CAPÍTULO XV
A LOVE IS LOST, A LOVE IS WON
WISHFUL-THINKING∞
Los últimos días e incluso semanas habían sido muy intensos.
La roulotte de la muerte fue nuestro refugio mientras llegaba la policía y se emprendían todos los procedimientos.
Secuestro, asesinato de dos hombres y asesinato en defensa propia.
Esos eran los resultados y ahora estábamos en manos de las fuerzas del orden.
Amandine se encontraba en un estado tan lastimoso cuando llegaron que lo esencial era acudir cuanto antes al hospital más cercano.
Yo también tuve que pasar por enfermería pero por suerte mis heridas eran menos y más livianas.
Al día siguiente estaba operativa para tomar declaración y unos días más tarde, fue el turno de la francesa.
Nuestras declaraciones tuvieron una concordancia y una coherencia entre ellas de modo que como era de justicia quedamos excluidas de ninguna pena por asesinato.
Había quedado plenamente probado que Amandine luchaba por su libertad y todos los maltratos a los que se había visto sometida quedaban vivamente reflejados en su cuerpo y de mí nunca se demostraría que era el ángel vengador sino otra víctima más y mis propiciatorias heridas así lo atestiguaban.
Me parecía mentira que Sally ya estuviera fuera de nuestras vidas.
Había sido una pesada losa durante años y como sucediera previamente con Killer, nos encontrábamos aún en una nebulosa de incredulidad.
Mientras que la americana había sido una constante fuente de conflictos, la de Birmingham se había limitado a sobrevolar ni muy lejos ni muy cerca como un cuervo negro y tenebroso.
Eran dos modos de maldad suprema. Ambas eran extremadamente perversas.
Aunque Sally se trataba de un monstruo aún más peligroso de lo que fue nunca Nina. Esa era mi opinión.
Mi mente podía soportar la carga de una muerte más en mi biografía.
Es más, el momento en que segué su garganta fue quizás uno de los más liberadores que había sentido en la misión.
Pero Amandine me preocupaba. Estaba claro que no sólo había sido el primer asesinato que presenciaba sino que ella misma había tomado parte activa en él.
Teniendo en cuenta su hipersensibilidad y lo intensa que podía mostrarse en situación normal, no quería imaginar lo que supondrían los días y semanas siguientes para ella.
La necesitaba en la misión en perfectas condiciones porque debía seguir ocupándose de Farrokh e intentar que entre su padre y ella hicieran al niño olvidarse en lo posible de su madre.
Y también tenía algo muy urgente de lo que ocuparse y era que Freddie empezara cuanto antes su tratamiento de antirretrovirales.
Cada día sin tratar la enfermedad era una cuenta atrás.
Los primeros días tras el asesinato, lo esencial era que se recuperara de sus múltiples heridas pero eso iba a ser más fácil que la sanación de sus heridas mentales.
Lo primero que hice nada más salir de enfermería fue acudir a su habitación pero estaba dulcemente sedada.
Una vez que recuperó la conciencia en un pacto tácito que solo ambas podíamos entender, decidimos no hablarnos.
Era demasiado pronto. Conocer en profundidad todas las salvajadas que vivió allí era parte de mi propio proceso para entenderla pero obviamos comunicarnos con palabras.
Sin embargo, había muchos modos de comunicación igualmente fiables. Alargarla un vaso de agua o llevarla tarta de chocolate era suficiente de momento. La estaba diciendo que estaba ahí para lo que necesitara.
Aún sabiendo que aquello iba a resultar un proceso farragoso, la pedí que me lo contara todo del modo más riguroso posible para cuando la policía requiriese su declaración de los hechos. Para que se encontrara más segura y no titubeara en nada.
Nos llevó toda una tarde. Estiré mi mano sobre el embozo de la sábana para que me la cogiera.
Me miró unos instantes dudando y luego la dejo estirada sobre la mía, sin atreverse a agarrarla.
Empezó y reanudó su narración muchas veces porque en ocasiones los sollozos la ahogaban la voz.
Entonces parábamos y cuando se calmaba retomaba de nuevo su exposición de los hechos.
Nadie me tenía que decir en lo que consistía una tortura.
Había sido testigo de unas cuantas. Nada de lo que contaba podía cogerme por sorpresa pero ¿cómo iba a afectar todo eso a su vida futura?
Teniendo en cuenta lo que había supuesto para ella el acoso al que se vio sometida en su etapa escolar, este nuevo manchurrón en su vida era un enigma como actuaría en su cerebro.
—¿Cómo ha ido esta vez? —pregunté.
Amandine estiró sus dedos confiadamente hacia mí mientras me dedicaba a arreglar sus uñas bastante maltrechas.
No había habido tiempo para manicuras y este era un buen momento.
Un equipo de dos policías acababa de abandonar la casa después de interrogarla por cuarta vez. Confiábamos en que fuera la última.
—Ha ido mejor —contestó al fin—. Al menos no me he dejado tantos detalles en el tintero como las otras veces. Ha sido algo desastroso. Quería ceñirme tanto al guion de lo que habíamos estado preparando juntas que casi les hablé de mi abuela.
—No lo hiciste ¿verdad?
—No, me detuve a tiempo. Solo lo sabes tú y espero que no se lo digas a nadie.
—¿A quién se lo voy a decir?
—Cuando digo nadie es nadie. A Elideth tampoco.
—No lo haré.
—¿Crees que fue producto de una locura momentánea?
—El cerebro es una auténtica caja de sorpresas. En momentos de especial estrés puedes oír todo tipo de cosas y eso no significa que estuvieras loca.
—Yo creo que no fue un trastorno. Es más, creo que mi abuela no fue producto de mi imaginación. Que vino a recomponerme. ¿Crees que puede ser? ¿Crees que las personas que ya no están entre nosotros y con las que tenías un vínculo especial en vida, se ocupan de nosotros allá donde estén?
—Puede. No es descabellado pensarlo.
—En cualquier caso nunca me he visto sometida a un interrogatorio como si yo fuera el verdugo en vez de la víctima.
—Ellos saben que eres la víctima pero es su trabajo. Deben tener todos los datos y ninguna sombra de duda que actuabas en legítima defensa.
—¿No estaba suficientemente claro?
—Claro que lo estaba. Y eso nos ha salvado. Pareces una suicida muy concienzuda —comenté con media sonrisa observando sus dos muñecas vendadas.
Amandine se las miró poniendo los ojos en blanco.
Aún era incapaz de sonreír, no digamos reírse de su situación.
Solo recientemente había empezado a recibir las visitas graduales de la gente más cercana a ella.
Joe, Freddie, Phoebe, Terry. Venían ordenadamente de uno en uno y como mucho una visita por la mañana y otra por la tarde, quedándose unos minutos.
Era importante que no se sintiera agobiada u obligada a agradecer todas las muestras de afecto.
Lo que parecía algo tan bonito y significativo podía acabar por hacerla cerrarse más.
Los primeros días Amandine pasó todo su tiempo sin decir una sola palabra, apenas hablando, a veces las lágrimas rodaban por sus mejillas como si no pudiera controlarlas.
Después de experiencias así el cerebro era un completo desconocido.
Y pensaba que su cerebro era un misterio oscuro y siempre lo sería.
—La enfermera me dijo que igual mañana me las quita y las de los tobillos.
—Estupendo. Eso son buenas noticias, ¿no?
—Supongo que sí.
—Todo va a ir bien. Intenta salir afuera un poco. A dar un paseo, a respirar aire puro. Te ayudará. Llevas casi tres semanas aquí encerrada. Solo un ratito, hasta la fuente y volver de nuevo.
—De acuerdo. Intentaré hacerlo mañana.
—¿Cuál esmalte prefieres, rojo intenso o amarillo canario? ¿O mitad y mitad?
—¿Mitad y mitad? ¿Quieres ponerme la bandera española en mis uñas?
—Oh, aquí hay otro. ¿Qué tal el color vino? Es muy favorecedor.
—Adelante.
Mientras pintaba con esmero las uñas recién arregladas de Amandine pensé que no podía dilatar más las informaciones y opté por comunicarle cómo estaban las cosas. Nos habíamos librado de Sally pero el peligro parecía ir siempre agazapado en todos nosotros.
—No me lo puedo creer. ¿Los tres infectados? Es como una maldita broma macabra.
Era algo más que una broma macabra. Hacía tiempo que pensaba que la maldita aplicación parecía algo con mente y corazón por el modo estratégico en que elegía nuestros aterrizajes.
Pero ahora iba más allá, ¿y si se estaba vengando de este intento de cambiar la historia?
¿Y si quería hacernos entender que habíamos cruzado la línea hacía mucho y merecíamos un castigo?
Por supuesto estos pensamientos solo los había compartido con Elideth que como sucedía a menudo con nosotras, había pensado exactamente lo mismo.
No podía compartir esto con Amandine. Solo serviría para darle la razón en su actitud inflexible contra los cambios y que estas eran las consecuencias.
—¿Cómo te encuentras? —quería saber, aún algo aturdida.
—Todavía me despierto por las mañanas y pienso que ha sido un mal sueño pero no, es una realidad. Soy seropositiva.
—¿Te sientes diferente? Físicamente, me refiero.
—No estoy segura. Quizás enfermé tras mi infección en 1982 pero no puedo acordarme. Tengo que acostumbrarme a los antirretrovirales. Hasta el momento solo puedo sentirme un poco cansada.
—¿Cómo es posible que Bill...?
—Sí, es una manera muy extraña de infectarte. Se tienen que dar todos los ingredientes y desgraciadamente se dieron. No cabe otra posibilidad que él.
—¿Quién nos iba a decir que la misión peligrosa de mantener a raya a Bill acabaría de este modo? ¿Es por eso que no querías abrazarme esa noche? ¿Por nuestras heridas?
—Sí quería, pero no podía.
—Ahora no hay ningún riesgo. ¿Puedo abrazarte ahora?
—Sí, cariño. Puedes.