CAPÍTULO XXIII #2
—Solo estaba observando la velocidad asombrosa a la que escribes.
—Estoy muy ocupada y mi artículo necesita entrar en la edición de mañana. ¿Qué es lo que quieres?
—Ya sabes lo que quiero. Quiero sentir que nuestro trato sigue en pie.
—Ya sabes que sí. Pero tengo que ganarme el pan, ¿vale? No puedo dedicar mi carrera periodística a Elideth Mercury solo porque tú quieras destruirla. Los ritmos los marco yo.
—Tus dos artículos sobre su serial fueron muy comentados y leídos. ¿Por qué te has detenido?
—Acabo de explicártelo. Tengo muchas cosas sobre lo que escribir.
—Ninguna te va a reportar tanto prestigio como la esposa de Freddie y su labor de desenmascaramiento.
—Oh, vamos. En nuestro gremio no hay prestigio posible que ganarse. Solo ventas de ejemplares. Tu arenga es un poco patética, cariño.
—El periodismo hecho en los tabloides es un genero literario en sí mismo, siempre lo he pensado. Y tú eres sin duda la Agatha Christie de la prensa amarilla.
—Esta vez no. No hay ni rastro de Elideth Mercury.
—Ni siquiera has intentado buscarla y te resultaría pan comido.
—Lo he intentado. Es como si se hubiera esfumado.
—Tiene que estar en alguna parte escondida esa mala perra.
—A mí también me cabrea no haber podido encontrarla pero el entorno de esa mujer es inabordable. No encuentro fisuras por las cuales colarme. Y eso lleva una ingente cantidad de tiempo del que ahora no dispongo. Debo alimentar otras bocas distintas, ya sabes cómo va esto.
—¿Estás diciendo que vas a dejarme a mí hambriento? Hicimos un trato.
—Mi trato está en pie pero debes tener paciencia. Y deberías ir a un médico, tienes un aspecto lamentable. No sé cómo te han dejado pasar a la redacción.
—No te lo estás tomando en serio. Es como si te hubieras cansado de ella, sabes que es uno de los principales personajes mediáticos de este país.
—Oh, Prenter. Cálmate, ¿quieres? No me expliques lo que ya sé. Mi problema es el maldito tiempo, tengo muchos frentes abiertos. ¿Es que no ves como está mi mesa?
—Antes hablabas de que no encontrabas ninguna fisura por la cual colarte y empezar a horadar el terreno. Yo conozco una fisura.
—¿Cuál?
—Se llama Arlene Atkins. ¿Te suena?
—¿Qué si me suena? He tenido un par de sueños húmedos con ella. Y no suelo repetir los protagonistas de mis sueños eróticos. ¿Qué pasa con ella?
—Podemos utilizarla mientras tanto. Para mí es un auténtico misterio que no haya acompañado a Elideth al agujero donde está recluida. Siempre están juntas como dos siamesas. Sin duda ella sabe donde se encuentra.
—¿Quieres que intente sonsacarle donde se encuentra? Me temo que no conseguiré nada. Es demasiado leal a la rubia.
—Yo no escogería ese adjetivo con tanta alegría como tú acabas de hacer.
—Explícate.
—Esa pelirroja es tan peligrosa con sus armas de fuego como con lo que tiene entre las piernas.
—No me cabe ninguna duda. Al grano, Prenter. Me estás haciendo perder un montón de tiempo.
—Tengo información jugosa para que hagas las delicias de tu legión de lectores. Apunta.
—Más vale que esto merezca la pena.
—Arlene Atkins. Freddie Mercury. La suite del cantante y un fogoso encuentro.
—¿Quieres que me invente esa historia para conseguir que Elideth salga del rincón donde está metida?
—No vas a inventarte nada. Sucedió durante la gira en Rio. Sé que hubo sexo entre ambos.
—¿Cómo lo sabes?
—Esas cosas se notan. Deberías haber visto las mejillas encendidas de la protagonista de tus sueños eróticos. Hay rubores que solo los puede provocar el sexo.
—La pista son dos mejillas coloradas. ¿Y tú estabas detrás de alguna puerta oyendo los gemidos agónicos de la pelirroja mientras Freddie se la estaba follando viva?
—Arlene no pintaba nada en la suite presidencial ese día y sin embargo la vi salir del baño a toda prisa. Estaba claramente alterada y con pruebas evidentes de haber estado llorando.
—Hmmm, sexo en la ducha quizás y remordimiento por haber sido desleal a su mejor amiga. ¿Algo más?
—Sí. Esto te va a encantar. Su pulsera rota junto a la puerta.
—¿En serio? ¿Me estás diciendo que probablemente fuera sexo no consentido y que Arlene pudo forcejear? Entonces sus lágrimas...
—Puede que forcejeara pero no estoy ciego, siempre ha mirado a Freddie como si fuera un jugoso pastel de chocolate.
—Pensaba que sus gustos iban más inclinados al lado femenino.
—Arlene es una auténtica bomba sexual y Freddie no es de piedra. Pero el sexo fue incuestionablemente consentido. Me consta que ese día la pelirroja se dejó arrastrar por su impetuoso corazón. La pulsera rota solo es un signo evidente de lo apasionado que debió ser aquello.
—Sin duda me conoces. Ese detalle de la pulsera es incluso poético —dio unos golpecitos con su lápiz sobre la hoja doblada en la máquina de escribir, con una mueca burlona—.
Ese artículo tiene mucho potencial, lo admito.
Dos animales salvajes cediendo a sus impulsos sexuales.
El marido infiel y la amiga desleal. Sexo y traición en Rio de Janeiro.
—Es un buen titular. ¿Vas a complacerme y escribirlo para que nuestro ratoncito salga de su agujero con el corazón roto en mil pedazos?
—Sabes tentarme, cabrón.