CAPÍTULO XXV
WHY DO I BELIEVE IN YOU?
FREDDIE
—¿Estás cabreado conmigo?
—¿Por qué dices eso?
El baño era una neblina espesa después de nuestra prolongada ducha, nuestro polvo de reencuentro después de un largo fin de semana sin vernos.
Ya hacía un tiempo que no existía ese arreglo con Georg por el cual nos repartíamos a Winnie durante determinados días a la semana.
Georg ya no era una pieza tan exclusiva de Winnie, aunque en realidad nunca lo fue.
Era demasiado promiscuo. Pero ¿quién no lo era en aquella época?
Aquella jodida amenaza del SIDA solo había servido para amedrentarnos a todos y fastidiar lo que tanto tiempo se mantuvo oculto porque era un horrendo pecado.
Que dos hombres tuvieran sexo. Bueno, dos, tres o un equipo de rugby entero.
¿Qué importaba? Al parecer lo importante seguía siendo protegerse aunque te cepillaras a medio estado.
Me preparó uno de sus deliciosos platos que me intenté comer entero mientras le observaba trabajar en la cocina del restaurante.
De vez en cuando echaba ojeadas reprobadoras a toda la cantidad de comida que aún quedaba en mi plato.
Aguardé como un buen novio a que terminara su jornada y nos dedicamos a darnos mucho amor uno al otro.
Le había encontrado extrañamente cariñoso conmigo, muy tierno y considerado.
Cuando me preguntó si estaba enfadado su pregunta era extraña pero no desencaminada.
No estaba enfadado, claro que no. Pero tampoco era el mismo.
Quizás hubo algo en nuestra forma de hacer el amor que le resultó diferente y lo confundió con una suerte de enfado o reserva por mi parte.
Winnie era mucho menos simple de lo que él se empeñaba en creer y además en una relación como la nuestra tan física, cualquier pequeño cambio anímico en el otro era tan palpable.
—¿Estás enfadado porque ya tengo un rayón en tu Mercedes?
—No es mi Mercedes, es tuyo. No es asunto mío los rayones que le hagas. Ni siquiera me he dado cuenta.
—Mientes. No te ha gustado.
—Ahora está más feo que cuando te le regalé, eso está claro.
—En realidad no fui yo quien le hizo el rayón.
—¿Quién fue?
—Un antiguo novio. Celos...
—Ahá...
—Freddie, ¿qué te pasa? Estás distinto.
—Tonterías.
—Te acabo de decir que un antiguo novio celoso ha hecho un rayón a tu regalo y es como si no me hubieras oído.
—Así es. Ni siquiera te he oído. No estoy de humor para una pataleta por celos.
—¿Qué ha ocurrido en Londres? ¿Es que te has enamorado de otro?
—Como sigas diciendo chorradas voy a enfadarme de verdad.
—¿Estás presionándome para que cambie de opinión y acabe mudándome de país solo por ti? Estás coqueteando a mis espaldas para hacerme entender que eso es lo que pasará si no acepto tu propuesta.
—Winnie, se acabó. Se acabó esta conversación.
—Está confirmado. Ha pasado algo. Cuéntamelo todo. Ahora.
—No tengo nada que contarte. Yo no te he pedido explicaciones de con quién te has visto tampoco.
—Yo te lo diré. Restaurante-casa-restaurante-casa. Ese ha sido mi día a día. Háblame de tu día a día.
—No, no quiero hablarte de eso.
—Caprichosa estrella de rock. ¿Te has olvidado que llevas mi anillo en el dedo?
—No me he olvidado.
—Seguro que si, putón —lamió con la punta de su lengua mi cuello al tiempo que me aprisionaba las muñecas por detrás—. ¿Quieres que te refresque la memoria una vez más?
Me sentó sobre el lavabo de un rápido movimiento, sonriéndome. Se puso de rodillas y colocó mis dos piernas sobre sus hombros, acariciándolas desde los tobillos hasta las caderas.
—No te he oído, Mercury.
—Sí...
—¿Quieres que te la refresque o que te la borre?
—Por el amor de Dios. Deja de hablar.
Winnie se echó a reír e inclinándose ligeramente empezó a dar besitos a mi polla mientras masajeaba muy suavemente mis pelotas.
Puse los ojos en blanco y me entregué una vez más a este apasionado alemán.
Pero sospechaba que ni una mamada de concurso como las que él hacía podría borrarme la memoria.
Jim Hutton volvió a aparecer en rápidos relámpagos de mi cerebro mientras me corría sin remedio.
Y me arrepentí de dejar entrar a aquel irlandés en el baño del alemán.
—Dime que nadie te pone esa polla tan dura como te la pongo yo —susurró mientras mordía mi barbilla.
De nuevo me había llevado a su cama y esta noche se prometía interesante porque Winnie tenía la mosca tras la oreja y pretendía que le confesara todo, mientras intentaba hacerme entender que su polla era la única para mí.
—Solo tú, mi amor —susurré a mi vez dejando que devorara mi piel a mordiscos apasionados.
Me las arreglé para recostarme sobre él y acaricié su pene con mis labios antes de revestirlo con el condón.
—Te vuelvo loco de deseo, ¿a que sí? Dímelo.
—Me vuelves loco.
Nos miramos a los ojos inflamados de deseo y acto seguido introduje su polla dentro de mí intentando aniquilar uno a uno todos mis recuerdos del irlandés con cada una de las ondulaciones de mi cadera.
Pero cuando el efecto del devastador orgasmo se diluyó, no había fuerza humana que me arrancara el rostro de Jim de mi cerebro.
—Sabes que no puedo irme de aquí y me castigas buscándote otros polvos allí.
—¿No puedes o no quieres?
—Dime solo si te has enamorado de otro.
—Estoy de nuevo en tu cama, ¿no? Hubiera podido optar por no aparecer por tu restaurante. Y sin embargo lo he hecho.
—Wie glücklich.
—Tú tienes mi trozo de corazón reservado solo para ti. ¿No te vale con eso?
—Dime alguien que se conforme con las migajas.
—Está bien. He conocido a alguien pero no me he acostado con él.
—Eso sí que es una novedad.
—Ya te he dicho todo lo que debes saber. Y no pensaba contarte nada.
—¿Cómo es? Es más guapo y sobre todo más inteligente que yo. ¿Verdad?
—Winnie...
—¿Conoce ya a Farrokh? Seguro que sí, seguro que hasta quiere tener hijos contigo.
—Winnie, he dicho que basta ya.
—Si quieres dejarme prefiero que lo hagas ahora, antes de que nunca más regreses a Múnich.
—Múnich siempre va a significar un montón de cosas importantes para mí. No podría irme de aquí sin más. Sobre todo porque tú vives aquí, gilipollas.
—Y seguiré viviendo, Freddie. Quiero que lo tengas claro.
Era tan difícil no pelear con Winnie. Parecía verse revitalizado con cada una de nuestras disputas y lo cierto es que para mí también siempre había sido así.
Pero a pesar de que había regresado a la ciudad bávara con la sensación de que llevaba fuera un mes en vez de un fin de semana, sin duda algo había cambiado en mi vida.
Necesitaba su cocina, su don para montar una buena gresca y por supuesto necesitaba el sexo que me proporcionaba.
Pero acababa de llegar y ya quería volver.
El fin de semana que había pasado en Londres no había sido un fin de semana más.
Le peor de todo es que el cocinero se había dado cuenta sin ni siquiera decirle nada.
Por supuesto que no era la primera vez que coqueteaba con la idea de abandonar a Winnie, últimamente casi tras cada nueva pelea.
Pero solo eran ideas estúpidas que enseguida se me pasaban porque se había ido afianzando en mi corazón y abandonarle era como abandonar una parte muy clave de mí mismo.
Era mi novio alemán, mi pequeño volcán en erupción que disfrutaba humillándome pero también había aprendido a cuidarme.
Si seguía viviendo en Múnich, el seguiría en mi vida pero en el momento en que asentara mi vivienda definitiva en Londres, nuestra relación iba a verse encaminada a su fin.
Eso me entristecía y a un mismo tiempo reconocía que me debía un cambio.
Era muy consciente de todas las cosas que el alemán no me daba y nunca me daría.
Yo iba cumpliendo años y mis prioridades iban cambiando a medida que maduraba.
De pronto me vino a la mente que siempre había pensado que nunca podría envejecer junto a Winnie.
Que era uno de esos hombres que debería encontrar el modo de convertirlos en grandes amigos cuando todo se terminara.
Y de pronto pensé que no podría envejecer con él ni con nadie porque mi enfermedad me lo iba impedir.
WISHFUL THINKING∞
Era una auténtica lástima que Elideth no pudiera tener en sus manos uno de sus discos favoritos.
Mr. Bad Guy aún no había salido a la venta, lo haría el día 29 de abril pero algunos privilegiados ya lo podíamos tener en nuestras manos.
La dedicatoria era tan fiel a la de la historia original que Amandine podía estar muy contenta: Este disco está dedicado a mi gato Jerry, también a Tom, Oscar, Freeli y Tiffany, y a todos los amantes de los gatos en el universo, ¡que le den a los demás!
Un agradecimiento especial a Brian, Roger y John por no interferir.
También a Mary Austin, Barbara Valentin, grandes tetas y mala conducta y Winnie por el alojamiento y la manutención.
El grupo, los gatos, Mary, Barbara, Winnie...
Ni rastro de Elideth ni de Farrokh en su dedicatoria.
Lo de su hijo era comprensible porque ya era sabido entre la gente de la prensa que él no iba a contestar nunca a preguntas sobre él y era un acto de protección similar al que tenía con sus padres y hermana.
Pero confiaba en que su mujer apareciera en los agradecimientos por muy separados que estuvieran.