Capítulo 33
Diana
Eran las once y media de la mañana. En breve Aven aparecería para avisarme de que dentro de poco la comida estaría en la mesa.
Ya estaba más que acostumbrada al cambio de horarios en las comidas, a las rutinas de este país, de manera que estaba preparada para disfrutar comiendo.
Aunque antes hablaría con mi jefe. Estaba esperando a que iniciara una videollamada, como quedamos por mensaje unas dos horas atrás.
La mañana había sido muy productiva. Me había cundido mucho y había podido adelantar.
Desde mi encuentro con Mateo en la cuadra de su yegua Atenea, me sentía revitalizada, con mucha energía y muy centrada.
No me había afectado que, desde ese mismo día, después de comer con sus padres, con Aven y con Blaine aquí, en la casa, no había vuelto a verlo.
Celebramos su victoria, pero se despidió de todos sobre las cuatro de la tarde. Mateo trabajaba en la empresa de su padre y por lo visto, tuvo que ir para encargarse de varias reuniones.
Desde entonces, lo único que sabía de él era lo que me dijo Aven la noche anterior, minutos antes de cenar los tres juntos. Ella, Blaine y yo.
Cuando le pregunté por qué no ponía un cubierto para Mateo, Aven me contó que él la llamó para decirle que se quedaba en su casa de Dublín, ya que hoy debía madrugar mucho para ir a la empresa de uno de sus clientes más importantes.
Iba a hacerle una visita y a cerrar varias negociaciones, por lo que tenía el día completito.
En ningún momento me había preocupado de que estuviera huyendo de mí, otra vez. Desde que nos despedimos de Atenea en la cuadra y durante todo el tiempo siguiente, hasta que se fue a trabajar un buen rato después de comer, Mateo se portó conmigo genial.
Hasta captó la atención de sus padres, de Aven y de Blaine. De estos últimos en la casa.
Al principio pensé que se mantendría más alejado y distante, por lo que me dijo de actuar como siempre entre nosotros. No les hubiéramos dado motivos a los demás para pensar algo que no era, ya que Mateo simplemente estuvo amable conmigo. Nada más.
No tuvimos ningún roce involuntario y nuestras miradas no conectaron más veces de lo normal, mientras comíamos.
Para esto último tuve que esforzarme. Y ni mucho menos Mateo dio a ver una muestra de cariño hacia mí, en el sentido de una caricia o un beso rápido.
Incluso con uno en la mejilla habría bastado, sentados a la mesa con su familia.
Me dio la sensación de que para Mateo lo que sucedió en la cuadra fue el cierre de una etapa tensa, para abrir otra cordial y relajada. Hasta que yo me fuera de esta casa y de Irlanda.
Cerré los ojos, mientras, de nuevo, me tragaba el dolorcillo que me provocaba que para Mateo no significara tanto como para mí, lo que hicimos en la cuadra.
Pero no pasaba nada. Intimamos, pero no iba a terminarse el mundo por eso. Saciada nuestra necesidad acumulada, la postura que él había tomado con respecto a mí y a lo que sucedió entre nosotros, era la más acertada.
Yo debía pensar de la misma manera, aunque me había dado tiempo a muy poquito.
El sonido de la videollamada me sacó de mis pensamientos, lo que fue muy bueno. Necesitaba olvidarme de ciertas cosas, para enfocarme en las importantes.
Descolgué la videollamada de mi jefe, con una gran sonrisa.
Su imagen apareció en la pantalla, en el despacho de su casa. Reconocí rápido el lugar porque había estado ahí muchas veces.
Yo también estaba en el despacho, el de mi media propiedad.
—Buenos días, Alfonso —lo saludé alegre.
—Buenos días, Diana —me correspondió—. ¿Cómo te trata Irlanda? Por tu sonrisa, creo que fatal. Lo que quiere decir que estás pidiéndome a gritos silenciosos que vaya a tu rescate. Se te ve muy triste.
Solté una carcajada.
—Siento decirte que Irlanda me trata genial, jefe. He conocido a personas maravillosas y me he reencontrado con otras que son muy importantes para mí. Estoy planteándome seriamente vender mi piso y venirme aquí.
—Eso no lo digas ni en broma, que entonces sí que cojo ahora mismo un vuelo y te traigo a rastras. Si es necesario.
Solté otra carcajada.
—Voy a hablar con tu madre —dijo con diversión, a modo de amenaza.
—Ni se te ocurra —hablé entre risas—. Si haces eso me habrás perdido para siempre, porque con lo pesada que se pone mi madre para ciertos temas…
—De acuerdo. Pues solo tienes que prometerme que en la fecha que hablamos regresarás.
—Me echas mucho de menos, jefe —le dije con diversión.
—Eso es porque muchas veces eres como un grano en el culo y claro, cuando no estás, la calma asusta. Estoy acojonado.
Reímos con ganas.
—¿Grano en el culo? ¡Me has ofendido, jefe! —exclamé.
—Lo que yo diga. Y no te pilla muy de sorpresa porque sabes que no he dicho ninguna mentira —sonrió de medio lado—. ¿Qué hacías?
—Estaba terminando de trabajar. En unos minutos toca comer.
—Joder. Es verdad. No me acuerdo nunca del horario que llevas ahora.
Negó con la cabeza.
—No pasa nada. ¿Dónde está el problema? Si me llamas y estoy comiendo o cenando, pues me haces compañía. O en cualquier otro momento del día —le dije con un guiño—. ¿Cómo va todo por ahí?
—Como siempre, lo único que estás perdiéndote es mucho trabajo.
Reímos.
—Te recuerdo que algo de trabajo hago aquí —hablé con diversión.
—Y yo te recuerdo a ti que, si no vives la presión en la oficina, las veces que se abre la puerta de tu despacho y estás a punto de mandarlo todo a la mierda, las constantes llamadas que te frenan y no te dejan avanzar, y las veces que te llamo para que vengas a mi despacho, según tú, la mayoría de las veces para nada…
Si no continúas con esa rutina, tú no trabajas; vives en unas vacaciones muy largas.
Solté una carcajada.
Ambos sabíamos que era muy cierto lo que había dicho, en el sentido de vivir la experiencia real de trabajo. Porque trabajar aquí, claro que estaba trabajando, pero muy relajada, con las únicas interrupciones de Aven cuando me traía un café, o las que hacía yo.
—Si lo que quieres es que vuelva, te aconsejo que no me des esos ánimos.
—Vale. Me callo.
Sonreí, mientras apagaba el ordenador.
Por la hora que era, no continuaría trabajando hasta después de la comida. Me quedaba muy poco para terminar con lo que había estado liada toda la mañana, pero no quería hacer esperar a Aven y a Blaine.
Después, cuando diera por finalizado el día de trabajo, subiría a mi habitación para echarme una siesta porque ni Irlanda, ni ningún otro país, iba a quitarme esa costumbre, siempre que pudiera.
—Alfonso, quería pedirte un favor.
—¿Sucede algo?
Frunció ligeramente el ceño.
—No es nada grave y tampoco es sobre mí. Quiero hablarte de mi amiga Noelia.
—Ah. ¿Qué le pasa?
—Ha dejado el trabajo porque su exjefe es de lo peor que puedes encontrarte. —Bufé—. Bastante ha aguantado, mientras todos le decíamos que se fuera. No sé, te lo dejo caer.
Le hice un guiño.
—Como si nada, ¿no?
Apreté los labios y asentí. Terminamos riéndonos.
—Dame su número de teléfono y la llamaré personalmente.
—Eres el mejor —sonreí—. Ya lo tienes —le dije, después de enviarle el número de teléfono de Noelia—.
Puedes llamarla cuando quieras, pero estaría genial que quedarais para que comenzara para septiembre.
Tú no tienes prisa para que se incorpore y ella agradecerá unas vacaciones, después de los meses intensos que lleva.
—¿Algo más, señorita?
Reí.
—Por ahora no, jefe —le contesté con un guiño.
—¿Diana?
Miré hacia la puerta, donde se paró Aven para llamarme.
—La comida ya está —me avisó.
—Enseguida voy —le sonreí.
—Estupendo. Voy a llamar a Blaine.
Asentí y se fue a buscar a su marido. Me tenían enamorada ambos.
Todos los que me querían tenían mucha paz porque las personas que me rodeaban mejores no podían ser.
No quería ni pensar en lo que me iba a costar irme cuando se cumpliera el mes de estar en esta casa. Cuando pensaba en cómo corrían los días, me entraba de todo por el cuerpo, pero, por otro lado, quería reencontrarme con mi familia y mis amigas.
Tenía muchísimas ganas de verlos y, por suerte, faltaban horas para que mi hermano, Noelia y Sofi aterrizaran en Dublín. Llegaban al día siguiente.
Las tres habíamos estado esperando a que Alan nos confirmara los días que podía tomarse libres, y una vez lo supo, compraron rápido los billetes de avión.
—Tengo que dejarte, jefe.
—Sí. Tranquila. Y cuenta con lo que hemos hablado. Que aproveche.
—Muchas gracias, Alfonso. Igualmente, cuando te toque comer. Te echo mucho de menos.
—Y yo a ti, Diana. Todas mis amenazas hacia Irlanda y los irlandeses van muy en serio.
Solté una carcajada y se unió a mis risas.
Nos despedimos definitivamente, por hoy, y me levanté de la silla para ir a la cocina.
Desde el principio le dije a Aven que era un sitio ideal para comer y cenar, ya que el primer día que llegué quiso preparar el comedor para cenar.
Una cosa era que hubiera más personas, pero para nosotros tres la cocina era un lugar estupendo para estar. Era muy espaciosa y a la mesa podían sentarse muchas personas.
Lo veía más íntimo, más del día a día en familia.
—Justo a tiempo —me dijo Blaine, con un guiño.
Él iba caminando hacia la mesa, con tres botellines de cerveza en las manos. Dejó dos en el centro de la mesa y del otro bebió.
Yo hice lo mismo, le di un trago a la mía en cuanto ocupé la silla.