TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

MY ONLY LIVING TREASURE ON THIS EARTH

FREDDIE

Ya sabía lo que me iba a decir el médico antes de obtener los resultados. Si Eli estaba infectada era porque yo se lo había pegado. A ella y a probablemente nuestro futuro hijo.

Tener en las manos las pruebas fehacientes de que era seropositivo me hizo sentir un torbellino de sentimientos. La culpabilidad subyacía por encima de todo lo demás. Tras intentar desesperadamente quemarme, ahí lo tenía. Ya estaba ardiendo vivo.

La nueva huida de Eli tenía un matiz diferente a las otras veces. Cuando hablamos no me dio la sensación de que se quisiera separar de mí por haberla infectado. Pero, ¿por qué me había dejado justo en aquellos momentos cuando más la necesitaba?

Recordaba ahora en flashes su constante preocupación por el sexo seguro.

Desde el mismo momento en que nos conocimos.

Ya en Nueva Orleans durante la gira en la que todo se fraguó entre nosotros cuando me metió los condones en el bolsillo.

Parecía que ella ya intuía que algo maléfico se iba a instaurar en la gente despreocupada sexualmente.

Fuera como fuera, ya era uno más y aún a pesar de ser un candidato claro y haberme librado hasta ahora milagrosamente, después del diagnóstico negativo de 1982, pensaba que ya no me iba a infectar.

Llegué a pensar que tenía algún gen recesivo que lo impedía.

Pero estaba claro que tenía todas las papeletas, sobre todo con mi predilección por la postura pasiva.

Lo peor de todo no era pensar que estaba enfermo de algo que probablemente me acabará matando.

Tampoco pensar que podía poner cara a quien me había infectado.

Lo peor era pensar a quién había podido infectar.

Y sobre todo que había hecho enfermar a mi mayor tesoro en esta tierra.

Y ahora me había abandonado llevándose con ella a mi futuro hijo.

No sabía cómo iba a superar eso pero lo que tenía muy claro es que necesitaba estar con los míos más que nunca.

—No me pongas tu trasero en la cara, princesita. No te quiero tanto.

Dorothy era una de las razones por las que seguía visitando el apartamento que al final había decidido alquilar en el primer piso del edificio en Sebastiansplatz, 4.

Era mucho más amplio, ciento treinta metros cuadrados y Winnie llegaba a su trabajo en veinte segundos.

Seguíamos con nuestra peculiar relación y el traslado a un sitio más amplio parecía apuntar a un afianzamiento en nuestro noviazgo.

Lo cierto es que el ático me encantaba y era muy romántico pero nuestras continuas peleas en un espacio tan pequeño parecían magnificarse espectacularmente. Aquí había más amplitud para irnos cada uno a una esquina cuando nos enfurruñábamos. Y seguía siendo con bastante frecuencia.

Winnie vino una noche con aquella gatita callejera tan preciosa y me le comí a besos. Echaba mucho de menos a mis gatos en Múnich y en cuanto la vi la puse nombre y la adoptamos como nuestra "niña". Al final el felino también era una buena excusa para discutir.

—Me dijiste que la ibas a llevar al veterinario. Me lo prometiste —enseguida le reproché.

—¿Qué prisa hay? Sobrevivirá. Es una superviviente de la calle.

—Tiene lombrices, ¿vale? Hay que desparasitarla.

—¿Cómo sabes que tiene lombrices?

—Oh, Dios. ¿En serio me preguntas eso? Llévala hoy mismo.

—Hoy no puedo. Freddie, ich habe 18 Stunden pro Tag gearbeitet. Du hast ja die Zeit dazu.

—¿Me estás diciendo que no trabajo?

— Ich weiß es nicht. Ich verstehe deinen blöden Job einfach nicht. Ihr verbringt viele Stunden an einem langen Tisch mit vielen Hebeln. Ihr redet und trinkt. Ist das überhaupt ein Job?

—Oh, habla mi puto idioma. Me consta que sabes hacerlo mejor o peor.

—Habla tú el mío.

—Si no podemos ocuparnos ni de una simple gatita, ¿crees que nos podremos ocupar uno del otro?

—¿Adónde quieres ir a parar? ¿Quieres que lo volvamos a dejar? ¿Es eso?

—He captado algo de lo que acabas de decirme. ¿Estás diciendo que lo único que hacemos en el estudio es hablar y beber?

—Y a saber qué otras cosas más.

—Puede que no sude como tú detrás de unos fogones y me duelan las piernas después de estar horas y horas de pie pero yo también trabajo. Y mucho. Estoy harto de que me trates como una caprichosa estrella de rock. Creía que era algo más para ti que eso.

—¡Apaga ese cigarro!

—Fumaré donde se me ponga de los cojones, soy yo el que paga este puto alquiler.

—Y luego dices que no te trate como el caprichoso que eres. Te pusiste pesadísimo con que tú serías quién corriera con los gastos del piso. Ahora no me lo eches en cara. Siempre quieres hacer tu santa voluntad y controlar todo. A mí nadie me controla.

—Yo no te quiero controlar. Estoy diciendo que hagas lo que prometiste y lleves la gata al veterinario.

—Y yo digo que nunca te prometí tal cosa y que lo hagas tú. Es de los dos.

—Bien, al final tendrá que llevarla Phoebe.

—Tienes una pandilla de personas que se ocupan de todo. No creo que vaya a ser tanto el sacrificio. Solo tienes que ordenar y ellos obedecen.

—¿Tienes algún problema con eso?

—Sí, porque yo no soy uno de ellos, ¿te enteras? Yo no soy uno de tus criados.

—Yo no tengo criados, tengo amigos que trabajan para mí.

—Llámalo como quieras.

—Lo llamo por su nombre. No te atrevas a salir por la puerta con esta discusión por terminar.

—¿Qué pasa ahora?

—Siéntate, ¿quieres?

Winnie lo hizo a regañadientes no sin antes aplastar mi cigarrillo contra el cenicero, lanzándome llamaradas con los ojos. No iba a ocultarle esta información. Una cosa era ser discreto y otra irresponsable. Ya lo había sido suficiente.

—Tenemos que hablar.

—No quiero discutir más por hoy. No me saldrá nada bien en la cocina así.

—Eso es imposible. Ya sabes que todo te sale bien en la cocina.

Al fin nuestras tímidas sonrisas aparecieron en nuestros rostros.

Me deslicé encima de sus rodillas acurrucándome contra su pecho.

Deslizó su mano bajo mis calzoncillos acariciando mi trasero despacio.

Me encantaban esas manos rudas sobre él.

Me encantaban nuestras sesiones de caricias sobre el sofá.

—¿Quieres tu sesión de reconciliación, caprichosa estrella de rock? —me preguntó besando mi nariz.

—Necesitamos hablar. Y no de ese modo.

—Nuestras peleas son muchas veces incongruentes. Ni siquiera entendemos bien el mensaje que nos queremos dar. Al final no deberían contar como peleas.

—No quiero pelear, solo hablar, Winnie.

—Yo no voy a ser quien lleve a Dorothy al veterinario. Ocúpate tú.

—De acuerdo. Dorothy es cosa mía. Cariño...

—¿Qué pasa, Freddie?

—Deberías ir al médico y hacerte una prueba de VIH.

—¿De qué estás hablando?

—Hablo de que estoy infectado y que tú también puede que lo estés.

—¿Me estás diciendo que me has pegado esa mierda?

—¿Qué yo te lo he pegado? ¿Y si has sido tú, joder? Yo tomaba precauciones hasta que apareciste tú y te empeñaste en follar sin condón, ¿recuerdas?

—Estoy convencido de que tomabas precauciones, no te jode. ¿Ibas a tomar muchas precauciones cuando te encontré en aquel agujero a punto de que te dieran una buena somanta de palos? No soy imbécil, ¿vale?

—No voy a discutir que en algunos momentos de mi vida no he tenido ningún cuidado en mis relaciones sexuales pero me hice la prueba a finales del 82 y di negativo. Y desde entonces siempre he usado condón. Menos contigo.

—¿Me estás acusando de algo?

—No, solo te he dicho que te hagas la prueba.

—No quiero hacerme esa prueba. No me la haré.

—Eso es una estupidez. Se trata de tu vida.

—De acuerdo, pues no volveremos a follar tú y yo. No te preocupes.

—Oh, Dios. Winnie, intenta ser razonable. Esto no es un puto juego. Uno se muere de esta enfermedad.

—Precisamente por eso. Si me voy a morir, ¿de qué me vale esa maldita prueba?

—No te estoy acusando de nada. No te voy a abandonar porque seas seropositivo. ¿Tú me vas a abandonar por serlo?

—No quiero hablar de esto. Se me está revolviendo el estómago.

—Cariño, por favor. Hazlo por nosotros.

—Me acabas de decir que te has infectado de algo que está matando sin remedio.

—De acuerdo. Si es lo que quieres dejaremos de vernos. No, tienes toda la razón. No tiene sentido que sigamos con esto. Es mejor dejarlo ahora que...

—Dios, no digas eso. No quiero separarme de ti. Al menos no por eso.

—¿Quieres separarte por otras cosas?

—Sí, por todo lo demás. Cada día.

—Tú también me sacas de quicio, mi amor.

—Ya no puedo vivir sin ti.

—¿Lo dices en serio?

—Totalmente.

—Pues entonces hazte la prueba.

—¿Qué más da si tú ya estás infectado? No quiero saberlo. Tendremos cuidado a partir de ahora.

—Es importante para mí saber si lo tienes o no. Es fundamental.

—¿Para qué? ¿Para echarme la culpa de que te he infectado?

—Maldita sea, eres un gilipollas. No entiendes nada.

Esto es mucho más grave de lo que nos hacen creer.

Es una epidemia y están a contrarreloj en busca de una vacuna y de medicación contra ello.

Debemos ser responsables si tenemos esta mierda para no irlo pegando indiscriminadamente.

No solo deberías hacerte la prueba tú sino decirle a Georg que se la haga.

Puede que también esté enfermo. Y a todos los amantes que hayas tenido de los que recuerdes.

—Porque se lo he pegado yo. Yo se lo he pegado a la mitad de la población mundial, ¿no?

—No se puede hablar contigo.

—Contigo tampoco.