CAPÍTULO XIX #2
—Tengo mis razones, Freddie. Y tú también tienes las tuyas para estar obsesionado con ello. Pero fuiste muy injusto conmigo. Jugar con mi lealtad hacia Eli. Nunca pensé que ibas a llegar a hacer eso.
—¿Fui un canalla?
—Te comportaste tan alejado a tu naturaleza que aún estoy intentando asimilarlo.
—Nunca pretendí hacer lo que fuera que hice. Me crees, ¿verdad?
—Eso espero, porque me diste bastante miedo y me sentí la mujer más sucia del universo.
—Perdóname. Hazlo. Antes me perdonaste a la primera.
—Antes solo quería que te alejaras de mí.
Entonces sonó una alarma en su reloj digital y apagándola, palpó dentro de los bolsillos de la chaqueta que tenía doblada en la balda del equipaje. Sacó un frasco y de él una pastilla que se tomó dando un trago a la botella de agua.
—¿Es para el dolor de cabeza? —quise saber, intrigado.
—No.
—¿Un anticonceptivo?
Lo sé, ese tipo de preguntas solo las podía hacer yo. Hizo una mueca poniendo los ojos en blanco.
—No los necesito.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma de algo?
—Sí. De hecho sí.
—¿De qué?
Arlene parecía no encontrar las palabras aunque tampoco parecía que quería ocultármelo.
—No pasa nada. Si no quieres decírmelo. He sido un puto indiscreto.
—Sí quiero decírtelo. Es decir, no me importa decírtelo pero agradecería discreción.
—De acuerdo.
—Soy seropositiva.
—¿Qué? ¿Tú? Pero...
No sabía de qué me extrañaba tanto. Eli estaba contagiada por mi culpa y Arlene... No tenía ni idea de cuál había sido su actividad sexual los últimos tiempos.
—Solo hay dos personas con las que me he acostado y están descartadas. No me he contagiado por vía sexual.
—¿Entonces?
—Bill Reid.
—¿Te acostaste con mi novio?
—Te he dicho que no me lo han pegado a través del sexo.
—¿Cómo entonces?
—¿Recuerdas la pelea cuando se puso a destrozar esa habitación?
—Sí, pensaba que le ibas a matar.
—Nuestras sangres se mezclaron fatalmente. Eso fue todo.
—¿Cómo sabes que está enfermo? Yo nunca lo supe...
—De algún modo conseguí la información.
La miré completamente noqueado. Durante unos momentos no fui casi capaz de reaccionar y mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta.
Fue una noticia absolutamente sorprendente.
Bill tenía esa virus y yo había tenido sexo sin protección tantas veces y pude mantenerme sano y salvo.
Y ahora, mi carrot cake también estaba condenada a morir por mí.
Para protegerme de él había puesto su vida en riesgo.
—Arlene... lo siento mucho. Yo... —le agarré una mano casi con timidez y solo dejó que se la apretara durante unos segundos en señal de apoyo, luego la retiró metiéndola entre sus rodillas—. Aún no puedo creérmelo.
—Pues créetelo. Es un hecho.
—Entonces... Eli, tú y yo estamos enfermos. Los tres.
La acababa de decir que yo también era seropositivo y ni me había dado cuenta. Lo hice y no lo lamentaba. Arlene debió haberlo sospechado debida a la infección de Eli pero ahora no había emoción alguna en sus bellos rasgos. Más bien mostraban algún tipo de fatalista rendición y era descorazonador.
—Eso parece.
—Quiero mantenerlo en secreto, por favor. Ya hay demasiada gente que sabe lo de mi enfermedad...
—Sabes muy bien que sé guardar un secreto, ¿verdad?
Estaba dolorosamente en lo cierto, eso seguro.
—Eso que estabas tomando antes... aún no hay nada para combatir esta enfermedad.
—Sí lo hay.
—¿Desde cuándo?
—Nadie dice que sea seguro cien por cien pero sirve para mantener a raya al virus.
—¿Qué medico te las ha recetado? El mío no tiene conocimiento de ninguna medicina.
Arlene, deberías dejar de tomar eso que sin duda algún farsante te ha aconsejado.
Seguro que se trata de alguien deseoso de hacer negocio con la desesperación de la gente.
¿Sabes fehacientemente lo que te estás metiendo al cuerpo?
¿Cuánto te han cobrado por esas pastillas?
—Tranquilo, todo está en orden. Es una medicación experimental...
—Por supuesto que es experimental. ¿Sabes lo que puede suponer para tu organismo? ¿Y si estás acelerando el proceso y enfermas con más rapidez?
—Es mejor que no combatirlo en absoluto. Quiero que tú también las tomes.
—¿Estás loca? No tomaré nada que mi médico no me haya recetado. Se trata de mi cuerpo.
—Exacto. ¿Quieres combatir al virus o quieres que el virus gane la batalla?
—Tu cuerpo y el mío no son lo mismo. Puede que lo que a ti te venga bien, a mi me mate.
—Estoy de acuerdo en eso de la muerte. Si te empeñas en no medicarte, irremediablemente morirás.
—¿Y tú no morirás?
—Tengo menos posibilidades que tú.
—Dime dónde las has conseguido. ¿No te das cuenta que probablemente te hayan estafado?
—No voy a dejar que ese virus arrample con todo. Le plantaré cara desde el inicio y quiero que tú también lo hagas.
—Dios mío, dime que Eli no está tomando también eso. No solo puede poner en peligro su vida sino la del bebé que viene.
—Al contrario. Tomándolo se está asegurando desde el inicio el buen desarrollo del embarazo y controlando la enfermedad.
—Arlene, por favor. Ten compasión de mí. Dime dónde está. Tengo que impedir que siga envenenándose.
—Ya sabes mi respuesta. No te voy a desvelar nunca el paradero de Elideth.
—Te estás vengando de mí por mi comportamiento del otro día, ¿verdad?
—Freddie... tu mujer me hizo prometer que intentaría por todos los medios que empezaras tu tratamiento.
—No existe aún ningún tratamiento para nosotros. Esto es una locura. ¿Con quién habéis hablado vosotras?
—¿Crees que Elideth iba a poner en peligro la vida de su propio hijo? Estas pastillas son seguras, son lo único seguro que hay para no rendirse. Nosotras no vamos a rendirnos ante la enfermedad. ¿Tú lo vas a hacer? ¿Freddie Mercury se va a rendir sin plantar cara?