CAPÍTULO XXVI #2
—Está bien. Llegaré lo antes que pueda.
—No tardes. Mis gatos te esperan.
Mi mano temblaba ligeramente cuando colgué el teléfono y eso en cierto modo me acobardó un poco. Nunca me había pasado algo parecido. Quizás si me hubiera tocado un premio.
En realidad iba a volver de nuevo a su apartamento y ya había estado en su cama de modo que algo se había cocido entre nosotros.
Pero me había preparado tanto para su indiferencia y olvido que aquella llamada me cogió totalmente por sorpresa.
Eso creaba una expectativa, eso haría que volviera a hacerme ilusiones tontas.
¿Qué es lo que pretendía Freddie Mercury de mi en realidad?
No dejaba de pensar que nuestro primer encuentro en su piso no hubo sexo entre nosotros y probablemente eso es lo que estuviera buscando de mí.
Divertirse conmigo un rato. ¿Estaba preparado para ello?
¿Estaba preparado para ser solo su jugueteo y luego cuando me usara y se cansara de mi me diera una patada?
Tenía que tener claro eso porque ya éramos adultos y yo conocía su situación sentimental muy bien.
Me avergonzó ese pensamiento. Sin duda era un hombre caprichoso acostumbrado a tener todo lo que se le antojaba y yo probablemente fuera un objeto más para su coleccionismo. Y debía aceptar las reglas del juego y no sentirme ofendido si todo empezaba y terminaba después de llevarme a la cama.
¿Qué podría llevar a un hombre como Freddie a aquella cena? No era alguien sofisticado y por supuesto no me podía permitir gastarme una fortuna en una buena botella de vino. Así que, ¿qué podría llevar para no parecer un completo maleducado?
Cogí un autobús hasta Kensington High Street y miré por enésima vez el ramo de fresias color amarillo que se me había ocurrido comprar en la estación Victoria.
A medida que el viaje me iba acercando a su apartamento, la idea de las flores me iba pareciendo más y más ridícula.
¿Qué pensaría de mí con ese ramo de insulsas flores?
Si al menos hubieran sido rosas. Pero un bonito ramo de rosas excedería mi presupuesto semanal.
Tenía unos cuantos gastos importantes ese mes y no me podía permitir dispendios.
Irreflexivamente lo tiré en la primera papelera que encontré, avergonzado.
Estaba insoportablemente nervioso y además creía que estaba siendo muy descortés presentándome a una cena sin nada.
Pero me encontraba terriblemente inseguro sobre qué llevar porque solo imaginaba las miradas de sus amigos, críticas sobre cualquier cosa que se me ocurriera llevar.
Al fin cuando abrió la puerta suspiré aliviado.
Me observó de arriba abajo. No había pensado mucho lo que ponerme.
Unos vaqueros algo desgastados pero bien planchados, una camisa bien almidonada y una chaqueta de cuero marrón.
Llevaba puesta la colonia que Alexander me había regalado para mi último cumpleaños, L'Eau Dynamisante de Clarins.
Era una pequeña fortuna la que se gastó en mí y lo guardaba con cariño.
Me parecía suficientemente sofisticado para una visita a Freddie Mercury.
—Aquí estás. Bienvenido, cariño.
Su sonrisa me tranquilizó porque temía haberme retrasado un poco, entre las flores, mi ropa, mi pelo. Mucho estrés.
Se acercó a mí tras cerrar la puerta y me dio un beso en cada mejilla.
—Hmmm, hueles maravillosamente —susurró complacido.
—Gracias. Tú mucho mejor.
—¿Cuál es tu perfume?
—En realidad creo que es una simple colonia pero siempre me ha parecido tan elegante que... Era perfecto para hoy.
—Hola, Jim. ¿Cómo te encuentras? Dame tu chaqueta.
—Hola, Peter. Me alegro de verte.
—Phoebe siempre está conmigo así que le verás constantemente. Vamos a subir al comedor ya o la cena se enfriara.
—Vaya, tienes mucha hambre.
—Casi nunca tengo hambre pero me sé comportar en una mesa y comerme mi ración. Phoebe controla con maestría las cantidades de mi plato.
La mesa era espectacular y justo entonces me percaté de que había aquí y allá pequeños jarrones con dos o tres fresias amarillas cada uno. Me eche a reír, algo frustrado en el fondo.
—¿Qué ocurre?
—No me digas que te gustan las fresias.
—Es mi flor favorita. Si son amarillas mejor.
—No me lo creo.
—¿El qué?
—Te había comprado un ramo de fresias amarillas en la estación Victoria.
—¿Y donde están?
—En alguna papelera.
—Oh, Dios. ¿Por qué hiciste eso? Pobrecillas. Las has condenado a morir.
—Todas las flores mueren al final.
—Sí, pero no es igual morir entre un montón de basura que siendo admiradas encima de mi espectacular mesa. Es una muerte mucho más dulce.
—Estoy de acuerdo. Lo siento. Siento no haber traído nada para agradecer tu invitación.
—No hace falta que traigas nada, querido. Así está bien.
—¿Dónde están todos tus amigos?
—Ahora me toca disculparme a mí. Te mentí. Te dije que habría más gente para que aceptaras venir.
—¿En serio? Creo que hemos sido ambos unos completos gilipollas.
—¿Por qué?
—Tú sintiéndote ridículo por regalarme flores y yo por pensar que no vendrías si te decía que había organizado una cena romántica para dos.
—Bueno, tres ¿no? Peter se unirá a nosotros.
—Oh, no. Phoebe es quien se encarga de que todo salga bien. Estará muy ocupado.
—¿Por qué le llamas Phoebe?
—Porque tengo cara de llamarme Phoebe —comentó su asistente con gesto de resignación poniéndome el plato delante.
—Suelo poner nombres femeninos a todos mis amigos masculinos. Es uno de mis juegos privados.
—Confío en que no me pongas ningún nombre femenino a mí.
—Oh...
Mi afirmación pareció descuadrarle y me apiadé de él. Era tan dulce, tan considerado, tan agradable. No me cuadraba nada de eso con la personalidad que me había imaginado en él. Algo excéntrica.
—Estaba bromeando. Puedes llamarme lo que te apetezca.
—Mientras lo decido solo te llamaré Jim, ¿te parece bien?
—Me parece fabuloso.
FREDDIE
Había sido un tanto desconsiderado con todos mis amigos que estaban deseando compartir una de nuestras habituales veladas en mi apartamento.
Ellos me decían que estaban rabiosos de celos de todos los amigos alemanes que me había echado y que en cierto modo les habían alejado de mí.
Algo muy similar pasó durante mi estancia en Nueva York con mis "hijas".
Pero sentía que debía hacer de esta cena algo especial. Quería tener a aquel irlandés para mí solo aquella noche, sin distracciones.
En ese momento se oyeron abajo las llaves en la puerta y unas voces hablando. En cuestión de minutos pude distinguir a la perfección las pisadas escandalosas de mi hijo subiendo las escaleras hasta el comedor.
—¡Papi! —exclamó yendo a la carrera hasta mí, mi atolondrado persa.
—Beta, ¿qué tal está mi amor? —pregunté besándole el pelo rubio alborotado.
No había heredado mi color de pelo pero sí la tendencia a ondulársele.
—Bien. He ido con Didi al zoo y dimos de comer a los monos.
—Oh, qué suerte. Espero que tuvieras cuidado. Esos bichos tienen unos dientes muy largos.
—No había ningún peligro —aseguró Amandine desde la puerta, casi cohibida, como si no se atreviera a entrar.
—Ma petite, entra sin miedo. Quiero presentaros a un amigo muy especial.