CAPÍTULO XIX
MY NEED IS SUCH
FREDDIE
—Freddie, abre la puerta de una vez. Ya te hemos dejado hacer tu santa voluntad mucho tiempo.
Había oído muchas voces diferentes al otro lado intentando convencerme de salir pero la voz de Mary siempre sonaba diferente para mí.
Sonaba a verdad, a cariño sin exageraciones extrañas.
Muchas veces, como aquella, me sonaba como mi madre cuando me regañaba de adolescente por llegar siempre tarde a la mesa familiar.
Y ella hizo que al fin me levantara de la cama.
Estaba muy borracho pero a retazos recordaba algunas de las cosas que había hecho a Arlene, las palabras que había dicho a Arlene. El peso de mi conciencia me estaba matando. Si no echaba el freno, me iba a dar un buen batacazo.
Después de esa vergonzosa escena, me había pasado dos días encadenados uno detrás de otro en una espiral totalmente irreal dentro de la suite.
Los chaperos que me proporcionaba Prenter venían, daban cuenta de las ingentes cantidades de alcohol y drogas que el irlandés les proporcionaba y luego ceremoniosamente pasaban a mi habitación.
Yo les esperaba solo vestido con uno de mis kimonos de seda, ya bastante colocado.
Si el chico judío, rubio de ojos azules llamado Patricio no formaba parte de la comitiva, le montaba un pollo a Paul hasta que volvía a la calle y me lo conseguía.
Estaba muy alejado de la estética que buscaba en los hombres.
La mayoría de esos brasileños eran delgaditos como juncos pero lo importante es que supieran follar.
Una vez que el rubio capitaneaba la comitiva comenzaba el espectáculo que podía durar siempre dependiendo de mi propio ánimo y fuerzas.
Los chicos bebían y esnifaban las rayas que ya estaban perfectamente preparadas en la mesa.
Y avanzada la noche empezaba a entablar relaciones sexuales con uno detrás de otro, mientras los demás esperaban su turno.
Siempre era pasivo así que alguno de ellos se ocupaba con ahínco de mis erecciones.
Ser pasivo era una de las formas más fáciles que tenía de divertirme en aquellos momentos.
Actuar como "el hombre" resultaba muy cansado.
Pero me estaba dando cuenta que ni siquiera esa situación me excitaba la mayor parte de las veces.
Me sometía a una especie de rutina. Me entregaba pero cuanto más salvaje se ponía todo, más impasible me volvía.
No me lo estaba pasando bien sino haciendo algo que ocupara mi mente y no se me ocurría mejor cosa que el sexo casual.
Cuando te encontrabas vacío, solo, decepcionado contigo mismo, la promiscuidad era una herramienta muy útil.
Pero aquel apetito voraz por todo tipo de excesos lo único que ponía de manifiesto es que me encontraba cansado, física y mentalmente.
—¿Todavía estás así? No se va a suspender la entrevista, Freddie. Te pongas como te pongas.
—No estoy para entrevistas. Mírame.
—Lo estoy haciendo. Tienes todos los miembros en tu sitio y eres capaz de hablar. Suficiente. Tienes el baño preparado. Yo te escojo la ropa.
—Yo era quien te escogía la ropa, ¿recuerdas? —hice una mueca burlona.
—Aún recuerdo la falda que me compraste. Era lo más estrafalario que había visto nunca.
—Tenía estilo.
—Nunca se lo encontré. Vamos, vamos.
Estaba listo para salir de la cama pero volví a acostarme, exhausto y deprimido. Mary me ayudó a ponerme en pie, tirando de mis brazos.
—No quiero ir a hablar con esa tía.
—Freddie, no seas niño.
—No soy niño, es que no me encuentro bien.
—Llevas dos días aquí encerrado. Creo que tu resaca ya ha pasado.
—No saldré de aquí hasta el día del concierto.
—Vamos, el agua se enfría y ya no estará como te gusta. Y no vas a estar ahí chapoteando una hora como sueles.
A regañadientes, me encaminé al baño. Me sentía tan débil, tan pequeño.
—¿Me desprecias? —la pregunté de pronto girándome a ella.
—¿Qué? —alzó una ceja, aunque sonriendo. Obviamente no dando importancia mi frase.
—Soy consciente de que soy despreciable. Yo sí que me desprecio a mí mismo así que supongo que los demás... Ohhh, está perfecta. Gracias, amor mío —gruñí placenteramente sentándome en la bañera y echando la cabeza hacia atrás.
—Malcriado... ¿crees que después de todo lo que hemos vivido juntos te voy a despreciar por tus orgías de sexo, drogas y alcohol? No seas bobo.
—Entonces sigo siendo el mismo Freddie para ti.
—¿Es que no lo eres? —colocó su dedo índice sobre mis labios y lo besé.
—No sé quién soy. Me he convertido en un monstruo.
—Imagino que todo se desarrollará con la debida protección.
—Sí, no me refería a eso.
—¿A qué entonces?
—Crucé la línea con Arlene, Mary.
—Explícate.
—Estaba terriblemente borracho y drogado y cuando la vi fue como si esa espesa apatía que me envolvía, desapareciera.
Ella fue la diana de todas mis frustraciones y me comporté como una bestia violenta.
Lo peor de todo es que no recuerdo lo que pasó en su totalidad, solo alguna frase y sobre todo sus ojos.
—¿Por qué? ¿Por qué con ella?
—No me quito a Eli de la cabeza y ella es lo más parecido a Eli que tengo a mano. Ella tiene información sobre su paradero. Ella lo sabe todo y se niega obstinadamente a decirme nada. ¿No ve que la necesito? Está embarazada y está enferma, ¿sabes?
-—Pero precisamente por ello deberías respetar sus decisiones.
—Su decisión es irracional y está motivada una vez más por sus extraños caprichos.
—No lo creo. Ella tendrá sus motivos. Eli no es una persona frívola.
—Me está castigando de nuevo porque nuestros caminos cada vez están más separados y en vez de estallar en sus antiguos ataques de celos, ha elegido esta nueva táctica de tortura para mí.
—Oh, creo que la estás adjudicando una personalidad que nada tiene que ver con la suya. ¿Crees que lo ha hecho porque estáis distanciados y ahora tienes una relación más o menos continuada con Winnie y otra esporádica con Barbara?
—No lo sé. Intento comprenderlo pero por mucho que lo hago no encuentro la razón. Me estoy volviendo loco. Necesito que vuelva.
—¿Para qué? ¿Para seguir haciéndoos daño? Puede que este bien así, Freddie. Puede que ella lo que en realidad busque es una distancia para iros acostumbrando a la separación y...
—No me voy a divorciar de ella.
—Puede que ella sí que quiera divorciarse de ti, amor. Vamos, no te regodees más en el baño o llegarás tarde. Te pondrás la camiseta blanca de tirantes, los vaqueros y vas a hablar con Gloria María como el educado y profesional chico inglés que eres, ¿vale?
—De acuerdo.
—Y discúlpate con Arlene en cuanto puedas.
Lo primero era lo primero. Quería aparecer en forma para mi entrevista, nadie debía adivinar mi pesadumbre. Así que era hora de que Freddie hiciera el payaso y empezara su actuación. Era un artista después de todo.
Había pocas cosas en las que no hiciera caso a Mary aunque ella solía aconsejarme solo cuando yo le pedía consejo.
No era una persona a la que le gustara imponer su pensamiento a los demás y sabía que veía la vida muy diferente a mí en muchas ocasiones pero ella jamás me juzgaba.
Era algo que detestaba y que yo a mi vez adoraba en ella.
Pero esta vez supongo que se vio obligada a hablarme con franqueza y hacerme despertar. Funcionó. Como siempre.
Sabía que la debía una disculpa pero nunca encontraba el momento propicio para hacerlo. El ritmo de una gira era a veces incompatible hasta con la vida normal. Así que no se me ocurrió otro lugar que el avión de regreso para ello.
La partida de Scrabble se había estancado y anduve hasta los asientos más traseros para despejar mi cerebro lleno de letras.
Sí, no era el mejor momento para abordar a Arlene porque los vuelos y más este de casi nueve horas la tensaban extraordinariamente.
Tenía puesto un antifaz pero sabía que no estaba dormida porque sus piernas se movían nerviosamente.
En su regazo una revista en la página de deportes.
—Hola.
Levantó una parte de su antifaz mirándome con extrañeza, como si me hubiera confundido de asiento.
En las partes delanteras se oía bullicio, la mayoría estábamos como siempre sacados de quicio por no poder relajarnos y dormir unas horas.
Deaky se había puesto los cascos y tenía los ojos cerrados justo enfrente de nosotros.
—¿Qué ocurre? —me preguntó.
—Venía a pedirte perdón.
—Vale. Perdonado. Ahora déjame en paz.
Aquella pelirroja sabía cómo enfadarme, desde luego. ¿Cómo que perdonado? ¿Sin hablarlo? La quité el antifaz de los ojos de un tirón y me le metí al bolsillo.
—¿Qué demonios haces?
Tenía los ojos enramados y con ojeras. Estaba claro que no dormía muy bien últimamente.
—Pareces cansada.
—Estoy cansada. Es el maldito avión, ya lo sabes.
—¿Recuerdas aquel vuelo hasta San Francisco en el cual me hiciste escribir aquella carta a Eli? Lo soportaste bien.
—Solo eran dos horas. Los vuelos transoceánicos me atacan los nervios.
—Arlene, tienes que ayudarme. Sé que me pasé de la raya esa noche...
—No era de noche, era a plena luz del día.
—¿Ves? Ni siquiera puedo acordarme. Creo que estuve borracho...
—Borracho y colocado dos días completos.
—Tienes que entender dos cosas. Estaba colocado y borracho por un lado y desesperado por el otro.
—Eso no es culpa mía, Freddie —se encogió de hombros. Esa mirada de nuevo...
—Quiero saber qué pasó.
—No pasó nada. Olvídalo.
—¿Me crees cuando te digo que solo recuerdo trozos? Y cómo me mirabas y tus ojos me persiguen desde entonces.
—Te creo, pero eso no minimiza lo que hiciste.
—¿Te perdí el respeto? Ya sabes...
—Hay muchas formas de degradar a una persona y creo que te propusiste hacerlas todas.
—Pero no hubo...
—No me pidas que describa lo que pasó. Te lo ruego.
—Tener claro que tú eres la única que sabes su paradero me trastorna. Y me trastorna aún más que tengas esa extraña testarudez de no confesármelo. Escapa a mi comprensión.