Capítulo 30
Mateo
—¿Estás bien? —me preguntó Leo.
Mi amigo iba a mi lado. Por el otro me llevaba agarrado Finn, a pesar de que le había dicho que no hacía falta.
Podía caminar por mí mismo, con normalidad.
La caída había sido aparatosa a la vista, pero al impactar contra el suelo había conseguido dirigir la posición del cuerpo y para mí había sido una caída limpia. Sin más. Lo que no quitaba que me doliera todo, pero sin ser preocupante.
Atenea ya parecía recuperada, aunque estaba deseando llegar junto a ella para revisarle la pata.
No tenía por qué tener ningún daño. Estaba convencido de que la fuerza de la frenada la había desestabilizado y la había hecho perder el equilibrio, con el final que habíamos tenido ambos.
Leo no se perdía ninguna de mis carreras. Durante todos los años que practiqué la hípica, también me acompañó siempre que pudo.
—Finn, puedo caminar solo —le recordé, de nuevo—. Y estoy perfectamente. ¿No me ves?
—Sí, rebozado de arena. Estás para pasarte vuelta y vuelta por la freidora —contestó con ironía.
—Haznos caso, muchacho —me pidió Finn—. Estate quieto hasta que lleguemos.
Respiré profundo, optando por el silencio. Dejarlos hacer era la única manera para que se tranquilizaran.
Cuando llegamos al establo, nos dirigimos hacia la cuadra a la que habían llevado a Atenea, la misma en la que estuvimos ella y yo antes de la carrera. Siempre utilizábamos la misma, para reducir el estrés de mi yegua.
Sonreí cuando nos acercábamos. Tenía la cabeza apoyada en la puerta de la cuadra y en cuanto me vio, relinchó como saludo y acercó la cabeza hacia mí.
—Estoy bien —le dije, antes de darle un beso en la testuz. O, lo que era lo mismo, su frente.
Abrí la puerta de la cuadra y entré, junto a Leo. Atenea no separó la cabeza de mí y yo no dejé de acariciársela.
—Si necesitáis cualquier cosa o empiezas a dolerte algo, avisadme —nos pidió Finn—. No te calles si notas alguna molestia.
—Me duele el trasero de la caída. ¿Me das un masaje?
—Que te lo dé tu inseparable amigo. Entre vosotros hay la confianza suficiente para que te quedes con el culo y otras cosas al aire —dijo a modo de queja Finn.
Los tres soltamos una carcajada.
Cuando nos dejó solos, fui a por el cepillo, para cepillar a Atenea.
—Cojeas —dijo Leo, sorprendido de no haberse dado cuenta hasta ahora.
—No es nada. Solo una pequeña torcedura —aseguré.
Apoyé la frente en la cabeza de Atenea y después de unos segundos en los que le susurré que era una campeona y que lo había hecho genial, con varios relinchos satisfechos de ella, comencé a cepillarla como sabía que le encantaba.
—Puedo hacerlo yo —me dijo Leo.
—Y yo. ¿Qué dices tú? —le pregunté a mi yegua—. ¿Le doy el cepillo a Leo para que continúe cepillándote él?
Solté una carcajada cuando mi yegua reaccionó rápido. Giró el cuello había el pequeño banco de madera en el que se había sentado Leo, y le dio un empujón con la cabeza. Mi amigo cayó al suelo, entre risas también.
—Joder, Atenea, qué mal educada estás. —Bufó en broma Leo—. Eres una caprichosa, quieres a tu dueño solo para ti.
Ella relinchó y mi amigo y yo volvimos a reírnos.
Seguí cepillándola y cuando terminé y la dejé bebiendo agua, me senté al lado de Leo, en el banco bajo de madera.
—¿Sigues bien? —se interesó.
—Sí. Deja de preocuparte.
—Es que la caída se ha visto muy dura.
Sacudió la cabeza.
—He podido caer en buena postura, por lo que, aparte del impacto y de pequeña torcedura, todo ha salido bien.
Me encogí de hombros.
—Menos mal, tío.
—Todavía no me has dicho nada de nuestra victoria —le dije con diversión.
Señalé a Atenea y relinchó como si se quejara. Nos hizo reír.
—Joder, es que había hecho una entrada a la meta para llevarse las manos a la cabeza, por varios motivos y muy diferentes.
Negó.
—Menudo espectáculo —sonrió de medio lado—. Preciosa, has volado por la pista. Has estado brillante. Enhorabuena a los dos.
Esta vez, cuando Atenea acercó la cabeza a Leo, fue para que se la acariciara. Mi yegua sabía mucho y recibió encantada las caricias.
—Otra carrera más conseguida —me dijo, girando la cabeza hacia mí.
—Sí —sonreí de medio lado.
—¿Qué tal el cuerpo ahora que vas enfriándote?
—Un poco dolorido, pero lo normal de cualquier caída —le contesté con sinceridad.
—No estaría mal que te hicieran una revisión.
—¿Para qué? Acabo de decirt…
Dejé de hablar al escuchar un pequeño alboroto por algún lado del establo. Leo también miró hacia fuera de la cuadra, ya que era muy raro. Aquí dentro no estaban permitidos los ruidos, para conservar la paz y tranquilidad de los caballos.
Fruncí el ceño. Eran dos personas hablando. No gritaban, pero sí hablaban manteniendo un tono alto. No debían darse cuenta.
—¿Uno no es Finn? —me preguntó Leo.
—Puede ser… no lo diferencio como para asegurarlo.
—Voy a ver qué pasa.
Se levantó del banco y no esperó a que le dijera algo. Salió de la cuadra, dejándonos a Atenea y a mí dentro. Mi yegua no se movió.
Leo tardó en regresar más de lo que esperaba. Yo no me moví del banco porque, conforme pasó el tiempo, como había comentado Leo, al enfriarme, las molestias que tenía por todo el cuerpo se hicieron más intensas.
A pesar de estar dolorido, lo que me callaría para no preocupar a nadie, todavía era algo normal que no requería ninguna atención médica. Todo estaba bien, o lo estaría. En cuestión de unos días desaparecería todo el malestar.
—Mateo…
Al escuchar la voz de Diana, giré rápido la cabeza hacia fuera de la cuadra.
Con anterioridad, me costó recuperarme de la sorpresa de encontrarla en la grada con mis padres.
Me llevé el primer impacto del día, ya que no esperaba verla nunca en el hipódromo.
En aquel momento pensé que iba a perjudicarme, por cómo me dejó.
Por suerte, Atenea ganó la carrera llevando el control de la situación, desde el principio hasta el final.
Y aquí tenía a Diana de nuevo, mucho más cerca que antes, a unos pasos de distancia. Algo que me había prohibido que sucediera en la casa en la que vivíamos juntos.
Para más sorpresa mía, Diana abrió la puerta de la cuadra, como si Atenea no la intimidara, y caminó con pasos rápidos hacia mí.
—Mateo… —repitió.
Yo continué sin palabras, inmóvil en el banco de madera. Mi yegua relinchó varias veces, pero no obtuvo ninguna reacción de Diana, que era lo que buscaba.
Para más asombro mío, Diana se puso de rodillas frente a mí y se quedó muy quieta. Noté el momento exacto en el que se dio cuenta de que se había dejado llevar demasiado por sus impulsos.
—Yo… Nos hemos asustado mucho al ver la caída —susurró.
Incluyó a mis padres.
—Siento haber venido aquí. Me ha costado lo mío llegar.
Bufó.
Miré de reojo a Leo. Mi amigo asintió, estando de acuerdo con lo último que había dicho. Eso quería decir que, si no fuera por mi amigo, Finn no la habría dejado entrar. O tal vez sí, pero por cansancio. Pero para que eso ocurriera tendrían que haberse cansado de discutir en la entrada.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
No era la primera vez que me hacía esa pregunta, aunque de manera diferente. Ni tampoco la primera vez que se mostró preocupada por mí. Y lo parecía de verdad. Ahora mismo era imposible que Diana estuviera fingiendo.
—Eres muy terco, Finn —se quejó una voz de mujer.
Sonó lejana, pero todos la oímos perfectamente.
Parpadeé más rápido de lo normal, para asimilar que en cuestión de segundos no estaríamos solos.
Roisin, la mujer que llevé a la casa y a la que se enfrentó Diana, estaba a punto de aparecer. ¿Y cómo había entrado ella tan rápido y sin problemas? Fácil, Finn era su hermano mayor.
Me cagué en todo, interiormente. Y mientras que a la situación le faltaban pocos parpadeos para dar un giro que no iba a gustarme, y mientras debía pensar en una salida rápida…
la única maldita cosa que me vino a la cabeza fue el recuerdo de escuchar, alto y claro, cómo Diana me devolvía todas las noches que yo la había atormentado, antes de dar el día por finalizado.
¿Cómo lo hizo? Exactamente como yo. Tenía metidos en la cabeza sus gemidos, jadeos y gritos, los que en aquel instante procedieron del baño de su habitación.
Me jodió muchísimo imaginarla masturbándose, pensar en cómo lo estaba haciendo, lo que tocaba y cómo, porque me moría de ganas de ser un espectador directo.
Al igual que me fastidió cada sonido suyo, ya que se me metieron en lo más hondo y todavía no había podido sacarlos de mi memoria, para olvidarme de todo.
Pero, a pesar de mi frustración e impotencia, las que todavía sentía en algunos instantes, debía reconocer que disfruté del momento muchísimo.
De todo y de la misma forma que ella, porque me encontré masturbándome como un adolescente que no controlaba una mierda su cuerpo, mientras la escuchaba a ella disfrutar del suyo y de su placer. Nos corrimos a la vez.
Me costó un gran esfuerzo aclarar la mente, para centrarme en lo que estaba sucediendo en la cuadra.
Diana se tensó delante de mí al escuchar a Roisin. Lo percibí y no me gustó nada, como tampoco me gustó lo que sucedió en la casa.
—Mateo —me llamó Roisin, todavía sin verme.
Cuando se paró fuera de la cuadra, al otro lado de la puerta y me vio… o más bien, nos vio…
—¿Qué…? —preguntó como escandalizada, con la vista fija en Diana—. ¿Qué hace esa de rodillas entre tus piernas? —me preguntó con descaro y queriendo aparentar superioridad.
Leo bufó, al no estar conforme. Finn observó extrañado y sorprendido a su hermana. No la conocía en sus peores versiones. Y yo, apreté la mandíbula, sin apartar los ojos de los de Diana.
En ella vi la rabia y la impotencia que sintió, mientras se contenía para no explotar. Al menos, tan pronto.