TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XVIII #3
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CAPÍTULO XVIII #3

Agarró con su única mano libre uno de mis mechones.

Tiró de él pero sin violencia. Aunque la violencia hacía unos minutos que había empezado entre nosotros de forma evidente.

Yo estaba literalmente paralizada por el terror, no era capaz ni de reaccionar.

Por la incómoda y comprometida situación, por supuesto.

Pero también por su mirada con la fuerza de un millón de hogueras. El corazón iba a salirse de mi pecho.

—Tu silencio me cabrea, teniente. No quiero hacerlo, pero me estás obligando a ello.

—Esto es una completa locura. ¿Qué es lo que pretendes?

—Ya te lo he dicho. Es muy fácil. Dime una dirección y nuestra conversación se ha acabado.

—Esto no es una conversación, me estás violentando.

—¿En serio? ¿Alguien tan insignificante como yo puede violentar al huracán pelirrojo que arrasa con todo?

—Sabes muy bien de lo que hablo, Freddie. Estás jugando sucio. Nunca voy a traicionar a Eli.

—¿Estás segura de eso?

Mis ojos mezcla de terror e incredulidad no podían apartarse de los suyos, tan brillantes, tan malvadamente bonitos.

Sentía dificultad hasta para tragar saliva y entonces sentí dos de sus dedos trazando círculos alrededor de mi ombligo en la piel descubierta entre mi top y la cintura de mi pantalón.

—No puede ser que me estés haciendo esto. Dijimos que...

—Ahora mismo me importa una mierda lo que dijéramos. Quiero saber dónde está Eli y el hijo que viene en camino. ¡Vamos!

—Eli necesita estar lejos... por favor. Ya habéis hablado.

—No me convenció nada de lo que me dijo. Todo me sonaba a excusa para volver a alejarse de mí.

—Ya estabais alejados, Freddie.

Su mano descendió y se introdujo por mis pantalones. Aquello no podía estar pasando, ¿qué había hecho para merecerlo?

—¿Vas a ser capaz, teniente?

—Ya te he dicho... ya te he dicho todo.

Su mano siguió descendiendo hasta hacerse con el control de mi sexo. Me mordí los labios y refrené un gemido de pura angustia.

—¿Quieres que todo se vaya a la mierda entre nosotros? Dime.

—NO.

—¿Prefieres ser desleal a mi mujer con su marido? Ya sabes que tengo el control...

—Agggg... no...

Sus dedos retiraron muy lentamente la tela de mis braguitas y sentía que iba a desmayarme.

El no podía entender lo que estaba suponiendo esto para mí.

No podía haber tortura mayor en el universo.

Estaba sudando tanto que si no me tuviera aferrada por los brazos, ya me habría resbalado hasta el suelo.

—Estás a tiempo de parar esta locura —me advirtió.

Las sienes me latían violentamente. ¿Por qué no luchaba para arrancármele de encima?

¿Cómo era posible que todas mis fuerzas se hubieran volatilizado?

Solo había una explicación, estaba paralizada por el más puro terror.

No había solución para mí. ¿Cómo podía darle la información que me pedía?

Y si no lo hacía, ¿qué precio pagaría por mantener los labios sellados y dejarme arrastrar fatalmente?

La puerta del maldito deseo inoportuno había quedado cerrada y estaba volviendo a entreabrirla para comenzar la tortura.

Creo que estaba convencido de que al final le daría la información que pedía con tal de no sucumbir.

Pero no podía imaginar que todo era mucho más complicado.

—Freddie. ¿Por qué has cerrado la puerta?

Era la voz de Barbara y de pronto todo terminó.

Mis muñecas quedaron liberadas y me deslicé de allí a la velocidad del rayo perdiéndome por el pasillo de la suite y refugiándome en el primer baño que encontré.

Estaba temblando como una maldita hoja y empecé a llorar como una niña pequeña. No recordaba cuándo había llorado así.

Bueno, sí lo recordaba. Fue cuando Freddie y yo sellamos un pacto eterno de amistad que fue tan efímero como una maldita brisa veraniega. "No ha pasado nada, Arlene. No ha pasado nada", no dejaba de murmurar eso entre sollozos aún incrédula.

Estaba bastante alterada pero después de echarme agua a la cara y barrer mis estúpidas lágrimas por la tensión, decidí que había que salir de allí.

No podía quedarme encerrada eternamente.

Parecía que todo estaba en una extraña pero oportuna calma y me deslicé casi de puntillas por el largo pasillo hasta la puerta de salida.

Cuando ya estaba alcanzando la salida una voz a mi espalda hizo que me detuviera.

—¿De dónde sales, teniente?

Mi única kriptonita era Freddie, nadie iba a acobardarme a pesar de que no me encontraba en la mejor de las situaciones. El irlandés exacerbaba como nadie mis instintos más violentos.

—¿No es obvio que salgo de esta maldita suite presidencial? —no sé ni cómo saqué mi voz para decir aquello y hacerlo con la suficiente seguridad y sangre fría.

—¿Tus labores de guardaespaldas te obligan a entrar aquí?

—Lo que implica mi trabajo no es de tu competencia.

—Eh, vuelve aquí.

—¿Qué pasa ahora?

—Supongo que esta pulsera rota es tuya. La encontré junto a la puerta.

Efectivamente era mía. Con la tensión del momento ni siquiera me había dado cuenta. Debió desprenderse cuando al fin me desasió las muñecas. A regañadientes fui a cogerla sin afirmar o negar que era mía.

—Un consejo. La próxima vez que cachees a Freddie no seas tan impetuosa —sonrió manteniendo aún la pulsera lejos de mí.

—Eres un hijo de puta y te queda muy poco de vida.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —dije apretando los dientes y cogiendo mi pulsera rota—. Y yo no te voy a llevar flores.