TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

FACE IT ALONE

AMANDINE

—Por favor, dímelo.

—He perdido la cuenta de las veces que me has hecho la misma pregunta. ¿Quieres olvidarte del niño?

—No puedo olvidarme de él. ¿Cómo habéis conseguido secuestrarlo? ¿Cómo habéis burlado la vigilancia en Feltham? Dime cómo está. No le hagáis daño. MALDITA SEA, HÁBLAME.

—Amandine, si chillas una vez más acabaré por inducirte el sueño. ¿Quieres eso?

Sí, en realidad quería eso. La tortura física había dado paso a la tortura mental y era incluso más duro de soportar.

Imaginaba a Farrokh en manos de Sally y la angustia me atenazaba por completo.

Esto no tenía nada que ver con el jugueteo en la tienda de Beate.

Esto podría ser muy grave. Siegfried no iba a suministrarme ningún tipo de información, estaba claro.

Pero al menos no era un gorila empalmado, podía notar algo distinto en él.

Opté por no seguir insistiendo de momento sobre el niño aunque me era difícil apartarlo de mi mente.

No iba a conseguir nada más que crear una enemistad con Siegfried y no quería que pasara eso.

Era la persona con la que más tiempo pasaba y poco a poco, por su actitud y lenguaje corporal, le iba considerando alguien del que poder sacar cierta rentabilidad. Si jugaba bien mis cartas.

—Intenta cerrar los ojos y dormir. Creo que aún lo necesitas.

—No quiero dormir. Tengo frío, ¿por qué no me tapas?

—Porque es la regla número uno de Sally. Debes estar completamente desnuda.

—¿Por qué? Afuera estamos en temperaturas negativas y esa estufa que acabas de encender no es suficiente. Voy a morir de una pulmonía. ¿No te dan pena mis dientes castañeteando?

—No, no me da ninguna pena.

Volvió a abrir el libro por donde había dejado la lectura unas horas antes y empezó a leer en francés. Su expresión esta vez era imperturbable.

—"Pierre, arrivé le premier, entra tout droit dans le cabinet du prince André, en habitué de la maison; après... "

—Sais-tu parler français?

—Podría pero no lo voy a hacer. "après s'être étendu sur le canapé, comme il en avait l'habitude,..."

—¿Por qué no quieres hablar en francés conmigo?

—Ya te estoy leyendo en francés.

—¿Por qué lo haces? Lo de leer en mi idioma. Podrías leer en inglés o en alemán y sin embargo...

—Es solo un modo de...

—¿De qué? Continúa...

—De poder pasar esto del mejor modo posible.

—Eres muy extraño, Siegfried. Eres completamente ajeno a esta maldita locura, ¿a que sí?

—No te entiendo.

—Claro que me entiendes. Háblame de ti. ¿Cómo has llegado a estar metido en esto?

—¿Quieres que te de mi dirección en caso de que puedas en algún momento escapar para denunciarme?

—Mi intención solo era conocer a la persona que me custodia. Las horas se hacen largas y no quiero enloquecer. Yo no soy una gran conversadora pero se me da bien escuchar. Seguro que tienes una historia que contar.

—Todos tenemos una historia que contar.

—La tuya es interesante y desgarradora. ¿He acertado?

—Intenta dormir.

—¿Estás enfadado porque te abrasé, te escupí, te arañé y te tiré del pelo? No te voy a pedir perdón por ello. Solo era mi posibilidad de recuperar la libertad.

—¿Qué demonios es la puta libertad? Dime una sola persona que sea libre en este mundo.

—Es cierto. Tú tampoco eres libre. Estás sometido a Sally.

—Es mi jefa y mi salvadora. En cierto modo me salvó, no puedo decepcionarla.

—Si te mandara matarme tú lo harías sin ningún remordimiento.

—Lo haría. Si sentiría remordimiento o no me lo guardo para mí.

—No tendrás que hacerlo. Ella se encargará cuando llegue el momento. Disfruta demasiado haciéndolo como para dejarle la tarea a otro.

—Piensas que este secuestro acabará en tu muerte.

—Creo que soy más útil a Sally viva que muerta. Eso me tranquiliza. Y me tranquiliza que no mires mi cuerpo con ojos de deseo. Para mí es una profunda humillación verme así delante de gente extraña.

—Lo sé. Por eso Sally insiste en ello. Para menoscabar tu autoestima.

—Tú no eres como Bruno.

—No, no me parezco mucho.

—No eres alguien violento. No me has golpeado ni una sola vez para defenderte de mis agresiones.

—Soy la persona encargada de vigilarte y creo que puedo hacerlo sin utilizar la violencia. Detesto la violencia.

—Yo también creía lo mismo pero me di cuenta que dependiendo de las circunstancias podría ser muy violenta. Mucho.

—Desde niño he visto violencia a mi alrededor. Ni un solo momento he dejado de convivir con ella.

—Háblame de eso. Tengo curiosidad.

—No. Yo no hablo de eso con nadie.

—¿Por qué? ¿A qué temes? Hablando nos podemos ayudar mutuamente.

—No necesito ayuda. Eres tú quien la necesita.

—La necesitamos ambos. Soy por naturaleza alguien con capacidad de análisis. Y te he analizado en profundidad. Cuando estabas al lado de Sally, cuando leías, hasta cuándo bostezabas.

—Dime lo que has visto.

—Somos hermanos gemelos. Ambos víctimas de la misma persona. Nos tiene secuestrados a los dos.

—Yo no estoy secuestrado. Puedo salir cuando quiera.

—Me has entendido perfectamente. Eres un muñeco de guiñol en sus manos. Aún estoy por determinar si eso te hace sentir seguro o no. Probablemente sí. ¿O no?

—No te voy a hablar de mí.

—Bien. Estás en tu derecho. Pero, ¿qué nos puede quedar dentro de nuestra desesperación? Tal vez solo comunicarnos. Yo también era hermética y concentrada en mí misma y descubrí que cuando compartías lo que pensabas con otra gente, te sentías casi etéreo. Era una sensación única. Te la recomiendo.

—Te prometo que te respetaré hasta donde se me permita e intentaré que tu cautiverio sea lo menos penoso pero pongamos unos límites.

—¿Cuántos más? Estoy atada, desnuda y en una posición degradante e incómoda. No puedo prácticamente moverme y mi colchón es un nido de pulgas y suciedad. El pelo me huele a gachas y necesito ir al baño pero tengo un estreñimiento bestial. ¿Quieres que te siga enumerando mis putas limitaciones?

—Lo siento. Tendrás que seguir atada y desnuda mientras Sally así lo quiera y no estoy autorizado a cambiar ese colchón. En cuanto a tu estreñimiento no creo que quieras que vaya a por un enema y te lo administre ¿verdad?

Nos miramos unos instantes y acabamos sonriendo. Fue triste y casi aterrador. Era capaz de encontrar la parte cómica a mi maldito drama.

—Si quieres puedo lavarte el pelo —dijo de repente.

En aquellos momentos mi pelo no era una de mis máximas prioridades como solía serlo.

Por supuesto cuando te veías sometida durante horas y horas a todo tipo de humillaciones, la grasa de tu pelo era el menor de tus problemas.

Pero debía buscar aliento en cualquier atisbo de cosa agradable.

Y sería muy agradable sentir mi pelo limpio y sedoso de nuevo.

Era una menudencia, era una perlita minúscula en medio de todo mi inmenso lodazal pero me aferraba a cualquier cosa para huir de la desesperanza.

Eran solo trucos para fortalecerme. Para que mi cerebro no se echara a perder.

—Libérame las manos y los pies y lávamelo en el baño.

—No, te lo lavaré tal y como estás. No puedo correr riesgos contigo. Si te desato...

—Puedes llevarme al baño con las manos atadas a la espalda. ¿Cómo voy a poder hacer nada? Vamos, por favor. Necesito andar para mover el intestino.

—He dicho que no, Amandine. Si insistes te quedarás sin tu lavado de cabeza.

—Haz lo que quieras. Sigue leyendo esa maldita novela. Ignórame.

Ni siquiera podía girarme en la cama y darle la espalda, desairada. La condena de aquella postura boca arriba me forzaba a como mucho girar mi cabeza a un lado para evitar su contacto visual.

Hubo un tiempo de concentrado silencio en el cual Siegfried reemprendió la lectura del libro de Tolstói y yo tuve que escuchar esa historia que no me interesaba oír.

Pero no me hacía daño, no era torturante.

Solo el sonido agradable de su voz narrando algo que me importaba un pimiento.

Pero no me perjudicaba. Solo era un modo de que el tiempo pasara con más ligereza.

Abrí los ojos de pronto ante la sensación refrescante y poderosa del agua sobre mi cabeza. Emití un gruñido de satisfacción. Aquello era como un premio.

—¿Me vas a lavar la cabeza? —pregunté alzando los ojos hacia él, de pronto estúpidamente entusiasmada.

—He calentado el agua. ¿Quema? —consultó echando con una taza un poco de agua sobre la parte frontal.

—Hmmm. No. Está perfecta.

—Aquí no disponemos de champú pero el jabón de Marsella para la ropa al parecer deja el pelo chirriante.

Bien, no estaba pensando siquiera en mi mágica mascarilla que dejaba mi pelo espectacular.

¿Cómo algo tan insignificante y rutinario como lavarse la cabeza se convertía, en aquella caravana de lo tenebroso, en una maldita fiesta?

Estaba claro que no éramos capaces de darle su justo valor a las cosas más pequeñas.

Una vez lavada y aclarada me peinó mi corto cabello con los dedos y no hubo más palabras entre nosotros. No las necesitaba. Me sentía regenerada solo con ese sencillo gesto que parecía a priori una quimera en el paisaje pesadillesco que Sally había fabricado para mí.

Cuando en mi sopor relajado me iba a entregar al sueño, la puerta se abrió y una bocanada de viento frío lo inundó todo. Sally parecía volver a hacerme una visita.

Lo cierto es que siempre se las arreglaba para perturbarme pero no había más opción que ella para que aquello terminara de una vez.

Me incorporé y me observó con cierto mal disimulado desprecio. Barrió con sus ojos todo a su alrededor y estiró el brazo para levantar a Siegfried del suelo donde yacía, como de costumbre.

—Vamos, te necesito con urgencia. Dejemos a la francesa un ratito a solas. Pórtate bien, chérie. Y no hagas ninguna tontería como intentar escaparte.

En cuanto se fueron empecé a agitarme con desesperación en un intento inútil por deshacer las ataduras pero lo único que conseguí fue abrir las heridas que estaban cicatrizando. Estaba magistralmente atada y debía abandonar el intento.

Volví a quedar inmovilizada mirando al techo en la semipenumbra, con impotencia.

La soledad había dejado de ser mi amiga cómo siempre lo fuera en el pasado.

Mi amiga y mi aliada. Con la experiencia extrema que estaba viviendo necesitaba alguien cerca.

Aunque fuera mi verdugo. No soportaba el sonido de mis pensamientos en aquella quietud de muerte.

Debía intentar no pensar. Algo del todo imposible.

En medio de la calma empecé a oír unos sonidos relativamente cerca. Al principio parecían susurros o cuchicheos pero luego me percaté que eran gemidos. Gemidos femeninos de placer. No parecía haber ningún sonido masculino que los acompañara.

Me empecé a sentir muy incómoda porque no cesaban y cada vez parecían estar más cerca. No podía taparme los oídos, me veía obligada a escuchar los evidentes jadeos exagerados de Sally. Eso también podía considerarse una tortura. De hecho, aquello alteró mis nervios de forma bastante significativa.

Al fin cuando volvió una relativa paz volví a oír unos sollozos.

Aunque estos parecían bastante más lejanos.

No podía ser de nuevo Sally torturándome con su sesión de sexo desaforado.

Eran claramente sollozos y parecían acercarse más y más.

Cada vez eran más audibles. Se trataban de sollozos infantiles.

El corazón me dio un vuelco. No quería pensar quién estaba llorando de ese modo.

No quería pensarlo pero lo estaba oyendo y ese sonido lastimero de auténtico sufrimiento y desesperación se impregnó en mí.

Me lo negaba una y otra vez. No podía ser Farrokh.

No podía ser él. ¿De verdad existían esos lloros o los estaba fabricando yo misma?

Justo en mitad de mis reflexiones esta vez sí llego a mis oídos de forma perfectamente clara el sonido de un disparo. Un único disparo. Sonaba como el disparo corto y seco que sirve para rematar. Tan lúgubre y malévolo. Tan implacable. Tan cruel.

Estaba completamente helada por la impresión.

Intentaba apartar de mi mente los pensamientos tenebrosos que me estaban asediando.

No estaba loca. No era producto de mi imaginación.

Había oído con claridad los lloros y el disparo.

No podía ser otro niño sino Farrokh. Ese había sido su objetivo largamente acariciado, secuestrarle.

Y al fin lo había conseguido y le había matado a sangre fría.

Sentía que mi pelo se erizaba y la sangre de mis venas se congelaba.

¿Qué podía hacer? No podía hacer absolutamente nada. Enfrentarme a esto yo sola. Como mejor supiera.