CAPÍTULO XXIV
BACKGROUND NOISE
FREDDIE
Mi macizo doble de Burt Reynolds estaba acodado en la barra frente a su pinta de cerveza, con ese aire ensimismado que me había encandilado la primera vez que le vi.
No estaba planeado, pude asaltarle muchas de las veces que Joe me informó que estaba en este o aquel local al parecer solo.
Durante todos aquellos meses había habido un seguimiento un tanto irracional por mi parte cuando nos encontrábamos en Londres que era muy poco frecuente.
No podía explicarme del todo mi interés por un hombre que cuando le conocí tenía novio.
Supongo que las últimas labores de espía de Joe habían sido muy esperanzadoras para mí porque al parecer siempre estaba solo. O al menos la gente que le rodeaba no parecía tener ningún vínculo romántico con él.
Era algo que jamás había hecho con nadie antes. Conocía a alguien y podía llevármele a la cama o no pero nunca hubo esa especie de sensación de "capítulo no cerrado" que tuve con Jim desde el principio de nuestra accidentada historia.
No sé si era muy premonitorio que volviera a encontrarme con él en Heaven. ¿Mi relación con él trascurriría en el cielo o en el infierno? ¿Habría posibilidad de algo con aquel hombre que al igual que Winnie no parecía conmoverse en lo más mínimo por mi aura de estrella?
Su rostro me daba confianza y su voz era calmada y masculina.
Nos volvimos a dar nuestros nombres, él me invitó a una copa y yo le pregunté cómo tenía de grande el paquete.
Él se metió con el ridículo acento americano que saqué.
En vez de enrojecerle con mi salida de tono, él me enrojeció a mí.
¿No se daba cuenta que todo era por una especie de nerviosismo?
Quería que ahora todo saliera bien entre nosotros.
Le quería en mi cama aquella noche a poder ser y para eso me parecía que debía ganármele.
No tenía ni un gramo de frivolidad en su bonito cuerpo irlandés.
JIM
No podía creerme que de repente me encontrara metido en el círculo de confianza del señor Freddie Mercury después de aquel nuevo encuentro.
Para aquellas alturas ya sabía quién era aquel guapo y exótico hombre, mi ex novio John Alexander se había encargado de decírmelo casi con orgullo.
"Freddie Mercury ha intentado ligar con mi novio", decía con sonrisa burlona.
Escuchar música formaba parte de mi vida como la de cualquier otra persona pero solo era un ruido de fondo más o menos agradable, no sentía curiosidad por los rostros que se correspondían a esas voces. Y Mercury no era una excepción.
Cuando se acercó a mí en Copacabana hacía año y medio no tenía ni idea de quién era e incluso después de aquel incidente, no había tenido la mas mínima curiosidad por ver sus videos para hacerme una idea de quién era mi fallido ligue.
Mi propio novio había contribuido más a darle a aquel hecho importancia que yo mismo.
Pero ahora John Alexander no estaba en mi vida y aquel músico volvía a hacer acto de presencia.
A pesar de su impertinente e irreverente pregunta sobre mis atributos sexuales que ni siquiera me ofendió la primera vez, capté desde el primer momento en sus ojos una absoluta ternura.
Casi infantil. Lo que leí en sus ojos me hizo seguir relajado su juego de seducción.
Se puede decir que a pesar de mi natural desconfianza él consiguió que me abriera de un modo que nunca antes me había sucedido.
No tenía un currículum amoroso especialmente nutrido para ponerme a comparar pero estaba claro que era el hombre más delgado y más guapo con el que había flirteado en una discoteca. Y sin ninguna duda el más famoso.
El detalle de su fama no era palpable en las primeras palabras casi torpes que nos cruzamos, no había ningún ápice de extravagancia en su lenguaje corporal.
Cuando me presentó a sus amigos de la forma más normal tampoco nadie podía intuir que era una estrella.
Quizás fuera un poco más palpable cuando me invitó a su apartamento en Stafford Terrace.
Parecía que todos sus amigos se disputaban sus atenciones de un modo tal que a mí me hizo sentir un poco incómodo.
Rechacé por cuarta o quinta vez la raya de coca y tomé asiento en uno de los sofás al lado de un gato enorme color naranja que dormía hecho una bola. Al notarme cerca levantó su gran cabeza y se quedó mirándome con unos ojos verdes enormes. Todo en ese gato era estratosférico.
—Se llama Óscar y creo que ya confía en ti —me dijo con su dulzura habitual Peter alargándome una Guinness.
Fue una auténtica sorpresa reencontrarme con Peter Freestone.
Nos conocíamos de mi época en Selfridge's, los grandes almacenes en la calle Oxford.
Yo trabajaba como vendedor de postizos y él era encargado del restaurante Orchard Room en la planta baja.
Tenía buenos recuerdos de él y ahora me enteraba que trabajaba como asistente personal de Freddie.
La vida a veces era tan sorprendente. Y grata.
Aquel hombre había hecho sin duda mucho menos incómoda mi transición de ligue ocasional a merecedor de unirme a un grupo de gente nueva.
—Hola, Óscar —le acaricié las orejas y sorprendentemente frotó sus bigotes contra la palma de mi mano.
Y antes de que pudiera darme cuenta aparecieron otros dos hermosos gatos. Otro macho gris y una hembra mezcla de siamés y persa que era tan suave como una estola de armiño. Freeli y Tiffany.
—¿No te unes a la fiesta?
Freddie se acercó al sofá con su copa de champán entre sus largos y elegantes dedos, observándome con curiosidad.
—No quiero ser maleducado con tus gatos. Parece que me consideran de repente su cojín.
Quizá estaba siendo maleducado con sus amigos en realidad pero me sentía más a gusto en compañía de esos gatos.
—Ya lo estoy viendo. No suelen hacer eso.
—Son preciosos. Me encantaría tener un gato pero no sé... supongo que necesitan un auténtico hogar y yo de momento no he creado ninguno.
—Los gatos son inteligentes y sensibles. Siempre eligen con quién quieren estar. Y parece que eres tú el elegido.
—¿De dónde viene el nombre Freeli?
Freddie me echó una mirada cauta y no me respondió, desvió la conversación a otros derroteros. No insistí. Tan solo me parecía un nombre exótico pero no asocié ideas y tampoco me importó que ignorara mi pregunta.
Al fin nos encontrábamos solos. Encima de su cama.
Ambos habíamos bebido demasiado y empezamos a acariciarnos pero ni siquiera nos llegamos a desnudar.
Solo nos dimos tímidos besos, extraordinariamente tímidos.
Yo no había soñado con que mi noche acabará de ese modo cuando salí a tomar una copa como hacía cada fin de semana.
No era un hombre que se cerrara por sistema a nuevas aventuras amorosas y había guardado el luto a John Alexander un tiempo quizá excesivo.
Pero sabía que Freddie Mercury no era un hombre corriente y no solo por su fama.
Era una aventura en sí mismo y me sentía un poco inseguro de cuales debían ser mis siguientes pasos.
La borrachera nos desinhibió pero también imposibilitó que fuéramos mucho más allá de una tierna sesión de caricias. Hay anti afrodisiacos naturales y uno de ellos era el alcohol.
—Buenos días.
Abrí los ojos con lentitud destapándome. Eche un vistazo alrededor y Freddie, adivinando mis pensamientos me alargó la camiseta. Tenía el pecho descubierto y los pantalones puestos aunque con la correa suelta. Nos habíamos quedado dormidos mientras nos besábamos.
—Buenos días.
Estaba bastante aturdido. No tenía una resaca propiamente dicha pero me encontraba con una extraña pesadez en todos mis miembros.
—¿Te gusta el té con leche?
—Lo prefiero solo. Gracias.
Tomé la taza caliente entre sus manos. Peter debía acabar de dejar la bandeja para nosotros.
Freddie observó cómo bebía absorto mientras pasaba la yema de su mano por el borde de la taza.
Expectante, podría decirse. Parecía que acababa de aterrizar algo en su casa de lo que no sabía muy bien cómo actuar, y ese algo era yo.
—¿Cuáles son tus planes hoy? —me preguntó dando un minúsculo sorbo a su té. Yo ya me lo había acabado.
—Oh... —miré mi reloj. Ya era pasado mediodía.
Los domingos y los lunes eran mis días libres en la peluquería.
Alguna sesión de cine, algún paseo en bici por el parque sobre todo cuando estallaba de color en plena floración.
Era un hombre en extremo primario y obtenía placer de casi todas las cosas que la vida nos otorgaba gratis así que nunca tenía planes muy espectaculares.
Llevaba tiempo ahorrando para poder viajar a Irlanda a ver a mi familia pero el billete de avión era demasiado caro para mi economía.
Ahorrar para algo se demostraba casi imposible.
Y no me planteaba el viaje en ferry. Hacía mucho que no disponía de vacaciones porque prefería que me las pagaran y así obtener un pequeño colchón de ahorros si las cosas se presentaban mal.
Estaba a gusto en mi trabajo, hacía lo que me apasionaba pero siempre andaba a la espera de algo que cambiara todo.
¿Tenía delante de mí lo que me iba a poner la vida patas arriba?
—No tenía pensado hacer nada en especial —dije con sinceridad.
Los ojos de Freddie eran tan sumamente bonitos posados tan cerca de los míos. En cierto modo me atemorizaban incluso.
—Me encanta el hoyito que te sale en la mejilla —dijo de pronto.
No llevaba bien los elogios y no respondí nada mientras posaba la taza sobre su platillo.
—En realidad me encantas tú entero.
Sí, supongo que algo parecido a un rubor creció en mi rostro.
Aún no era capaz de describir cual era mi verdadero estado de ánimo.
A pesar de sus elogios acompañados de esa mirada un tanto pícara, te hacía sentir extrañamente como en tu propia casa.
A pesar de que era la primera vez que pisaba su hogar.
No sabía si porque sus gatos me habían dado su beneplácito. Quizá fuera eso.
—Freeli significa Freddie-Eli. Su nombre está formado por nuestros dos nombres.
De repente me soltó aquello y me dejó un tanto atónito. Ahora recordaba que le había preguntado por ese extraño nombre de su bonito gato gris pero al no responderme pensé que podía haberme extralimitado con la pregunta. Y de súbito, ahí estaba su respuesta.
—Mi nombre y el de mi esposa —volvió a enfatizar agarrando mi mano que tenía descansando en el regazo.
—Vale, sí. Lo pillo. Me estás diciendo que estás casado y que debería irme ya.
¿Por qué había sido tan iluso? Y yo pensando que podía empezar algo precisamente hoy entre los dos.
—Estoy casado, sí. Y deberías irte ya... pero solo porque tengo una reunión muy importante a la que no puedo faltar...
—Que he captado el mensaje, Freddie.
—No, querido. No has entendido nada. Si no estuviera ocupado me hubiera encantado que pasaras el domingo conmigo aquí.
—No acostumbro a acostarme con hombres casados, Freddie. Llámame raro.
—No puedes decirme que no sabías que estaba casado.
—No es tan difícil de entender. No leo la prensa amarilla de este país.
—Entonces no puedes saber que Eli y yo estamos ahora mismo separados.
—No, no lo sabía.
—Pues date por informado. Quiero volver a verte. ¿Tú quieres quedar de nuevo?
—Me encantaría pero...
—Shhh, no hay peros que valgan. Dame tu número de teléfono, aquí tienes mi tarjeta.
Observé con media sonrisa la tarjeta que me alargó.
De exquisito papel satinado con letra romántica.
Era como la tarjeta de visita de un caballero de la época eduardiana y la miré con curiosidad y luego su rostro radiante.
Era tan guapo y tan sexy. Pero estaba casado.
No era buena idea meterse en innecesarios líos.
—No la pierdas. Maldita sea, tengo mucha prisa y no puedo llegar tarde. Debo darme un baño y...
—De acuerdo. Ya estoy listo, ya me voy.
Freddie me tomó con delicadeza de la barbilla para acercarme a su rostro y posó sus labios suavemente sobre los míos. Fue un beso muy corto pero supongo que nadie me había besado así en toda mi vida. Eso es lo que pensé cuando abrí mis ojos de nuevo.
Deseé con todas mis fuerzas demostrarle la clase de beso que me apetecía darle justo ahora pero me contuve. Aún no sabía el terreno que estaba pisando y no quería demostrarle lo mucho que le deseaba. Ni siquiera yo podía entender de dónde procedía ese hirviente deseo.
Apoyamos nuestras frentes uno en el otro con los ojos cerrados acariciándonos los rostros. Así estuvimos unos minutos. Mi corazón latía desbocado.
—No me llames. Ya te llamaré yo, ¿de acuerdo? —me susurró.
Entonces pensé, "Hazte a la idea, Jim. Él no te va a llamar.
¿Por qué iba a hacerlo? Esto se ha acabado, se ha acabado y ni siquiera ha empezado nada".
Así que si esto ya se había acabado antes de empezar, lo único que me restaba era agarrarle con propiedad y plantarle un verdadero beso húmedo made in Hutton.
Porque probablemente era el primero y último beso que iba a disfrutar en aquellos labios.