¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 35
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Capítulo 35

—¿Todo esto ha sido cosa tuya? —le pregunté, cuando conseguí reponerme.

—Me gustaría llevarme el mérito, pero lo único que he hecho ha sido llamar a Blaine antes de salir de mi casa de Dublín, para decirle que en un rato estaría aquí y que esta noche había lluvia de estrellas. Todo lo que ves es obra de Blaine.

Cuando llegó junto al nórdico, lo pisó y se agachó, para levantar con el que me tapaba.

Se sentó a mi lado y nos tapó bien las piernas. Después se acercó demasiado a mí, cuando se inclinó por delante para coger la botella de vino.

Yo, para entretenerme y controlar los nervios, porque se me habían disparado, agarré las copas y las apoyé en el nórdico.

—Merecerá la pena —dijo, mientras descorchaba la botella.

—Claro. Tiene que impresionar.

Miré hacia el cielo para ver la misma cantidad de estrellas que la primera vez que vine a la terraza, de noche.

—Si la imagen ya es preciosa, dentro de un rato será impactante —continué.

—No te imaginas cuánto.

El cambio en su voz y la manera en la que lo dijo, me hicieron buscar su mirada. Me arrepentí al instante, porque la intensidad de su mirada me hizo estremecer.

Mateo cogió una copa y se la llevó a los labios. Yo hice lo mismo, para refrescarme. De repente sentía mucho calor, a pesar de dónde estábamos y de la temperatura que hacía.

—¿Has llegado hace mucho? —le pregunté, para romper la tensión que tiraba de nosotros.

—Un poco más de media hora. Me he dado una ducha sin prisa y he esperado a escucharte con Blaine y Aven.

Arqueé una ceja.

—Cuando he llegado, Blaine me ha dicho que lo hiciera así y que después subiera a la terraza. No he hecho preguntas, solo le he obedecido.

Sonrió de medio lado.

—Ya… —carraspeé—. ¿Esta noche es una excepción?

—¿Qué quieres decir?

Bebió otro sorbo de vino.

—Me refiero a si, después de esta noche, las demás las pasarás en tu casa de Dublín. No tienes que verte forzado para quedarte aquí, Blaine y Aven no dirán nada. Por si Agustín pregunta. Aunque no creo que llegue hasta ese punto. Desde que llegué no ha vuelto a venir.

—Yo hablo bastante con él, pero de negocios.

—Yo también. Nos llamamos —le confirmé, sonriendo—, pero nunca me pregunta sobre cómo va la convivencia.

Asintió.

—A mí tampoco y no creo que lo haga. Ya se ha salido con la suya, ya me entiendes.

—Sí.

Negué con la cabeza.

—En menudo lío nos ha metido.

Sonreí y me sorprendió que él también sonriera, por el significado de mis palabras.

—Mi abuela. Agustín solo cumplió con su deseo.

—Sí. ¿Cómo se le ocurriría esto? —pregunté pensativa.

—A saber.

Se encogió de hombros.

—¿Comemos antes de la lluvia de estrellas? Blaine ha pensado en todo —comenté.

Mateo dejó su copa en una de las bandejas y mis pulsaciones se aceleraron cuando me quitó la mía de la mano. La colocó junto a la suya.

Se giró un poco hacia mí, inclinándose, por lo que nuestras miradas se encontraron mucho más cerca.

—Y si te digo que esa comida puede esperar, ¿qué te parecería?

—Esperar para qué.

Me humedecí los labios.

Los ojos de Mateo bajaron hasta mi boca, para seguir el recorrido de la punta de mi lengua.

Cuando buscó mi mirada de nuevo la suya era puro fuego y anhelo.

—Qué te parece para esto.

Me agarró de la nuca y tiró de mí hacia él. Nuestros labios chocaron y se unieron en un beso ardiente y húmedo, lleno de necesidad y ansiedad por querer recuperar el tiempo perdido.

Nos separamos con los pechos subiendo y bajando a un ritmo desacompasado, al igual que teníamos las respiraciones.

—Dime que no has podido olvidar lo que pasó en la cuadra de Atenea —me pidió con la voz ronca.

Su agarre en mi nuca se hizo más firme.

—No he podido olvidarlo, y tampoco que me quedé con ganas de más.

—¿Cuánto más?

Me mordisqueó los labios y cerré los ojos, agarrándome con una mano a la camiseta de su pijama.

—De llegar hasta el final.

Mateo soltó una especie de gruñido, antes de apoderarse de nuevo de mi boca y mi lengua.

Sin cortar el contacto, me moví, hasta que me quedé sentada a horcajadas sobre sus piernas.

El beso continuó, sin que ninguno de los dos quisiéramos cortarlo, hasta que no nos quedó más remedio para poder respirar.

Mateo cogió varios cojines y los pegó a la pared de la terraza, para luego apoyar la espalda en ellos. Me llevó con él en el movimiento y yo me acomodé sobre él.

—Esta vez no vamos a parar.

No pareció su voz y me excitó más. Por eso y por varias cosas más, como, por ejemplo, que noté la dureza de su miembro erecto entre nosotros y porque sacó varios sobrecitos de condones.

Me mordí el labio inferior y le rodeé el cuello con los brazos.

—Lo dejamos pendiente —susurré sobre sus labios.

Me agarró de la mandíbula y me empujó un poco, separándome de él para mirarme bien a la cara.

—¿Piensas que esto es porque no pudimos hacerlo en la cuadra? —me preguntó, serio—. Que solo busco follar porque no pude hacerlo aquel día.

Su mano hizo más presión en mi mandíbula, pero no me hizo daño. Todo lo contrario, porque el control que ejerció me excitó más.

—¿No es así? —quise saber, susurrando.

—Sí, quiero follar.

Jadeé, cuando elevó la cadera y su erección se clavó en el punto exacto entre mis piernas.

—Ahora. Más tarde. Mañana… ¿Sigo?

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir? —le pregunté con precaución.

—Quiero descubrirte entrando dentro de ti. Claro que quiero el sexo contigo, estaría loco si no fuera así. Pero no voy a conformarme con solo esta vez.

—Mateo… —susurré, sorprendida.

Era exactamente lo que yo deseaba, pero no había pensado siquiera en la posibilidad de que él sintiera y quisiera lo mismo. Que fuéramos en la misma dirección en esto, porque significaba demasiado.

—Esta noche no es una excepción. Y eso incluye pasarla aquí, en esta casa.

No te he respondido antes, pero no tengo intención de dormir en mi casa de Dublín hasta dentro de un tiempo.

Anoche me quedé porque estaba agotado. Salí del trabajo muy tarde y hoy debía madrugar mucho.

Era lo más cómodo y fácil. Si hubiera venido hasta aquí, no habría descansado nada.

Asentí.

—¿Quieres lo mismo que yo o es una locura que he interpretado? —me preguntó.

No pude responderle. El nudo que tenía en la garganta me lo impidió.

Hice algo mucho mejor bajo el cielo estrellado que quedaría para siempre grabado en mi memoria. Y sería uno de los recuerdos más perfectos y bonitos que atesoraría, pasara lo que pasara entre Mateo y yo.

Con el cambio de posición, el nórdico solo me tapaba a mí, ya que yo cubría con el cuerpo a Mateo. Me moví hacia un lado, apartándome de sus piernas.

Mateo me observó con atención, sin perderse nada de lo que hacía. Su mirada se oscureció, lo noté incluso con la poca iluminación que había.

Protegida por el nórdico, sin importarme la incomodidad de no poderme mover bien, me quité rápido el pantalón del pijama y la braga. Me quedé desnuda de cintura para abajo y volví a sentarme a horcajadas sobre sus piernas.

Por lo sensible que estaba, el roce sin capas de ropa me hizo estremecer.

Mateo se mantuvo quieto, dejándome hacer a mí. Hice lo que ambos necesitábamos para avanzar.

Le agarré la cinturilla elástica del pantalón y tiré de ella hacia abajo. Mateo levantó el trasero, para facilitarme el poder bajárselo lo suficiente.

No llevaba un bóxer, por lo que fue muy fácil liberarle el miembro.

Al verlo tan duro y tenso, se lo rodeé con una mano, provocando que su cuerpo se tensara.

—Dame el condón —le pedí, con la voz tomada por el deseo.

Mateo rompió el envoltorio y me lo dio rápido. De la misma manera que yo se lo coloqué, desde la punta a la base.

Le robé varios jadeos, a propósito, y cuando terminé, me incorporé sobre las rodillas y lo guie con la mano. Deslicé la punta por todo mi sexo, mojándola con mis fluidos, preparándola para que me llenara sin dificultad.

Aunque no encontraría ninguna barrera, por lo excitada que estaba.

Jadeamos al unísono, cuando posicioné el glande en mi entrada y me dejé caer, introduciéndomelo.

Mateo me agarró de las nalgas desnudas, con fuerza, pero tiró hacia abajo. Continuó cediéndome el control, para que lo hiciera a mis tiempos y según mis necesidades.

Poco a poco, centímetro a centímetro, lo hice desaparecer dentro de mí. Hasta que mi trasero se sentó sobre sus ingles y su miembro se quedó dentro de mí, hasta lo más hondo.

Después de varios jadeos me pidió que lo follara y fue exactamente lo que hice. Me volví loca subiendo y bajando por su miembro, introduciéndolo en mi interior con fuerza y profundidad, con la necesidad de querer más conforme aumentaba la velocidad.

La noche estrellada se llenó del sonido de nuestros sexos chocando, una y otra vez, y de nuestras respiraciones hechas un caos y nuestros gemidos de placer.

Me corrí en cuanto sus dedos me apresaron el clítoris. Un poco de presión, de fricción y otras pocas caricias sobre ese botón de placer, mientras yo no aflojaba el movimiento de mi cuerpo sobre su miembro, y me lanzó al precipicio por el que caí gritando su nombre.

En ese momento no me preocupó si Blaine y Aven me escuchaban, porque alguien más era imposible. Los vecinos más próximos se encontraban a varios kilómetros de nosotros.

La vergüenza me entraría al día siguiente, si los miraba a las caras y distinguía algo que me indicara que sabían lo bien que me había ido la noche. Aunque con gritos o sin ellos, sin jadeos y gemidos, o con ellos, el matrimonio debía saber ya que algo estaba sucediendo entre Mateo y yo.

Cuando todavía no me había repuesto, Mateo me movió para dejarme tumbada bocarriba sobre el nórdico y sin salir de mi interior, subió una de mis piernas a su cintura y comenzó a embestirme con fuerza.

Me quedé sin respiración, por la intensidad con la que lo hizo. Y yo pensando que lo había llevado al límite…

El ritmo de locura que tomó me tuvo enseguida jadeando de nuevo. Y cuando me pidió que me tocara el clítoris mientras me follaba, para acelerarlo todo, ya que él estaba al límite y quería correrse conmigo, lo hice de manera desesperada para precipitarme otra vez por el máximo placer.

Lo hicimos al mismo tiempo, con gemidos, pequeños gritos amortiguados y gruñidos.

—¿Cómo estás? —me preguntó, hablando entrecortadamente.

Todavía no habíamos recuperado la respiración.

—Genial —susurré.

Le acaricié la mandíbula.

—No podría estar mejor.

Sonreí como una tonta cuando me dio un beso en la punta de la nariz.

Lamenté que perdiéramos el contacto, cuando se apartó y salió de mi interior. Yo recuperé mi braga y mi pantalón corto de pijama, mientras él se quitaba la protección y le hacía un nudo, para dejar el condón a un lado, en el suelo de la terraza.

Una vez bien vestidos y todavía recomponiéndonos, cogimos las copas y brindamos por una noche mágica que solo acababa de comenzar.

Devoramos toda la comida que descubrimos al destapar los platos y los cuencos. En cuanto vimos lo que Blaine había preparado para nosotros, se nos abrió el apetito y no paramos hasta dejarlo todo vacío.

El vino también nos lo bebimos. Dos botellas, para ser más exacta, ya que Mateo bajó a por otra antes de que comenzara la lluvia de estrellas.

Fue un espectáculo verlo en directo y por cada estrella fugaz que vi, pedí un deseo.

Un deseo pensando en mis padres, y otros para mi hermano y cada una de mis amigas. Como también incluí a mi jefe. Y para mí pedí varios, así como pedí alguno en el que Mateo y yo éramos los protagonistas.