TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XIII #4
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CAPÍTULO XIII #4

La pelea obviamente era para hacerse con el control del picahielos y en el proceso Sally ya la había herido tres veces.

Una en la pierna, otra en el brazo y otra peligrosamente en el cuello.

Wish la mantenía a raya como podía a base de puñetazos pero seguía sin hacerse con el control del picahielos.

Yo solo veía sangre y pensé que Wish estaba perdiendo terreno poco a poco.

¿Y si aquel monstruo la hería de muerte?

Yo tenía dos armas y ella de momento ninguna.

Tenía que hacer algo. No podía limitarme a mirar cómo acabaría ese forcejeo.

—Amandine, quieta. Por favor, quédate donde estás.

—No —respondí arrastrándome a duras penas hasta ellas.

—Si quieres ayudarme no te muevas de ahí. Yo me encargo.

—No voy a dejar que te mate, ¿está claro?

—AMANDINE. RETROCEDE, JODER.

No estaba en mis planes obedecerla, ya podía ir olvidándose.

Cuando dos personas de la fiereza de ellas dos peleaban, la confusión era tremenda e intentar algo era arriesgado.

El picahielos rozó muy cerca el ojo de Wish pero se hizo con el control de su muñeca para apartarlo.

Entonces reuní las pocas fuerzas que tenía y agarrando el machete lo levanté en alto sobre la cabeza alborotada de Sally.

Wish se volvió fulminándome con la mirada.

La confusión del momento y el estrés exagerado se reunieron en sus ojos, que me observaban con obvia incredulidad.

Había hundido el machete con una fuerza que no sabía de dónde había salido en su sien izquierda.

Durante unos segundos solo se oyeron los alaridos pavorosos de Sally.

Ya no había vuelta atrás. Había que darla el golpe de gracia.

Wish despegó el machete de su sien y la sangre de aquel monstruo roció su frente.

Sin inmutarse por ello, aprovechó su obvia debilidad para hacerse con el control de su cuello en una llave que se asemejaba a algún movimiento de lucha libre.

Una vez más me quedé apabullada de la enorme fuerza de la pelirroja.

Parecía increíble como aquellos brazos tan esbeltos pudieran ser tan potentes a la hora de aniquilar.

A pesar de que Sally había quedado muy tocada por mi hachazo en un lugar tan comprometido como la sien, seguía agitando sus piernas con violencia.

Pero la llave de Wish la había dejado inmovilizada de torso para arriba y la americana, manejándola con escalofriante seguridad y rapidez, liberó los dedos que tenía entrelazados con fuerza en torno a su cuello para mantenerla inmovilizada.

No sé cómo lo pudo hacer pero agarró su cabellera como si fuera una muñeca de trapo, posicionó su cuello de la forma adecuada estirándolo un poco hacia un lado y con la hoja del machete se lo segó limpiamente de un solo tajo.

De izquierda a derecha. Una fuente de oscura sangre salió disparada y Wish, con impresionante naturalidad, la mantuvo aún agarrada mientras se convulsionó unos segundos que me parecieron toda una vida.

Un último borbotón de sangre salió de su boca y no hubo más movimientos.

Luego al fin Wish dejó caer su cuerpo sin vida y solo hubo silencio.

Yo estaba temblando abrazándome a mí misma mientras me balanceaba con la mirada fija en los ojos abiertos de Sally sin ninguna expresión.

Estaba totalmente en shock, no podía dejar de mirarla aunque fuera una visión espantosa.

Verdaderamente estaba muerta. Se había terminado la pesadilla.

—¿Estás bien? —me preguntó enseguida Wish, intentando con un rápido vistazo asegurarse que no tenía más lesiones añadidas.

Era una pregunta retórica. Ella sabía que no estaba bien, más bien que estaba hecha polvo pero sabía a lo que se refería y asentí, temblando con violencia.

—Lo siento. Yo he tenido la culpa de que la mates tan pronto. Aún no debía morir —musité de pronto.

—¿De qué hablas?

—Farrokh. Solo ella sabe dónde le tiene retenido. Sé que está vivo pero ahora no sabemos...

—Farrokh no está retenido en ninguna parte. Está con Freddie en Múnich.

—No puede ser. Yo le oí llorar, yo...

Wish se incorporó del suelo y agarrando su abrigo que había dejado sobre una silla, me tapó con él.

Ese simple y dulce gesto de taparme fue algo que jamás podría olvidar mientras viviera.

Para mí tenía una carga emotiva evidente aunque a ella solo le movió el instinto de protección.

Estaba completamente desnuda y afuera nevaba.

Estiré los brazos hacia ella. No había necesidad de palabras.

Ella sabía que necesitaba su abrazo. Que era lo único que necesitaba en aquellos instantes en los que ni yo misma sabía cómo saldría mi mente de todo aquello.

—No puedo, mi amor. Lo siento —me aseguró con una sonrisa tan triste que mi corazón se encogió.

La miré confundida con las lágrimas arrasando mis ojos. ¿Por qué me negaba su abrazo? No la estaba pidiendo nada que no hiciera con la mayor naturalidad del mundo aunque no fuera precisamente a mí.

—¿Es porque estás llena de sangre? Yo también lo estoy.

—Exacto. Ya has estado suficientemente en peligro. No añadamos otro más.