TURN BACK THE TIME, BABE. VIII CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

ANOTHER MINDLESS CRIME

ELIDETH

Me sentía rota en dos así que lo que menos necesitaba precisamente en aquel doloroso día era la presencia siempre inquietante de Paul Prenter acechando.

—¿Adónde vas tan rápido?

—Paul, ahora no tengo tiempo para tus historias. Déjame pasó libre.

—Ya le has oído. Largo —se acercó enseguida Wish, como siempre protegiéndome.

—También me gustaría hablar contigo, pelirroja. Solo será un minuto.

Tanto Wish como yo nos miramos con extrañeza pero también curiosidad. ¿De qué querría hablar con nosotros aquella sabandija venenosa?

—Sois un buen equipo vosotras dos, ¿eh? Se podría denominar un equipo letal.

—Ve al grano o te hundiré las gafas en los ojos, rata inmunda.

Prenter se echó a reír como en él era habitual, con esa sarcástica maldad. Wish no tenía paciencia con el irlandés aunque siempre se las apañaba para decir sus groseras palabras casi como si fueran una dulce canción. Era muy curioso.

—Con mucho gusto. Lo sé todo. Bueno, casi todo pero al parecer lo esencial.

—Mierda asquerosa, habla. Esta es tu última oportunidad antes de que convierta tu cara en carne picada.

—Al fin sé lo que le sucedió a Nina. La matasteis entre las dos.

—¿Por qué dices eso? —Wish le preguntó frunciendo el ceño.

—Oh, por favor. Sobran los disimulos. Os oí a Freddie y a ti el otro día. Él quería saber como fuera donde habíais escondido el cadáver.

Mire a Wish interrogándola con la mirada. No me había hablado de esa conversación con Freddie y me pareció extraño porque ella me lo contaba todo. ¿Por qué se lo había guardado y no me lo había hecho saber?

—Lo que oíste es producto de tu enrevesada imaginación. Nunca hubo tal conversación y si con ello quieres atemorizarnos... malas noticias. No lo has conseguido.

Prenter y sus amenazas hacía bastante que me importaban un pimiento.

Solo me interesaba Wish y su reacción. ¿Era un farol de Prenter o realmente les había pillado hablando de Nina?

Por puro instinto y ya costumbre me uní a Wish al instante.

Era cierto que éramos un equipo fuerte y ahora debíamos demostrarlo.

—No sabemos qué ha ocurrido con Nina pero deseamos fervientemente que esté muerta y en el maldito infierno.

—No sabéis nada de ella, ¿no? De acuerdo, podéis negarlo una y otra vez. Yo sé la verdad.

—Tú no sabes una puta mierda —arremetió Wish.

—Sé algunas cosas y creo que me veo en la necesidad de alertaros. Nina era mi amiga y cualquiera que la haya hecho daño pasa a ser mi enemigo. Su muerte no va a quedar impune.

—No nos amenaces, Prenter. No tienes ninguna prueba de lo que dices. Y lo sabes.

—De momento me vale con las palabras de Freddie. Pero no me voy a quedar ahí, no nos vamos a quedar ahí.

—¿Nos?

—Hay más gente aparte de mí que te detesta, Elideth.

Te has granjeado muchos enemigos. Tú ya conoces perfectamente la gente a la que no gustas.

Y luego está la maravillosa Cheryl Burgess que con su pluma hace auténticas obras de arte.

No tiene nada especial contra ti pero tampoco la caes excesivamente bien y tu marido menos.

—No podéis inventaros algo tan grave como un asesinato que no existe.

—Cheryl es más cosas que una excelente periodista, es prácticamente un detective privado. Y acabará consiguiendo lo que nos proponemos. Alguna gente su venganza y otra su exclusiva bomba.

No podíamos negar que sus palabras nos habían afectado por muy buenas actrices que fingiéramos ser. Así que cuando el malvado irlandés se largó me vi en la necesidad de aclarar las cosas con Wish.

—Es cierto, Eli. Hubo esa conversación entre Freddie y yo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Salí muy preocupada de ella. Freddie prácticamente me estaba coaccionando para que le dijera el paradero de Nina.

—¿Qué tipo de coacción?

—Me presionaba con que se lo confesara. Estaba furioso.

—Pero tú no le dijiste nada, imagino.

—Claro que no. Pero sentí miedo de Freddie.

—¿Miedo? Él nunca te haría ningún daño.

—Ese día no estaba tan convencida de eso. Si no fuera porque Prenter entró de repente, me tenía bastante acorralada. O sea...

—Wish, empiezo a estar preocupada. Así que me dices que te estaba intimidando para que le dijeras la verdad. ¿Te hizo daño?

—No, tranquila. No. Estaba muy enfadado pero ya sabes que no es violento. Lo que me perturba es que Prenter nos pudiera oír.

—Parece ser que me voy a ir en el peor de los momentos. Maldita sea...

—No te preocupes. Ya sabes que me encargaré de todo. Puedo con un ejército de Sallys, Prenters y Cheryls.

—Añade a Dom a la pandilla. Ella me la tiene jurada y estoy convencida que también está metida en el ajo.

—Todo eso no es ni comparable al virus asesino que se ha instalado dentro de mí así que...

—Dios, ¿por qué esta venganza con nosotras? Ven aquí.

No me había ido y ya echaba de menos sus abrazos.

—Somos almas gemelas incluso para enfermar. ¿Te das cuenta? No llores.

—No puedo dedicar un solo pensamiento a Prenter ahora. Hay dos cosas que necesito que me prometas.

—Lo que sea, ya sabes.

—Asegúrate de que Farrokh crece feliz y no me llegue nunca a odiar y por favor, asegúrate que Freddie se tome la medicación como sea.

—No puedo prometerte lo segundo. No somos los mejores amigos ahora y de hecho, debería intentar rehuirle en lo posible.

—Pues debes asegurarte de que alguien en quien confía le convenza de tomarlas.

—Solo se me ocurre Mary. Pero sería arriesgado que alguien ajeno a la misión tuviera la información de los antirretrovirales.

—Ya está. Que se encargue Amandine. En ella confía. Y sabrá decírselo del mejor modo, como hizo con Joe.

—Sigue sin contestar a mis WhatsApps. Ya empieza a preocuparme. ¿Cuánto puede durar su dicha post coital?

—Oh, Wish. Siempre igual. Te voy a echar de menos. No sé cómo te las arreglas para siempre hacerme reír con la que nos está cayendo.

—No podemos venirnos abajo. Estás haciendo lo correcto, no lo olvides. Vamos a conseguir salir de todo esto. Eso te lo puedo jurar.

AMANDINE

En algún momento de la noche noté un ligero peso sobre mi cuerpo desnudo que me indicaba que le tenía de nuevo cubierto. No me había enterado de en qué punto exacto se había puesto bondadoso y decidió cubrir mi desnudez al fin. Pero aquello no parecía ningún acto de bondad en absoluto.

Agitándome violentamente conseguí apartar esa manta porque sabía que la fiebre me estaba devorando y necesitaba quitarme ese calor adicional.

No me importaba volver a mostrar mi cuerpo desnudo, el calor era insoportable.

Mi cuerpo estaba tan empapado que la sábana sobre la que yacía era una inmensa mancha húmeda debajo de mí.

Mi incomodidad iba en aumento hora tras hora.

En mi espantoso duermevela que me hacía bajar la guardia y perder la consciencia unos minutos, las imágenes tenebrosas y las palabras sórdidas de Sally me hacían volver a abrir los ojos.

No podía quitarme de la cabeza aquella frase de "puedes jugar con ella sin saltarte las normas".

¿A qué juegos se refería aquella desquiciada? ¿A qué normas?

Estuve buena parte de la noche en un estado intermitente de consciencia hasta que en una de las ocasiones en que abrí con pesadez y fatiga extrema los párpados, me topé con el rostro del esbirro gordo encima del mío.

Pegué un grito de sorpresa sin poderlo remediar y acudió raudo a taparme la boca con su gran mano.

—No hagas eso. Ni un solo ruido. Si te portas bien te soltaré una mano. Me gustaría que al menos me pudieras arañar la espalda.

Observé con incredulidad su sonrisa macabra. Quería chillar, por supuesto que lo quería hacer, pero no estaba segura de las implicaciones si lo hacía. Así que cuando lentamente me quitó la mano de la boca, no proferí ningún sonido.

—Pareces un helado de avellana derritiéndose bajo el sol —susurró relamiéndose de un modo que me repugnó.

—¿Qué vas a hacerme? Piensa bien lo que te ha dicho Sally —intenté controlar el temblor indignado de mi voz sintiendo la piel erizada de terror.

—Me ha permitido jugar contigo un rato —dijo barriendo con sus ojos cada parte de mi cuerpo enfebrecido.

—No te atrevas a tocarme.

—¿Qué vas a hacer al respecto? Dímelo, bomboncito derretido.

Empezó a lamerme brazos y axilas mientras yo intentaba contener el vómito que me nacía en lo alto de mi garganta.

Estaba inmovilizada, eso lo sabía pero mi rostro estaba libre.

Y tenía armas en mi rostro para poder herir.

Así que abrí la boca al máximo y le mordí con autentica saña lo primero que pillé, su oreja.

Con tanta fuerza que su sangre se coló por entre mis dientes.

A pesar de que era una presa absolutamente fácil para él no iba a salirse con la suya sin unas cuantas marcas.

Dando un alarido me cruzó la cara. La sangre brotó ahora de mi nariz mientras le observaba con fiereza. Quería matarle pero no tenía muchas opciones. Solo le iba a enfurecer más. Miró mis pechos con evidente deseo y luego me miró a mí.

—Llevo deseando comerme tus tetas desde que Sally te desnudó delante de mí.

Había algo extraordinariamente pervertido y malvado en alguien como Sally haciendo eso mientras yo estaba inconsciente. ¿Qué pretendía? Sin duda se conocía de memoria todos mis puntos flacos y el celo por mi intimidad era uno de ellos. Era su modo particular de empezar a torturarme.

El esbirro gordo se abalanzó sobre mis pechos y mordió mis pezones con violencia mientras yo a mi vez me mordía los labios hasta hacerme sangre y la sangre de mi nariz también brotaba hasta ellos.

Intentaba que no se me escapara ni un solo ruido que pudiera excitarle más.

Controlar mis gritos de dolor era un ejercicio de autocontrol supremo.

Intentando causarme a mí misma dolor pretendía eludir el daño terrible que me estaba haciendo.

No podía creerme nada de lo que me estaba pasando y sabía que no tenía muchas oportunidades para mi salvación.

Si aquel salvaje se proponía violarme, ¿quién iba a impedírselo?

Pero yo, ¿qué pasaría conmigo entonces? No quería pensar en ello.

Estaba totalmente indefensa. A su merced. ¿Qué podía hacer?

Me puso la mano sobre la cara para intentar refrenar un nuevo mordisco. Mi boca en aquellos momentos era mi única arma de ataque.

—Muerde mi mano todo lo que quieras, fierecilla. Me la estás poniendo muy dura.

Sentía una náusea bailando en mi garganta todo el tiempo y la fiebre solo servía para añadir más confusión a mi pobre cerebro. Era un nudo imposible de dolor, picores y violenta rabia. La tensión estaba siendo extrema.

—Hasta tu sudor sabe dulce —musitó masajeando con fuerza los músculos de mi estómago y rodeando con facilidad mi cintura—. Nadie se enterará. Te lavaré muy bien después.

Ahogué un gemido de asco y rechazo apretando los ojos con fuerza y sacudiendo mi cabeza desesperada.

Mi flequillo empapado por la fiebre se pegaba a mis pestañas haciendo que mis ojos también me picaran.

Solo necesitaba que mi cerebro se escindiera de mi cuerpo y confiaba en que aquella mala bestia se corriera pronto y a ser posible fuera de mí.

Dios, me daban asco mis pensamientos pero ¿qué podía hacer en medio de toda aquella locura? Solo quería que todo pasara enseguida.

—Tienes un coño tan bonito.

Con mis ojos apretados pude oír el sonido de sus pantalones bajándose y sentí su erección estrellándose contra mi muslo.

Apreté los dientes de nuevo y mis puños inútilmente inactivos a ambos lados de mi cabeza.

Un nuevo reguero de sangre brotó de mis labios al morderme de frustración y traté de evadirme desesperadamente de aquella escena.

Cuando sentía que debía ser lo más fuerte que pudiera para soportar aquello, oí un disparo y todo el peso de aquel tipo se derrumbó sobre mí con violencia.

Un líquido caliente salpicó diferentes partes de mi cuerpo.

Se trataba de sangre, la sangre de aquella bestia.

Empecé a chillar como si me hubiera vuelto completamente desquiciada, todos los chillidos que me había refrenado hasta entonces salieron sin orden ni concierto.

Tenía el cuerpo rociado en sangre y trozos de cerebro.

Sally, salió de detrás de él y con sorprendente facilidad, le empujó de encima de mí. Su cuerpo inerte quedó extendido en el suelo de costado. Le había disparado de forma letal en la nuca.

Se acercó a mí y detuvo mis chillidos con un par de fuertes bofetones que volvieron a hacer sangrar mis labios.

Consiguió su objetivo que era que dejara de chillar pero las lágrimas por la enorme tensión comenzaron a fluir.

Me había prometido no llorar delante de aquella psicópata pero ya no pude resistirlo más.

Había estado en una tensión nerviosa tremenda.

—¿Ves lo que acabo de hacer por ti? ¿Ves el nivel de mi compromiso? —me preguntó airada.

—Casi me viola... ¿Es que no podías imaginar que pasaría algo así?

—¿Qué le hiciste?

—¿Qué? ¿Qué le hice yo? Que me hizo él.

—No, tú eres sin duda la culpable. Criatura perversa.

Sally comenzó a desatarme manos y piernas. No me lo podía creer. ¿Me estaba liberando? No entendía nada. Me estaba echando la bronca y al tiempo me dejaba libre.

—¿Qué haces ahora?

Una vez liberados manos y piernas tenía de nuevo libertad de movimientos y podía luchar contra ella.

Pero me encontraba terriblemente entumecida, la fiebre me entorpecía y no tenía las fuerzas que requería para plantarle cara.

Antes de siquiera plantearme luchar contra ella para poder huir, me volteó sin esfuerzo boca abajo y con extraordinaria habilidad a pesar de mi resistencia, toda la resistencia que mis mermadas fuerzas me permitía, volvió a atarme en la misma exacta posición.

Con mis piernas en aspa y mis brazos por encima de la cabeza.

Yacer boca abajo era una postura infinitamente peor.

Más vulnerable porque tu cara se veía condenada a estar enterrada en la almohada con una visión más reducida de tu entorno.

Era como si la desesperación se multiplicara.

—¿Por qué haces esto ahora?

—Porque estás cambiando mis planes y eso lo detesto.

—Yo no he hecho nada. ¿Por qué todo el mundo cree que soy alguien malévolo que no hace más que maquinar?

—Porque es así. Porque tu capacidad de maldad aún está por descubrir y extraer todo su potencial.

Intenté obviar sus palabras irracionales que sin embargo para ella tenían todo el sentido del mundo. ¿Cómo discutir contra una mente totalmente destruida como la de ella? Necesitaba como fuera no venirme abajo y traté de exponer todas mis dolencias y necesidades físicas.

—Por favor. Necesito ir al baño. Tengo fiebre... mi piel está llena de ampollas.

—Háztelo encima. La fiebre bajará sola y ya veremos qué hacemos con tus picotazos. Ahora reflexiona sobre lo que he hecho por ti. Tendrás que darme las gracias tarde o temprano.

—Nunca haré eso.

—Eres una chica fría e inteligente. Lo harás si sabes lo que te conviene.