CAPÍTULO V #2
Yo seguía insistiendo en que me quitara la cinta americana de la boca pero él una vez hechas las curas pertinentes, siguió ignorando mi voz tapada. Con calma se sentó en el suelo frente a mi cama y abrió un libro. Y sin más se aclaró la garganta y empezó a leer:
"Eh bien, prince, que vous disais-je? Gênes et Lucques sont devenues les propriétés de la familie Bonaparte.
Aussi, je vous le déclare d'avance, vous cesserez d'être mon ami, mon fidèle esclave, comme vous dites, si vous continuez à nier la guerre et si vous vous obstinez à défendre plus longtemps les horreurs et les atrocités commises par cet Antéchrist...
, car c'est l'Antéchrist en personne, j'en suis sûre!
Allons, bonjour, cher prince; je vois que je vous fais peur... asseyez-vous ici, et causons..."
¿Qué demonios era lo que estaba oyendo? Sí, una rata de biblioteca como yo sabía que así empezaba Guerra y Paz de Tolstoi.
Pero ¿qué hacía leyéndome en francés? Y lo estaba leyendo con una dicción perfecta y fue algo que de repente me anestesió.
Me calmó y a pesar de mi evidente desconcierto, me dejé arrullar por aquella voz.
Y entre el bálsamo sobre mi piel y aquellas palabras, fue mi nana particular.
Al fin a pesar de tener un hambre de lobos, caí agotada de sueño.
✹✹✹✹✹✹✹✹
Me desperté paulatinamente. Los dolores y malestares no habían desaparecido pero había dejado de sudar por la fiebre y ya no tenía picores.
Solo ese pequeño detalle, verme libre del azote de los picotazos continuos, fue como una caricia.
Pero a medida que iba tomando conciencia mi mente recordó donde estaba y mi situación bastante precaria.
Por instinto me incorporé y la voz rítmica y dulce leyendo en un perfecto francés, se reincorporó a mi cerebro como si nada.
- "- Non, tu ne le peux pas -dit André en riant en faisant comprendre à Pierre par un serrement de main l'inutilité de sa question..." Bonjour... —dijo con una sonrisa al ver que acababa de despertarme y le observaba medio incorporada.
Le dije que por favor me quitara la mordaza de la boca y por supuesto no podía entenderme.
Seguía observándome con el libro sobre las rodillas.
Incluso una persona de tan pocas palabras como yo tenía una necesidad exacerbada de expresarse después de estar horas amordazada.
En situaciones así uno se daba cuenta de lo importante que era expresarse.
Justo en ese momento apareció Sally como una exhalación por la puerta. Su presencia volvió a tensarme de rabia, odio pero también de expectación. Ella podía ser la clave para mi desgracia o para mi liberación.
—Pero ¿qué ven mis ojos? ¿Qué es esto? ¿El círculo de Bloomsbury? —alegó sarcástica al libro que su esbirro tenía sobre sus piernas cruzadas a lo indio.
—He estado leyendo... —empezó a explicarse alzando sus ojos a ella con cierto temor y reverencia.
—Está bien, mi príncipe. Ven conmigo. Ven, ven, ven. Dame un beso aquí —le señaló su mejilla y el muchacho la obedeció—. Ahora otro aquí —le señaló la parte alta de su cuello, justo debajo de la mandíbula y volvió a obedecerla.
¿De modo que el esbirro rubio era su pareja? Cualquiera podía saber con aquel demonio.
—Vete a dar una vuelta, cariño —le dio una palmada cariñosa en el trasero—. Vuelve dentro de media hora.
Una vez el chico se fue, se acercó hacia mí con sonrisa resplandeciente.
Observó con evidente conformidad la evolución de mis muchas marcas en el cuerpo tras la aplicación del ungüento y por último nuestros ojos se encontraron.
Con verdadera intensidad. Finalmente con delicadeza me arrancó la mordaza.
—Oh, Dios. Te he hecho sangrar un poquito —murmuró.
Sin previo aviso se le ocurrió pasar su lengua por mi ampolla sanguinolenta y me alegré mucho de no tener la mordaza para escupirle algunas palabras de odio.
—Eres la mujer más asquerosa y despreciable que existe sobre la faz de la tierra.
—¿Qué es lo que hiciste a mi Siegfried para que te amordazara? Criatura perversa...
—Deja de llamarme eso. Tan solo he luchado por mi libertad.
—¿Te has intentado escapar? ¿Has hecho eso?
—¿Quién no intentaría escapar de este infierno?
—Me alegro que sea eso lo que lo consideres porque justamente es lo que pretendo. Mientras no entres en razón, claro. ¿Has comido algo?
Negué categóricamente y Sally acudió hasta el hornillo y rebuscó en unos cajones. Sacó un plátano y lo partió en dados minúsculos que trajo hasta la cama y fue dándome uno a uno. Tenía tanta hambre que pasaba cada trozo sin masticar. Nunca había tenido tanta hambre en toda mi vida.
—Come despacio o acabarás vomitando. Hace mucho que no comes nada.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —pregunté abriendo la boca antes de tener siquiera el siguiente bocado.
Me dirigió el trozo de plátano a la boca y luego me lo quitó justo cuando lo tenía al borde de los labios. Así una o dos veces, torturándome.
—¿QUÉ ES LO QUE QUIERES DE MÍ? —grité finalmente, con los nervios de punta por el hambre y la desesperación.
—¿Ves lo que eres? Eres una auténtica bestia... tan propensa a los berrinches... podrías serme de tanta utilidad —dijo finalmente permitiéndome engullir el trozo de plátano—. ¿Quieres comer más?
Podía decir que no con el mayor de los inútiles orgullos pero lo cierto es que el plátano me había sabido a muy poco. Y a pesar de aborrecer tener que ser alimentada por ella, admití que quería comer más.
—Eres una joya en bruto, chérie. Pero con un poco de disciplina y autocontrol con tus rabietas, serías una espléndida socia para mí.
—¿Quién querría ser tu socia?
Sally se acercó con las gachas que habían sobrado de la ración que había escupido y que habían quedado pegadas inútilmente la mayoría a la cara y ropa de Siegfried. No eran lo más delicioso del universo pero me podría comer perro frito en aquellos instantes.
—Sé razonable, preciosa —me interpeló metiendo la primera cucharada en mi boca abierta—. Tenemos los mismos enemigos.
—¿Por qué te empeñas en convertirme en un reflejo de ti misma?
—Solo tengo ojos y veo a través de ellos. Observarte y leer en ti ha sido algo fascinante, revelador. No me pasaba algo parecido desde que conocí a Nina.
¿Cómo no iba a aparecer Nina en aquel infierno mío? Ya tardaba. Con toda seguridad se estaba revolcando de la risa en el infierno.
Sally dejó de hablar durante el tiempo que me alimentó y lo agradecí porque no podía imaginar algo más asqueroso y al mismo tiempo más satisfactorio para mí que esas gachas.
—¿Has disfrutado, glotona? —me preguntó ensimismada en mi lengua atrapando los últimos restos sobre mi labio lleno de costurones—. Ahora un poco de agua.
Pegó la botella de agua demasiado fría en mis labios pero no me importó. Incliné mi garganta con ansia esperando el refrescante trago.
—Dame un poco más —le pedí.
—¿Quién podría negártelo?
Prácticamente me bebí la botella entera sin respirar. Tenía incluso más sed que hambre.
—No quiero enfadarme contigo. Solo que hablemos como personas maduras.
—No suelo tener conversaciones con psicópatas.
Sally rio con ganas retirando el plato reluciente y la botella.
La seguí alerta con la mirada, aún con el torso levantado como si fuera a darme más de comer o beber.
Pero el festín había terminado. De todos modos el estómago ya me empezaba a dar vueltas y la vista se me nublaba.
¿Y si había puesto algún hongo alucinógeno en las gachas que me había devorado a toda pastilla?
—Tranquila, las gachas solo tenían agua, leche y avena.
Parecía que aquella maléfica mujer podía leerme el pensamiento.
—A pesar de que has dormido, sigues estando agotada. Quizás sea mejor que me vaya y sigamos nuestra conversación...
—No, espera. No te vayas. Quiero que esto termine.
—Bien. Yo también. Estamos de acuerdo. Pero todo depende de ti.
—No, depende de ti. Tú has montado esta cámara de los horrores.
—Oh, vamos. He sido magnánima contigo al final. He matado a Bruno y te lo he cambiado por Siegfried. Mucho mejor, ¿no?
—Es increíble lo fácil que te resulta matar.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Pues debería. Te habría violado al final y no debería haberme importado una mierda, sinceramente.
—Nunca te lo agradeceré. Eres una asesina peligrosa.
—No menos que tú, dulzura. Aunque ni siquiera eres consciente de ello. Oh, cariño. Ya estás de vuelta.
Siegfried entró casi con sigilo y Sally le abrazó y le besuqueó.
Por suerte aquella mala puta no me había secuestrado los ojos, mi capacidad de ver y observar.
El lenguaje corporal del chico era lo que despertaba mi interés.
No era el de una persona enamorada sino sometida.
Había un miedo oculto en cada fibra de su ser.
—¿Todo bien con el niño? —la oí perfectamente preguntarle en un susurro.
—¿De qué niño estás hablando? —intervine alarmada.
—Oh, por favor, nombre bonito. Estás acusando el cansancio. Ya oyes cosas que nunca han salido de mi boca.
—Siegfried, tú lo has oído igual que yo.
—Tiene razón Sally, deberías dormir un poco.
—¿Habéis secuestrado a Farrokh? Dímelo, maldita sea. Tengo derecho a saberlo.
Mis quejas y maldiciones se estrellaron contra la nada. Nadie me respondió. Sally desapareció de nuevo y su amante-esbirro se quedó un momento de brazos cruzados observando mis inútiles intentos de conseguir información. La desesperanza fue colonizándome más y más.