Capítulo 36
Comencé a dar manotazos hacia la mesita de noche, queriendo darle un golpe a lo que me…
Al escuchar una risilla, abrí los ojos de golpe.
Por un instante me costó ubicarme. Me desperté tan de repente que tardé en darme cuenta de dónde me encontraba y qué…
Jadeé por la lengua traviesa que me lamía el clítoris.
Levanté la colcha y la sábana, y entonces vi al culpable de mi despertar. No la alarma que puse anoche cuando me metí en la cama, para levantarme con tiempo para no ir con prisas al aeropuerto a recoger a mis amigas y a mi hermano.
Blaine iba a llevarme.
La cara traviesa de Mateo me dio los buenos días, y sus labios brillantes por mis fluidos. Gemí al verlo y por la embestida de dos de sus dedos.
—Joder. ¿Cuánto tiempo llevas…? Mmm…
No pude continuar y me dio exactamente igual el tiempo que llevaba excitándome. O tal vez me había despertado más que preparada y él, al darse cuenta, lo había aprovechado.
La noche anterior, cuando bajamos de la terraza, elegimos mi habitación para pasar la noche. No por nada en especial, solo porque fue la primera puerta que nos encontramos, la más cercana, y no perdimos el tiempo.
Después de una noche mágica, en muchos sentidos, caíamos rendidos en mi cama, agotados. Me dio el tiempo justo para poner la alarma, antes de que se me cerraran los ojos.
—Tengo… No quiero… ¿Qué hora es?
Gemí.
—Tenemos tiempo de sobra. No vas a salir tarde de aquí porque te he despertado antes de la hora de la alarma.
Solté un suspiro largo.
—Entonces, ¿qué haces que no continúas con lo que hacías? Utiliza la boca y la lengua como antes, no para hablar.
Mateo rio sobre mi clítoris, antes de succionármelo. Gemí agarrándolo del pelo y me moví contra su cara, buscando alivio.
Lo que logré fue que Mateo me dominara por completo, mientras me daba placer con los dedos, los labios, los dientes y la lengua. Grité su nombre mientras me corría, sujetándolo con fuerza del pelo, para mantenerle la cara bien pegada a mi sexo.
—Madre mía… —susurré.
Dejé caer las manos a los lados del cuerpo y no fui capaz de abrir los ojos.
Mateo se deslizó hacia arriba, besando mi piel mientras la descubría.
Ni anoche en la terraza ni ahora en la cama estaba completamente desnuda. Tenía puesta la camiseta del pijama y Mateo fue subiéndola conforme iba besándome.
Comenzó por debajo del ombligo y fue subiendo despacio por mi barriga. Una vez dejó atrás el ombligo, muy cerca de los pechos, se paró y su respiración me hizo cosquillas en la piel.
Cuando pasó más tiempo del normal, abrí los ojos extrañada.
—¿Pasa algo? —le pregunté y tuve que carraspear, para aclararme la voz—. ¿Mateo?
Al insistirle, levantó la mirada hacia la mía y lo que vi me preocupó. En sus ojos vi confusión. Mucha.
—¿Qué pasa? —insistí—. Mateo…
Él se echó hacia atrás. Con el movimiento apartó la ropa de cama y se levantó. Se quedó de pie, en el lateral, observándome con el ceño fruncido y muy pensativo.
—Joder. ¡Me estás asustando! ¿Puedes hablar de una puñetera vez? —le pedí, agobiada.
Salí de la cama también y me siguió con la mirada.
—Como no dejes de mirarme así, te juro que…
—¿Cuándo te lo hiciste? —me preguntó, serio.
—¿Qué?
Fruncí el ceño.
—¿Cuándo me hice el qué?
—El tatuaje que tienes justo debajo del pecho.
Su respuesta me dejó bastante fría, sin saber reaccionar por unos segundos porque no lo entendí.
Me llevé la mano a la zona y, aunque no se notaba nada, supe que había colocado la palma justo encima del tatuaje por el que me estaba preguntando.
—La mayoría del tiempo me olvido de que lo tengo —hablé en tono bajo, sintiéndome muy rara con la situación.
—¿Te acuerdas de lo que pone?
Se cruzó de brazos.
—Eh… Pues claro.
Arqueó una ceja.
—Oh, no pensarás que… Mateo, es de hace muchos años. Solo es una coincidencia.
Negué con la cabeza y entrecerré los ojos, cuando bufó.
—No entiendo tu comportamiento. ¿Por qué reaccionas así por un tatuaje? Es pequeño y…
Me sorprendió quitándose la camisa del pijama.
La dejó caer al suelo y, con el pecho al descubierto, se señaló la misma zona donde yo tenía el tatuaje.
Agrandé los ojos, sorprendida, cuando me di cuenta de que él tenía otro idéntico, pero al mismo tiempo diferente.
—¿Qué…?
No pude hacer la pregunta.
—¿Hace cuántos años exactamente te lo hiciste? —insistió.
—Seis años —contesté por fin.
—Mierda. Joder —dijo sorprendido, con los ojos abiertos al máximo.
—¿Cuánto…? ¿Cuánto hace que te lo hiciste tú?
—Seis puñeteros años.
Se me cortó la respiración al escucharlo.
Dirigí la mirada hacia su tatuaje, sin creerme lo que estaba sucediendo. No podía ser, pero es que…
Caminé hacia él, muy despacio, hasta que me paré delante de Mateo, a menos de un paso de distancia. Él no apartó la vista de mí, esperando alguna reacción mía.
Contuve la respiración cuando vi de cerca su tatuaje. Levanté la mano lentamente, para acariciarlo con suavidad, como si fuese a dolerle al contacto.
—¿Sabes lo que esto significa, Diana? —me preguntó con la voz ronca.
Busqué su mirada, sin apartar los dedos del tatuaje, y asentí despacio.
Me agarró de la nuca y me pegó del todo a él. Solté un jadeo.
—Es increíble —me dijo.
—¿Cómo hemos podido terminar así? —le pregunté susurrando.
Mateo levantó la mirada, pensativo, y cuando volvió a mirarme, diferencié algo nuevo en su mirada.
Me besó con fuerza, como si estuviese enfadado, pero yo lo correspondí de la misma manera. Me sentía sobrepasada con todo.
Cortó el beso de golpe y fue hacia la puerta de mi habitación. Lo observé desconcertada y sí, con tristeza también porque todo se había complicado un poquito más de lo que ya estaba y su primera reacción había sido la de irse. Se alejó de mí.
Me sentí ridícula y fui corriendo hasta la cama, para recuperar mi braga y el pantalón corto del pijama. Me puse ambas cosas corriendo, con ganas de llorar, y al terminar me senté en el borde de la cama.
Cuál fue mi sorpresa que Mateo entró en mi habitación con su móvil en la mano. Tragué saliva y solté el aire de golpe, al darme cuenta de que se había ido a buscar su teléfono.
—Tengo una intuición. Veamos a ver si estoy en lo cierto —me dijo y asentí.
No tenía ni puñetera idea de lo que hablaba, pero fuera lo que fuera, necesitaba respuestas y Mateo parecía tener más cosas claras que yo.
Vino hacia mí y se sentó a mi lado. Los ojos se me fueron hacia su tatuaje, ya que no se había puesto la camiseta.
—A esto se debió la sensación que tuvimos cuando nos vimos en mi pueblo —susurré.
Apartó la mirada de la pantalla de su teléfono, para mirarme a mí.
—Ya hemos averiguado el misterio —me dijo con voz ronca, confirmándomelo.
—Ya nos habíamos visto antes —murmuré.
—Hicimos bastante más que vernos —gruñó y di un respingo.
Vi en la pantalla de su móvil el nombre de Agustín y lo marcó, iniciando una llamada. Puso el altavoz.
—Buenos días, madrugador —respondió Agustín, rápido.
—Diana y yo necesitamos verte con urgencia.
—¿Ha pasado algo? ¿Estáis bien?
—Estamos genial —le contestó con una pizca de ironía.
—¿Es sobre la casa?
—Es sobre el motivo por el que Diana y yo estamos viviendo bajo el mismo techo y tenemos dos puñeteros tatuajes en…
—De acuerdo —lo interrumpió Agustín—. Ha llegado el momento.
—¿De qué? —le pregunté yo.
—Salgo de la empresa y voy para mi casa. Os espero allí —nos dijo—. Chicos, todo está bien porque si habéis descubierto lo de los tatuajes, es que ha sucedido lo que todos esperábamos.
—¿Todos? —preguntó Mateo.
—Venid cuando podáis a mi casa.
Nos quedamos mirando la pantalla, después de que Agustín colgara la llamada.
—¿Qué ha querido decir? —le pregunté a Mateo—. No entiendo nada.
Negué con la cabeza, mientras me levantaba.
Comencé a dar vueltas por la habitación, sintiendo que cada vez me faltaba más el aire.
—No puedo ir a la casa de Agustín. —Me paré y me giré hacia él—. Mis amigas y mi hermano llegan en una hora y media y debo estar en el aeropuerto para recibirlos. No voy a dejarlos solos.
—No estarán solos.
Mateo hizo otra llamada, esta vez a su amigo Leo.
—Joder, tío. ¿Te has equivocado al poner la alarma?
Leo respondió quejándose, con voz de acabarse de despertar.
—Ve espabilándote. Sal de la cama y arréglate. En unos cuarenta minutos pasará a por ti Blaine. Voy a decirle que lo acompañas al aeropuerto, porque a él no lo conocen.
—¿De qué mierda hablas?
—En una hora y media aterriza en Dublín el vuelo en el que vienen el hermano de Diana y sus dos amigas.
Tú los conoces a ellos y a la inversa, de cuando Agustín nos reunió en su hotel.
Ellos también saben quién eres, así que es perfecto.
Blaine es un desconocido para ellos. Diana les enviará ahora un mensaje para que sepan que tienen que buscarte a ti, no a ella.
—Pero ¿qué mierda pasa? —preguntó más espabilado.
—Ya te lo contaré bien. Vas a flipar. Nosotros todavía no nos lo creemos.
—¿Nosotros?
—Diana y yo.
Me miró.
—¿Me harás el favor? —le preguntó a Leo.
—¿En serio me lo preguntas? ¡Si ya me has despertado! —rio y Mateo sonrió—. Dile a Blaine que estaré preparado.
—Estupendo. Gracias, tío.
—Estoy deseando enterarme de lo que está pasando.
—Leo…
—¿Qué?
—A Sofi, la amiga de Diana que estaba con ella cuando la pisé, al terminar los fuegos artificiales del pueblo de ambas…
—La rubia. Sí. ¿Qué pasa con ella?
—Que ya sabemos porque cada vez que os habéis visto habéis tenido la sensación de que os conocíais.
—¿Cómo?
—Pregúntale a Sofi si tiene un tatuaje de hace seis años y cuando le crees curiosidad y quiera saber más, ya sabes qué tienes que hacer.
—Qué cojones… —dijo en tono bajo Leo—. A ver, tío, porque estoy pensando en algo que es imposible y…
—Hazme caso. No es jodidamente imposible. Te lo aseguro.
—¿Qué…? No jodas.
—Te dejo. Voy a buscar a Blaine para contarle el cambio de planes y a decirle que ya estás avisado. Nos vemos más tarde aquí, en esta casa.
—Pero…
Mateo colgó la llamada, sin darle opción a hablar más a su amigo.
Fue a por la camiseta de su pijama que seguía tirada en el suelo y cuando se incorporó, con ella en una mano, buscó mi mirada.
Nos quedamos observando durante un rato, cada uno metido en sus pensamientos.
—Te espero abajo —me dijo, con la voz ronca—. No hace falta que corras para estar preparada. No tenemos prisa. A estas alturas, con lo que hemos descubierto, ya no.
—Mateo… ¿Crees que puede haber tantas coincidencias?
—No —me contestó con rapidez.
Lo tenía claro y no dudó.
—Una coincidencia puede darse. Dos, bueno, existe la posibilidad. Pero cuando hay una detrás de otra, siguiendo todas una misma dirección, está claro que detrás de todo hay alguien que lo mueve.
—Pero… ¿Cómo? —quise saber, sorprendida.
—La única coincidencia fue encontrarnos después de los fuegos artificiales. Que yo te pisara y sintiéramos que nos conocíamos de antes.
Sacudió la cabeza.
—Pero incluso eso fue porque yo viajé hasta tu pueblo con un propósito. No le demos más vueltas hasta que lo sepamos todo. No merece la pena calentarnos la cabeza.
Asentí.
—Voy a buscar a Blaine, para comentarle el cambio de planes, y después subiré a vestirme.
—Voy a darme una ducha rápida.
—De acuerdo. Como te he dicho, tómate tu tiempo. Estoy abajo.
—Mateo…
—¿Sí?
—¿Por qué lo tienes todavía? —le pregunté—. El tatuaje, digo. Yo he querido muchas veces quitármelo, pero siempre me ha echado para atrás el dolor que provoca quitarlo.
—Sinceramente, no sé por qué lo tengo aún. Tendría que haberlo borrado de mi cuerpo, pero ahí sigue. Como el tuyo.
Tragué saliva, con dificultad.
—Tal vez ninguno de los dos queríamos borrarlos, en realidad.
—Tal vez —susurré.
Mateo salió de mi habitación y me dejó llena de dudas y muy nerviosa.
Negué con la cabeza y me levanté de la cama. Fui al vestidor a por una falda vaquera que me llegaba hasta medio muslo y una camiseta de manga corta. Cogí la ropa interior y las sandalias de tiras, y me dirigí al baño con todo.
Me encerré en él, dejé la ropa para después sobre un armario bajo, y, cuando estuve desnuda, me puse frente al espejo.
Empujé un poco el pecho hacia un lado y lo levanté, para dejar a la vista el tatuaje que había sido el detonante de todo lo que había pasado después de que Mateo me lo viera, tumbada en la cama.
Si nos hubiéramos quitado la ropa antes…
Negué con la cabeza y me metí en la bañera. Iba a correr, porque me urgía hablar con Agustín y escuchar lo que tenía que decirnos. Por más vueltas que le di a sus palabras, no llegué a ninguna conclusión.
¿Qué había querido decir con lo de que había llegado el momento? ¿Y con lo de que había sucedido lo que todos esperaban, al descubrir nuestros tatuajes? Se refería a que habíamos intimado.
Estaba hecha un lío y pensar en todo no me ayudó a aclararme.