TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXV #3
60%

CAPÍTULO XXV #3

- No fumo. Bueno, fumaba hace unos cuantos años pero lo dejé radicalmente. Tú también deberías dejarlo. Ni siquiera te gusta fumar.

—Claro que me gusta. Me encanta.

—No es verdad. Solo lo haces como un modo de mantener las manos ocupadas cuando te encuentras inquieto. Te he visto en casa cuando estas ocupado con algo, ni siquiera te acuerdas del tabaco.

Freddie no respondió, me volvió a coger el cigarrillo y dio otra delicada calada de las suyas y el humo se expandió junto a su blanco aliento.

Era alguien en extremo complejo, uno no sabía cuando se prendería su mecha, cuando era el momento más vulnerable para que sucumbiera, cuando podías ser la más inoportuna de las personas.

Era un verdadero reto en aquel momento especialmente oscuro de la misión.

—Aún me odias por lo que te hice en Rio, ¿verdad? -dijo de repente.

En realidad no quería abrir ese melón porque resultaba muy doloroso, embarazoso, muy desagradable en suma.

Es cierto que no había habido un perdón oficial por mi parte pero odiar a Freddie me era totalmente imposible.

Ni siquiera después de haberse mostrado tan sumamente mezquino.

Si, era cierto que estaba muy puesto de drogas y alcohol y nunca se hubiera atrevido a hacer lo que hizo de no ser así.

Pero ya me había amenazado antes con pasar a mayores si no le confesaba el paradero de Nina y luego con el paradero de su esposa.

Que yo tuviera esa información le estaba volviendo loco.

—Me volví loco —dijo como si acabara de estar leyendo mis pensamientos.

—No te odio. Ya sabes que no.

—Pero me desprecias. Ya no significo lo mismo que significaba antes para ti.

—Freddie, esa amistad que nos juramos significó uno de los gestos más valerosos que te he visto hacer. Y lo que sucedió en Rio fue justo lo contrario. Fuiste extremadamente cruel conmigo. Ni siquiera creo que fuiste consciente de la posición en la que me colocabas.

—Siento haber jugado con tus sentimientos de ese modo. Me pasé mucho pero lo único que buscaba era una salida a mi desesperación. Necesitaba esa información.

—Creo que cruzaste una línea muy peligrosa para conseguirla.

—Confiaba en que si te ponía al límite, me lo dirías todo.

—Ponerme al límite, ¿eres consciente de lo cruel que es?

—Y me lo dirías todo porque nunca serías capaz de ser desleal a Elideth dejándote llevar conmigo.

—¿No te das cuenta que con tu actitud me estabas condenando a serla desleal? Nunca iba a decirte lo que debe mantenerse en secreto y hubiera estado dispuesta a traicionarme a mi misma y zambullirme de lleno en algo contra lo que he luchado todo el tiempo.

—Nunca hubiera llegado mucho más allá de lo que...

—Y sin embargo llegaste demasiado lejos y me hiciste sentir peor que mal. Me repugnó tanto el modo en que la piel se me erizó. Juramos ser considerados y respetarnos. Yo a ti y tú a mi. En ambas direcciones. Tú te encargaste de atropellar esos bonitos ideales.

—Te juro que no pretendía hacerte ningún daño.

—Tengo esa información que tú quieres conseguir y no te la diré jamás. Lo sigo teniendo así de claro. Así que, ¿de qué sirvió ese acto de irreprimible ira por tu parte?

—No sirvió de nada. Solo me hizo sentir asco de mí mismo por traicionar nuestro pacto. Nunca vas a perdonarme.

—Considero a Elideth mucho más que una amiga, es casi como una hermana para mí. ¿Me hubieras obligado a traicionarla de ese modo tan cruel? ¿Dejando que mi deseo volviera a fluir de nuevo desbocado? Fuiste increíblemente retorcido, ¿vale?

—Lo siento. Si quieres puedo pedirte perdón cada maldito día de lo que me reste de vida. Sé que al final acabarás por ceder y perdonarme.

—Las cosas no son tan fáciles. Y creo que ambos tenemos parecida opinión de la palabra lealtad.

—Eres lo más parecido que tengo a Elideth ahora mismo. Ya me está castigando ella, no me castigues tú también. Necesito tu amistad.

—Nunca voy a ceder, Freddie. El secreto de Elideth se irá conmigo hasta la tumba.

—Hablando de tumbas. ¿Cuánta vida crees que nos quedará por delante?

Al oírle hablar con esa resignada familiaridad sobre la muerte, el vello se me puso de punta. Pero traté de que no se notara mi torbellino interior.

—A ti mucha menos a que a mí si sigues insistiendo en no medicarte.

—No quiero pelear. Solo dime que me perdonas.

—Mi perdón no va a ser gratuito.

—¿Qué debo hacer?

—Comenzar hoy mismo el tratamiento contra el VIH.

—¿Si empiezo a engullir esas pastillas que probablemente me acaben matando igual, eso me asegurará tu perdón?

—Cada día que pasa sin tomar esa pastilla, es una derrota contra tu enfermedad. Por favor, no seas testarudo. Te perdone o no, deberías hacerme caso por una vez. Ya sé que no confías en nosotras...

—Un acto de fe, ¿no es eso?

—Pues sí.

Freddie acarició dulcemente mis brazos desnudos, totalmente ateridos de frío y me acercó a su pecho. Nos abrazamos y no volvimos a hablar. Solo nos quedamos estrechamente enlazados sobre aquel banco durante un buen rato. Tanto rato que casi nos dormimos uno en los brazos del otro.