CAPÍTULO XXIX
THE LESSON WE HAVE LEARNT
FREDDIE
Al final la noche se había complicado un poco.
Una de las chicas, tras ser empujada accidentalmente demasiado bruscamente, se había golpeado muy fuerte la cabeza.
Ella seguía diciendo que se encontraba bien y que solo era un golpe pero Rudi insistió en llevarla él mismo al hospital más cercano para que la examinaran.
Darse un golpe en la cabeza era peligroso y aunque no notaras ninguna molestia en caliente, con el paso de las horas podían surgir riesgos muy graves como coágulos que complicarían las cosas.
Un inocente golpe en un lugar tan comprometido como la cabeza podía acarrear un desenlace fatal.
—Lo siento, Freddie. Tenemos que parar el rodaje. Regresa a casa y ya hablamos por la mañana y decidimos lo que hacer —me explicó el austriaco organizando a toda prisa algunas cosas para irse.
—No seas ridículo, cariño. Me voy contigo al hospital.
—Katya está bien. Solo es un chequeo para quedarnos tranquilos.
—Por eso voy, para quedarme tranquilo.
—Freddie, no creo que sea buena idea. ¿Sabes la cantidad de gente que hay en un hospital? Y te conoce todo el mundo aquí, te van a hacer sentir incómodo.
—Me la trae floja. Lo importante ahora es la salud de la chica.
—Puede que nos tengan lo que resta de noche en observación.
—Pues ahí me quedaré hasta que todo quede arreglado.
Mi cita con Jim cada vez estaba siendo menos apetecible y le conminé para que se fuera a casa y durmiera algunas horas antes de entrar a trabajar.
Una cosa era quedarse a ver el rodaje y otra acompañarme hasta un hospital.
Pero insistió en que no le importaba y volvió a complacerme.
Aquel sexy irlandés al que parecía que nunca podría tener a mi merced como yo quería, nunca era capaz de decepcionarme.
Muy al contrario, era una caja de sorpresas con ese aspecto inofensivo pero al mismo tiempo tan masculino.
Tan afín a mis gustos. En suma, tan apetecible.
La experiencia en el hospital fue como era previsible un poco molesta pero no distó mucho de alguna otra vez en que llevándome el tenedor a la boca alguien me había puesto un papel delante para que se lo firmara.
O cuando iba por la calle. Era un sitio público y ya me había acostumbrado a atraer la atención y a que la gente me pidiera autógrafos y fotos. Era parte de mi trabajo.
Estuvimos unas cuantas horas allí lo que supuso un trastorno para nuestros planes de rodaje.
A Rudi no le conocía nadie pero todas las enfermeras de los alrededores le miraban con ojos lánguidos y se las arregló para que una de las que estaban tras el mostrador de control le permitiera usar el teléfono a su antojo.
Aquel chico de pelo largo y ojos de angelote travieso había sido formado en música clásica pero tenía una innegable pasión por el rock and roll.
Había estudiado periodismo, ciencias políticas y derecho aunque lo que más le apasionaba era estar detrás de las cámaras.
Empezó en la industria del video a los diecisiete años y aparte de trabajar como freelancer para Kurier, Wiener y Basta seguía trabajando en la televisión.
Me encantaba tener a mi entera disposición a ese austriaco.
Era uno de los profesionales no solo que estaba más en sintonía conmigo sino que nunca parecía estresarse con los traspiés de un rodaje que solían ser muchos.
Una cosa era lo que se planeara y otra lo que al final saliera.
Y él nunca perdía los nervios. En una palabra era una persona fiable y sólida con la que quería trabajar siempre.
Y el detalle de insistir en ir al hospital con la chica no lo habría hecho cualquier director.
Siempre me gustaba rodearme de gente que tuviera buenos sentimientos. Y él los tenía sin duda.
Afortunadamente todo salió bien al final y Katya estaba perfectamente.
Cuando salimos del hospital, ya eran las nueve de la mañana y no sé cómo se las había arreglado Rudi pero teníamos la oportunidad de seguir rodando.
Era nuestra decisión si estábamos dispuestos.
Katya estaba lista para acabar su parte y yo por supuesto que también.
No sería la primera vez que me pasaba más de veinticuatro horas sin dormir.
—Cariño, para en el Savoy. Jim tiene que entrar a trabajar.
Nos miramos un poco desconcertados. Al final todos nuestros encuentros resultaban ser un pequeño momento de frustración. Nos gustábamos, eso era bastante evidente pero parecía que el destino se empeñaba en que no tuviéramos tiempo uno para el otro.
—Que tengas un buen día en el trabajo —le dije arreglando los cuellos de su camisa.
—Tú también. Procura no quemarte el pelo en lo posible.
—Me hubiera encantado acompañarte a la misma puerta de tu trabajo y darte un beso.
—No tientes más a la suerte, nos podemos dar el beso aquí a resguardo de posibles flashes.
—Mejor que no. No me fío.
—Está bien...
—No quiero que te fastidien tan pronto. No me gustaría irme y dejarte con un contingente de buitres a tu puerta cada día preguntándote por mí.
—Eso no me asusta, Freddie.
Clavó su mirada limpia en mí. Él no tenía ni idea lo que era el acoso al que te sometía cierta parte de la prensa de este maldito país, por eso se consideraba listo para soportar lo que fuera.
Pero sabía que eso no era justo con él si me iba a ir fuera tanto tiempo.
Le quería dejar lo más protegido posible.
—No sabes lo que dices, amor. La prensa me despedaza de continuo y también lo intenta con la gente que me rodea.
—¿Estás intentando ahuyentarme?
—Solo quiero protegerte. Tú eres ajeno a todo mi loco mundo y...
—¿Puedes dejar que yo decida eso?
—Siento haberte ofendido.
—No me has ofendido pero por muy ajeno que sea a tu mundo soy un hombre adulto y sé defenderme de lo que pueda sobrevenirme.
—Es curioso. Estamos discutiendo por algo que aún no ha pasado.
—Yo no estoy discutiendo.
—Sí, lo estamos haciendo. Y me gustaría seguir discutiendo cuando regrese. Porque vas a esperarme, ¿verdad?
Parecía como si fuera mi última obsesión. Tenía que esperarme. Pasara lo que pasara. Posé mis labios sobre su bigote sin poder aguantarme.
—Dijiste que nada de besos.
—¿Eso es lo que dije? No lo recuerdo —dije sintiendo la caricia de su bigote entre mis dientes.
AMANDINE
Me hubiera gustado disfrutar un poco más del rodaje de aquel video pero lo cierto es que según Joe me comentó todo se había complicado con el accidente de la chica y el rodaje se alargó hasta bien entrado el mediodía. Pero al fin estaba terminado.
Mis pasos se acercaron inseguros hasta la puerta y abrí con cuidado.
Entré casi de puntillas a la habitación y dejé la bandeja con el desayuno sobre la mesita.
Entrar de nuevo a esa habitación no fue una buena idea.
Los recuerdos acudieron a mí, cada uno de los minutos y segundos de la madrugada del 6 de septiembre de hacía siete meses.
Descorrí las cortinas de un sencillo tirón y me quedé mirando al exterior.
Había amanecido lloviendo copiosamente. El resbalar lento y sinuoso de las gotas en el cristal me dejó más tiempo del planeado contemplándolas, ensimismada.
—Guten Morgen.
Me di la vuelta y le miré. Ya estaba en la jaula del león otra vez y nadie me había empujado en ella. Yo solita me había metido. ¿Por qué lo había hecho?
—Bonjour —le respondí tímida, casi envolviéndome en la cortina, ridículamente.
Cuando me enteré que después de aquel accidentado rodaje, Freddie había insistido en que Rudi viniera a dormir a Garden Lodge, mi corazón empezó a latir de impaciencia y de muchas otras cosas.
La mayoría unas en conflicto con otras. ¿Por qué me convertía siempre en barro entre sus manos?
Tanto es así que cuando Peter quedó encargado de subirle algo de comer, no dudé en encargarme yo de esa tarea.
—¿Me has traído tú esta bandeja?
—Una de las aficiones de Freddie es asegurarse de que sus invitados no pasen hambre.
—Huele fenomenal. ¿Vas a quedarte todo el rato ahí envuelta en esa cortina?
Probablemente era lo que pretendiera. Enrollarme de tal modo que acabara desapareciendo en una espiral.
—Bien, te dejo. Guten Apettit.
—¿Es que te vas a ir ahora? ¿Me vas a dejar comiendo aquí solo? Odio comer solo. Hazme compañía.
—De acuerdo.
Era lo que deseaba. Sino, ¿por qué había entrado imprudentemente ahí?
Si uno quiere evitar quemarse, ¿no es lo más sensato alejarse del fuego?
Me gustaba pensar que casi todo lo que Freddie amaba, yo también acababa adorándolo.
Bueno, quizás con la excepción de algunas personas como Prenter, Barbara y Elideth.
Eso ya era disentir bastante con el cantante.
Freddie adoraba a Rudi y yo había consentido en ser su amiga.
Sin rencores, sin reproches, sin juegos.
¿A qué estaba jugando entrando en el lugar donde yacía semidesnudo?
¿Acaso era inteligente mi actitud una y otra vez con él?
Y lo que era más importante, ¿cuándo iba a dejar esta actitud inmadura que no iba a servir para nada más que para complicar las cosas?
Tomé asiento en una butaca a una distancia de la cama.
Tenía buena vista, desde allí tambien podía observar todo.
Su sonrisa traviesa, sus ojos adormilados, su pelo revuelto, su pecho desnudo.
Mi Yo irascible e indomable quería arrimar la boca a esa sonrisa, pegar mis pestañas a las suyas, peinar su pelo entre mis dedos y volver a acariciar con mi boca todo su pecho velludo.
El problema es que no había otro Yo que ese ahora en la habitación.
Mantener la distancia física se había convertido en una prioridad.
—¿Por qué te quedas ahí sentada a un millón de kilómetros? Parece que eres mi psicóloga.
Tenía gracia ese comentario. En realidad era yo la que necesitaba un psicólogo para que me explicara por qué había entrado ahí como si no hubiera otro lugar en toda la casa que mereciera más la pena.