TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPITULO XVII
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CAPITULO XVII

THERE ARE PLENTY OF WAYS THAT YOU CAN HURT

AMANDINE

Jamás iba a perdonarle las palabras que me dirigió y lo mal que me hizo sentir.

Siempre la había estimado no solo porque su origen también fuera el mío sino porque me parecía una más de las personas damnificadas por la actitud irracional de Elideth.

No calibró el peligro de jugar con quizá la persona equivocada.

Y creo que los celos de Dom habían evolucionado a una suerte de odio virulento del que nadie parecíamos estar a salvo.

Era muy difícil soportar su mirada sobre mí.

Me miraba como si pudiera leerme de abajo arriba.

Y eso siempre me hacía sentir vulnerable, extrañamente débil.

Pero me armé de valor intentando camuflarlo lo mejor que supe.

—Bueno, ya nos vamos y os dejamos en paz.

—Freddie va a lamentarlo.

—¿Quién dijo eso de que las visitas como el pescado después de tres días empezaban a oler mal? ¿Huelo mal para ti, mademoiselle Solís?

Hueles muy mal, efectivamente. Hueles siempre a amenaza y no sé por qué.

—Os deseo buen viaje de vuelta a Gran Bretaña —zanjé, intentando ser exquisitamente educada y así librarme de ella.

—¿Qué sabes de tu jefa la señora Mercury? Los periódicos dicen que el divorcio ya se ha firmado.

—No tengo nada que decirte.

—Todos los periódicos ingleses están como locos por averiguar dónde se esconde esa maldita puta. Dios, debería cuidar mi vocabulario —se cubrió la boca, traviesa-. Tú lo tienes que saber.

—Y crees que te lo voy a decir a ti.

—Como paisanas no harías nada de más.

—Yo no olvido las ofensas con facilidad. Llámame rencorosa.

—¿Qué te hice? Tengo la mente volátil depende de para qué.

—Sabes perfectamente lo que me dijiste. Tú tampoco te olvidas de nada. Si no, no estaríamos hablando ahora de Elideth Mercury. ¿Cuándo vas a superar aquello?

—Cuando tenga su merecido, entonces podré estar tranquila. Siempre que los cimientos del matrimonio Mercury tiemblan, los de mi relación también lo hacen.

—Esa estúpida teoría tuya no tiene ningún sentido. Elideth ya tiene suficientes problemas como para encima planear acostarse con Roger para añadir uno más. Es absolutamente ridículo.

—No tiene nada de ridículo que Roger haya cogido el coche como un poseso cuando se enteró que esa ramera se había largado, eso no es ridículo para mí.

—Sospechas que él sabe dónde se ha refugiado y que están teniendo un lío todo este tiempo.

—Puede. Pero no quiero preguntárselo porque empezaríamos una de nuestras peleas y no estoy segura del desenlace. Dime al menos si ha abandonado la Gran Bretaña de nuestra majestad.

—Ella no tiene que esconderse de nadie y de nada. No ha hecho nada malo.

—Ohhhh, yo disiento, amor.

—Todos debemos tener derecho a nuestro momento de estupidez, ¿vale? No creo que tú seas perfecta.

Yo podía criticar a Elideth hasta la saciedad pero que esa mala pécora la criticara no se lo iba a consentir.

Aún recordaba esa extraña propuesta que me había hecho de unirme al "bando oscuro" y lo afectada que me dejó aquello.

Mi mente no estaba entrenada para la venganza y no podía entender la gente que dedicaba todas sus energías a intentar crear el mal.

Por mucho que censurara ciertos comportamientos de Elideth en el pasado, cualquiera que la amenazara me estaba amenazando a mí.

Así debía ser y así me lo dictaba mi corazón y mi cabeza.

Nadie me iba a convertir en lo que no era. Nadie iba a manipularme para sus fines.

—Voilà. Entonces estás admitiendo que lo que hizo apropiándose de un hombre que no era suyo estuvo mal.

—Primer punto. Yo no he admitido nada. Segundo. Me asquea tu modo de entender una relación de pareja. Nadie es propiedad de nadie.

—Según tu entonces debería ver bien que mi hombre se tire cuanto se le antoja en bien de su libertad individual.

—Tengo entendido que así era entre vosotros al principio, ¿no? No os guardabais fidelidad.

—Hasta que entró en escena esa maldita rubia y lo estropeó todo.

—Dom, ella entró en su vida mucho antes de que tú llegaras. Por lo tanto no tienes ningún derecho a juzgar lo que compartieron entonces. Eso no debería ser asunto tuyo.

—Veo que estás muy informada del pasado turbulento de tu jefa. Apuesto a que sabes un montón de detalles jugosos que Cheryl agradecería mucho para su serial.

—Ni siquiera voy a contestarte a eso.

—Quieres decir, a ver si lo entiendo bien, que debido al rollo que tuvieron, tiene el derecho a follársele siempre que las cosas con el señor Mercury le van mal.

—Una vez más tú eres la que lo dices todo.

—Elideth Mercury Polley no es quien dice ser.

Aquello puso mi vello de punta. No sabía hasta qué punto aquella bestia había acertado.

—No es la abnegada señora Mercury, no es la jefa de prensa profesional y competente, no es la madre modelo y la mujer a la que mejor le queda cualquier cosa que se ponga. Todo eso es una cortina de humo. Tú puedes darnos información sumamente valiosa de esa otra Elideth.

—No sé por qué siempre te empeñas en lo mismo.

—La última vez que te lo propuse casi entraste en un ataque nervioso. No fue mi intención pero...

—Me cogiste en un mal momento y odio profundamente que fueras testigo de eso pero entonces pensaba lo mismo que ahora. Has perdido toda la razón que pudieras tener con tu actitud. Si Roger supiera...

—Maldita sea. Si le dices algo de esto eres mujer muerta, ¿lo has entendido? —dijo agarrándome del cuello de la camisa, cogiéndome desprevenida.

—Suéltame ahora mismo.

Sus ojos castaños me apuñalaban y no dejaba de agarrarme, fuerte, violentamente. En aquellos momentos pensé que podría hacer cualquier cosa.

—¿Has entendido bien lo que he dicho?

—Entiende tú una cosa. Si vuelves a ponerme una mano encima, no voy a quedarme de brazos cruzados.

—¿A quién iban a creer? ¿A la señora Taylor o a la pobrecita niñera francesa muerta de hambre?

—Si sigues con ese peligroso juego de venganza te vas a arrepentir.

—Ella sí que se va a arrepentir. Yo no he matado nunca a nadie, no se puede decir lo mismo de ella.

Sin duda este era un juego bastante peligroso en el cual este trío maléfico estaba rodeando peligrosamente la verdad. Por suerte sin pruebas y sin opción de tenerlas. Pero aún así era escalofriante oírselo decir. Se acercaban tanto a la verdad.

—Has empalidecido, mademoiselle. ¿Alguna verdad que no esperabas oír?

—Estás llegando muy lejos en ese ataque, Dom. Es una acusación muy grave...

—Es un crimen muy grave. Esa fulana se ha tirado a mi novio cada vez que se le ha antojado y ha asesinado a mi amiga. Y se va a arrepentir.

—¿Y qué pensáis hacer? ¿Matarla?

—Oh, no seas ridícula. Solo con que todo el mundo sepa quién es una de las mujeres más famosas de Reino Unido me conformo. Cuando destruyamos su reputación, no hará falta matarla. Ya estará muerta. Muerta y enterrada.

FREDDIE

Habían sido una Nochebuena y una Navidad muy especiales para mí junto a Brian, John y Roger.

Me complació mucho que no vinieran por compasión de mi enfermedad ya que no tenían ni idea.

Solo acudieron a apoyar a un viejo amigo en horas bajas.

Winnie y yo estuvimos un tiempo enfadados desde la pelea sobre Farrokh.

Para variar fue él quien me pidió perdón por su comportamiento inmaduro y hubo la reconciliación más hermosa mientras entrábamos en el año nuevo.

Mientras me quitaba y se quitaba el preservativo saqué de nuevo la conversación que nunca nos llevaba a buen puerto.

Lo de su prueba de VIH. No manejaba bien los tempos, lo admito.

Ahora mismo estábamos en el séptimo cielo y deberíamos haber pasado nuestro tiempo post coital abrazados y besándonos como solíamos.

Pero anhelaba que se hiciera las pruebas y no pude refrenarme.

—Sigues sin hacértela.

—No me la haré nunca.

—¿Cómo puede denominarse a eso? Inconsciencia, absurda testarudez...

—Siempre estás buscando un motivo para que peleemos. ¿Te das cuenta? Las peleas te alimentan. De hecho podrías vivir sin comida pero no sin riñas.

—No quiero pelear. Nos acabamos de reconciliar y no puedo creerme que estoy de nuevo entre tus brazos. Lo necesitaba mucho. Mi Winnie de Pooh alemán.

Le abracé amorosamente besando su pecho con fervor mientras sus manos acariciaban mi pelo. Esa calma familiar tras la tormenta. Qué delicioso.

—Yo también.

—¿Se lo has preguntado a Georg?

—¿El qué?

—¿De qué estamos hablando? Si se ha hecho la prueba.

—Pensaba que acabamos de zanjar ese tema.

Vale, acababa de pinchar nuestra burbuja de felicidad post coital pero no me arrepentía. Esa conversación que siempre nos llevaba a una discusión la empezaría incansablemente. No podía entender la actitud de Winnie. Se levantó impaciente de la cama.

—¿No te importa que él esté enfermo como yo?

—Si hubiera una cura para esto ya me habría hecho la prueba. ¿Pero de qué me va a servir? Voy a morir.

—No lo sabes, joder. Puede que des negativo.

—Tú mismo me dijiste que yo te lo había contagiado.

—Oh, Dios. No empieces con eso.

—Yo no he empezado esta absurda conversación.

—No es una conversación, es una pelea. Y prometimos no pelear.

—Voy a por una cerveza, ¿quieres una?

Le clavé mis ojos fijamente y acabé aceptando esa cerveza. De acuerdo, una pequeña pausa nos haría bien.

—Sí, por favor. Y cuando nos la terminemos quiero que me des todo tu amor otra vez, ¿vale? —dije acostándome boca abajo en la cama mientras balanceaba mis pies en lo alto y observaba mordiéndome los labios su cuerpo desnudo.

—Vale. Solo si te portas bien —me dijo abriendo la nevera.

—Seré muy bueno. Como siempre...

—No sabes lo que es ser bueno, caprichosa estrella de rock.

Cumplió su promesa y entre sorbo y sorbo de cerveza convertimos aquella cama en nuestro patio de juegos particular como muchas otras veces.

—¿Ya has hecho la maleta?

—¿Qué maleta?

—Cariño, ya sabes que cogemos un avión para Brasil el domingo.

—No hemos hablado de eso.

—Oh, ¿de qué hay que hablar? Me voy fuera y quiero que mi novio me acompañe. Lo daba por hecho que vendrías.

—¿Lo dabas por hecho? No me lo puedo creer.

—¿Qué no puedes creer?

—Luego dices que yo soy egoísta pero tú me ganas. Sabes que tengo un negocio que debo atender.

—Atender a tu hombre debería ser tu prioridad número uno.

—No estoy de broma. Tu trabajo es lo primero y yo tengo que acatarlo pero el mío no merece el mismo respeto. Solo porque soy un triste cocinero al que casi no conocen ni en su casa.

—Siempre estás igual. Yo no me considero mejor que tú.

—Por supuesto que sí. Y como tal, piensas que yo ciegamente voy a ser tu perrito faldero pero te has equivocado conmigo, Mercury. Tengo mi vida y no la cambiaré por ti.

—¿Qué barbaridad he dicho? A Sudáfrica fuiste conmigo y no pusiste tantas pegas.

—Había cogido vacaciones que por cierto las cogí pensando en ese viaje. Pensando en ti.

—¿No es como debe ser?

—No, deberías consultarme las cosas y no darlas por hecho. Eso me hace sentir un ser totalmente inútil en tu vida.

—Porque eres un hombre muy inseguro, amor. Si me quisieras como yo necesito vendrías sin hacer preguntas.

—¿Y cómo necesita ser querido el ricachón del rock? ¿Quieres que pare mi mundo por ti?

—Solo serían tres semanas. Te quiero conmigo.

—No cuentes con que deje colgado mi negocio tres semanas. No me lo puedo permitir.

—Tú sabes perfectamente cómo me he sentido todo este tiempo. Lo estoy pasando mal y no es descabellado querer tener a mi novio al lado.

—No voy a ser parte de tu séquito esta vez. Búscate otras distracciones.