CAPÍTULO VI
MY SMILE STILL STAYS ON
WISHFUL-THINKING∞
En fin, había cosas bastante más importantes que nuestras mutuas rencillas que no iban a llevar a ninguna parte.
Se imponía el sentido común y aunque trabajar en equipo no era nuestro fuerte, se lo debíamos a Eli y a su enorme sacrificio.
Yo estaba dispuesta a ceder en algunas cosas, solo si ella también lo hacía, claro.
Presentía que no iba a ser algo fácil de conseguir.
Éramos dos malditos cañones de artillería.
Volví a escribir infructuosamente el decimonoveno WhatsApp sin ningún éxito pero luego pensé que si pensaba hacer una visita relámpago a su amorcito y había dicho a Joe que volvería como mucho al día siguiente, quizás no considerara apropiado llevar su móvil.
Yo reservaba mil y un recovecos en mi cuerpo para camuflarlo con éxito pero estaba claro que Amandine era de las que lo llevaban en el bolso y le parecería muy arriesgado que su novio austriaco lo descubriera.
—Joe, ¿te encuentras bien?
Había entrado en la cocina en busca del cocinero americano porque él era quien podía darme información fidedigna de Amandine. Le encontré tumbado sobre la encimera, ocultando su rostro.
—Es otra de mis bajadas de tensión. Últimamente las tengo cada dos por tres —me explicó sin levantar la cabeza.
—¿Quieres que te acompañe a la cama? Vamos, no estás en condiciones. De hecho deberíamos ir al médico. Le llamaré para que venga.
—Arlene, tranquila. Estoy bien. Es solo cansancio.
—Deberías hacerte una analítica. ¿Hace cuanto que no vas al médico?
—No hay nada que un maldito médico pueda hacer por mí.
Sus palabras me impactaron un poco pero estaba atada de pies y manos para profundizar mucho.
No podía hablar sobre el tema de los antirretrovirales porque se supone que era un secreto entre Amandine y él.
Aquella telaraña de secretos enredados unos con otros iba a acabar por liarnos y hacernos tropezar pero de momento se me seguía dando bien mi trabajo de espía en el tiempo.
—¿Quieres un vaso de agua? —le ofrecí observando su rostro pálido perlado de sudor frío, ya acostado en la cama.
—Creo que ahora mismo lo vomitaría. Estoy mejor. Gracias.
Joe no estaba mejor, claro que no. Me preguntaba cuántas veces más le habría pasado esto.
Siempre se solía callar todas sus dolencias y la frenética agenda a la que siempre estaba sujeto formando parte del servicio de Freddie, no era algo que ayudara.
Ser no solo el cocinero sino el segundo asistente del cantante era un trabajo muy exigente para una persona claramente inmunodeprimida.
No había modo de saber si estaba tomando los antirretrovirales regularmente aunque con sinceridad pensaba que los tomara o no, el curso de la enfermedad ya había empezado en él con toda su virulencia.
Me acordé de mi cargamento de antirretrovirales que debían nutrirnos a nosotros tres; Joe, Freddie y a mí.
Farrokh se encontraba en Londres con sus abuelos, Amandine seguía sin dar señales de vida. Yo no podía encargarme de todo.
—Joe, necesito ver a Amandine. Tú tienes que saber dónde está.
—Si lo sabe Eli tú también lo tienes que saber. ¿Qué me estás preguntando?
—Eli solo sabe que se fue a Viena y que volvería como mucho al día siguiente. No dispone de más detalles.
—Bueno, pues se le ha complicado un poco la cosa.
—Amandine solo ha podido ir a Viena por una razón y esa razón es Rudi.
—Tú te lo guisas y te lo comes todo, teniente.
—Pero estoy en lo cierto. Dime que sí al menos.
—Vale, sí. Pero no te diré nada más. Ella es muy discreta con sus cosas y yo también con las de mis amigos.
—Joe, por favor. Esto es serio. No te estoy pidiendo cotilleos. Solo es que empiezo a estar preocupada.
—No te preocupes por ella. Estoy convencido de que está bien.
—Yo no lo veo así. Ella nunca descuidaría su trabajo. Por nadie.
—No lo está descuidando. Farrokh está con los Bulsara ¿no?
—¿Eso lo sabía cuándo se marchó?
—Se lo dije yo. Le dije que Eli había cogido un avión para Londres junto a Farrokh. Que no se diera prisa.
—Que no se diera prisa. ¿Estás seguro que esas fueron tus palabras? ¿Las puedes corroborar una por una?
—Arlene, me estás empezando a preocupar a mí. Ya está bien. Déjala un poco respirar. Ya volverá.
—¿Cuándo volverá?
—No tengo esa información. Te lo juro. ¿A qué viene este acoso?
—Lo siento, Joe. Quizá tengas razón y esté exagerando las cosas. Perdona, te estoy poniendo en un compromiso, ¿verdad? Soy una bruta.
—Eres una bruta con un corazón muy grande. Estás pensando que algo la puede haber pasado y te preocupas. Es fenomenal. Bueno, es insólito. ¿Es que echas en falta pelearte con ella?
—Algo así. Será eso.
—Mi amor, ¿qué haces en la cama a estas horas? ¿Qué te ocurre?
Cuando Freddie entraba en un sitio lo hacía cambiar todo. Hasta la temperatura del mismo. Se acercó hasta la cama de Joe empujándome en el proceso. Al parecer le había estado buscando por todo el apartamento y al verle ahí postrado se encendieron todas sus alertas.
—No me pasa nada. En unos minutos estaré operativo en la cocina.
—Me importa una mierda la comida. No me mientas. ¿Qué ha ocurrido?
—Arlene me ha dejado KO de un puñetazo.
Freddie se volvió a mí y yo solo me limité a subir una ceja, retándole con evidente sarcasmo. Pareció captarlo a la primera.
—Naaa. La pelirroja es capaz de muchas cosas pero no creo que una de ellas sea pegar a mi cocinero favorito.
—Pensaba que Winnie había pasado a ser tu cocinero favorito.
—¿Celoso?
FREDDIE
De pronto todo se había borrado de mi mente solo de pensar que le pudiera pasar algo a su salud. No estaba preparado para prescindir de él. Al poco Arlene abandonó la habitación para dejarnos solos y me acosté en la cama junto a mi Liza.
—No te preocupes. Phoebe se encargará de pedir la cena al catering del hotel. Ya lo hemos hecho otras veces.
—Podrías pedir sus servicios a Winnie.
—Winnie está todo el tiempo trabajando. Como el puto alemán adicto al trabajo que es.
—Estoy mejor. Solo ha sido una bajada de tensión. ¿Qué te dijo el médico?
Acaricié con mis dedos su pelo rubio ceniza. Le había crecido mucho y el flequillo lacio tapaba sus ojos azules.
—No te cortes el pelo, te queda muy bien.
—No me cambies de tema, ¿vale? Dime qué te han dicho.
Respiré hondo y enfrenté mis ojos a los suyos.
No podía ocultárselo, no hubiera servido de nada y además me vendría bien desahogarme con él.
Maldita sea, quien debería haberme acompañado a la consulta era Elideth.
Y sin embargo se había ido, me había abandonado una vez más sin la menor consideración. Si pudiera conseguir odiarla...
—Freddie... —me urgió.
—Está bien. Me uno a tu club. Dame la bienvenida a él. Vamos.
Joe me miró frunciendo el ceño. No parecía entender nada de momento.
—Lo he pillado. La mierda de cáncer ese —le aclaré.
—No puede ser. ¿Tú también? ¿Estás completamente seguro?
—Del todo. Soy seropositivo.
—Esto es una maldita epidemia. ¿Por qué? Freddie...
—Shhh. Ya no hay nada que podamos hacer. Lo único que nos resta es vivir cada jodido día como si fuera el último.
—Pero tú siempre tomabas tus precauciones. ¿Qué pasó? ¿Te relajaste? ¿Ha sido Winnie? Él te lo ha pegado.
—No quiero saber quién ha podido pegármelo. Ya es algo estéril. El que me lo pegó a mí ha sido contagiado por otro. Aquí no hay culpables.
—Es cierto. Solo hay un virus asesino que parece empeñado en destruirnos a todos. Esto es una pesadilla. Lo siento tanto. ¿Qué va a pasar ahora?
—¿A qué te refieres?
—Eres una estrella en uno de los grupos más famosos que existen. ¿Vas a decirlo públicamente?
—No es asunto de nadie y agradecería la máxima discreción de todos vosotros porque de momento quiero que no trascienda a mi círculo más íntimo.
—¿Y cuál es ese círculo? En Múnich estás rodeado de gente que te quiere. ¿Vas a ocultárselo?
—De momento debo hacerlo. No puedo confesárselo a Barbara. Al día siguiente lo sabrían todos los tabloides alemanes y al siguiente el resto del mundo.
—¿Y Winnie? Es tu amante. Deberías decírselo a él.
—Lo sé. Pero no sé lo que voy a hacer.
—Sería lo justo. Y de paso tendría que hacerse las pruebas porque estoy convencido de que es él quien te lo ha pegado.
—Es injusto hablar en esos términos, amor. ¿De qué valdría constatar que él me contagió? Le miraría con odio solo pensando en las veces en que se empeñó en hacerlo a pelo.
—¿Ves? Él ha sido, Freddie. ¿Cómo pudiste dejar que mandara en algo tan importante como tu propia protección?
—La culpa fue de los dos, supongo. Así suele ser siempre. Uno se empeña y otro se deja.
—Le odio, lo siento.
—Ya le odiabas antes, ¿recuerdas? Cuando os peleabais en la cocina para ver quién era el mejor. Os peleabais por mí.
—Y tú eras el hombre más feliz de la tierra por ello.
—Oh, joder. Liza, no nos aferremos a pensamientos negativos.
—¿De qué hablas, Freddie? No quiero que mueras.
—Yo tampoco quiero que mueras. Pero nadie nos ha arrebatado la vida aún, ¿vale? Así que vivámosla. Sin freno. Ninguna cabrona enfermedad va a cambiarme.
—Me gustaría ser tan valiente como tú.
—No es valentía. Es simplemente instinto de supervivencia. Si nos cerramos en nosotros mismos y cerramos las puertas a los demás, ¿qué nos queda? Sé muy bien por qué lo dejaste con Clint. Tenías miedo de enamorarte más y más de él.
—No, no fue por eso...
—¿Por qué fue entonces?
Joe me miró con una expresión asombrada en los ojos. Como si acabara de hablar más de la cuenta. Como si hubiera metido la pata. Nos conocíamos demasiado bien para que se me pudiera pasar por alto aquello.
—Bueno, en realidad sí. Empezaba a depender demasiado de él y él no estaba tan colado como yo. No sentía el mismo compromiso por su parte.
—Eso no fue lo que me decían sus ojos cada vez que os veía juntos.
—Vamos, Freddie. Estabas empeñado en que ese chico fuera el definitivo.
—Porque lo era. ¿Recuerdas cuando te decía que yo iba a ofrecerme como maestro de ceremonias en vuestra boda? No le digo eso a nadie. Clint y tú deberíais estar juntos.
—Yo no pienso igual que tú y al final mi decisión fue la mejor que pude tomar. ¿Quién quiere cargar con alguien que en breve se meará y se cagará encima?
—Eh, aquí el único escatológico de la familia soy yo, ¿vale? Yo te cambiaré los pañales, ¿de acuerdo?
—Ni siquiera eras capaz de cambiárselos a Farrokh medianamente bien.
—En eso tienes razón.
—Vas a mantener siempre tu sonrisa ¿verdad? Dime que sí.
—Al menos te puedo prometer que lo intentaré.
—Siempre que tú sonríes parece que el mundo es un poco menos feo.
—Mi Liza... De todos modos no dejaré que mueras. Y ya sabes que soy muy testarudo.
—Lo sé.