¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 31
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Capítulo 31

Diana

Estuve un buen rato que no pude dejar de mirar a los ojos a Mateo, como si los suyos me exigieran que no rompiera el contacto.

Hasta que lo logré, bajé la mirada y me levanté despacio.

Me fastidió terminar de rodillas frente a él, pero era algo que me había salido de manera natural.

En cuanto lo vi sentado en un banco muy bajo de madera, pensé que se encontraba mal y quise acercarme a él corriendo, para asegurarme de cómo estaba realmente.

Pero ya estaba bien de hacer el ridículo. Por hoy ya había tenido una buena dosis y tenía el vaso casi a rebosar.

Total, para nada, porque Mateo no había abierto la boca desde mi llegada. Otro detalle más para que se me metiera en la cabeza que este hombre no se merecía que me preocupara por él.

Aparté la vergüenza que sentía, por todo, y la mala leche también, por la aparición de la tal Rosin o como narices se llamara. No iba a perder mi valioso tiempo en recordarlo.

Miré hacia la puerta, hacia donde se encontraba ella.

Solté un suspiro, cansado, y de repente fui muy consciente de dónde me encontraba. El lugar que era. Al venir aquí y al entrar a este espacio, pasé por alto todo lo que no fuera ver a Mateo.

Alguien me dio un golpecito de un brazo, llamando mi atención, y supe rápido de quién se trataba: Atenea.

Tragué saliva porque nunca había estado tan cerca de un caballo. Yegua, en este caso. Cuando giré la cabeza y levanté la mirada, vi lo impresionante que era Atenea. Era alta, más de lo que me había imaginado.

—Hola —le susurré.

—¡Joder!

Al escuchar a Leo y al percibir su asombro, miré hacia él para saber qué había pasado.

Me sorprendió darme cuenta de que todos me observaban a mí y me pareció distinguir mucha curiosidad e interés en sus miradas. La única que me miraba diferente era Rosin. Ella parecía que quería hacerme desaparecer de este lugar.

—¿Qué? —le pregunté a Leo.

—Que Atenea nunca hace eso —contestó, negando con la cabeza—. No es normal que busque el contacto de alguien que no conoce.

—La única manera en la que está tranquila cuando hay gente a su alrededor que no conoce, aunque sea una sola persona, es si yo estoy montándola —añadió Mateo.

Parecía desconcertado y continuó hablando, poniéndome más nerviosa.

—Es impensable que Atenea toque a alguien para que le haga caso, reclamando su atención siendo un desconocido. Y no importa si ese alguien está conmigo o con cualquier otra persona que conozca bien. Siempre se mantiene alejada.

Atenea relinchó, como dándole la razón.

—Eh… bueno —carraspeé—. Lo mismo me ha dado en el brazo por error, al sacudir la cabeza.

Como si la yegua me entendiera, lo que creía de verdad, volvió a darme en el brazo un pequeño toque.

Me giré hacia ella.

—Por tu culpa los demás me están mirando como si yo no fuera de este mundo y te hubiera hipnotizado. O algo parecido, si existe —suspiré.

Sonreí cuando relinchó, mirándome.

Me atreví a levantar una mano hacia su cabeza, aunque me echaba mucho para atrás. Me daba respeto.

Atenea se portó genial, me permitió tocarla sin problema, como si fuera la yegua más dócil. Sinceramente, para mí lo era, por cómo estaba portándose conmigo. Poco me importaba todo lo que me habían dicho.

Y no solo la toqué, sino que mantuve la mano en su cabeza y comencé a acariciarla con movimientos lentos.

—Eres muy buena chica —le dije, en tono bajo.

Sonreí porque movió las orejas.

—Y has estado increíble en la carrera —la felicité—.

Ha sido un placer verte en acción, preciosa.

Haces honor a tu nombre —sonreí—. Gracias por regalarme algo tan bonito, especial e inolvidable.

No creo que vea otra carrera en mi vida, ni mucho menos que esté así de cerca de un caballo. Lo siento, ¿eh?

Atenea relinchó y mi sonrisa se amplió, mientras seguía acariciándola.

—Por lo visto es tu primera vez en portarte de esta manera con una desconocida. Pues quiero que sepas que tú eres la primera yegua a la que me acerco y toco. Esto, hasta hace un rato, era impensable para mí.

Reí.

—Por eso, gracias por todo.

Me atreví a acercarme más, para darle un beso en la cabeza. Cuando me separé, Atenea me lo agradeció aproximando su cabeza hacia mí, queriendo más.

Volví a reír, encantada, pero enseguida me puse triste porque mi relación con ella había comenzado hoy, pero terminaba ya. Había sido demasiado breve y me dejaba con ganas de mucho más.

Solté un suspiro.

—Adiós, preciosa —le sonreí, sin tantas ganas—. No te intoxiques con el veneno que hay aquí —le pedí, con una pizca de humor.

Estuve a punto de reírme otra vez, pero por un motivo muy diferente. Fue por el sonido de indignación que hizo de Rosin, por mis palabras.

—Sigue brillando como solo tú sabes —le susurré cerca del oído a Atenea—. Eres una maravilla de yegua. Y… cuida de tu dueño. Cuidaros los dos.

Terminé hablando más bajo que en un susurro, para que nadie pudiera saber lo que le había dicho a Atenea.

Mi tiempo allí había finalizado. Ya no había nada que me interesara tanto como para retenerme en la cuadra. Bueno, sí, pero no iba a tenerlo nunca, de modo que no tenía sentido.

Fui a moverme para irme, pero no pude hacerlo porque de repente choqué con un gran muro a mi espalda. Un muro cálido que no sabía desde cuándo estaba ahí.

Miré por encima del hombro, para encontrarme con los ojos de Mateo. La intensidad de su mirada me cortó la respiración y me dejó fuera de juego durante unos segundos.

—Dejadnos solos —pidió a los demás Mateo, sin dejar de observarme.

—Yo… —Tragué saliva—. Debo irme. Tus padres…

—No.

Solo con eso me dejó callada del todo y sin ganas de rebatirle, porque ¿a quién quería engañar a estas alturas? Estaba deseando quedarme a solas con Mateo y que sucediera lo que tuviera que suceder.

Estaba cansada de que me esquivara, de que me ignorara. De la misma manera que estaba muy preparada para presentar batalla en una gran pelea, como también para callarnos mutuamente con las bocas, besándonos.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la molesta voz de Rosin.

—Cállate de una vez, Roisin —le pidió Mateo.

Ah, Roisin, me dije. Daba igual, lo mismo era.

La voz de Mateo sonó tan cortante y distante que esa mujer se quedó cortada.

—Vamos, Finn —habló Leo.

—Yo quiero…

Roisin intentó decir algo más, pero Finn la interrumpió.

—Ya has oído a Mateo. Por tu bien, cállate. Vamos.

La agarró de un brazo y, aunque se resistió y protestó, Finn se la llevó y Leo fue detrás de ellos. Después de dejar la cuadra cerrada con nosotros dentro, junto a Atenea.

Las pulsaciones se me aceleraron y los nervios se me dispararon.

—¿Qué tipo de brujería haces? —me preguntó Mateo, con la voz ronca.

Di un respingo.

—¿Qué dices? Yo no hago esas cosas —hablé indignada y sorprendida.

Levanté la barbilla, pero perdí parte de mis fuerzas cuando Mateo levantó un brazo para colocar la mano en su yegua. Con su cuerpo me aprisionó contra Atenea, y como si la yegua se uniera a su dueño, se mantuvo firme a mi espalda, facilitándole la posición.

—Algo tienes que hacer. Me estás haciendo perder la puñetera cabeza. Desde la primera vez que te vi, sentí que había algo diferente en ti, pero no tenía ni puñetera idea de qué era. Siempre tengo la necesidad de acercarme a ti, pero esa misma necesidad se convierte en ganas de alejarme. De huir.

Frunció el ceño y me agarró de la barbilla con la mano libre.

—Necesito estar alejado de la casa que nos ha unido, porque el problema no es solo que te vea.

Ahora basta con que sienta que estás cerca.

Y encima llegas hoy aquí y de repente te haces con mi yegua, sin ningún esfuerzo.

Como si fuera lo más natural acercarte a ella, cuando Atenea rechaza todos los acercamientos.

—Pensab… pensaba que me evitabas porque me odiabas por lo de la casa, que no soportabas verme por eso.

Se me escapó un jadeo cuando se pegó a mí y la dureza que escondía la bragueta de su pantalón se clavó entre nosotros.

—Mateo…

—Joder —siseó—. Si supieras cómo me pone escucharte decir mi nombre.

Apretó la mandíbula.

—¿Qué… qué haces?

Contuve la respiración. Llevó las manos al botón de mi pantalón corto y lo desabrochó, para después bajar la cremallera.

—Lo que tendría que haber hecho desde el primer día, joder —susurró.

—Pero… mierda. Puede aparecer alguien en cualquier momento y…

Gemí cuando su mano se coló por dentro de mi braga y llegó a mi clítoris, para torturarlo con varios de sus dedos.

—Me tienes completamente loco. Con la mente nublada desde que te escuché masturbarte en el baño de tu habitación. En otro momento querré que vuelvas a hacerlo, con las piernas bien abiertas para mí, mientras que yo observo cómo te das placer.

Jadeé, cerrando los ojos con fuerza.

—Pero por ahora, en este instante, ambos tenemos que conformarnos con esto. Tiene que ser rápido porque sí, puede aparecer alguien en cualquier momento. Aunque me importa una mierda. Me da exactamente igual.

Abrí los ojos al máximo.

—Tranquila, siempre se escucha cuando alguien se acerca.

—¿Y si son tus padres? —Gemí, agarrándome con fuerza a sus brazos.

—Pues se llevarán una gran sorpresa.

Mateo no me dejó decirle lo que me parecía eso y todo lo demás. Se apoderó de mi boca en un beso duro, salvaje, con su lengua buscando sin descanso la mía.

Nuestro primer beso fue desesperado, porque yo le correspondí de la misma manera. Habíamos esperado mucho y dada la situación, nos necesitábamos con ansiedad.

Mis gemidos quedaban amortiguados en su boca, mientras su mano se adentraba más en mi braga y llegaba hasta mi entrada.

Creí que me mareaba, por la intensidad con la que lo estaba viviendo. No me había dado tiempo a hacerme a la idea de que era muy real lo que estaba sucediendo, por lo rápido que se había girado todo.

Y solo había bastado una conversación con una yegua. Oh, pero no una cualquiera, sino con Atenea.

Me entraron ganas de reír por ese pensamiento, pero el dedo de Mateo, embistiéndome por primera vez, me dejó la mente nublada por el placer.