TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XXIII
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CAPÍTULO XXIII

IF I CAN’T GO TO HEAVEN, WILL THEY LEAVE ME GO TO HELL?

FREDDIE

La grabación de Mr. Bad Guy se había terminado y casi no me lo podía creer.

Había sido un proceso de casi dos años y al fin mi soñado proyecto vería la luz.

Hubo momentos en que pensé que jamás lo iba a lograr.

A pesar de que tuve a los mejores músicos que alguien pudiera soñar, me habían asaltado muchas dudas durante todo el proceso.

Habían pasado tantas cosas en mi vida durante ese tiempo.

Estaba muy orgulloso de ese trabajo y no podía esperar a enseñárselo al mundo.

Como artista no tenía ninguna expectativa sobre él, Miami me había conseguido un contrato muy sustancioso de la CBS de seis millones y Walter Yeetnikoff, su presidente, había apostado fuerte por mi disco.

Llevaba unos años en el negocio de la música y eso me ponía especialmente nervioso.

Walter había hecho su apuesta y yo era un músico que creía en su proyecto pero no tenía el respaldo de mis tres compañeros de banda.

Me daba cuenta que me sentía vulnerable y hasta cierto punto incluso insignificante.

Esta aventura en solitario me había enseñado a trabajar de forma distinta y al mismo tiempo a apreciar lo importantes que se habían hecho mis compañeros de banda con los años.

Estaba solo, era un artista en solitario y ser el cantante de Queen no tenía por qué ayudarme a triunfar en solitario.

Tampoco era mi máxima aspiración. Una vez terminado el disco, mi reto estaba superado.

Luego se pondría la maquinaria y en función de cómo se respondiera actuaríamos pero había algo que tenía muy claro; Queen seguía siendo mi prioridad independientemente de lo bien que le fuera a mi disco en solitario y no tenía ninguna intención de hacer una gira para promocionarlo.

Let's Turn It on tenía muy claro que debía ser la primera canción.

Nada era el azar. Se trataba de mi primer canto a Múnich y todo lo que me había inspirado esa maravillosa ciudad que tanto me había dado.

En general el disco era una sentida continuación de Hot Space, que al parecer solo yo adoraba.

Bueno, y también mi mujer. Ella siempre me decía que era nuestro disco incomprendido.

Estaba muy satisfecho con mi voz un tanto ronca provocada por mi forma compulsiva de fumar.

De hecho, la mayor parte del tiempo fumaba para conseguir esa voz.

También estaba orgulloso con el sonido eminentemente disco de muchas canciones, con sus letras románticas rayanas en lo cursi, con mi incursión en las letras comprometidas con mensaje, letras que tienen que ver con la tortura y el dolor, pero al mismo tiempo frívolas e irónicas.

Eli estaba en buena parte de ellas, como siempre.

Pero también aparecían Barbara y Winnie en su pleno derecho.

Al final narraba mi modo de entender las relaciones y cómo podía estar extático de felicidad o aullando de dolor.

Pero en resumidas cuentas era un canto a la vida, a la diversión sin sonrojo.

Teniendo en cuenta mi situación actual en cuanto a salud, había mucho sobre lo que reflexionar pero una y otra vez volvía al mismo pensamiento recurrente, "He pagado el precio por ser irrevocablemente libre pero no sé actuar de otro modo".

Múnich, 14 de febrero de 1985. Día de San Valentín.

San Valentín caía en viernes este año y además empezaban los carnavales en Múnich y aquello era todo un espectáculo que yo estaba deseoso de disfrutar. Había pagado el billete de avión para que Mary y su novio vinieran también. Últimamente sentía que necesitaba a mi vieja amiga más que nunca.

No estaba preparado para renunciar a Winnie aún. De algún modo me había hecho adicto a nuestras discusiones y nuestras reconciliaciones y como solía suceder le sepultaba a regalos.

Mi regalo de San Valentín fue un Mercedes negro Cabrio que mandé dejar aparcado fuera de su restaurante, envuelto en un enorme lazo.

Se volvió loco y estuvimos haciendo el amor durante horas pero al final siempre tenía que volver a pisar el suelo firme.

Y siempre hacía eso cuando tenía cerca a Mary.

—Sigues perdido, mi amor —dijo mientras se quitaba el postizo de coletas de su disfraz, observando su propia imagen en frente del espejo.

—¿Crees que Winnie no es el hombre de mi vida?

—Claro que no. Ya sabes perfectamente lo que pienso.

—Siempre me has dicho que te cae bien.

—Así es. También me cae bien mi lechero, me cae bien mucha gente. Pero no puedo evitar mirar con lupa todos los que te rodean. Llámalo instinto de protección.

—No temas por mí.

—Ese anillo... No acabo de entender vuestro rollo.

—Tú también llevas puesto nuestro anillo de compromiso. No tiene nada de malo.

—Freddie, tú ya estás casado. Ese es el anillo que deberías llevar. Además Garden Lodge ya está casi preparada y te trasladarás definitivamente a Londres. ¿Dónde queda Winnie? ¿Va a ser tu amante de fin de semana?

—Espero convencerle de que venga a vivir conmigo.

—¿En serio? No lo hagas, Fred. Debes dejarle libre. Él tiene su vida aquí. Disfruta con su trabajo y nunca abandonaría a su padre al que adora. No le hagas ese chantaje. No es justo.

—Le ayudaré a que abra su propio restaurante alemán en Londres y le aseguraré el éxito. Y puede traerse a su padre.

—Estamos hablando de personas. No puedes pretender moverlas de un lado a otro como si fueran muebles. Tú puede que no lo entiendas por tu infancia pero la gente está arraigada a su lugar de nacimiento y no es justo obligarlos a hacer ese sacrificio.

—Ya lo sé. Solo lo hago...

—Porque necesitas amar y ser amado. Por supuesto. Te entiendo.

—Pero no me apoyas.

—Nunca apoyaré nada que te pueda perjudicar. Deberías allanar el camino para una ruptura amistosa.

—No todo el mundo se llama Mary Austin y me quiere por encima de cualquier otra cosa.

—También hay otra persona que te quiere así.

—Oh, no. Elideth, ¿verdad?

—Así es y no deberías olvidarlo nunca.

—¿Y por qué alguien que según tú me quiere tanto, no hace más que dañarme?

—Creo que ahí ella no tiene solo la exclusiva. Tú no eres inocente. Ambos os habéis hecho mucho daño.

—Según tú debo dejar a Winnie para volver con Eli.

—Yo no he dicho eso. Puede que Eli y tú os améis sin freno pero no siempre eso es compatible con un buen y duradero matrimonio. Dicho esto, sí que opino que pase lo que pase con vosotros, la necesitas a tu lado. Y no solo porque es la madre de tus hijos.

—Si no recuerdo mal tú pensabas que su huida era la antesala de una separación y un posterior divorcio.

—Y lo sigo pensando. Pero es posible mantener vuestra amistad ¿no? Pase lo que pase.

—¿Por qué siempre acabamos hablando de ella?

PRENTER

Mi lengua tenía un aspecto cada vez más horrible. Lucía una gruesa capa blanca y hacía que comer fuera un auténtico suplicio. De hecho apenas comía, me alimentaba a base de comidas blandas y líquidos de modo que cada vez estaba más flaco y pálido.

Me negaba a ir al médico. Era obvio que no era la viva imagen de la salud pero no quería plantearme que tuviera ese dichoso cáncer gay como lo llamaban.

Prefería dar la espalda a esa posibilidad.

¿De qué iba a servirme saber que tenía una enfermedad mortal?

También era consciente de que no iba a entrar en el cielo una vez muerto pero seguro que el infierno era un lugar infinitamente más divertido en el cual estar.

Recordaba las palabras de la maldita pelirroja que fueron como si me hubiera echado una maldición en aquellos momentos, fulminándome con su mirada.

Me había dicho que moriría pronto. ¿Es que pensaba convertirme en una más de sus víctimas?

Primero mi Nina, luego Sally y ahora ¿su sed de sangre no se veía nunca calmada?

No confiaba en las mujeres en general. Solo en mi madre y mis sobrinas, eso por descontado.

Todas las mujeres que me rodeaban eran una fuente de desconfianza para mí.

Por eso cuando conocí a Nina puede decirse que fue una suerte de extraño "amor platónico".

No había deseo, por supuesto. Era una mujer guapísima y sensual pero nada que me pudiera interesar.

Sin embargo, su personalidad, sus palabras, su forma de mirar, sus chistes, su maravillosa simpatía.

Todo contribuyó a que me enamorara de ella y la convirtiera sin pretenderlo en una amiga incondicional. Fue tan sorprendente y exótico.

La echaba mucho de menos aunque la constatación de su muerte abrió dos vías en mi vida.

Por un lado me consternó y lloré lágrimas de pura rabia y por otro me liberó.

Liberó la bestia que ella con su desbordante personalidad contribuyó a mantener agazapada.

Si ella estaba muerta yo ya no podía cruzarme de brazos a la espera de su siguiente treta genial.

Debía actuar. Y debía hacerlo porque se merecía que la vengara por todo lo que habíamos compartido.

Últimamente me encontraba fatigado, con unas náuseas imposibles y me costaba hasta subirme los pantalones pero aunque tuviera que arrastrarme como un gusano por la tierra, Elideth iba a morder el polvo.

Cheryl era un ejemplar hermoso de hembra británica. Tenía raíces irlandesas, como yo. Por eso quizás podía consentirla ese tono siempre de niña repelente que usaba conmigo. Como si ella fuera mejor que yo. Pero éramos muy parecidos. Ambiciosos, implacables.

Escribía a máquina sorprendentemente deprisa y el cigarro bailaba en sus labios pintados de rojo.

El humo probablemente nublara su vista pero sus ojos color avellana no se despegaban de su papel.

Tenía las gafas de pasta precariamente sobre la parte inferior de su naricita respingona.

Estuve un buen rato observándola, sentado sobre los papeles de su mesa.

Todo parecía un auténtico caos pero daba la sensación de que si movieras uno solo de esos papeles, el equilibrio extraño de ese escritorio se pondría en peligro.

—Dios, Prenter. ¿Qué haces ahí parado como un puto fantasma? —me miró por encima de sus gafas.