TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

brEAK FREE FROM YOUR LIES

ELIDETH

El momento clave de la posible transmisión era sin duda el parto por la gran cantidad de sangre.

El ginecólogo me aseguró que si la carga podíamos lograr que fuera indetectable se podría realizar un parto vaginal sin ningún tipo de problema.

Aún teniendo en cuenta que lograra llegar casi a término con una carga indetectable, la opción que me parecía más segura era la cesárea electiva en la semana treinta y ocho para reducir al máximo los riesgos.

La cesárea evitaba la rotura de las membranas, lo cual podía aumentar el riesgo de trasmisión y el contacto del bebé con la sangre y secreciones vaginales era menor.

Aunque no se podía jugar con un cien por cien de fiabilidad y siempre me sometía al criterio de los médicos que podían guiarme y aconsejarme lo que sería mejor para mí.

Así que estaba totalmente en manos de ellos y los necesitaba en cada etapa de este embarazo que curiosamente no había tenido ningún contratiempo.

Álex se ocupaba de mí todo el tiempo que podía y era mi acompañante en todas las frecuentes consultas.

Mi amigo era el guardián de mi secreto, él único que sabía de mi estado y para mi propio equilibrio me mudé con él a Londres para poder llevar mi embarazo desde allí.

Vivir junto a mis padres hubiera sido un peso añadido al haberles ocultado mi situación.

Para descargar mi mala conciencia les llamaba regularmente por teléfono pero eso en sí mismo parecía una exageración y ellos no eran tontos. Sentían que algo pasaba.

A pesar de que Álex procuraba animarme, hacerme reír e intentar convertir mi vida en lo menos dramática posible, era mucha la carga que llevaba a mis espaldas.

No solo mi enfermedad y el embarazo de riesgo sino la montaña de mentiras que había ido acumulando con la gente que más quería.

Antes de que todo se descubriera del peor modo debía decírselo.

Y era un tema bastante peliagudo y se podría decir que hasta rocambolesco.

Ya estaba de cuatro meses y los cálculos se podían hacer de forma muy fácil y eran unas matemáticas un tanto extrañas porque yo estaba jugando con mis embustes con una línea temporal distinta a la que había estado viviendo.

En medicina todo era posible y aunque el hecho de haber sufrido un aborto espontáneo hacia dieciocho días y tras mi "estancia en Tenerife" quedarme embarazada de nuevo, no era muy común seguía siendo plausible.

Tenía que comunicarles al menos esa verdad y aunque me doliera, también lo de mi enfermedad porque mi madre quería acudir conmigo a las consultas y no me apetecía que se enterara de mi embarazo de riesgo por alguien que no fuera yo.

—¿Por qué no nos dijiste nada cuando volviste? Ash, es como si a cada paso estuviéramos descubriendo una nueva pieza de un puzzle. Supongo que tu infección ya la conocerías con bastante más antelación —empezó mi padre.

—Y no solo te quedaste embarazada una vez sino dos siendo seropositiva —fue el turno de mi madre ahora.

—Nos dijiste que tu marido no te acompañó a Tenerife. ¿Es que la criatura que llevas no es de él?

—Sí, claro. Es de él.

—Así que en realidad estuvo contigo en la isla. ¿Por qué nos dijiste que habíais decidido estar separados un tiempo?

—Eso es lo que habíamos decidido pero...

Maldita mentirosa, Eli. ¿Por qué no eres tan buena como antes?

—Imagino que él te lo pegaría —el rostro atónito de mi madre me estaba rompiendo el corazón.

—Ash, dinos que tu marido no es un drogadicto o... —dijo mi padre ahora.

Si supieran que su hija había sido la drogadicta dos veces durante esta misión. Eso les acabaría de destrozar. Nunca podía contarles la dura realidad. De ningún modo.

Sabía que no querían acosarme pero era difícil no hacerlo.

Era una completa locura mi maldita mentira y estaba al límite de mi resistencia.

En realidad ya no podía más. Todo aquello me hacía parecer una completa descerebrada, alguien sin ningún tipo de rumbo en la vida.

Alguien muy distinto de la hija que habían criado.

Responsable, trabajadora, prudente, considerada.

Mi mente me decía a gritos, Libérate de tus mentiras.

Pero ¿cómo contarles toda la verdad sin volver a violar una regla indisoluble en la misión?

Así que me acabé derrumbando haciendo sentir a mis pobres padres encima culpables de su acoso y derribo totalmente merecido. Su paciencia había sido tan inmensa conmigo. Ser conscientes, poco a poco, de algunas de mis realidades había sido un impacto.

—Perdónanos, cariño. No hacemos más que pedirte explicaciones y pasamos por alto tu maldita enfermedad —mi padre estaba más pálido de lo que nunca le había visto.

—Tenéis todo el derecho a acosarme a preguntas. Bastantes pocas me habéis hecho.

—Lo único que debe importar ahora es que tu embarazo se lleve a buen término y no vuelvas a tener un aborto. Nosotros vamos a cuidar de ti, amor. No nos ocultes una y otra vez todos tus pesares. Eso nos hace sentir mil veces peor.

FREDDIE

Me quedé mirando esa sencilla píldora que Arlene se empeñaba en decir que era mi seguro de vida.

La tenía sujeta entre mis dedos y se suponía que debía tomarla.

Una al día y a ser posible a la misma hora.

Con regularidad espartana. Tenía muchas dudas y muchas preguntas que nadie me respondía.

Solo apelaban a mi sentido común y a la necesidad de frenar ahora en sus inicios el progreso del virus.

Hablaban tanto Arlene como Amandine (a la que también había confesado mi enfermedad) como si supieran más de la enfermedad que ningún médico o farmacéutico en la actualidad.

Y eso me inquietaba, encendía mis alarmas.

Arlene me había dejado un frasco lleno de esas pastillas y me instaba a que fuera responsable y las tomara a diario como ella lo hacía.

Que nadie más supiera de ello, mucho menos mi médico.

—Freddie...

—Liza... ¿Es que no sabes llamar a la puerta?

Me había pegado tal susto, tan inmerso en mis cavilaciones como estaba, que todo el frasco de píldoras se me desparramó por el suelo del baño.

—Eh... ¿tú también estás tomándolas? —me preguntó Joe ayudando a recoger todas las pastillas del suelo.

—¿De qué hablas?

—¿Es que ya se están comercializando por fin?

—¿Tú estás tomando esto?

—Hace más de un año. Pero hace más de dos meses que no lo hago. No se lo digas a Amandine.

—¿Amandine?

—¿A ti no te las ha proporcionado Amandine?

—No, ha sido Arlene. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué clase de información están manejando que nosotros no sabemos?

—No le digas nada. Se supone que era alto secreto.

—Claro, ¿cómo no? Tan alto secreto que ni siquiera los médicos saben de su existencia. No existe ningún tratamiento para nosotros. ¿Te das cuenta?

—Yo también estaba desconcertado cuando me lo propuso pero...

—Y hace más de un año que llevas tomando este mismo medicamento. Cuando había aún menos avances.

—Amandine me hizo prometer que fuera riguroso a la hora de tomarla...

—A la misma hora siempre.

—Así es.

—Las palabras de una y otra son idénticas.

—Yo confié en su palabra y decidí empezar el tratamiento. Sus palabras tenían como una fuerza irrevocable. No sabría explicarlo bien. Tuve la sensación de que si no lo hacía estaba siendo un necio. El caso es que me he estado medicando en secreto desde entonces.

—¿Lo has hecho rigurosamente?

—Bueno, no siempre. Hasta que adquirí el hábito. No es tan difícil ser disciplinado si lo intentas de verdad. Tú eres muy disciplinado, Fred. Lo llevarías bien.

—¿Y por qué has dejado de tomarlas?

—No se lo digas a ella.

—No se lo diré. Dime por qué.

—Creo que ya está siendo inútil. Mira.

Joe se sentó en la bañera y descalzándose, alzó su pie derecho para que pudiera ver su planta. Tenía un enorme lunar que le ocupaba buena parte del pie.

—¿Qué es eso?

—Supongo que el sarcoma de Kaposi. Un cáncer dérmico que suele salir a la gente infectada.

—¿Te duele?

—No, no duele ni pica pero suele crecer y darse en diferentes partes del cuerpo y es un signo nada bueno que precede a...

—Joe, no pienses así.

—Freddie, ya sé lo que me vas a decir y me encanta oírlo pero ya no ha lugar. No puedes impedir que esto avance.

—Yo no, pero quizá el tratamiento...

—Cuando empecé a tomarlo no tenía esa mancha y ahora la tengo. ¿Qué te dice eso?

—Me dice que el tratamiento no te está funcionando.

—Eso es.

—¿Entonces por qué voy a tomarlo yo? Me pasará lo mismo.

—Tú acabas de infectarte, yo empecé a tomarlo cuando llevaba ya tiempo con la enfermedad.

—¿No puedes hacer un cálculo exacto de cuándo pudiste pillarlo?

—Probablemente ya lo tuviera cuando estábamos juntos.

—Y no utilizamos protección. Recuerdo lo enfadada que se puso Eli conmigo. No podía saber nada...

—Freddie, no lo sabía ni yo. Me hice la prueba años después de regresar. No puedo estimar cuándo. Fue una etapa muy alocada, cualquiera pudo pegármelo. Hacer un cálculo es imposible.

—Ahora no me quito de la cabeza a Eli y su testarudez para usar protección. Siempre había insistido mucho pero en aquellos momentos estaba especialmente insistente. ¿Qué sabía?

—Es imposible que supiera nada.

—¿Tan imposible como que Arlene y Amandine sepan de unos fármacos que nadie conoce?

—Yo si fuera tú, los tomaría. Son totalmente inocuos. No dan ningún tipo de efecto secundario. Y pueden salvarte la vida.

—¿Y si no valen para nada? ¿Y si solo me perjudican? Puede que a todo el mundo no le sienten igual.

—Creo que tendrás que arriesgarte, Freddie. Hazlo por tu mujer y tus hijos.

AMANDINE

Por un lado no me arrepentía de no haber ido en la comitiva de Rock in Rio.

Me había perdido dos conciertos históricos pero también me había perdido ser testigo de aquellas sesiones de fotos entre Freddie y Barbara, lo cual agradecía.

Siempre me había parecido una maldita provocación verlos así como si fueran la nueva pareja hecha en el cielo.

No sabía si aquella absurdez era debido al nuevo enfado con su verdadero amor, Winnie y quería con ello dejarle claro que se encontraba muy cómodo con una mujer o realmente Barbara sí había sido importante para él.

Lo que estaba claro es que para mí su sonrisa radiante mientras ojeaba la revista holandesa Joepie era una maldita cuchillada.

Era superior a mis fuerzas. Había pasado de la desconfianza enfermiza a un pleno odio hacia ella y desde el incidente del jarrón donde se me había escapado viva, aún la detestaba más.

Supongo que alguien como ella solo podía aspirar a este tipo de cosas: exclusivas vergonzantes en revistas parecidas a las alemanas Brigitte o Gala.

El público objetivo de esas revistas eran las amas de casa y sus artículos trataban mayormente sobre la alimentación y crianza de los hijos.

Ni Freddie ni Barbara encajaban mucho en los personajes que las lectoras potenciales de esas revistas buscaban leer.

A no ser que esa entrevista de ellos dos fuera la quintaesencia del romanticismo. Y así debía ser.

—¿No estamos guapos? —me preguntó con amplia sonrisa sacudiendo la revista ante mí con un aire de superioridad.

Estaba claro que estaba provocando pero mi curiosidad de fan pudo más y cogí la revista en mis manos.

Nunca había leído esa entrevista, solo había visto las fotos.

Freddie observando con adoración el generoso escote de la actriz y ella dejándose adorar metida entre sus piernas.

El titular decía: "Freddie Mercury encuentra al fin la felicidad en los brazos de Barbara".

Eso es lo que decía ese titular, no podía creérmelo.

—Tus ojos se van a salir de sus órbitas —me espetó divertida la austriaca.

—Cállate —me limité a decir, sentándome para echar una ojeada a la entrevista.

Todas las palabras de Freddie hacia Barbara eran laudatorias, cómo no.

Que si había pasado por una gran crisis de la que ella le salvó, que ella le había enseñado a disfrutar de la ciudad sin complejos y que era provocadora pero que tenía mucho estilo.

¡Ja! El hecho de haber trabajado con gente de tanto renombre como Fassbinder también fue una gran fuente de interés para él.

Que no se arrepentía ni un solo momento de haberla conocido porque se entendían sin palabras y ya no se imaginaba la vida sin ella.

Que su amistad se había convertido en un intenso amor.

Las palabras de Barbara tampoco tenían ningún desperdicio.

Había quedado fascinada de pies a cabeza por el cantante de Queen y era muy diferente de aquel huracán que pisaba el escenario.

Nada arrogante sino un hombre muy sensible.

Al parecer ella entendía que les unía aparte de unas interesantes carreras, un modo de entender la vida y que juntos podían superar todas las dificultades.

Freddie aseguraba que había conseguido muchas cosas en su trabajo, fama y dinero y que el tiempo pasaba sin pedirte permiso.

Así que era buena idea tener en mente organizar su vida de un modo distinto y disfrutarla al lado de Barbara.

Que el viaje a Brasil con ella había sido como una especie de viaje de novios y que podría abandonar Queen en cualquier momento por ella sin pestañear.

Y Barbara sonriendo glotona dijo con pretendida dulzura, Vielleicht geht das jetzt ein bisschen zu schnell.

Después de leer esto, necesitaba encontrar un sitio donde vomitar.

—Eso es una sarta de mentiras —dije arrojándola la revista casi a la cara.

—¿Quieres decir que Freddie no ha dicho ninguna de esas palabras de amor encendido hacia mí?

—Quiero decir que ha pasado lo que ocurre siempre, que se han sacado de contexto cada una de sus frases y las han colocado de tal modo que esto parece una entrevista entre una pareja consolidada a punto de ir al altar.

—Te lo dije y te burlaste de mí...

—Freddie ya está casado.

—No será un hombre casado por mucho más tiempo. Es un matrimonio de mentira.

—Esta entrevista es de mentira. De cabo a rabo. Freddie se va a enfadar mucho cuando llegue a sus manos.

—Oh, vamos. Mira esas fotos. Yo veo a un Freddie totalmente cómodo y enamorado.

—Los periodistas de esa revista son amigos tuyos, ¿verdad? Tú embarcaste a Freddie en esa gilipollez y él para no disgustarte, accedió. A veces es tan bobo...

—Los dos estuvimos muy a gusto hablando de nosotros.

—Por supuesto. Y después en la redacción se han hecho los arreglos oportunos. El viejo truco de siempre. Eres patética, Barbara. ¿Crees que a Freddie le va a gustar esta engañifa?

—Es una maldita revista para marujas, no creo que esto ocupe uno solo de sus pensamientos.

—Pero para ti es uno de tus sueños dorados convertidos en realidad ¿verdad? Que el mundo te pueda ver como la próxima señora Mercury.

—O él como el señor Valentin, más bien. ¿Ya te ha perdonado por haberle roto aquel precioso jarrón?

—Lo peor de todo es que tú te escapaste sin que te rompiera la nariz.