TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XV #2
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CAPÍTULO XV #2

Amandine se acurrucó contra mí, rodeándome con sus flacos brazos. Parecía tan frágil, mucho más delgada después de su terrible prueba, que solo me dejé abrazar. Sorprendentemente su abrazo fue muy fuerte a pesar de su fragilidad.

—Esta misión nos está dando muchas sorpresas ¿no crees? Nosotras dos abrazándonos, es una gran anomalía.

—¿Cuántos antirretrovirales tenemos?

—Tenemos un cargamento de ellos pero lo que más me preocupa ahora mismo es Freddie. Aún no ha empezado a tomarlos y sería primordial que lo hiciera cuanto antes. Ese virus no perdona. Te necesito para que Freddie se medique. A mí sigue sin tenerme confianza.

—¿Y cómo lo voy a hacer?

—¿Cómo lo hiciste con Joe?

—Ni siquiera lo sé. Hice que confiara en mí para algo tan delicado como unas pastillas pero aún no sé cómo lo conseguí. No sé si con Freddie...

—Debes ser tú, no hay más alternativas.

—Creo que Freddie confiara en ti si le confiesas que tú tienes el virus y estás tomando esas pastillas. El te va a desvelar automáticamente su enfermedad, seguro. Por una especie de empatía entre seropositivos y por muy enfadados que os encontréis en estos momentos.

—No estamos enfadados. Es solo que la última conversación más o menos larga que tuvimos me dejó un poco tocada.

—¿Qué ocurrió?

—Volvió a insistir en que le desvelara donde estaba el cadáver de Nina y sus palabras amenazantes me perturbaron. Nunca antes le había visto así.

—Me parece difícil creerlo. Freddie amenazando.

—Pues lo hizo. Todo el asunto del asesinato de Nina le está afectando mucho.

Creo que quiere esa información porque de algún modo está obsesionado por protegernos y está dispuesto a ponerse en peligro él mismo con tal de que no se descubra todo y vayamos a la cárcel.

Entiendo su preocupación pero es una situación para mí de la que no hay vuelta atrás.

Yo nunca le podré complacer y temo incluso coincidir con él.

—Arlene, él nunca te haría daño. Le importas demasiado.

—Sí, sí que me haría daño. De un modo que me destruiría sin remedio —dije con toda la intención de no dar más pistas a Amandine. Solo de pensar en ello, me estremecía—. No puedo ser útil. Solo puedes hacerlo tú.

—Bien, entonces con el exilio forzoso de Elideth a 2021 nuestra prioridad es únicamente Freddie. La única prioridad que dicta cada uno de mis actos. La única razón de esta misión.

AMANDINE

No quería ser provocadora con ella, tan solo recordarla que ahora más que nunca podríamos intentar manejar el timón entre ambas centrándonos en el protagonista de nuestra historia que no era otro que Freddie Mercury. Solo él.

Era una sensación extraña el saber que mientras yo estaba secuestrada sufriendo todo tipo de martirios que aún no sabía cómo iba a manejar en lo que me restaba de vida, había sido tan necesitada para salvar la misión.

En realidad todos nos habíamos involucrado en esa salvación.

Wish y yo ocupándonos de matar a Sally y Elideth tomando aquella decisión descorazonadora de volver a 2021 para salvar a su hijo y de ese modo seguir salvando la misión también.

No había cambiado nada. Mis puntos de vista seguían siendo los mismos pero en aquel preciso momento tenía una deuda con Wish.

La debía la salvación de mi vida y eso ponía nuestra relación en una tesitura inusitada.

Supongo que en ausencia de Elideth a la que siempre cuidaba como si fuera su hermana mayor, con profunda lealtad y dedicación, yo era su asombrosa sustituta.

Y aún tenía que adaptarme a esa nueva situación.

No había sitio para ningún tipo de sarcasmo, la misión nos había unido de una forma que aún estaba por verse adonde nos llevaría.

Ahora mismo éramos las lugartenientes de Elideth durante el tiempo que estuviera ausente y había que aunar esfuerzos.

Curiosamente, el hecho de que Elideth no se encontrara entre nosotras, descubrí que nos ayudaba a mantener esa unión que se había forjado a raíz de su providencial rescate en aquella caravana infernal.

Al no estar, no existía razón para nuestras interminables discusiones sobre cuál era el rumbo correcto de la misión.

Seguir la senda de los cambios interminables con la relación entre ellos dos o devolver a Freddie su identidad.

Hacía prácticamente un mes que estaba recluida sin voluntad de salir a la calle.

Mi ritmo de adaptación a la vida normal estaba llevando un tiempo.

Dormía con la puerta abierta y las cortinas descorridas, eso cuando era capaz de dormir.

No estaba resultando fácil y quizás tendría que plantearme visitar a un psicólogo para poder superar aquello.

En principio el primer reto del día era salir un rato a que me diera el aire.

Le había prometido a Wish que iría hasta la fuente donde habían montado una pista de hielo y pensé que era buena idea patinar un rato si no había excesiva gente.

Me forré en ropa, me puse guantes, gorro y bufanda y al fin salí por la puerta.

No había que andar mucho hasta la pista, hacía un día gélido pero con el cielo despejado de nubes.

Había caído una buena nevada y como solía ocurrir y se solía decir, el tiempo parecía descansar.

No estaba muy saturada de gente así que me iba bien y alquilé unos patines.

—¿Te ayudo? Parece que te está costando. ¿Es tu número?

—Rudi...

Aparecer cuando nadie le esperaba se había convertido en un arte.

—Hola.

—¿Qué haces aquí? No, puedo calzarme yo sola. Muchas gracias.

—He venido a ver cómo estás. Fui al hospital pero Arlene me dijo muy amablemente que no era un buen momento. La he preguntado cada día por ti.

—Voy a patinar un rato —le informé fríamente intentando obviar sus palabras.

—Bien, te esperaré aquí.

—Puede que tarde bastante.

—No tengo prisa.

Estupendo. No me esperaba esto precisamente hoy.

El primer día que me atrevo a salir de mi refugio y aparece mi talón de Aquiles.

Confiaba en que Wish no lo hubiera planeado todo con él porque me iba a oír.

Aún no estaba preparada para Rudi Dolezal.

Aún no estaba preparada para casi nada en realidad.

—Aún estás aquí —le dije acercándome con una nube de aliento blanco precediéndome y las mejillas sonrosadas por el ejercicio. La sesión de patinaje me había hecho sentir bien, tonificada.

—Te dije que te esperaría.

—¿Y ahora qué? Ya necesito volver a casa para descansar un rato. No quiero ser descortés pero...

—Pues no lo seas. Acepta mi invitación a tomar un café —propuso tenaz como siempre, ayudándome a quitarme el calzado. A regañadientes se lo consentí.

—No soporto el café.

—Es una manera de hablar. Te invitaré a un vaso de agua no muy fría. ¿Qué dices?

Digo que tus malditos ojos no han cambiado, ni tu bonito acento, ni tu pelo castaño casi rubio, ni esa barba a medio despuntar. Digo que solo pretendes aniquilarme.

No quise ser grosera y acepté andar unos bloques más hasta una cafetería.

Nos sentamos junto a la ventana donde daba un radiante sol.

Rudi, como siempre, se encargó de pedir nuestras consumiciones en el mostrador mientras le observaba desde mi acogedor asiento.

Me desprendí de la bufanda colocándola bien doblada junto a mí.

—Yo solo he pedido un vaso de agua —protesté viendo a la camarera trayendo un enorme trozo de tarta unos minutos después.

—La he pedido yo. Patinar es un gran gasto de energía. Estás extremadamente delgada, con un vaso de agua no será suficiente.

Ese pedazo de tarta de chocolate que tenía ante mí estaba diciendo que me la comiera entera.

Alcé mis ojos a Rudi que me observaba con una sonrisa.

¿Por qué creía en él? ¿Por qué siempre acababa llevándome a su terreno?

Cuando llegó estaba con todas mis alarmas puestas y ahí estábamos sentados frente a frente en una cafetería.

Como una pareja más. Me rebelaba fuertemente contra ese pensamiento, no obstante.

Éramos la pareja más desastrosa del universo. Una muy mala jugarreta de mi destino.

—Me han dicho que te encanta el chocolate.

—Me comeré esta tarta porque soy una peligrosa drogadicta de todo lo que contenga chocolate pero no deberías haberlo hecho.

—Oh, de acuerdo. No quiero que quede nada en el plato.

Pinché el tenedor en la esponjosa tarta y le ofrecí el primer pellizco de ella como un acto cortés que hacía siempre por costumbre. El negó.

—No, gracias. No me hace falta engordar.

Ya lo creo que no. Cada uno de tus centímetros son los justos y adecuados. Sí, eso fue justo lo que pensé. Controlar esas cosas me costaba. Cuando iba por la mitad de la tarta hice una parada para beber un trago de agua y le volví a clavar los ojos.

—Habrás venido a algo más que a intentar que engorde a base de chocolate.