CAPÍTULO XXXII
ON WITH THE SHOW
PRENTER
—De modo que es oficial. Has pasado a engrosar las listas del paro. Pobrecito mío.
Cheryl se enrolló con maestría su lacio pelo negro en un lápiz y observó con curiosidad las marcas de mi rostro. Empequeñecí los ojos.
—¿Disfrutaste mientras te golpeaba?
—Encontré lo que buscaba. Hacerla perder los papeles. Lo que sucede es que la ira de esa mujer no es de este mundo. Pensaba que iba de verdad a matarme.
—Qué sexy.
—¿Es todo lo que se te ocurre decir, rarita?
—Desde mi relación autodestructiva con Tracy solo he estado con hombres para olvidarla. Pero no me importaría seguir explorando mi parte lesbiana con esa belleza pelirroja.
—No me apetece oír sobre tus fantasías sexuales con ese monstruo. Ahora estoy preocupado por otras cosas.
—No te vas a morir de hambre. El señor Mercury te tendrá que pagar una generosa cantidad por año trabajado a su servicio. Te proporcionaré los servicios de mi abogado. Su minuta no es muy exorbitada.
—No puedo reclamar nada. Desde que Reid se desvinculó de ellos he seguido trabajando sin contrato.
—¿Todos estos años sin un contrato? ¿Qué clase de imbécil eres?
—Un imbécil enamorado supongo.
—Oh, Prenter. Has sido muy poco previsor. Olvidaste que estabas a las órdenes de una estrella de rock. Suelen ser volátiles y muy vengativos.
—Freddie no es nada de eso. Éramos grandes amigos.
—Encima le defiendes.
—Pretendo regresar de nuevo a mis funciones como si nada hubiera pasado. Aún no asimilo que ya no formo parte de su vida.
—Pues hazlo. Te echó de la gira. Te montó en un vuelo de dieciséis horas. ¿Qué tiene esa guardaespaldas pelirroja para conseguir lo que nadie antes ha conseguido? Debe ser un parque temático lo que tiene entre las piernas.
—¿Qué sabemos de Elideth?
—Absolutamente nada. Sigue sin aparecer y sin pronunciarse.
—No me lo puedo creer. Es el maldito toque de gracia para ella. Su mejor amiga tirándose a su marido y sabiéndolo todo Reino Unido. ¿Y ella no se inmuta?
—Yo tampoco doy crédito pero creo que Elideth ha aprendido mucho en estos años de trabajar mano a mano con la prensa. No va a hacer lo que se espera de ella. Quizás decida mantener un perfil bajo.
—¿Llamas perfil bajo a dejar que todo Reino Unido la trate como cornuda?
—A veces una mujer debe respirar hondo antes de abrir el pico, eso es todo. ¿Tú que sabrás?
—¿Y qué cojones va a hacer? ¿Es que ya le da igual todo? Son las dos personas que más quiere y la han traicionado.
—Quizás prefiera languidecer de pena en el rincón oscuro al que se ha trasladado.
—Eso no me cuadra en absoluto.
—¿Y qué te cuadra? ¿Qué utilice los medios que tan bien conoce para vengarse a su modo de su infiel marido?
—Eso sería magnifico. Verdaderamente.
—Eso solo sucederá en tus más locos sueños.
—Puede que incluso el entorno de Queen se plantee querellarse contra vuestro periódico y más concretamente contra ti.
—Pues que lo hagan. Si cosiera uno a uno cada aviso que el juzgado me ha hecho para citarme a juicio, me podría hacer un vestido de cóctel con todos ellos.
Es tiempo y dinero perdido. Tienen un abogado demasiado astuto manejando sus asuntos para hacer eso.
No se embarcarán en algo así. Nunca lo han hecho.
—Quiero ver a Elideth mordiendo el polvo. Necesito verla destruida. Las cosas no están saliendo como quería.
—Ahora hay mucha curiosidad sobre Arlene Atkins. Todos quieren saber qué se esconde detrás de esa leona de melena pelirroja. ¿Quién es la mujer que ha desplazado a Elideth Mercury en el corazón del cantante? ¿No es emocionante?
—Cuando esa furcia regrese de Australia y Japón habrá cesado de ser relevante.
—Creo que hay algo mucho más potente detrás de esas dos mujeres. Quizás pudiera hacer por primera vez en mi vida periodismo serio. Periodismo de investigación.
—¿De qué hablas? Tú eres la mayor mentirosa del planeta tierra. Periodismo amarillista, en eso eres brillante. Solo tienes que inventarte algo jugoso cada semana. Tus lectores te lo están demandando. Hazlo y déjate de chorradas.
—Mis lectores te importan una puta mierda. Me lo demandas tú.
—Tenemos un trato y de momento lo único que he sacado en claro es una paliza y un despido.
—Tendrás que alimentarte con tu propio odio, Prenter. Hay cosas que requieren tiempo.
—No tengo tanto tiempo.
—Yo sí necesito tiempo para trabajar en esto.
Quiero saber todo sobre Arlene Atkins. Quiero saber todo sobre su pasado.
Si sus padres la querían o si por contra fue una pobrecita niña descarriada.
Cuántos novios y novias ha tenido y lo que opinan de ella.
Si suspendía o si era una alumna aplicada.
Cuántas cosas reprobables ha podido cometer y cuánta gente la odia.
Quiero sacar a la luz todas sus miserias.
Creo que hay mucho que contar sobre ella.
—¿Ese es tu periodismo de investigación serio?
—No quieras hacer las cosas tan rápido. Ahora eres un apestado y te quedan pocos apoyos. Ya no eres una influencia para Freddie. Deberías hacerte fuerte de nuevo de la única manera que sabes.
—¿Cuál?
—Vengándote. Y para eso esta aquí mamá Cheryl. Para cuidar de ti.
—¿Cuidar de mí?
—Supongo que andas corto de fondos, ¿verdad? No te preocupes. Las gafas que necesitas te las costeo yo.
—Muy graciosa. Mi vida se desmorona y tú solo haces chistes.
—¿Dónde está tu sentido del humor? Olvídate de Freddie. Ese ya no es un recurso que esté a tu alcance. No recuperarás lo perdido. Pero en tu mano está reírte el último.
—Pues para reírme a gusto lo que de verdad necesito es mantener los rescoldos de esta noticia bien vivos. Quiero que cuando regrese los medios conviertan su vida en un infierno.
—Descuida. Me ocuparé de eso. Pero debes ser paciente. Ya sabes cómo soy. Me encanta fabular pero aún me gusta más rastrear.
ELIDETH
La chica sencilla de Birmingham que tuvo que aprender a marchas forzadas a defender y defenderse y que se vio atacada mil veces y al final tuvo que atacar, seguía encontrándose desubicada.
Esta vida tranquila sin sobresaltos, sin enemigos, sin traiciones ni corazones rotos ya no era mi vida.
Ser espía en un viaje en el tiempo me había cambiado.
No mi corazón, mis sentimientos, lo que era yo en esencia pero sí mi actitud ante la vida.
Mi objetivo era pasar toda la gestación y algunos meses más hasta que todo se pudiera estabilizar, en el siglo XXI.
Estaba atravesando por mi sexto mes. Tenía la barriga más perfectamente redonda del universo, era tan hermosa estéticamente hablando que la observaba durante horas mientras emprendía largas conversaciones con mi futuro hijo.
A simple vista nada podía indicar por mi aspecto que era una seropositiva.
Mi piel estaba más suave y luminosa que nunca, comía y comía prácticamente a cada momento del día y mi organismo parecía haber aceptado bien la ingesta de antirretrovirales.
Me forzaba a mí misma a levantar el ánimo porque recordaba el agitado anterior embarazo con Farrokh y debía aprovechar la oportunidad de estar fuera de aquella montaña rusa para llevar por primera vez una gestación pacífica y sin sobresaltos. Sería bueno tanto para el bebé como para mí.
La sensación de no pertenencia a la que había sido mi vida pre Turn back the Time era muy difícil de llevar.
Todo lo que me rodeaba contribuía a mi felicidad; mis padres, Álex, Fooling al que visitaba con frecuencia.
Sin embargo, nada de eso me llenaba del todo.
Verme privada de mi hijo resultaba ser uno de los mayores dolores que había experimentado nunca.
Era prácticamente un dolor físico, en extremo agudo y cruel.
Distinto a cualquier otro. Le echaba de menos en cada momento del día.
Estar alejada de Freddie y Wish también me destrozaba.
No solo porque me eran indispensables sino porque compartíamos la misma maldita plaga y quería saber cómo se encontraban.
Si Freddie ya tomaba la medicación y de ese modo nos garantizábamos que podríamos controlar el desenlace fatal.
En realidad la más damnificada de nosotros tres había sido Wish que llevaba infectada casi tres años sin poner ningún freno al virus.
Confiaba en que no hubiera sido demasiado tarde para ella. Para ninguno de nosotros.
La carga aún no es indetectable, me había comunicado la doctora.
La clave de todos mis frecuentes chequeos era comprobar que al fin eso se lograba pero estaba resultando complicado.
Debía tener mucha carga viral y a pesar de que me había puesto con el tratamiento desde el primer momento en que supe de mi embarazo y enfermedad, siempre dejándome guiar por el equipo médico, el proceso estaba siendo lento.
La doctora intentaba que no me viniera abajo cada vez que salía de su consulta con esa frase lapidaria que me pesaba como una losa.
Decía que aún había mucho margen para conseguirlo y que si no se conseguía mi decisión de una cesárea programada sería una de las garantías de no trasmisión.
Todo era incierto. Lo único seguro es que el virus asesino estaba dentro de mí, al igual que mi hijo y que sobrepasaba aún con mucho las doscientas copias de VIH en mililitro de sangre.
Sí, aún tenía tres meses de margen pero también era cierto que habitualmente cuando tomabas con regularidad los antirretrovirales solías conseguir la carga indetectable con comodidad en los seis primeros meses de tratamiento.