Capítulo 37
Mateo
Miré de reojo a Diana.
Ella iba distraída observando el paisaje por la ventanilla, o al menos era lo que parecía.
Imaginaba que estaba tan descolocada y sorprendida como yo. Aún no entendía cómo se había liado todo tanto. Era una jodida pasada.
Lo que sucedió seis años atrás y ahora en el presente, cuando todavía no teníamos ni idea de quiénes éramos.
Y no hablo de saber que yo era el nieto de Deirdre y Diana, la chica con la que vivió mi abuela durante cuatro años. Tiempo en el que se quisieron mucho y forjaron una relación que derivó en que mi abuela incluyera a Diana en su herencia.
Joder, es que por más vueltas que le daba al asunto no conseguía aclararme. ¿Cómo habíamos llegado a este punto? ¿Y qué iba a suceder a partir de ahora? Por mi parte lo tenía claro.
Diana se había metido muy dentro de mí y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por retenerla junto a mí. Lo de la oferta que pensaba hacerle para comprar su parte de la propiedad de mi abuela hacía días que había quedado descartado.
Había asumido con el paso de los días que lo que quería era que Diana tuviera algo que la atara a Irlanda, para que no pudiera desprenderse de nada.
No sabía cuáles eran sus pensamientos, pero la noche que pasamos en la terraza, pocas horas atrás, dormir juntos, y cómo nos habíamos despertado esta mañana, debía significar algo para ella.
Se lo notaba en la mirada. Estaba ahí, retenido, a la espera de saber qué pasos iba a dar yo.
Si se pensaba que iba a dejarla escapar, con tatuaje o no, estaba muy equivocada. El puñetero tatuaje lo hacía todavía más real, más importante e increíble.
Me había hecho una teoría, pero no quería decirle nada a Diana, por si no daba ni una. El único que podía aportar luz a nuestra situación era Agustín.
Me centré en la carretera, en la conducción. Puse el intermitente y cambié de carril. Me coloqué en el que debía tomar el desvío a unos metros por delante, hacia la casa de Agustín.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí.
Giró la cabeza hacia mí.
—Rara y como fuera de lugar. Pero sí, estoy bien.
Asentí.
—Te entiendo. Blaine y Leo deben estar de camino al aeropuerto —le informé.
—Vale —susurró.
—Diana…
—¿Sí?
Respiré profundo.
—Te pido perdón por cómo he reaccionado cuando he visto el tatuaje. Yo… Joder, me he quedado en shock , la verdad.
Sacudí la cabeza.
—Me hago una buena idea —dijo con un punto de diversión.
Sonreí de medio lado y volví a observarla de reojo, por unos breves segundos.
—Quiero que sepas que lo que hemos descubierto para mí no influye negativamente en cómo nos estaba yendo. Al revés. La revelación que hemos tenido en mi caso ha sido para mejor. Por fuerte que nos parezca, y asombroso.
—Todavía estoy flipando bastante —rio y sonreí.
—Me lo imagino. Yo estoy igual.
—¿Crees que Agustín podrá resolver todas nuestras dudas? —me preguntó con interés y esperanza.
—Si hay alguien que nos lo puede aclarar todo, es él —le contesté convencido.
—Gracias por no huir —susurró.
Fruncí el ceño y apreté las manos en el volante.
Me jodió que hubiera pensado en esa posibilidad, pero me lo había buscado yo solito. Por mi comportamiento esquivo, desde que llegó a Irlanda.
Sacudí la cabeza, pero no dije nada. Necesitaba hacérselo entender con hecho, no con palabras, porque era lo que Diana necesitaba para confiar en mí.
Y era lo que más deseaba yo, que contara conmigo y me hablara de todo.
—¿Has sabido algo nuevo de Roisin? —me preguntó, queriendo que pareciera una pregunta casual.
Sonreí de medio lado, aprovechando que por la vergüenza evitó mirarme.
—Sí. Ayer estuvo en la empresa, llegó acompañando a su padre. Su padre y el mío hacen de vez en cuando negocios. Ya te dije que conozco a Roisin de años y su hermano Finn, el del hipódromo, es un buen amigo de Leo y mío. Nuestros padres tienen mucho trato, pero ya está.
—Seguro que se pasó por tu despacho en algún momento.
No me gustó nada el tono desanimado de su voz, por lo que no me lo pensé y unos metros más adelante, después del desvío que ya había tomado, aminoré la velocidad, hasta que me paré en un lado de la carretera. No obstaculizaba el tráfico.
—¿Qué pasa? —me preguntó extrañada.
Me giré en el asiento hacia ella, después de asegurarme de que el coche no se movería.
—Ven —le pedí que se acercara.
Lo hizo, después de dudar.
—Pasa que esto, tú y yo, va en serio, Diana. Ahora más que nunca.
Entreabrió los labios.
La agarré de la nuca y la acerqué más a mí, hasta que nuestras narices se rozaron.
—Pasa que eres la única que me vuelve loco y la única en la que no puedo dejar de pensar cuando estoy lejos de ti.
—Mateo…
—Así que da igual si Roisin aparece en mi despacho, ni cuántas veces le dé por venir, con la excusa de acompañar a su padre.
Con respecto a ella, da todo igual, Diana, porque lo máximo que siento por ella es un poco de cariño, por el tiempo que hace que nos conocemos y por mi relación con Finn, su hermano. Se acabó.
Le atrapé el labio inferior entre los míos y se lo succioné, con delicadeza.
—Por un lado, me encanta que estés celosa.
Le puse un dedo sobre los labios, para que no hablara.
—Pero, por otro lado, no me gusta nada porque te hace sufrir por cosas sin sentido.
—No estoy celosa.
Sonreí de medio lado.
—Lo estás.
—No —dijo cabezota.
—Estás tan celosa como yo tengo ganas de besar tu puñetero tatuaje y follarte aquí mismo, viéndolo. Así que no me lleves la contraria porque me importará una mierda si nos detienen por exhibicionismo.
—Eres tonto —rio, nerviosa.
—Nunca he hablado con tanta sinceridad.
Arqueé una ceja.
Se mordió el labio inferior, con cara de inocente.
—Joder. Vas a terminar conmigo.
Bufé y negué con la cabeza, mientras ella reía.
Con todo aclarado, por el momento, volví a ponerme en marcha. Me incorporé a la carretera, para recorrer los últimos kilómetros que nos separaban de la casa de Agustín.
Diana se relajó bastante, aunque no lo consiguió del todo.
—¿Cómo crees que reaccionará tu amiga cuando Leo saque el tema de lo que lleva escondido? —le pregunté con un carraspeo.
—Puedes estar tranquilo por tu amigo. No corre peligro —rio—. Pero solo porque estará mi hermano.
—Espero que tu hermano no se separe de ellos en ningún momento.
—Lo peor que puede pasar es que Sofi le pegue una buena torta a Leo.
—¿Por qué motivo, exactamente? —quise saber, con interés.
—Por permitir que se hiciera un tatuaje, seis años atrás. Es el único que tiene porque le dan pánico las agujas —me contó.
Se encogió de hombros, sonriendo.
—Eso lo hace más especial —comenté y apreté los labios.
—Tendría que haber sido inolvidable, al igual que lo demás que sucedió aquella noche, pero ninguno de los cuatro nos acordábamos.
—El alcohol irlandés deja huella —dije con diversión.
—Ya te digo.
Bufó.
Nos miramos y soltamos una carcajada porque, joder, tenía su puñetera gracia todo lo que nos había pasado desde que nos conocíamos. Y no hablaba de semanas atrás, sino de años.
Más concretamente, seis años.
—Es ahí —le dije a Diana, señalándole la propiedad de Agustín.
—Madre mía. ¡Qué pasada! —Jadeó, por la impresión.
—Agustín lleva toda su vida dedicado a los negocios y le va más que bien. Prueba de ello es el hotel de lujo de tu pueblo.
—Sí —susurró.
—Como ese tiene varios repartidos por todo el territorio nacional, en unas ubicaciones espectaculares.
Me paré frente a la puerta de hierro y esta comenzó a deslizarse.
—Aparte de la empresa que tiene la base en Irlanda, pero que opera en otros países. También tiene otros negocios.
—Es una maravilla —comentó, observando de un lado al otro.
—Lo es. Esta es su residencia habitual, después tiene más propiedades por Irlanda.
—Madre mía.
Agustín nos esperaba en la entrada de su casa, al final del recorrido del camino que llevaba hasta la vivienda.
El terreno que la rodeaba por todos lados era muy extenso.
—Bienvenidos.
Nos recibió sonriendo, cuando nos bajamos del coche.
—Gracias —le dijo Diana.
Nos acercamos a él y ambos le dimos un beso en la mejilla
En mi familia éramos muy dados al contacto físico y a las muestras de cariño. Ello se lo debíamos a mi abuela, ya que fue la que nos enseñó que el cariño y el amor estaban para expresarlos, no para taparlos y dejarlos pasar desapercibidos.
—Adelante.
Nos ofreció entrar apartándose del hueco de la puerta y Diana y yo pasamos por su lado.
Ella estaba impresionada observándolo todo.
—Cuando terminemos, puedes recorrer la casa y los jardines, tanto tiempo como quieras —le dijo Agustín—. Pero creo que ahora lo que más os urge es que hablemos.
—Sí —confirmé.
Agustín asintió, sonriendo.
—Venid.
Comenzó a caminar por el interior de la vivienda y Diana y yo lo seguimos. Coloqué una mano al final de su espalda y fuimos detrás de Agustín.
Sabía que en cualquier momento podía aparecer Sean, su chófer, amigo y familia, y Lily. Esta última para preguntarnos qué queremos tomar. Ella llevaba muchos años trabajando en la casa, para Agustín.
Lily y Sean eran como de la familia para él.