CAPÍTULO XXV #2
Freddie Mercury es Mr. Bad Guy rezaba un gran letrero detrás de la mesa donde estaba sentado y preparado para la rueda de prensa promocionando su disco.
Llevaba una camisa de cuadros arremangada hasta los codos y encendía y apagaba cigarrillos uno tras otro.
Era su particular método de auto defensa.
El evento celebrado en el club P1 iría precedido de una suerte de recepción para todos los miembros de la prensa allí congregados.
Acompañando durante todos esos años a Elideth, casi conocía tan bien como ella a cada uno de esos periodistas.
Siempre solían ser los mismos rostros una y otra vez.
Todos preguntaban insistentemente por la señora Mercury aunque siempre off the record, sabían las reglas.
Freddie estaba muy ilusionado con este nuevo disco y casi le parecía un milagro que al fin se fuera a poner a la venta en unas semanas y por tanto, quería que todo saliera a la perfección en aquella puesta de largo.
Pero cada vez que alguien le mencionaba a su mujer, iba notando que iba enfureciéndose sin remedio.
Se había prometido a sí mismo ser educado, eso me constaba así que se controlaba bastante.
Pero estaba convencida de que estallaría más tarde o más temprano.
Le conocía muy bien, sabía cuándo iba acumulándose su ira.
Había algo en sus ojos, en el modo en que apretaba los labios y la mandíbula.
Yo siempre estaba cerca de él porque en aquella reestructuración de su servicio doméstico, Terry pasó a ser su guardaespaldas aunque yo a veces también ejercía esa función dependiendo de las circunstancias y yo era su chofer.
Supongo que Freddie decidió eso como un intento a la desesperada por pedirme perdón una vez más después del vergonzoso incidente en Rio.
Quería demostrarme que sí confiaba en mí a pesar de lo acontecido.
La recepción llevaba apenas media hora pero cuando observé como a grandes zancadas se alejaba de la sala, seguido de Prenter, yo también fui tras ellos. Lo hice de forma casi instintiva, sin pensarlo.
Antes de que ninguno nos diera tiempo ni a reaccionar, Freddie agarró un paragüero y lo estrelló contra un espejo de cuerpo entero. El espejo se hizo mil añicos. Se hizo el silencio.
—Por el amor de Dios, Fred. Obviamente no eres supersticioso. Siete años de mala suerte para mí —balbuceé al final observando el caos, con los ojos muy abiertos.
—Fantástico, entonces eso quiere decir que aún me quedan siete años de vida, ¿no, teniente?
Nuestros ojos se prendieron uno en el otro. Pretendía ser un chiste ácido pero cobraba bastante significado cuando se trataba de nosotros, dos seropositivos.
—¿Qué ocurre, Freddie? —quiso saber Prenter rescatándole de los cristales rotos, protector.
—Quiero irme de aquí.
—De acuerdo. Nos iremos pero deja que hable con...
—Habla con quien te dé la gana. Yo me largo.
—Espera, por favor.
—Quiero estar solo, Paul. No es tan difícil de entender.
Freddie salió en estampida del club y yo por supuesto, fui tras él. Se volvió a mí furibundo.
—¿Qué haces? —me preguntó con el ceño fruncido.
—¿Tú qué crees? Soy yo quien te lleva a los sitios. ¿Adónde quieres ir? ¿Quieres ir a Sebastianseck? Puedo llevarte hasta allí si es lo que quieres.
—¿Por qué me lo dices de ese modo?
—¿De qué modo?
—Como si el restaurante de Winnie fuera el sitio menos recomendable de Múnich.
—No, desgraciadamente hay sitios bastante menos recomendables pero creo que te los conoces todos.
—Iré andando adonde sea. Solo quiero estar solo.
—No vas a ir andando a ningún sitio. Entra en el maldito coche y cierra el pico.
Freddie podía ir adonde quisiera por la ciudad de Múnich sin temor a ser acosado pero daba la casualidad que había un contingente muy importante de prensa británica justo hoy y no parecía la mejor de las ideas. Hoy Múnich era un poco menos territorio libre para él.
Me fulminó con la mirada pero yo también con la mía así que terminó entrando en la parte trasera del Mercedes y yo tomé el volante como era mi cometido.
—¿Adónde quieres ir? —le pregunté una vez dentro, ajustando el espejo retrovisor para verle a través de él.
—No quiero ir a ningún lado, solo necesitaba salir de ahí.
—¿Entonces quieres que nos quedemos aquí parados hasta que todos esos periodistas salgan y den en los cristales para preguntarte por qué te has largado?
—Ya les he dado suficiente carnaza. Ahora se pondrán ciegos a alcohol y canapés. Tardaran en enterarse de mi ausencia.
—¿Quieres que te lleve a casa?
—No. Solo ponte a conducir.
—¿Conducir sin rumbo? Nunca he hecho algo parecido.
—Por un día se empieza.
Le hice caso. Al fin y al cabo se trataba de mi jefe me gustara o no y durante unos largos minutos respeté su deseo de estar solo y eso únicamente se podía lograr guardando silencio. No obstante, no hablar las cosas era un auténtico veneno al final, no servía para nada.
Eché un vistazo por enésima vez al espejo. Freddie miraba por la ventana con expresión reconcentrada. ¿Quién no querría meterse en su mente? Yo desde luego sí.
—Nadie destroza el espejo de un hall sin un motivo. Ni siquiera tú.
Freddie hizo una mueca de desagrado y tras apagar el cigarrillo a medio fumar, encendió el siguiente.
—¿Es que querías rememorar tu pasado salvaje destrozando suites de hotel? ¿Hoy querías ser esa temperamental estrella de rock?
Era muy buena poniendo en el disparador a la gente para hacerla hablar. Después de todo, mi vocación frustrada era la de psicóloga.
—Ya me he arrepentido. Mandaré algún detalle a la gente de P1. Ellos no tienen la culpa.
Una vez más mi corazón se derritió. Intentaba ponerle cada vez más furioso para que expresara de viva voz sus sentimientos y de pronto el siempre detallista Freddie Mercury aparecía de nuevo. Arrepentido de su mala conducta y deseando arreglar las cosas.
—¿Qué te ocurrió? Cuéntamelo.
—No quiero hablar de ello.
—Debes hacerlo. Eso fue auténtica rabia.
—Estaba al límite. No debí ser tan impetuoso y controlarme.
—¿Qué te puso al límite? Vamos, pronuncia ese nombre.
—¿Qué nombre?
—Hablo de lo que tú no quieres hablar. Hablo de Elideth.
Hablo de toda la gente que te preguntó por ella, creo que con sinceridad se estaban interesando por tu mujer.
Han sido muchos años siendo la jefa de prensa del grupo.
Llegó a crear fuertes lazos con algunos periodistas.
¿Eso te trastornó? ¿El mirar a toda esa gente y no poder decirles nada?
—No estoy furioso con ellos, estoy furioso con ella.
—Lo sé. Y deberías dejar de estarlo porque hoy al menos eso te ha impulsado a cometer un error.
—Todo estaba yendo bien hasta que uno tras otro me preguntaron por ella. Me cegó la ira.
—Freddie, creo que deberías empezar por reconciliarte con ella...
—¿Reconciliarme con alguien que no sé ni siquiera adonde ha huido? No es capaz de coger un teléfono para decirme. "Estamos bien, el embarazo va bien, estoy aquí o allá".
—Todo lo que Elideth ha hecho y está haciendo tiene plena justificación.
—Para mí no la tiene.
—No la tiene porque ella no puede explicarse libremente pero cuando lo haga...
—No esperaré eternamente a que decida a ser sincera conmigo por una vez en su vida. La he perdonado muchas cosas y...
—Y ella a ti, Freddie. Un montón. Creo que podéis consideraros empates.
—Oh, déjalo, Arlene. Eres su mejor amiga. No aspiro a que trates de entenderme.
—Te entiendo, os entiendo a los dos. Por eso necesito que seas paciente...
—Qué graciosa.
—Ya sé que eres la persona menos paciente del planeta pero deberías hacer un esfuerzo y confiar en mis palabras. Nada de lo que Elideth hace va encaminado a hacerte daño. Eres lo más importante para ella. Tú y la familia que estáis formando.
—No veo familia por ningún lado. Yo estoy aquí solo con nuestro hijo y ella está en un lugar que tú sabes y no quieres decirme con nuestro otro hijo. ¿De qué familia estás hablando?
—Tienes que entender que la razón de que Elideth se haya ido es precisamente vuestra familia.
—¿Cómo puedo llegar a entender eso? Explícamelo.
—Es un maldito acto de fe, Freddie. ¿Nunca has creído en algo que no podías explicar?
—Muchas veces.
—Pues hazlo una vez más.
Al fin paré el coche y decidí que ya estaba bien de conducir en círculos por Múnich.
Jamás pensaba que íbamos a llegar a tener una conversación así pero la estábamos teniendo y se había hecho cada vez más profunda y a ratos tenía que confesar que estrambótica.
Exigir a Freddie un acto de fe resultaba algo bastante egoísta pero la situación se estaba volviendo insostenible.
Debíamos seguir manteniendo el engaño porque la única con potestad de desvelar la verdad era Elideth y en aquellos momentos era imposible.
¿Qué me quedaba sino proteger a mi amiga del mejor modo que podía? Y no había otro que intentar que Freddie no hiciera crecer su airada decepción hacia ella. Su violenta decepción. Había mucho amor aún dentro de él y no quería que se olvidara de todo lo bonito que habían creado ellos dos.
—¿Por qué paramos?
—Vamos a dar un paseo. El ambiente dentro de ese coche ya empieza a ser irrespirable.
—¿Tan mal huelo?
—Es la tensión, señor Mercury. Eres un maestro en crear tensión en el ambiente.
—Tú tampoco lo haces nada mal, carrot cake. Joder, hace mucho frío. Me olvidé mi cazadora —comentó encogiéndose.
Me quité mi chaqueta y se la coloqué sobre los hombros sin dudarlo, con la máxima naturalidad. Freddie me sonrió ligeramente echando un vistazo a mis blanquísimos brazos desnudos.
—Pero ahora tú pasarás frío.
—No te preocupes por mí.
Estuvimos un rato caminando y al fin nos sentamos en un banco.
El aliento salía de nuestras bocas en desbandada.
La temperatura había caído en picado. Freddie sacó su cajetilla de Silk Cut light y encendió un cigarrillo.
Dio dos caladas profundas de las suyas en las que ni siquiera expulsaba el humo y se lo quité de las manos, dando yo una calada.
—¿Desde cuándo fumas? -me preguntó.