TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXIX #2
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CAPÍTULO XXIX #2

—¿Quieres que me meta a la cama contigo? —pregunté finalmente alzando la ceja.

—¿Por qué lo dices con ese tono? Yo no he hecho nada. Solo estaba durmiendo, me has despertado y yo no te he ido a buscar.

Sus palabras enrojecieron mis mejillas. De vergüenza y de ira. Ira y vergüenza siempre en colisión.

—Tienes razón. Ya me voy.

—Oh, por favor. No seas tonta. No te estoy echando. Quisiera despertarme todos los malditos días de mi vida como lo he hecho hoy. Contigo cerca.

—Toda la culpa es mía. En realidad sólo lo hice para ahorrarle un viaje a Peter. Está ocupado haciendo las maletas y con mil encargos distintos.

—Phoebe siempre está ocupado. Cuando sea famoso y rico quiero tener alguien así para que se ocupe de mis cosas.

—Solo existe un Peter Freestone en este mundo.

—Es cierto.

—De todos modos tú ya te has hecho famoso anoche. Según tengo entendido hubo alguna enfermera que te pidió un autógrafo.

—¿A mí? No, solo me dejaron usar el teléfono.

—¿Estás seguro de que no hubo alguna que te coló su número de teléfono en el pantalón?

—Si quieres puedes buscar tú misma en mi pantalón. Si no te fías de mi palabra.

—Estaba bromeando. No es asunto mío con quién decidas divertirte.

—Yo también bromeaba con lo del pantalón.

—Ninguno de los dos tenemos mucha gracia, ¿no crees?

Sonreímos obviamente nerviosos. Rudi estaba deseoso de imprimir cierta normalidad a nuestra relación de amistad, una amistad que en ningún modo podía forzarse y que a mí me producía cierto estrés.

Traspasar las líneas de la amistad, querida Amandine.

Eso es lo que estás haciendo quedándote ahi. ¡Fuera, por favor!

—Aunque sé que es tu obligación como director y que no hiciste nada extraordinario, me pareció muy bonito el detalle de querer acompañar a la chica al hospital. Probablemente cualquier otro director hubiera delegado en algún miembro de su equipo.

—Soy demasiado controlador para delegar en nadie.

—Lo sé.

—¿Por que has entrado aquí? Y no me digas que para ayudar a Peter.

—He entrado para ayudar a Peter y me mantengo en lo dicho.

Ahí estamos, tontita. El te está retando como acostumbra. ¿Qué vas a hacer ahora?

—No es buena idea engañarse a sí mismo, Amandine. Al final te acabarás sintiendo mucho peor.

—Solo vine a dejarte la comida. Fuiste tú quien te despertaste.

—Me despertaste tú. ¿Sabías que me puedo despertar con el zumbido de una sencilla mosca?

—No, no lo sabía.

—Y tú entras en cólera si te despiertan. Qué bonito, ¿no?

—No entro en cólera. Solo me molesta que perturben mi sueño. Hay pocas cosas que me gusten tanto como dormir.

—Sabemos muy pocas cosas uno del otro, ¿no te parece? Somos un par de amigos un tanto extraños.

—Yo sé mucho de ti.

—¿Ah, sí? Que dirijo video clips musicales.

—Sé que tu apellido es esloveno, que naciste un 5 de febrero de 1958 así que tienes mi misma edad, naciste y te criaste en el distrito 9 de Viena y has estudiado tres carreras aunque solo terminaste la de periodismo.

—¿Cómo sabes el origen de mi apellido?

—Sé muchas cosas de ti, Dolezal.

—Y yo no sé casi nada de ti. Hay un pequeño desequilibrio ahí, ¿no crees?

—Sí, sin duda le hay.

—Entonces, ¿en algún momento vamos a encontrar el equilibrio tú y yo?

—Va a ser muy complicado.

—A mí no me lo parece. Tan solo se requiere que tires unos cuantos ladrillos de esa pared en la que te has fortificado contra mí.

—¿Fortificarme? Hiciste pedazos mi fortificación. ¿De qué hablas?

—Hablo de que esa Amandine sin ningún chaleco antibalas probablemente fuera la verdadera Amandine. Y deberías ser lo bastante valiente para dejarla expresarse como ella quiere.

—Te aseguro que esa Amandine es alguien débil y despreciable por el que siento asco. Perdí el control de mí misma y me odié por ello. Aún me odio.

—¿Justo como ahora entrando en esta habitación? ¿Has perdido también el control y te has asqueado de ti misma lo suficiente?

—Está bien. Me voy a ir.

Rudi saltó de la cama como un rayo y de dos zancadas me impidió alcanzar la puerta. No me tocó ni un pelo porque estaba dispuesta a sacudirle si lo hubiera hecho y él lo sabía. Nos desconocíamos y nos conocíamos de un modo ciertamente extraño.

—¿Sabes que es la misma habitación donde fuiste mía, donde fui tuyo?

—Sí, lo sé.

—Y aquí estamos otra vez. Juntos.

—Déjame salir. Por favor.

—Si no hubieras entrado ahora no tendría que retenerte.

—Apártate de la puerta.

—Yo no soy tu enemigo, cariño.

—Ahora lo estás siendo.

—Porque quiero que me digas la razón por la que has vuelto a la habitación donde fuimos felices. ¿Es eso lo que buscas? ¿Volver a respirar esa felicidad?

—Tú probablemente fueras feliz consiguiendo cumplir tus fantasías pero para mí al final solo supuso una inmolación, una traición a mí misma y a mi esencia.

—Tú también cumpliste tus fantasías aquella noche. Fuimos un maldito equipo.

—Mi fantasía no era sentirme la mujer más infeliz del mundo.

—Lo sé, te puse al borde de tu primer orgasmo y nunca pasó. Lo siento. Deja que pueda cambiar eso.

A veces odiaba el modo tan natural en el cual aquel austriaco me enervaba. No estábamos hablando de sexo, hacía mucho que esta conversación se había alejado de eso. Su discurso simplista me dio ganas de arrearle un buen bofetón. Milagrosamente me contuve.

—Yo hace mucho que soy infeliz, Rudi y tú no has contribuido especialmente a mejorar mi situación.

—Maldita sea, dime entonces porque vuelves al lado de quien te hace tanto sufrir. DÍMELO.

—DÉJAME EN PAZ.

¿Por qué volvía a ir de nuevo en la dirección equivocada? ¿No me daba cuenta que estaba hecha trizas en más de un aspecto y que esta terapia de choque no iba a funcionar? ¿Es que no había aprendido ninguna maldita lección de mi enfermiza atracción por aquel diablo de ojos azules?