¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 34
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Capítulo 34

En cuanto tuve puesto el pijama de pantalón corto y de camiseta de manga corta, después de darme una ducha, salí de la habitación para ir a la cocina, a ayudar a Aven con la cena.

La casa, como era habitual, estaba en silencio.

Ni siquiera viviendo sola en mi piso había tanto. Si no era un vecino, era otro el que hacía algo de ruido. Lo normal del día a día.

Y teniendo a mi amiga Noelia pared con pared, no me aburría nunca. En absoluto. Ni ella tampoco.

Bajé la escalera y una vez estuve en la planta principal, me dirigí a la cocina.

—¿Aven?

Me encontré la cocina vacía y sin rastro de ollas ni de comida por la encimera que indicara que esta noche se cenaba en esta casa.

Extrañada, di una vuelta sobre mí misma, observando todo el espacio de la cocina. Pequeño no era.

Las puertas de la despensa y el lavadero estaban abiertas y se veía que no había nadie dentro.

—Diana.

—Ay, joder —alcé la voz, por el susto que me llevé.

Me giré hacia la puerta, donde me encontré con Blaine y al mirarnos, soltamos una carcajada por mi reacción.

—Perdona. No pretendía asustarte.

—No pasa nada. —Negué con la cabeza—. Si es que con el silencio que hay y la cocina vacía a estas horas, con lo raro que es que Aven no esté liada aquí, ya empezaba a imaginar cosas malas.

—¿Malas? —me preguntó con diversión.

—De terror y esas cosas.

Agrandó un poco los ojos, pero acabamos de nuevo riéndonos.

—Bendita imaginación —sonrió.

—¿Dónde está Aven?

—Terminando de ducharse —me contestó.

—¿Le pasa algo? ¿Se encuentra mal?

—Está estupendamente, pero esta noche le he dado fiesta.

—¿Y eso? —le pregunté sonriendo.

—He pedido a un restaurante la cena para los tres. El repartidor debe estar a punto de traerla —me dijo, mirando la hora en su reloj de pulsera.

—Oh, qué bonito detalle. Me encanta.

—Y como estoy con las sorpresas, para ti tengo otra.

—¿Cuál? —quise saber, emocionada.

—Todavía es pronto —rio.

Hice un puchero, pero no me sirvió de nada. Blaine lo ignoró.

Lo salvó el timbre. Sonó y lo acompañé hasta la puerta principal de la casa. Blaine salió para ir hacia la verja de la propiedad, para encontrarse con el repartidor. Yo esperé a que regresara, apoyándome en el marco de la puerta.

No iba vestida para la temperatura que hacía. Ya había refrescado, por lo que ir en pijama de verano no era el mejor plan. Aun así, aguanté sin entrar en la casa, disfrutando lo que pude de la sensación.

Donde vivía, a esta hora todavía hacía calor.

Blaine apareció por el camino cargando con dos bolsas y fuimos directamente a la cocina. Allí nos encontramos con Aven, que sonrió de oreja a oreja al vernos.

—Hola —la saludé, con un beso en la mejilla.

—Hola —me correspondió—. Vamos a ver qué hay por aquí.

Se acercó a las bolsas.

—De eso nada —dijo Blaine, haciendo de barrera—. Os quiero fuera. Yo me encargo de todo.

—¿Qué le has hecho hoy, Evan? —le pregunté con diversión.

—¿Yo? Nada.

Reímos.

—Ah, entonces es lo que espera que hagas. —Le hice un guiño.

Le rodeé la cintura, sonriendo, mientras ella se quejaba sonrojada. Blaine se quedó en la cocina y nosotras nos fuimos a la sala de estar, por la que se accedía al jardín.

Al entrar, me dirigí hacia una de las ventanas y observé cuando los aspersores se activaron.

—¿Has pensado lo que harás cuando termine el plazo de estar aquí? —me preguntó Aven.

—¿Con la casa?

La miré de reojo.

—Sí, y con todo lo demás.

Se giró hacia mí.

—No sé a qué te refieres con todo lo demás.

Dirigí de nuevo la vista al jardín.

—Y sinceramente no sé qué haré con la casa —suspiré—. No me he parado a pensar mucho en ello, Aven. Al principio me centré en venir aquí y ahora lo que quiero es llegar a la meta, al último día para finalizar el mes viviendo con Mateo. Así lo quiso Deirdre.

—¿Y tú qué quieres?

Me volví hacia ella y me apoyé de lado en el marco de la ventana.

—No lo sé —le contesté con sinceridad—. Me siento dividida.

—¿Y eso?

—Porque, por un lado, me gustaría desprenderme de esta casa, solo para que fuera de Mateo, ya que debe conservar de aquí muchos recuerdos de su abuela.

Pero, por otro lado, me gusta tener algo que perteneció a Deirdre.

Es como si la sintiera más cerca. Y también está lo de que me tuvo en cuenta, que se acordó de mí para algo tan importante.

—Porque para ella eras importante, Diana —me dijo con mucho cariño.

—Lo sé.

Cogí una bocanada de aire y cerré los ojos.

—De manera que no tengo ni idea de lo que haré con el tema de la casa. Lo único que tengo claro es que cuando se cumpla el mes regresaré a España, a mi piso. Con mi familia y amigos.

—¿Y los sentimientos?

—¿Cómo? —La miré con sorpresa.

—Os he visto a Mateo y a ti, desde el principio.

—No sé a dónde quieres llegar porque, si como dices nos has visto bien desde el principio, no es que nos lleváramos muy bien. De cómo nos mostrábamos, a lo que era en realidad…

Hice una mueca.

—Conozco a Mateo desde que nació, Diana, y sé muy bien cómo es. Lo que quiere decir que conozco cómo reacciona cuando se encapricha de algo, cuando le gusta, o cuando lo quiere.

—No sé…

—Solo te pido que lo incluyas en tu lista de cosas a tener en cuenta en Irlanda.

—Mateo y yo hemos firmado la paz hace poquito —carraspeé.

—Lo sé —sonrió de medio lado.

—¿Te lo ha dicho él?

—No. Pero a observadora no me gana nadie —me dijo con un guiño.

—Ya veo. Eres un peligro, Aven.

Reímos.

—Siento interrumpir un momento tan bonito, pero es la hora de comer —dijo Blaine, desde la puerta de la sala.

Ambas sonreímos y caminamos hacia él.

—Cuidado con tu mujer, Blaine —le advertí, con un punto de diversión en la voz—. No se le escapa ni una.

—A mí me lo vas a decir… —dijo de forma graciosa.

Él y yo soltamos una carcajada, mientras Aven amenazaba a su marido. Todo en broma.

Cuando llegamos a la cocina me encantó ver cómo había preparado la mesa para la cena. Había encendido hasta velas.

Les habría dicho que cenaría en mi habitación o más tarde, ya que no quería estropearles el momento romántico, pero no hizo falta porque la mesa estaba montada únicamente para dos personas.

—No te estoy echando —me dijo Blaine—. Ya lo había hablado con Aven.

—¿El qué? —le pregunté.

—No me has dicho que te lo prepare, pero he querido hacerlo por mi cuenta, porque esta noche hay una lluvia de estrellas y podrás ver fugaces.

—Me encanta —dije con ilusión.

—Lo imaginaba, por eso tu cena está arriba, en la terraza. Si me permites acompañarte.

—Oh, Blaine.

Lo abracé con fuerza y él me correspondió de la misma manera, rodándome con sus brazos protectores. Aven nos miraba emocionada.

—¿Por qué no venís cuando terminéis de cenar? —les pregunté—. Aunque sea un ratito.

—Ya veremos —me dijo Blaine, con un guiño.

No les insistí porque entendía que, con todos los detalles románticos que había tenido Blaine, sería muy normal que, según fuera la cena, quisieran continuar la noche en la intimidad de su habitación.

—Os acompaño —dijo Aven.

Salimos de la cocina y fuimos hacia la escalera. Yo estaba nerviosa por llegar cuanto antes a la terraza, para ver lo que me había preparado Blaine.

Pero antes pasamos un momento por mi habitación. De ella cogí una chaqueta de chándal, antes de dirigirnos hacia la escalera de la terraza.

Cuando pude ver lo que Blaine me había preparado, me quedé impresionada, con la mano en la boca.

Me entraron ganas de llorar al ver una manta en el suelo y encima de ella un nórdico estirado, para que al sentarme no lo sintiera tan duro. Había otro nórdico doblado a un lado, para cubrirse del fresco. Y cojines repartidos.

Colocadas en el centro había dos bandejas con platos de diferentes tamaños y cuencos, con la comida tapada. Y una botella de vino dentro de una cubitera.

Alrededor de la manta y el nórdico extendido había velas encendidas.

Eran aromáticas y olían de maravilla. El olor no se perdía rápido al estar al aire libre.

Las llamas de las velas eran la única iluminación, junto con los puntos de las luces de emergencia, que había. Pero estos últimos eran muy tenues.

—Blaine… —susurré.

—¿Te gusta?

Me giré hacia él y lo abracé de nuevo.

—Es increíble. No podría ser mejor —murmuré—. Muchísimas gracias. Nunca voy a olvidar esta noche y lo que has hecho por mí. Todas las molestias que te has tomado para darme esta sorpresa.

—Lo he hecho con mucho gusto, Diana —me sonrió con cariño, cuando nos separamos.

Reí, retirándome una lágrima de la mejilla.

—Jolín. No me hagáis más esto.

Bufé, haciéndolos reír.

—Disfrútalo —me pidió Aven, acariciándome la mejilla—. Según han informado, la lluvia de estrellas se espera en una hora y media o dos. Te da tiempo a cenar tranquila o, si lo prefieres, puedes hacer tiempo tomando vino y así cenar viendo el espectáculo.

—Déjala que lo haga como quiera —le pidió Blaine.

—Solo estoy comentándole varias opciones —sonrió Aven.

—Por ahora voy a llenarme la copa de vino y a disfrutar de la noche bien tapada.

Reí, mientras me ponía la chaqueta del chándal.

Se fueron deseándome una noche mágica y yo estaba segurísima de que lo sería. Fui casi corriendo a sentarme sobre el nórdico. Entre él y la manta no sentí el frío del suelo.

Cogí el otro nórdico y después de estirarlo, me cubrí las piernas con él.

Busqué la copa, para comenzar por el vino, y ahí fue cuando me llevé otra pequeña sorpresa que pasó enseguida a dejarme conteniendo la respiración por unos segundos.

Había dos copas y mientras las miraba, preguntándome si Blaine había pensado en todo, por si una se me rompía, la puerta de la terraza se abrió y Mateo apareció.

—¿Aceptas compañía? —me preguntó.

—Sí —contesté en un susurro.

Estaba impresionante. Pude verlo con claridad por la luz que salía del interior de la casa.

Llevaba lo que suponía que era un pijama. El pantalón era largo y la camiseta de manga corta. En vez de parecer preparado para irse a su habitación a dormir, bien podía salir a la calle y pasearse por la Naas.

Estaba descalzo y tenía el pelo alborotado, como se le quedaba cada vez que se duchaba y no se preocupaba en arreglárselo.

Caminó despacio hacia mí, sin apartar la mirada de la mía. Su olor me llegó rápido. El perfume que utilizaba debería estar prohibido porque, mezclado con él, era una perdición.