TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXX #3
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CAPÍTULO XXX #3

Eso me llevó, cuando las cosas se pusieron realmente difíciles y temía por la salud mental y la integridad física de nuestra heroína, a ofrecerme voluntaria para ayudar.

Era una llamada al deber de la teniente Elejalde.

Por supuesto que me hubiera encantado ser yo Elideth Polley, el ángel de la guarda de Freddie.

Pero una vez que ella no solo era la líder indiscutible de Turn back the Time sino que se las había arreglado para conquistarle de aquella forma, no había ninguna duda para mí de que el objetivo era salvaguardar ese logro.

Lancé mi órdago y tuve suerte logrando introducirme en la misión y al son de mi complicada y tensa relación con Nina, Eli y yo nos convertimos en una sola persona con los mismos fines.

Mi "amor platónico" por ella se convirtió cuando fui parte activa en amor verdadero.

Ella se convirtió en la hermana pequeña que yo nunca había tenido y ella me había manifestado muchas veces que me veía como su hermana mayor.

Éramos tan potentes juntas, estábamos tan compenetradas que no existía ninguna fisura que amenazara nuestra amistad.

Cuando Amandine entró en escena ardí de celos solo de pensar que aquella diabólica francesa, aquella outsider con ideas diametralmente opuestas a las mías, pudiera hacerme sombra en mi amor por Eli.

Mi instinto de protección se exacerbó hasta extralimitarme en muchas ocasiones.

Era el modo más certero que tenía de demostrarla mi amor y mi fidelidad.

¿Lo que Amandine Solís no pudo lograr lo iba a conseguir una puta foto desenfocada?

PRENTER

Aquel anticipo que me envió Cheryl hizo que se me olvidaran todos mis achaques. Ya no me sentía un hombre enfermo sino alguien lleno de una fuerza portentosa. Ser capaz de manejar con soltura las vidas de la gente me excitaba salvajemente. Daba sentido a mi triste vida.

Al final gozar de la confianza de Freddie siempre se demostraba un platito de comida que no me saciaba.

El sexo furioso con jovencitos solo suponía gozo hasta que eyaculaba dentro de ellos, en el momento en que me subía los pantalones y les pagaba, la oscuridad volvía a cernerse.

Así hasta la siguiente vez en una hilera interminable de relaciones fugaces. El vacío nunca desaparecía de mi vida.

Solo me había enamorado una vez en mi vida y había sido de un imposible. Con los años la amistad y la confianza que el persa había depositado en mí me satisficieron y colmaron en parte mi ego, pero eso no era bastante. Yo también tenía un corazón y tenía sus propios apetitos.

Tardé muchísimo en demostrar de forma física mi amor por él y cuando su respuesta fue un rotundo aunque educado rechazo, algo dentro de mí murió.

Sabía que mi rival en su corazón era Elideth y eso me enervaba.

Podía aceptar a cualquiera de sus novios pero ¿una maldita mujer?

¿Por qué Freddie seguía insistiendo en ser quien no era?

Nina había sido la ejecutora de todas mis fantasías el tiempo que machacó la vida de aquella rubia trepa.

Yo observaba en la sombra como en ciertos momentos sus vapuleos la habían llevado hasta el mismo límite.

Mis anhelos se vieron colmados mientras Nina formó parte de mi vida.

Pero una vez que ella había sido asesinada impunemente y sabía que había sido nuestra mayor enemiga, ya no había posibilidad de freno.

Me quedara lo que me quedara de vida, lo iba a dedicar a hundirla en el mismo fango.

—Rata de cloaca inmunda y apestosa. Al fin solos.

Oí la puerta cerrarse y me di la vuelta para encararme a aquella pelirroja. No era particularmente mi enemiga aunque se trataba de alguien tan importante para Elideth que las consideraba una misma cosa. Una misma y asquerosa cosa.

Apenas tuve tiempo para hacer nada. Me dio una formidable patada en las pelotas que me nubló la vista durante unos segundos. Cuando pude volver a enfocar la visión, me vi arrastrado por la cintura de los pantalones y arrojado contra la pared.

Sentía un dolor inhumano en mis genitales y eso me impedía ni siquiera defenderme de sus grandes manos llenas de pecas que me agarraron unos mechones de la cabeza y estrellaron mi cara contra la pared.

Noté cómo algo se rompía. No sabía si mi nariz, si algún diente. Estaba claro que me había roto algo.

—Voy a matarte pero antes quiero convertir tu cara en una hamburguesa picada, hijo de puta.

Siguió estrellando mi rostro contra aquella pared. Mis gafas volaron por los aires hechas un amasijo y recibí golpe tras golpe en cada uno de los huesos de mi rostro. Iba a perder el conocimiento de un momento a otro cuando de pronto apareció alguien que detuvo aquel despliegue de violencia.

—Arlene, joder. ¿Qué es lo que estás haciendo? PARA. QUE PARES.

—Lárgate. Esto no va contigo, Amandine. Esto es entre este cabrón malnacido y yo.

¿Amandine? ¿Aquella francesa reprimida tan asquerosa como la pelirroja iba a salvarme?

—Déjale, por lo que más quieras. Sea lo que sea así no conseguirás nada.

—He dicho que te esfumes de aquí.

—¿Qué ha pasado para justificar lo que estás haciendo? Has perdido la maldita cabeza.

Aquella bestia de pelo rojo al fin me soltó y me arrastré reptando por el suelo. La sangre brotaba de mi ceja reventada. Casi no podía ver, casi no podía caminar, pero me las arreglé para escapar.