TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

YOU CAN’T WIN WITH YOUR HANDS TIED

AMANDINE

Las últimas horas habían sido una extensión interminable de aquella tortura. Aquella postura boca abajo era aún más humillante y me hacía mucho más vulnerable. Sally lo sabía y por eso me había colocado así.

Rememoraba uno a uno en un bucle maléfico aquellos momentos de insufrible tensión en los que casi me vi sometida a una impune violación.

No podía pensar en otra cosa y si seguía así me volvería loca.

Necesitaba comer y sobre todo necesitaba beber.

La fiebre seguía devorándome, los picores martirizándome y mi vejiga había acabado por dejarse ir.

Así que estaba acostada sobre un colchón empapado en sudor, orines y la sangre de mi casi violador.

El asco extremo que sentía hacia mí misma dio paso a una sensación de abandono y desesperación.

A veces sentía que mis ojos se cerraban y me dejaba llevar porque si seguía sin dormir, me trastornaría del todo. Pero me resultaba algo casi imposible porque el olor de mi propia orina concentrada sobre aquel colchón y el sudor ya rancio se me introducía en el mismo cerebro.

Cuando finalmente el cansancio me hizo cerrar los ojos, sentí claramente algo acariciando mi nalga izquierda.

Era como una mano, suave y delicada. Para nada agresivo.

Pero todo lo que tocaba mi cuerpo en el estado tan frágil en el que me encontraba lo traducía como una agresión.

Contraje mi nalga por instinto agitándome a un lado y a otro para apartar ese tacto intruso y moví mi cabeza en una dirección y otra para ver de quien se trataba.

Me era muy difícil apreciar nada a no ser que se posicionara en el extremo superior derecho o izquierdo de la estrecha cama.

Entonces vi unas manos que se acercaron con decisión a los amarres de mis muñecas y tras un buen rato las soltaron.

Mi piel estaba totalmente levantada e infectada, casi se podía ver el hueso por algunas zonas.

Seguidamente me desató los tobillos y al instante me replegué en mí misma en actitud defensiva.

—Ve al baño si quieres —me anunció una voz extraña.

Me había hecho una pelota en un extremo de la cama por un motivo que aún se me escapaba pero mis ojos se asomaron curiosos por entre las manos crispadas tapando mi cara.

Era un chico de más o menos mi edad, de pelo rubio cobrizo algo alborotado.

Era razonablemente alto pero no estaba especialmente fuerte.

¿Ese era el nuevo esbirro de Sally? Le miré de arriba abajo y pensé que podría fácilmente con él.

En una pelea podría ganarle, aunque me sacara algunos centímetros de estatura.

Poco a poco me fui desovillando hasta que quedé sentada observándole, retándole.

Mis ojos barrieron apresuradamente cada rincón del cubículo donde me encontraba.

Se trataba de una caravana muy pequeña donde la cama ocupaba casi todo el espacio junto a una minúscula cocina y una puerta que conducía a un baño aún más minúsculo.

Le hacía falta una restauración exprés pero por supuesto Sally no había comprado aquel vehículo para hacer turismo campestre sino como improvisado zulo para mí.

Los detalles de aquella cochambrosa caravana dejaron de tener interés para mí y solo veía posibles huecos por los cuales escaparme al menor descuido.

Me levanté de la cama con demasiado ímpetu y me di cuenta que quizás no fuera a ser tan fácil.

Apenas podía mantenerme en pie. En cuanto di dos pasos yo sola, caí de bruces en el suelo.

Todo me daba vueltas. ¿Es que me habían vuelto a drogar?

—No hay ducha pero al menos dispones de un lavabo y agua para poder asearte aunque esté fría —comentó sin inmutarse viéndome tirada en el suelo.

—Casi no puedo andar. ¿Me habéis vuelto a inyectar algo?

—Probablemente tu debilidad se deba a que no has ingerido nada hace mucho tiempo. Te prepararé el desayuno.

Le observé con evidente extrañeza. Su naturalidad a la hora de dirigirse a mí solo añadía interrogantes a mi situación.

Me costó una eternidad volver a ponerme de pie.

Era como una anciana. Sentía mis huesos de plomo y una fatiga en cada uno de mis miembros.

Una vez me hube aliviado y me restregué con el agua helada el sudor y la sangre reseca, dediqué el tiempo a rascarme con verdadero placer mientras buscaba en vano algo que pudiera significar una buena arma de ataque.

No sabía cuánto tiempo tendría permitido estar sin ataduras, sospechaba que no mucho.

Así que debía aprovechar mi tiempo con eficiencia.

El rascarme era una prioridad. Mis largas uñas eran una delicia mientras me estaba haciendo auténticos escarnios sobre mis mil hinchazones.

Pero no me importaba, había deseado hacer eso hacía tanto tiempo.

—¿Ya has terminado? —oí que me preguntaba desde fuera.

—ESTOY EN EL PUTO BAÑO. DÉJAME UN MOMENTO.

Lo cierto es que ya había terminado todos mis asuntos en el baño pero no encontraba ningún arma en el pequeño armario.

Había un kit de primeros auxilios pero ningún objeto susceptible de ser una verdadera arma de ataque.

La pasta de dientes y el cepillo de dientes tampoco me parecían armas espectaculares. En fin, nada.

Lo que sí encontré en el baño fue una toalla y me enrollé el cuerpo con ella. Eso me reconfortó. Estaba harta de enseñar mi desnudez como si fuera una prostituta. En cuanto salí del baño así, el muchacho rubio me miró reprobador.

—Quítate ahora mismo esa toalla de encima. Ahora —me ordenó dándose la vuelta y apartando un cazo de leche del hornillo.

—Tengo frío —protesté ciñéndomela al cuerpo, sin ninguna intención de obedecerle.

—¿Es que estás sorda? Que te la quites. Totalmente desnuda, son órdenes de Sally.

Estuvimos forcejeando uno con el otro y al fin me consiguió arrancar la toalla del cuerpo. Le miré con profundo desprecio pero ¿qué esperaba? Era otro de sus esbirros. Aunque fuera físicamente más presentable que el anterior, seguro que era otro monstruo. ¿Quién sino iba a hacer algo así?

—Tienes que comer algo. Te he preparado unas gachas. ¿Te gustan?

Miré con recelo el bol con las gachas calentitas.

No las había comido en mi vida pero el dolor de estómago por el hambre se había convertido ya en una parte más de mí y debía hacer un esfuerzo.

Asentí mirando ensimismada pero había algo superior a mí y era mi instinto de supervivencia y mis ansias por salir de allí.

Así que en un descuido le arrebaté el cazo con el resto de la leche hirviendo y se la arrojé a la cara.

Aproveché que entre alaridos se apresuró a mojarse con agua fría para aliviar la quemadura para correr hacia la puerta.

La conseguí abrir y tropecé en el escalón pero a duras penas salí de la caravana.

Sin mirar atrás eché a correr. Parecía que nos encontrábamos en un bosque y el frío era espantoso.

Me iba a congelar en cuestión de segundos tal y como estaba. Olía a naturaleza, a limpieza, a vida.

Pero mi falso espejismo de libertad se vio truncado al medio minuto.

Enseguida me vi alzada con facilidad sobre las espaldas del chico y devuelta de nuevo a la caravana.

Le tiré del pelo, le arañé y le pellizqué pero no sirvió de mucho.

Aguantó estoico el ataque y me arrojó a la cama infecta, procediendo a atarme.

Esta vez de nuevo boca arriba. Al menos había dado vuelta al colchón empapado.

—Ahora come —dijo metiendo una cucharada de gachas en mi boca.

Al instante se lo escupí en la cara. El pegote de gachas se le quedó adherido a su ojo izquierdo, medio cerrado por la quemadura que no le dio tiempo a aliviar correctamente.

Sin inmutarse volvió a meter otra cucharada que le volví a escupir, retándole de nuevo.

No estaba siendo razonable, debía comer.

Pero el pequeño atisbo de libertad que había experimentado sin ningún fruto, me había enrabietado.

Y acto seguido empecé a chillar de furia.

El chico no se alteraba en lo más mínimo.

Agarró cinta americana y me tapó la boca con ella.

Y dejé caer mi cabeza sobre la almohada, exhausta, desesperada, hambrienta y sedienta.

El muchacho observó mi cuerpo desnudo con detenimiento y empecé a temer lo peor. Otro que en la impunidad de aquella soledad se vería impulsado a desahogar sus bajos instintos conmigo. Me puse tensa.

—Deja de moverte, por favor. Te estás haciendo mucho daño.

Mis imprecaciones quedaban recubiertas por mi mordaza así que no podía distinguir mis insultos. Su voz me irritaba mucho porque era cálida, agradable y tenía un acento muy parecido al de Rudi. Sin duda era austriaco. Pensar en Rudi no me ayudó a calmarme.

Por suerte me percaté enseguida que su mirada no era de deseo sino una mirada puramente analítica.

Estaba examinando mi cuerpo en busca de heridas.

Aparte de los mordiscos en mis pezones que no podía mirar sin tener la necesidad de gritar hasta reventar, toda mi piel estaba cubierta por picotazos.

La mayoría de ellos sanguinolentos por rascarme con saña en mi breve liberación.

Y por supuesto mis dos muñecas y mis dos tobillos eran una auténtica llaga.

Mi rabia e impotencia habían solapado todos mis malestares físicos.

Estuvo un rato de espaldas a mí manipulando algo en la cocina y tras unos minutos se acercó con el bol vacío de mis gachas y un ungüento que me aplicó con suavidad por cada una de mis picaduras que eran muchas.

—Es agua y bicarbonato. Es un remedio natural que te aliviara.

Yo movía la cabeza espasmódicamente para indicarle que me quitara la cinta de la boca pero parecía ignorarme o no entender lo que pretendía.

Lo que me aplicó fue de ayuda, sentí un alivio casi inmediato.

Luego se encargó de curar mis muñecas y mis tobillos pero tras ello volvió a atarme con la advertencia que dejara de moverme tan violentamente o las heridas no cicatrizarían.