CAPÍTULO IX
NAME THE PRICE
AMANDINE
Estaba tan impactada y tan encogido mi corazón que no había derramado ni una sola lágrima.
Mi cerebro repetía una y otra vez el sonido obsesionante de los lloros de Farrokh y el disparo final.
¿Cómo alguien podía ser tan cruel y despiadado de matar a un niño?
Sally era capaz de cualquier cosa y era una experta en el arte de coger con la guardia bajada.
Así que podía cometer esa barbarie y cien mil más.
—¿Cómo lo has podido hacer?
—¿El qué, cariño?
—Sabía que eras el mayor gusano que se arrastra por esta tierra pero matar a un niño a sangre fría... No me entra en la cabeza.
—Yo no he matado a nadie... bueno, desde que liquidé a Bruno por tu maldita culpa.
—He oído los lloros. Oí el disparo. Un único disparo claramente de remate... No puedo pensar en nada más espantoso.
—Entonces es que tienes una mente sorprendentemente limitada, ¿no crees?
—¿Yo voy a ser la próxima? ¿Eso es lo que intentas? ¿Aterrorizarme? Pues te voy a decir una cosa. Coge tu pistola y vuélame la tapa de los sesos porque ya estoy muerta. HAZLO DE UNA PUTA VEZ.
Sally se puso a aplaudir con su carcajada infantil que me hervía la sangre. La observé estupefacta después de haber dicho todo aquello. No lo pensaba. No quería morir... aún.
—Estás sorprendentemente sexy cuando te enfurruñas, gatita. No me extraña que Bruno perdiera la cabeza y entregara su vida por su inoportuno calentón.
—¿Dónde está Siegfried? ¿También le has matado a él después de habértelo follado?
—Oh, sí. ¿Has estado oyéndonos, niña sucia?
—¿Qué has hecho con él?
—¿Aparte de follármele quieres decir? ¿Es que le echas de menos? Le quieres aquí contigo, ¿verdad? Quieres que pase lo que sucedió con Bruno y que también le mate a él y me vaya quedando sin apoyo logístico. ¿Esa es tu estrategia?
—Tu mente está absolutamente podrida.
—Siegfried es una rara avis, lo sé. Tú también te has dado cuenta.
Es un gran cancerbero pero tiene perfecto dominio de sus sentimientos.
Los maneja a voluntad. Por eso me fijé en él y fijarme en él le ha salvado la vida.
Así que no te atrevas a intentar quitármelo porque eso provocaría una desgracia. ¿Sabes a lo que me refiero?
—Sally, esto es una auténtica locura. Será cuestión de tiempo que mi desaparición cause alarma y vayan a ir a por ti. No eres invencible, ¿sabes?
—Oh, claro que lo soy. Llevo años burlando a la justicia. Nunca nadie me cogerá. Al menos no hasta que me vengue de todo y de todos. Entonces podré decirlos, Estoy aquí, venid a por mí.
—No habrá necesidad de tanto. Morirás antes.
—¿Ah, sí? ¿Me matarás tú?
—Pagarás por tus crímenes de un modo u otro. Estoy convencida.
—No hay necesidad de ser tan extremista y derrotista. Te tengo atada y desnuda por algo, cariño.
—Mi autoestima no se destruye con tanta facilidad. Aún no lo has conseguido.
—Eso me encanta. Eso es puro oro para mí. ¿No te das cuenta que eres como yo? Nuestros odios van unidos.
—Yo no odio a Farrokh.
—¿Qué no le odias? Sé que en algún momento le has odiado con todas tus fuerzas pero tu estúpido autocontrol te ha impedido hacer lo que deseabas. Liquidarle.
—Eres un puto monstruo y no quiero que nos metas a Farrokh y a mí en la misma frase. No puedes ni imaginar lo que ese niño supone para mí.
Las palabras de Sally una vez más me habían impactado fatalmente.
Eran como unas garras arrancando un apósito y volviendo a abrir mi herida.
El maldito poso de verdad que guardaban sus palabras era un martillazo constante en mi cerebro.
Farrokh no era cualquier niño para mí. Ser el hijo de Freddie Mercury le había convertido en un error y en la llave de mi entrada en la misión.
Y ambas cosas siempre habían estado conviviendo en mi cerebro.
Con un extraño equilibrio. Bien pegadas una a la otra.
A veces ganaba mi impotencia ante su llegada a este mundo y compartir momentos con él se convertía en mi trabajo y a veces todo él era una inspiración andante.
Porque era Mercury 100 %. Era un artista, era un manipulador, era dulce y extrañamente compasivo, caprichoso y mala leche, era un Freddie Mercury en potencia y eso no me podía dejar indiferente.
Me había conquistado y cada vez que mis oscuros pensamientos asomaban su fea cabeza, solo tenía que centrarme en mi amor por él.
Me asustaba la oscuridad y tener resentimiento por un niño inocente era algo tan oscuro y sórdido que no podía más que expulsarlo a empujones de mi cerebro.
Él era un ser inocente que no había pedido hacer acto de presencia en este mundo.
Así que convertirle en la diana de mis represalias hubiera sido algo espantoso, algo que Amandine Solís jamás haría.
—Eso es interesante.
—¿Por qué le has matado a sangre fría?
—¿Eso es lo que crees?
—No lo creo. Lo he oído. Le he oído llorar y luego un disparo.
—Eso es lo que has oído, ¿eh? ¿Sabías que esto es un lugar donde se caza bastante?
—Entonces ese disparo...
—Yo no he disparado a Farrokh.
—¿Por qué lloraba? ¿Qué le has hecho?
—¿Por qué lloran los niños, Amandine? Por frío, por hambre, porque echa de menos a sus padres. Por cualquier cosa. De todos modos, tú eres la niñera, ¿no? Deberías saber todas estas cosas y estar familiarizada con ellas.
—Nunca he oído llorar así a Farrokh. ¿Qué le hiciste?
—¿Quieres que deje de llorar? Tú tienes la llave de su libertad.
—¿Cuál es esa llave?
—Tendrás que dar un gran paso, no te lo discuto. Pero una vez que lo hagas y te enfrentes a todo eso a lo que das la espalda tozudamente, serás por primera vez en tu vida libre.
—Dime cuál es el precio que debo pagar.
—En realidad te va a resultar barato si ponemos todo en la balanza. Por un lado está la Amandine domesticada que interpreta un papel a todas horas y por el otro está la auténtica Amandine. La oveja negra, la incomprendida, la asesina en potencia que yo necesito para liberarnos ambas.
—Pensaba que estabas loca pero esto es demasiado. Se te ha ido por completo la cabeza.
—Porque veo con claridad lo que los demás no pueden ver, ¿eh? Tú no eres una niñera entregada. Veo en ti clarísimamente el anhelo de otra cosa. Yo puedo ofrecerte eso que te censuras a ti misma.
—No puedo controlar lo que el resto del mundo ve en mí. Siempre es la misma historia conmigo.
—Discúteme que no estás llena de odio y no tienes modo de calmarlo.
—Es cierto que tengo odio. Un odio implacable hacia ti que debería ser simplemente asco porque no mereces tanto gasto de energía.
—Puedes repetirte eso como un mantra si te ayuda pero al final siempre llegas a la misma calle sin salida.
—Dime el precio que quieres que pague por la liberación de Farrokh.
—Si le libero, te quitaré las ataduras y te pondré de nuevo tu bonita ropa con mensaje. No soy el coñito de nadie. Es un precioso mensaje de auto determinación.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que Farrokh vuelva con sus padres y deje de llorar.
—Dime qué quieres de mí.
—Deberás permanecer conmigo y entre las dos lo vamos a conseguir todo. Nos encargaremos de matar a tus odiadas Elideth y Arlene. ¿No te estoy tentando?
—Quieres que sea otro Siegfried y entregue mi vida a ti.
—A mí no, a tu sueño dorado de destrucción que es el mío propio. ¿Qué dices?
—Ya lo he dicho todo. No guardo ningún discurso alternativo sobre ti. Ignoro quién es Siegfried y lo que hiciste para atraparle en tu red pero yo no soy él.
—¿Quieres que Farrokh muera? Puedo hacerlo. Lo haría ahora mismo sin ninguna piedad.
—NO QUIERO QUE MUERA. QUIERO QUE ESTO TERMINE. LO QUE PLANTEAS ES UNA COMPLETA LOCURA.
—No me sirves cuando estallas en tus antológicos berrinches —se encogió de hombros.
—Él no tiene la culpa de tu cerebro destruido y tu distorsión de la realidad. Es un ser inocente. Esta guerra que has empezado no le concierne. No le sigas haciendo sufrir.
—El niño solo será libre si aceptas entregarte a mí. Si te niegas...
—No me he negado.
—¿Ah, no? He notado mucha resistencia por tu parte.
—Solo necesito reflexionar. No soy persona de tomar decisiones a lo loco.
—Eso me parece muy bien. Eso me gusta más que un No rotundo. Eso me suena más inteligente.
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Estaba desesperadamente ganando tiempo y sabía que Sally me proporcionaría ese tiempo porque era una puñetera trastornada.
Ella se creía invencible, no tenía la imperiosa necesidad de terminar este operativo.
Si yo la daba largas, eso solo me iba a perjudicar porque mi cautiverio se dilataría y yo sí que no estaba segura de que mi fuerza mental pudiera con ello.
Pero ¿qué podía hacer? No iba a entregarme a ella pero la figura de Farrokh en aquello me estaba desestabilizando.
Necesitaba saber que estaba bien, que no le habían hecho ningún daño al menos porque no podía estar bien.
Aquello supondría algo muy devastador para su desarrollo como persona y eso me enfurecía y me acercaba a él pero existía una barrera infranqueable entre nosotros. Y esa barrera era Sally.
Cuando Siegfried volvió a ocuparse de mi vigilancia fue como un extraño rayo de sol en mi tenebrosa existencia.
Era curioso cómo dentro de la desesperación una buscaba siempre un resquicio de esperanza, de equilibrio, de cordura.
El chico rubio representaba todo eso para mí o al menos así lo había diseñado para poder afrontar las horas que tenía por delante.
Él se encargaba de darme de comer y de beber, de curarme todas las heridas y de llevarme al baño cuando así lo requería.
Ya no me importaba nada. Ni mi desnudez ni que optara por quedarse en la puerta del baño observando mientras hacía mis necesidades.
Ya había llegado un punto en que lo relativizaba todo.
Lo que en un principio me hacía arder de furia ahora se había convertido en una tranquila sumisión.
En esas situaciones al límite había que elegir muy sabiamente las prioridades.
Mi intimidad, algo celosamente guardado por mí hasta ahora, había pasado a segundo plano en favor de otras muchas cosas.