Capítulo 32
Mateo
Deslicé la lengua por su cuello, disfrutando del estremecimiento de Diana.
Mis dedos no paraban de entrar y salir de su interior, continuaban sin descanso, mientras sus fluidos me mojaban cada vez más.
Ya había incluido otro dedo para embestirla con dos, hasta lo más profundo que podía llegar.
Sus jadeos y gemidos estaban terminando con la poca cordura que me quedaba.
Llevaba un buen rato haciendo un esfuerzo monumental, para no mandarlo todo a la mierda y continuar como me pedía el cuerpo, por el balanceo de las caderas de Diana contra mi mano, con la que se frotaba con mucha intensidad.
—Así. Eso es. Córrete con mi mano —le pedí con la voz ronca, mientras la miraba a la cara.
Era un jodido espectáculo. La imagen que estaba regalándome no tenía nada que ver con la que había imaginado en mi cabeza.
—Mateo… —Gimió y apreté la mandíbula.
—Córrete —repetí.
Al instante se dejó llevar por un orgasmo intenso y arrasador. Acallé sus gemidos y gritos besándola. Me apoderé de su boca por completo, mientras ella se agarraba a mis brazos con fuerza.
Cuando la ola de placer pasó, separé la cabeza despacio y sonreí de medio lado. Tenía las mejillas sonrojadas por el momento y por la vergüenza que comenzó a sentir.
Sus labios estaban tan hinchados como debían estar los míos, por nuestros besos. Los ojos le brillaban de una manera especial y tenía los párpados un poco caídos, como si le costara mantenerlos abiertos.
Le acaricié el labio inferior con el pulgar.
Se espabiló de golpe cuando saqué la mano de entre sus piernas, abandonando su calor. Sus fluidos brillaron.
Diana agrandó los ojos y entreabrió los labios, cuando hice desaparecer cada uno de mis dedos dentro de la boca.
Su sabor fue como una explosión que envió una fuerte descarga a mi miembro, tensándolo más de lo que ya estaba.
Para cuando terminé de lamer y chupar, Diana respiraba de nuevo con dificultad.
—Esto termina aquí —le dije y tuve que carraspear, para aclararme la voz—. No he venido preparado para…
Me quedé callado de golpe cuando Diana se separó de Atenea y se acercó a mí con decisión.
—Todavía no —susurró.
Apreté la mandíbula.
No esperaba el nuevo giro, pero no sería yo el que se quejara. Mi erección palpitó más que contenta, cuando Diana me desabrochó el pantalón y me bajó la cremallera, acariciándome con los nudillos al pasar por encima de mi miembro.
Dejé salir el aire despacio, cuando me bajó lo necesario el pantalón y bóxer. Dejó a la vista mi miembro duro y preparado para recibirla.
Diana se lamió los labios, observándome, y ese gesto estuvo a punto de hacerme perder el control como un adolescente novato.
Cuando buscó mi mirada, no me lo pensé.
—Avísanos si se acerca alguien —le pedí a Atenea, acariciándola.
Mi yegua relinchó varias veces y bajó y subió la cabeza, como si asintiera. Intenté no reír. Era la mejor.
Le di un beso, antes de separarme de ella.
Agarré de la mano a Diana y la llevé a la parte de atrás de la cuadra. No era muy grande, pero sí lo suficiente para que quedara un espacio libre por detrás de Atenea.
Diana se soltó de mi mano y me empujó suavemente del pecho. Toqué con la espalda la pared y me agarré el miembro, para deslizar la mano por él y sentir un poco de alivio.
Me notaba a punto de explotar.
—Ponte de rodillas —le pedí, con una voz irreconocible.
Me faltó muy poco para gemir de placer, cuando ella lo hizo al instante. Se puso de rodillas delante de mí y bajé la cabeza, para no perderme detalle.
Sus ojos no se apartaban del balanceo de mi mano, en mi miembro.
—No te imaginas cuántas veces he imaginado esto. A ti, con mi polla en la boca, llenándotela sin descanso, mientras tú la acoges toda.
Jadeó.
—Cada puñetera noche que me masturbaba, te imaginaba de muchas maneras —continué y tragó saliva—. Sabía que me escuchabas desde tu habitación, lo hacía a propósito para conseguirlo. Pero no debe ser nada nuevo para ti, porque tú hiciste lo mismo, para vengarte de mí.
—Sí —confesó.
—Me lo merecía y te aseguro que lo disfruté tanto como tú.
Se mordió el labio inferior.
—Abre la boca.
Cuando entreabrió los labios, deslicé el glande entre ellos, torturándome un poco más. Le humedecí los labios con las primeras gotas de mi placer y hacerlo y verlo me excitó hasta un límite totalmente inesperado.
—Mierda —susurré, cuando sacó la punta de la lengua.
Con ella recorrió toda la redondez y metió la punta en la hendidura, capturando lo máximo posible. Gemí y la agarré del pelo por detrás de la cabeza.
—¿Quién es Rosin para ti? —me preguntó.
—Roisin —la corregí.
—Rosin —repitió a su manera y apreté los labios.
Empujé un poco entre sus labios, pero retrocedí cuando quiso succionarme el glande.
—Es una conocida de años —le contesté a su duda—. Y la hermana de Finn, el hombre con el que has hablado para entrar aquí.
—¿Te acuestas con ella?
Tiré de su pelo. No le hice daño, pero utilicé la fuerza suficiente para sujetarla con firmeza, para que le quedaran claras mis siguientes palabras.
—No me acuesto con ella. No voy a negar que lo hice en el pasado, pero solo sucedió un par de veces, no más. Hace más de seis años que pasó y no me acuerdo de la fecha exacta.
Hice una pausa para, esta vez sí, meterle mi miembro dentro de la boca. Diana gimió. No me lo tomé con calma, llegué hasta lo más hondo, enterrándome todo lo que su boca me permitió.
Me quedé quieto para que se adaptara y se preparara para lo que venía, mientras mi cuerpo, más en tensión, no podía estar.
—No tengo nada con Roisin —le dije, con la voz tomada por el deseo—. Ni lo tendré nunca. Lo nuestro fue una aventurilla de verano, por aburrimiento, en una época en la que éramos jóvenes.
Me deslicé hacia atrás, disfrutando de la puñetera sensación de cómo resbalaba con su saliva.
—No pienso en Roisin de ninguna manera. Ni sucederá nunca.
Apreté la mandíbula, al embestirla hasta el fondo. Diana volvió a gemir y me agarró de las caderas.
Mi respiración se fue a la mierda cuando comenzó a moverse ella, dejándome pegado el trasero a la pared. Le permití que llevara el control por un rato, porque no tardaría en recuperarlo yo.
—Si la llevé a la casa —hablé con la voz entrecortada, por el placer que me provocaba—, fue precisamente para alejarte de mí. Mierda… —Bufé, agarrándola con más fuerza del pelo—. Así. Bien. —Jadeé y cerré los ojos por unos segundos.
Volví a abrirlos, para verla en acción. Me sentía al límite y ver cómo hacía desaparecer mi miembro en su boca, cómo lo acogía con ansias y fuerza, aumentando cada vez más el ritmo…
—Puedes castigarme así todas las veces que quieras —dije con un gemido.
—Tú no quieres nada, pero ella lo quiere todo —habló en un momento en el que liberó su boca.
No tardó mucho en tenerla de nuevo llena, haciéndome tensar. Apreté la espalda contra la pared.
—Me importa una mierda lo que ella quiera o piense. Desde nuestra última vez no le he dado motivos para… Oh, joder…
Gemí y no pude soportarlo más. Tomé el control del todo, para embestirle la boca como si fuera otra parte de su cuerpo.
Me volví loco, pero Diana aguantó y me pidió más con la mirada. No dejamos de mirarnos en ningún momento y cuando el orgasmo me asaltó de golpe, solté un quejido de placer al descargarme en su boca.
Diana no hizo el intento de moverse. Todo lo contrario. Me sujetó con más fuerza de las caderas, para que no me apartara de ella, y recibió todo mi placer.
Al cabo de unos segundos, cuando todo terminó, me deslicé hacia atrás y recogí los restos de la comisura de sus labios.
—¿Mateo? ¿Diana?
Diana agrandó los ojos y soltó un jadeo, al escuchar a mi madre.
—Mierda.
La agarré de los brazos y la ayudé a levantarse. Comenzamos a arreglarnos rápido, al no quedarnos mucho tiempo, mientras Atenea relinchaba sin parar, haciendo estupendamente el trabajo que le había encargado.
Estábamos colocándonos bien la ropa, cuando soltamos un suspiro de alivio al escuchar a Leo.
—Eh. Amber. Liam —llamó a mis padres.
—Oh. ¿Has visto a Mateo y a Diana? Ella ha venido aquí hace un rato, muy preocupada y afectada por la caída de nuestro hijo. Se ha quedado blanca al verlo caer y en el suelo —explicó mi madre.
Miré fijamente a los ojos a Diana. Sus mejillas se cubrieron de un rubor precioso.
Di un paso hacia ella y la agarré de la nuca. La acerqué a mí.
—Te has preocupado mucho —le dije en tono bajo.
—Un poquito —susurró.
Sonreí de medio lado.
—Sí, Diana ha venido —les confirmó Leo—. Pero se ha ido con Mateo hace unos minutos.
—Ah, pensábamos que estarían aquí —comentó mi madre.
—Ya te he dicho que los dejáramos tranquilos y a su aire —habló mi padre.
Le acaricié la nuca a Diana y me incliné hacia ella, para atrapar su labio inferior con los dientes. Soltó un suspiro entrecortado.
—Vamos a la grada, seguro que aparecen en cualquier momento —le pidió mi padre a mi madre.
—Atenea parecía nerviosa —dijo mi madre—. La hemos escuchado relinchar.
—Tranquila, yo me encargo. Eso es que se ha puesto celosa porque Mateo ha estado poco tiempo con ella y se ha ido con Diana —habló con diversión Leo.
Mi madre rio cuando escuchó de nuevo relinchar a Atenea. Diana y yo apretamos los labios, conteniendo la risa.
Los escuchamos alejarse, mientras hablaban los tres.
De nuevo solos, le di un beso a Diana, antes de que continuáramos arreglándonos la ropa.
Yo terminé primero y fui a felicitar a Atenea. Recibió mi muestra de cariño dándome el suyo.
—¿Y ahora qué? —me preguntó Diana.
Se puso a nuestro lado, sonriéndole a mi yegua.
—Ahora salimos como si nada hubiera pasado. Como si estuviéramos como siempre —le contesté, con un guiño.
—Vale —susurró.
Nos despedimos de Atenea, yo hasta un rato más tarde porque vendría a darle su sesión de cuidados y mimos, como siempre hacía. Sin importar que hubiera corrido una carrera o no.
Cada semana, sin importar lo complicada que la tuviera, encontraba varios huecos para hacerle una visita a mi yegua. Nos encantaba pasar tiempo juntos y a Atenea le cambiaba el ánimo cada vez que me veía.
En las ocasiones en las que yo viajaba, cuando regresaba, la información que me daba el chico que tenía contratado para que la cuidara a diario, era negativa. Atenea no llevaba bien que estuviéramos más de una semana sin vernos, entraba en un estado de tristeza.