CAPÍTULO IX #2
Estaba dispuesta a sacrificar eso para intentar afianzar mi relación con Siegfried. Su forma de custodiarme ocupándose de mi mínimo bienestar me invitaba a utilizarle en mi beneficio. Era mi último recurso para escapar de las sombras y no iba a perder la oportunidad.
—Necesito andar algo. Me duelen todos los huesos de estar en esa maldita postura y me hace falta mover el intestino.
—¿Qué sugieres? ¿Un paseo por el bosque?
—Sugiero que debo moverme.
—No puedes salir de la caravana, Amandine.
—Pues déjame andar aquí dentro sino.
Siegfried no se fiaba de mí y tenía toda la razón para ello.
El tenía una labor que cumplir y no podía arriesgarse a que le hiciera algún truco y me volviera a escapar.
Así que consintió en que estuviera andando por la diminuta estancia pero manteniendo mis manos atadas a la espalda.
Era un modo distinto de pasar mi tiempo e intentar sacarme de la cabeza a Farrokh.
¿Cuánto llevaría secuestrado? ¿El mismo tiempo que yo?
Pero ¿cuánto tiempo llevaba yo? Era imposible calcularlo.
Todo había sido una inmensa confusión desde el principio.
Las horas, los días se iban acumulando y me encontraba completamente perdida.
Perder la noción del tiempo era perturbador.
Lo que tenía claro es que desde el mismo momento en que Farrokh había desaparecido habría una denuncia y se pondría en marcha un operativo importante para dar con él y de paso conmigo.
No tenía muchas esperanzas de que dieran con Sally porque ahí seguía impunemente después de tantos años de sus tropelías.
—Siegfried, ¿de dónde eres?
—¿Qué importancia tiene eso?
—No empieces. Es solo para hablar. Necesito hablar, necesito escuchar algo más que a mis pensamientos porque siempre me están diciendo lo mismo y no quiero volverme loca.
—Está bien. Nací en Salzsburgo.
—Oh, la patria de Mozart.
—Sí.
—¿Y qué más? ¿Tienes padres, hermanos?
—Mi padre murió cuando era un niño.
—¿Erais muchos hermanos?
—Solo Bettina y yo. Mi hermana enfermó de muy pequeña de cáncer de huesos y mientras mi madre nos sustentaba prostituyéndose yo me ocupaba de ella.
—Ahora entiendo muy bien lo buen enfermero que has sido conmigo. Sigue...
—No hay mucho más que contar. Bettina murió entre terribles agonías y quedamos mi madre y yo solos.
—¿Qué edad tenía ella?
—Trece.
—¿Y tú?
—Cuando murió yo tenía dieciséis.
—Supongo que a esa edad ya eras más viejo que cualquier otro chico de tu misma edad.
- Probablemente. Nunca me he parado a pensar a qué velocidad maduré.
No tenía mucho tiempo para nada. Vivía con una madre alcohólica y drogadicta.
Me llovían las palizas. De ella y de los novios que se echaba.
Mi primera experiencia sexual fue una violación perpetrada por cinco hombres.
Acabé en el hospital y cuando salí me enteré que habían encontrado a mi madre en el río cosida a puñaladas. No tuve tiempo de huir.
—¿Qué ocurrió?
—Me pasé muchos años siendo explotado sexualmente. Me secuestraron y pasé a ser propiedad de un proxeneta. Es a lo que me he dedicado toda mi vida. A vender mi cuerpo. A ser explotado por los demás.
—¿Nunca conseguiste escaparte?
—Me escapaba continuamente pero era muy difícil conseguirlo. En una ocasión recibí tal paliza que casi quedé cojo. Tardaba en volver a intentarlo pero cuando me curaba, volvía a huir.
—¿Quién no quiere ser libre, verdad?
—Sí, aunque sea una libertad de pacotilla porque yo no he sido nunca libre ni aspiro a ello.
—¿Cuándo entró Sally a formar parte de tu vida?
—Nos conocimos hace unos meses. Yo trabajaba de stripper en un club de la capital.
—¿Puedo preguntarte tu edad?
—Veintisiete años.
—Tienes mi misma edad. Dime qué pasó.
—Me reservó durante un rato en el salón rosa y la hice lo que me mandó. Luego esperó a que se acabara mi turno y me invitó a cenar.
—Ya no pertenecías a nadie. Eras un hombre libre.
—No exactamente. Llevaba unos meses viéndome con Matthias.
Nada serio, me regalaba flores y bombones y me compraba ropa.
A veces teníamos sexo pero no quería aceptar su invitación de irme a vivir con él y salir de una vez de aquel mundo de vicio.
Era muy amable y educado pero no me fiaba.
Se había vuelto algo posesivo y celoso y no quería que siguiera trabajando en el club.
—Esa no parecía una buena señal.
—Sin embargo, en comparación a todo lo que había conocido hasta el momento, era un ángel. Yo era un completo analfabeto y él me enseño a leer y a escribir y las cuatro reglas. Pulió mis modales y poco a poco me arrastró a su terreno.
—Al final te fuiste a vivir con él y abandonaste ese mundo peligroso.
—Yo le decía que sí pero cuando se iba a trabajar, me escabullía y volvía a ofrecer mis servicios. Me ganaba muy bien la vida y no tenía que rendir cuentas a nadie. Todo el dinero era para mí y el dinero extra que me llevaba prendido a mi tanga de hilo cada noche era muy importante.
—¿Tu meta en la vida era desnudarte delante de otros hombres?
—No era mi meta pero era lo que se me daba bien hacer. Volverles locos de deseo y desplumarles. Era demasiado promiscuo para poder serle fiel a pesar de todo lo que había hecho por mí y él quería tenerme en una jaula de oro. Prefería escoger yo la jaula.
—¿Cuándo volviste a ver a Sally?
—Fue la noche en que Matthias apareció en el club y me sacó a empujones a la calle, medio desnudo como estaba y comenzó a golpearme hasta que quedé sin sentido contra un cubo de basura.
Sally me recogió y se ocupó de mí. Me hizo creer que aquel hombre acabaría matándome porque estaba enfermo de celos y me propuso un trabajo.
—¿Este trabajo?
—Yo necesitaba huir como fuera y acepté.
—¿Eras consciente de dónde te metías?
—Era terreno peligroso pero no he estado en otro distinto desde que nací.
—Sally es una peligrosa psicópata...
—No quiero que me expliques quien es Sally. Lo sé perfectamente.
—Siegfried, ¿por qué no nos ayudamos para liberarnos de todo esto? Si tú me ayudas, yo también lo haré. Podemos conseguirlo. Pero antes que nada tienes que asegurarme que no le ha pasado nada a Farrokh.
Siegfried me miró con infinito pesar y le respondí con ojos interrogativos. ¿Qué significaba esa mirada? ¿Qué ya era demasiado tarde para él? ¿Qué ya estaba muerto?
—Me parece que estoy oyendo a Sally. Sube a la cama.
—Átame, rápido.
Apresuradamente estiré mis brazos por encima de la cabeza mientras Siegfried me anudaba lo más rápido que podía.
—¿Qué estáis haciendo?
—Nada, Sally. Amandine necesitaba ir al baño.
—¿Es eso verdad?
—¿Por qué íbamos a mentirte?
—Eso es lo que pienso yo.