que el pueblo británico podía ser a veces cien mil veces más mezquino que los propios periodistas.
Las guerras siempre las ideaban los mismos pero los que entraban a luchar siempre eran los pobres ciudadanos analfabetos y manipulables.
Supongo que era demasiado pronto para exponerme de ese modo tan temerario.
El precio de la libertad siempre había sido elevadísimo para mí.
Sin tener tiempo ni siquiera de reaccionar me vi rodeada de un montón de mujeres que parecían dispuestas a lincharme.
Solo había entrado a una tienda a todas luces vacía y tranquila y en cuestión de nada, me encontraba siendo engullida por todas ellas.
—¿Cómo se puede ser tan zorra de engañar a tu amiga de ese modo tan rastrero?
—¿Dónde está Eli? ¿Es que acaso te la has cargado? ¿Por qué hace meses que no se la ve?
—Eres una pedazo de guarra y te mereces la muerte.
—Alguien debería volarte la tapa de los sesos.
—Eres una vergüenza para todas las mujeres británicas.
—Lárgate a América y no te inmiscuyas en su matrimonio.
No dejaban de lanzarme imprecaciones una tras otra mientras cada vez me sentía mas acorralada por ellas.
Eran como malditos perros de caza y lo que intentaba era salir de aquel círculo maléfico que habían formado en torno a mí.
Quizás la derecha hubiera sido sacar la Glock que siempre llevaba conmigo, lanzar un disparo al techo y conseguir así ahuyentar aquel grupo de cuervos apestosos.
Pero eso no era lo más acertado. Esto no era un western aunque a veces lo parecía.
Intenté abrirme paso con discreción no respondiendo a uno solo de sus agravios pero el grupo parecía cerrarse más en torno a mí. No podía entrar en sus provocaciones pero la cosa se estaba complicando y era demasiado orgullosa para pedir ayuda. No la necesitaba, solo que esta locura se detuviera.
Mi experiencia me decía que en casos tales de acoso, lo natural era que el ser humano fuera retroalimentándose en su espiral de violencia. Creían de verdad que necesitaba un escarmiento.
—Puta pelirroja del demonio.
Una de ellas me tiró del pelo y al ir a defenderme metiéndola un codazo el resto me derribaron en el suelo y empezaron a pegarme patadas.
Por suerte no tardó en presentarse el encargado y pudo hacerse cargo de la situación.
Aquella jauría se dispersó milagrosamente y el tipo muy amable me ayudó a incorporarme del suelo y se interesó por si tenía alguna herida.
Solo tenía un arañazo en el cuello pero nada de importancia.
Solo me encontraba abrumada de lo que se había montado en apenas unos minutos.
Me sentía como esos violadores o asesinos en serie que son atacados por el pueblo a la entrada de los juzgados.
—Intente no exponerse tanto, señora. Le pediré un taxi para que la lleve con seguridad a casa.
—Muy amable. ¿Usted también cree que merezco la muerte?
—Yo no pero mi mujer sí.
—¿Todas las mujeres de Reino Unido se han puesto de acuerdo para odiarme?
—Si es verdad lo que el Daily Mail dice...
—El Daily Mail miente. Siempre.
—Entonces la compadezco pero créame, una mentira repetida millones de veces acaba convirtiéndose en verdad.