TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXVI #3
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CAPÍTULO XXVI #3

Por supuesto nada sucedía al azar esa noche.

Había mandado a Amandine que se presentara en Stafford Terrace con Farrokh cuando hubiéramos acabado de cenar.

Necesitaba tener una cosa clara. Quería analizar el comportamiento de Jim delante de mi hijo y viceversa.

Era de suma importancia para mí. No quería que se repitieran las mismas discusiones que había mantenido con Winnie y que me habían roto el corazón en cierto modo.

Mi hijo era una extensión de mí y me encontraba muy ilusionado con aquel hombre.

Necesitaba ver si se sentía incómodo en presencia de un niño. Si era así, todo acabaría esa noche.

—Él se llama Jim Hutton. Esta es Amandine, la niñera de mi hijo y él es mi hijo Farrokh.

Amandine estrechó la mano de Jim con gran emoción en sus ojos. No recordaba cuándo los había visto brillar tanto. Quizás solo cuando tocaba una pieza al piano y le salía bien del tirón.

—Encantado, Amandine. Tienes un nombre muy bonito.

—Oh, gracias...

—Yo también tengo un nombre muy bonito —dijo de repente Farrokh y todos nos echamos a reír.

—Por supuesto, es un nombre precioso. Nunca le había oído antes —le dijo Jim revolviéndole aún más el pelo.

—Porque es un nombre de la India, ¿verdad, papá?

—Sí, cariño. Es un nombre parsi.

—¿Puedo quedarme a dormir contigo esta noche?

Eché una mirada a Jim intentando adivinar en él algún tipo de decepción pero no encontré nada que pudiera inquietarme. Solo observaba a mi hijo con inusitada dulzura y para mí eso ya fue suficiente. En realidad mi instinto no había fallado esta vez. Él no iba a romperme el corazón.

Por supuesto nunca podías hacer planes con un niño y no sabía si iba a decir en realidad esa frase pero afortunadamente la dijo y supe enseguida que eso no iba a suponer una discusión para nosotros.

—Lo siento mucho —dije por fin a Jim cuando estuvimos a solas. En realidad no lo sentía en absoluto—. Desde la ausencia de su madre nuestra relación se ha hecho mucho más fuerte y siempre insistía en dormir junto a mí en la cama.

—Lo entiendo. No pasa nada.

—¿Seguro? Supongo que pensabas que... ya sabes...

—Lo cierto es que desde que salí de mi casa esta tarde no sabía a lo que atenerme y... me lo he pasado muy bien. No tenía ninguna idea preconcebida.

—Yo sí... yo deseaba que esta noche pasara algo bonito entre nosotros en la cama —le dije seductoramente al oído—. ¿Tú no? Vamos...

—A veces es mejor que la vida te sorprenda y dejarse sorprender. No me obsesiona que los planes no se cumplan.

—Esta noche no habrá sexo en el hogar Mercury, ¿te sientes decepcionado?

—Freddie, déjalo ya. No me siento decepcionado para nada. Podemos quedar en otra ocasión, si quieres.

—¿Quieres quedarte a pasar la noche con nosotros?

Le estaba exigiendo mucho, lo admitía pero necesitaba poner toda la carne en el asador y ponerle a prueba. Su rostro un tanto confuso no era algo negativo, cualquier hombre se habría sentido raro con esa propuesta.

—Puede que a Farrokh no le guste compartir a su padre conmigo —soltó de repente con tímida sonrisa.

—Algo me dice que no le importará. ¿Y a ti?

—No, claro que no.

—Te aviso. Mi hijo ni siquiera cuando está dormido para quieto y puede que mañana amanezcas con algún que otro moratón.

Esperé pacientemente a que apareciera en su rostro algún signo de desagrado pero fue en vano. Este hombre parecía no impresionarse por las palabras. Cualquier otro hombre se hubiera sentido amenazado ante mi proposición. Eso seguro.

—No será para tanto.

Hubo una corriente inmediata de entendimiento entre Farrokh y Jim, mucho mayor de la que yo hubiera podido imaginar.

—Hueles muy bien —le dijo Farrokh, como siempre con esa espontaneidad fabulosa.

Jim y yo nos cruzamos una mirada de complicidad. Al parecer a mi hijo le gustaban las mismas colonias que a mí. Nos hizo mucha gracia esa coincidencia. Éramos gemelos en muchas cosas. Cada vez más a medida que los años pasaban.

—Tú sí que hueles bien, corazón —le contestó Jim y el corazón amenazó con salirse de mi pecho.

Todo estaba saliendo a la perfección, tan bien como para meternos los tres a la cama y que aquello fuera lo más natural del mundo.

Mi Burt Reynolds particular comenzó a contarle un cuento que mi hijo, como siempre, solo pudo prestar atención las tres primeras líneas antes de cerrar irremediablemente los ojos. Jim cerró el cuento sonriendo.

—No lo cierres. Léeme a mí el cuento. Estoy seguro que no me dormiré.

El irlandés se echó a reír casi sonrojado y tomé su rostro entre mis manos, atrayéndole a mí.

—Supongo que no pensabas que nuestra velada romántica fuera a acabar así, ¿verdad?

—Sí, ha sido un poco exótica. Pero tu hijo es completamente adorable. Se parece mucho a ti. Me alegro de haberle conocido tan pronto.

—¿En serio?

No podía decirle que todo había sido un maquiavélico plan para ponerle a prueba y decidir si quería seguir viéndole. Jamás habría pensado que mi hijo iba a condicionar mi vida amorosa.

—Al final, todos —pobres o ricos, famosos o no— solo queremos una cosa en este mundo. Amar y ser amados. Y tú no eres distinto, señor Freddie Mercury. Tú eres un chico más.