TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

HELP ME THROUGH DEEP WATERS

AMANDINE

—Siegfried, ¿me oyes?

Estaba claro que después de los primeros espasmos atroces de dolor, se había desmayado. Pero de vez en cuando podía oír sus lamentos y resultaba espantoso no poder hacer nada más que escuchar cómo lentamente se estaba muriendo desangrado.

Estuve durante horas luchando con mis malditas ataduras pero era imposible. Mis muñecas y tobillos estaban empapados en sangre y doloridos sin ningún éxito.

El silencio era más tenebroso de lo que lo había sido nunca en todo mi cautiverio.

Volvía a estar sola y eso me espeluznaba.

Todos mis fantasmas, aquellos que habían supuesto solo dolor y trabas en mi vida se acercaban para encadenarme a ellos.

Toda la gente cruel que me menospreció, me maltrató y me intentó con todas sus fuerzas convertir en nada, se acercaron de puntillas.

Querían darme un golpe de gracia. Querían hundirme en el lodo. Hacerme desaparecer.

Quería retorcerme pero la postura anti natural en la que llevaba todo mi secuestro me lo impedía.

La sangre de mis ataduras tiñó las sábanas y empecé a chillar muy fuerte.

Todos los gritos que no habían salido de mi garganta salieron en desbandada.

Imágenes espantosas del pelo rubio de Farrokh lleno de sangre, inundaron mi cerebro y sentí casi físicamente cómo ese órgano que había intentado proteger de la locura se desmembraba.

Mi cerebro ya no lo resistía más. Necesitaba que todo terminara.

Quería que Sally viniera y me matara porque había llegado al límite de mi resistencia.

Y parecía que chillando a voz en cuello se liberaba esa energía negativa que me dejaba sin aliento.

—Shhh. No chilles más, mi amor. Tranquilízate.

Alguien me estaba hablando desde algún lado de la roulotte. Mire a todos lados, aturdida pero solo estaba yo y Siegfried tirado en el suelo. Me quedé en silencio y la voz se oyó más clara esta vez. Era una voz femenina que me hablaba en francés.

—Estoy aquí contigo.

Esa voz. No podía ser. Era imposible.

—Estoy contigo como lo he estado siempre. Cuidándote.

—Grand-mère? C'est toi?

No podía ser otra que mi abuela Marie Françoise. La persona en la que más pensaba cuando tomaba decisiones clave, cuando intentaba tranquilizar mi temperamento irascible, cuando solo veía sombras, cuando analizaba hasta la exasperación mis errores, cuando quería ser alguien mejor.

—Espero que no puedas verme porque me avergonzaría profundamente que me vieras tal y como estoy ahora.

—Yo solo veo tu alma, cariño. El alma más bonita de todo el universo.

—¿Estás hablándome porque pronto nos vamos a encontrar?

—No, no creo que nos volvamos a ver, ma petite.

—¿Has venido a decirme que morirse tampoco es tan malo?

—Tú no te vas a morir.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—Solo a decirte que te quiero.

Esa frase hizo que me desmoronara del todo y las lágrimas que había vuelto a frenar, salieron en desbandada por mis mejillas. No podía imaginar un amor que añorara más en mi vida que ese.

—Yo también te quiero, grand-mère. Te echo de menos —sollocé.

Alcé mis brazos atados como si pudiera sentir sus manos agarrándome pero no había más que oscuridad. Al menos su voz lo teñía todo de otro color y actuaba como un bálsamo en mis muchas heridas físicas y mentales.

—Eso es lo principal que te quería decir y después que necesito ver tu coraje.

—Ya no puedo más. He hecho cuanto... Creo que me he dislocado muñecas y tobillos intentando liberarme. En vano.

—No quiero oír nada de eso. Coge las armas que tienes y utilízalas —esta vez su voz fue firme.

—Solo hay cadáveres a mi alrededor. Primero Bruno, luego Siegfried, Farrokh. Iba a cumplir tres años.

—Olvídate del niño.

—Grand-mère, ¿por qué dices eso?

—Hazme caso, por favor. Farrokh está bien.

—¿Quieres decir que no está muerto?

—Quiero decir que me demuestres lo fuerte que eres porque es lo único que te va a salvar. ¿Quieres salvarte?

—Ya no tengo fuerzas.

—Sí las tienes. Solo estás desmoralizada. No mires atrás, solo hacia adelante. Tienes armas, úsalas.

—Estoy completamente exhausta.

—¿Crees que salvé la vida de tu madre y por tanto tu propia vida, para que ahora te rindas como si nada?

Sus claras y concisas palabras a las que no tenía absolutamente nada que alegar, penetraron en mí con mucha fuerza. El acto de instintivo valor de mi abuela había salvado la vida de mi madre y ahora me estaba intentando salvar a mí. Mi llanto quedó ahogado en mi garganta.

—Grand-mère...

Mi voz me devolvió solo mi propio eco ahora. Parpadeé en la oscuridad, como si así pudiera materializar su figura.

—Grand-mère...

Ya no valía de nada llamarla. Ya no estaba. Pero me había dejado su fuerza y sus palabras. Me había dejado su confianza en mí, siempre inquebrantable. Me había dado la llave para librarme de mis ataduras y no había tiempo para más lamentaciones. Si tenía que morir, moriría peleando.

Giré con dificultad mi cabeza y empujé la almohada con mi frente pudiendo doblarla a un lado tras varios intentos.

El filo brillante del machete de carnicero reposaba justo debajo.

Abrí mi boca y agarré el mango arrastrándolo fuera.

Pesaba bastante y solo el sacarlo fuera de la almohada fue un esfuerzo.

Bien, estaba claro que mi boca una vez más tendría que ser mi única herramienta para conseguir empuñar el arma y cortar las cuerdas de mi muñeca derecha.

Si conseguía desatarme esa sola muñeca todo vendría rodado.

Era más fácil decirlo que hacerlo. Agarré con mi boca de nuevo el mango y probé a alzarlo agarrándolo con mis dientes fuertemente para ver cuánto aguantaba.

Era tremendamente pesado y al final mi boca temblaba y se me escurría.

Eso no me impidió seguir intentándolo hasta que conseguí alinear la fina hoja contra la gruesa cuerda que me sostenía.

Hice fricción pero no era nada fácil porque lo hacía con demasiada suavidad y la maroma era en extremo gruesa para conseguir rasgarla.

Y además el mango se me deslizaba una y otra vez de la boca y debía tener cuidado de no cortarme la piel.

Empecinadamente lo intenté una y otra vez.

La clave residía en mantener bien estable la hoja y en hacerlo con la suficiente energía para hacer progresos.

Llegué a cortar varias hebras de la cuerda pero en cierto momento la hoja se me deslizó y segó un trozo de mi palma accidentalmente.

Por suerte no fue un corte muy profundo pero la sangre empezó a manar con abundancia.

Haciendo un esfuerzo con labios y dientes volví a enganchar el mango y conseguí más estabilidad para poder acabar de desmembrar la cuerda.

Cuando cogí el ritmo apropiado pude hacer la fuerza necesaria para poderla cortar con eficacia.

Tardé mucho tiempo en conseguir soltarme pero cuando al fin la cuerda cedió y mi muñeca quedó liberada, estrellé mi boca empapada en saliva y casi fatigada contra la almohada y abrí y cerré el puño intentando ver cuál era mi tono muscular. Habían sido muchos días de inactividad.

Obviamente me dolía todo y la muñeca la tenía tan lacerada que podía verse incluso parte del hueso.

Sin embargo tras varios ejercicios con ella dictaminé que se encontraba con la suficiente fuerza para empuñar un arma.

Con infinito placer y casi lágrimas de tensión liberada, con mi mano libre desaté mi muñeca izquierda.

Me incorporé en la cama para desatar mis dos tobillos y procedí a levantarme.

Estaba terriblemente mareada y débil y no sabía si podría andar.

Mis piernas llevaban tantos días abiertas en canal que me resultaba difícil cerrarlas y al juntar mis muslos, mis caderas y mi ingle estallaban de dolor.

Aún terriblemente dolorida busqué con la mirada algo con lo que vestirme.

Necesitaba calor sobre mi cuerpo porque me encontraba totalmente helada y el simple hecho de poder ponerme algo encima era un placer extraño.

Llevaban mucho tiempo secuestrando no solo mi libertad sino mi más elemental intimidad.

No había ropa alguna con la que vestirme así que utilicé la infecta sábana sobre la que había estado pernoctando como una improvisada túnica. Me hinqué de rodillas en el suelo y llamé a Siegfried. No hubo respuesta. Pegue mi oído a su boca para comprobar si aún le quedaba aliento.

—¿Qué haces? Está muerto. Levanta.

Parecía que Sally había esperado sádicamente a que me hubiera librado de las ataduras porque me constaba que había tardado mucho tiempo en conseguirlo. ¿Qué pretendía aquel monstruo?

—Tienes una falsa sensación de libertad solo porque ya no estás atada y desnuda. No eres libre.

—No quiero entrar en peleas filosóficas contigo, Sally. No vas a matarme si puedo matarte a ti antes.

—Te he ofrecido tu libertad y le has dado la espalda. Nadie te conoce como yo, nadie puede leer la crueldad que esconden tus ojos oscuros como la noche.

—Tú no me puedes ofrecer nada. Eres un envoltorio vacío.

—Siempre mirándote al ombligo como buena francesa. Debes ser más humilde, chérie. A veces necesitamos la ayuda de otra gente para completarnos a nosotros mismos.

—¿Tú vas a completarme? Eres patética, ¿sabes?

—¿Quién te da derecho a hablar así? Estás en mi terreno, bajo mis malditas reglas. Todos están muertos. PIENSA.

De pronto recordé las palabras de mi abuela Marie-Françoise. Farrokh estaba bien. Mi abuela nunca me mentiría.

—Farrokh no está muerto.

—¿Estás segura de eso? ¿Cómo lo sabes?

—Estás yendo de farol. Solo le utilizabas para sobornarme. Para que cediera a tus locas pretensiones. El niño está vivo.

—¿Qué piensas que he estado haciendo todo este tiempo? ¿Jugando al parchís conmigo misma? Matar y descuartizar no se hace en un cuarto de hora. Por pequeño que sea el cuerpo es engorroso...

—Eres la madre de la mentira, Sally.

—¿Ha sido Siegfried el que te ha dicho que está vivo? Esa rata de cloaca traidora.

—No quiero hablar más. ¿Es que intentas ganar tiempo? ¿Es que tienes miedo a enfrentarte a mí?