¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 29
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Capítulo 29

—¿Voy bien? —les pregunté a Aven y a Amber.

Acababa de entrar en la cocina, con un pantalón corto vaquero y un top de palabra de honor.

Ambas cosas me quedaban genial, pero no sabía si era lo más apropiado para ir al hipódromo. Era fin de semana y había llegado el día de la carrera de la que me habló Coney, la dueña de la tienda de alimentación que conocí en Naas.

Amber me llamó el día anterior para decirme que vendría con Liam, a pasar el día conmigo. Yo le dije lo que quería hacer hoy y no dudaron en apuntarse.

Así que íbamos los tres al hipódromo, por lo que Blaine no tenía que moverse de la casa para llevarme.

—Estás perfecta —me dijo Amber, con una gran sonrisa.

—¿Seguro? Es que no sé qué tipo de ropa suele llevar la gente a una carrera de caballos.

—Haz caso a Amber —me pidió Aven, con cariño—. A esas carreras va gente de todo tipo, por lo que sus maneras de vestir son muy variadas. Tú tienes que ir cómoda y ya está.

—Exacto. Como yo —dijo Amber—. Llevo este vestido porque me encanta, es fresquito, pero, sobre todo, porque sé que a Liam lo vuelve loco.

Lo último lo dijo bajando el tono de voz y Aven y yo sonreímos.

—Entonces no tienes ni que pensarlo —le confirmé y reímos.

—¿Y Mateo? —le preguntó Amber a Aven.

—El niño ya se ha ido —le contestó ella.

El niño , pensé. Me hacía gracia, porque a mis padres les sucedía lo mismo conmigo.

Daba igual la edad que tuviera; al ser la pequeña, a mis padres algunas veces se les escapaban palabras parecidas.

—Vale —dijo Amber—. ¿Nos vamos para ir con calma? —me preguntó.

—Por mí sí. Ya estoy preparada.

Di varios golpecitos al bolso pequeño que llevaba colgado al hombro.

Nos despedimos de Aven y salimos de la casa por la puerta principal. Amber tuvo razón el primer día que llegué, cuando me habló de la propiedad. Me dijo que me acostumbraría muy rápido y que en poco tiempo no notaría lo grande que era todo.

Así había sido. Me había adaptado genial y, aunque todo era enorme, hasta los baños, me había adaptado perfectamente y ya no me parecía nada exagerado.

El cambio lo notaría cuando llegara a mi piso. Entonces debería volver a acostumbrarme a las medidas normales, porque mi piso no era pequeño. Pero me lo parecería, lo que era normal dado el lugar en el que vivía ahora.

Liam nos esperaba con el coche en marcha y en cuanto nos montamos, después de decirle adiós a Blaine, salimos de la propiedad y fuimos hacia el hipódromo donde sería la carrera.

—Nunca he estado en una carrera de caballos. ¿Lo de las apuestas es verdad?

—Claro —me contestó Liam—. Ya lo verás. Si quieres, podemos hacer una pequeña apuesta.

—Por mí no lo hagáis —dije riendo—. Soy muy mala para los juegos y nunca gano. Perderíamos el dinero.

Me encogí de hombros.

—Cuando estemos allí, ya veremos. Ya empieza a haber más tráfico.

—Pero si todavía es pronto —hablé sorprendida.

Era muy raro ver la carretera que salía de Naas con tanta circulación en un mismo sentido.

—Las carreras atraen a muchísima gente —comentó Amber.

—Ya… —susurré.

El resto del camino observé por la ventanilla la carretera y todo lo demás que nos rodeaba.

Hubo un momento en que Liam tuvo que avanzar muy despacio e incluso hablamos de dejar el coche bien estacionado, si veíamos un sitio seguro que quedara apartado de la carretera.

No encontramos nada, ya que muchos que iban por delante de nosotros pensaron lo mismo.

No nos quedó más remedio que continuar y cuando llegamos, por suerte, no nos llevó mucho tiempo estacionar. Había sitios de sobra.

—Vamos a por bebidas —dijo Amber—. Con tanta retención no nos sobra mucho tiempo.

—Hay de sobra —le sonrió Liam.

Mmm… Y sí, Liam dejó clarísimo a Amber, a mí y a todo el que pasara cerca de nosotros, lo que le gustaba el vestido que se llevaba puesto su mujer.

Sonreí mirando a Amber con picardía. Ella rio y besó a su marido, antes de ir los tres a por las bebidas.

Tuvimos que hacer cola otra vez. Para cuando Amber tuvo su vaso de refresco en la mano y Liam y yo nuestros botellines de cerveza, faltaban pocos minutos para que comenzara la carrera.

—No la podremos ver bien —dije, con un suspiro.

—Tranquila. Tenemos sitios de honor —comentó Liam.

—¿Y eso? —le pregunté.

—Somos socios del hipódromo —me contestó, sorprendiéndome.

—Sí, nuestros asientos siempre nos esperan —habló Amber—. Y dos por cada lado, libres, también. Son para cuando nos acompañan amigos.

Asentí.

—Y, aunque no tuviéramos esa tranquilidad, igualmente hay pantallas gigantes y la carrera se ve perfectamente desde ellas. Estés donde estés.

—Vale —sonreí.

Liam y Amber me llevaron hacia una grada y quedé asombrada por lo bien que se veía la pista, aunque estuviéramos en alto.

La zona de salida de la carrera estaba justo debajo de nosotros y también teníamos una pantalla gigante enfrente. Aunque en la mesa a la que nos acercamos, que por lo visto pertenecía a Liam y a Amber por ser socios, había prismáticos para seguir la carrera a través de ellos.

Por opciones no sería…

—Sí que hay ambiente —dije.

La vista se me iba hacia todos los lados. Estaba alucinando, no tenía ni idea de cuántos aficionados llegaban a mover las carreras de caballos.

Me apoyé en la barandilla y Amber se puso a mi lado.

—Por si te lo estás preguntando, los animales no sufren —me dijo.

—Daba por hecho que, en un lugar como este, con los caballos dedicados a este deporte, si se puede llamar así, los animales están muy bien cuidados.

—Así es —me confirmó—. Cuidados y mimados —sonrió—. Al menos los que yo conozco y de los que puedo hablarte.

Asentí.

—Oh, ya salen —dije emocionada.

Aparecieron los primeros caballos con sus jinetes y trotaron haciendo un espectáculo muy bonito.

La gente comenzó a aplaudir y a silbar, emocionados.

—No hemos apostado —comentó Amber.

—No nos ha dado tiempo —dije.

—Para la siguiente —aseguró Liam—. Diana.

—¿Sí?

Giré la cabeza hacia Liam.

—Mira allí.

Seguí la dirección de su dedo. Me señaló dónde estaba el grupo de caballos, con sus jinetes sobre ellos.

—¿Qué…?

No terminé la pregunta porque no hizo falta que continuara. En el momento en el que uno de los jinetes movió su caballo y se quedó de cara a nosotros, agrandé los ojos al ver quién era.

—Mateo lleva muchos años compitiendo —me dijo Amber, con una sonrisa radiante—.

Es un experto en hípica. Tienes medallas y trofeos que lo demuestran, pero se apartó de ese mundo hace unos años.

Lo que no ha dejado son las carreras, siempre que puede.

Mi hijo siente pasión por su yegua. Tiene una relación muy especial con ella.

En el momento en el que la monta es capaz de olvidarse de todo, durante horas indefinidas.

Y Atenea, que así se llama la yegua, es como si lo correspondiera en todo.

—No tenía ni idea —susurré—. Y seguro que sí que le corresponde en todo. Si tienen una conexión tan especial…

No pude apartar la mirada de él, sobre todo, porque Mateo tenía la suya puesta en mí.

Su sorpresa era evidente, lo pillé desprevenido. Me alegré por ello, así no era la única que se sentía de esa forma.

Liam saludó a su hijo, al igual que Amber, y cuando lo hicieron, rompieron el momento que él y yo compartíamos. Mateo les correspondió, mientras terminaba de recomponerse de mi presencia.

—¿Suele ganar? —les pregunté.

Joder, estaba guapísimo como iba vestido y montando en su yegua.

—Normalmente sí —me confirmó Amber, con alegría.

—Estupendo —susurré—. Pues hoy va a tener una buena derrota —murmuré.

—¿Cómo? —me preguntó Amber.

—Nada. Estoy impaciente porque empiece ya.

—Pues prepárate, que ha llegado el momento —me avisó Liam.

Me agarré con fuerza a la barandilla, con las manos.

Mateo me miró por última vez y durante el rato que nos observamos, el tiempo pareció interminable, por los nervios que sentía. Hasta que apartó la atención de mí y se fue con su caballo hacia la salida.

—¿Qué es yóquey? —les pregunté con curiosidad—. Lo han dicho por abajo.

—Es lo que se conoce como un jinete profesional de carreras.

—Ah.

Nos quedamos en silencio y conteniendo la respiración, al menos Amber y yo, cuando se escuchó la salida y los caballos salieron corriendo, dirigidos por sus jinetes. Esa palabra era más fácil para mí.

—¡Vamos, cariño! —gritó Amber.

Yo no pude apartar la vista de la carrera, aunque a veces la desviaba para observar la gran pantalla. En la pantalla podía ver todos los detalles de cerca, ya que las cámaras enfocaban muy de cerca a los participantes.

—¡Muy bien! ¡Así se hace, Mateo! —gritó Liam, animando a su hijo.

Contuve la respiración cuando los caballos que iban en cabeza aparecieron en la recta final, yendo flechados hacia la meta.

Uno de ellos era Mateo.

No tuve tiempo de impresionarme al verlo en acción. Toda mi atención estaba puesta para que ganara.

El público se puso en pie y se volvió loco, gritando, aplaudiendo y animando, cuando dos de los caballos hicieron un esprint final.

Mateo llevó a su yegua al límite y Atenea respondió como una campeona. Pasaron los primeros por la meta. La llegada estuvo muy reñida, ya que Atenea ganó por medio cuerpo adelantado.

No importó. El resultado final fue que Mateo y ella fueron los vencedores, y todas las personas que había en las gradas lo celebraron.

Todo iba genial, la felicidad era máxima, hasta que escuchamos varios gritos que no tuvieron nada que ver con la celebración. Miramos hacia la pista, para saber qué había pasado, ya que nos habíamos girado para abrazarnos.

—¡Hijo! —Jadeó Amber.

Liam la abrazó por la espalda y le dijo algo al oído. Ella asintió despacio, con expresión preocupada.

Yo me olvidé de cómo se respiraba, cuando llegué a tiempo de ver cómo a la yegua de Mateo le falló una pata delantera y el animal no pudo aguantar en la frenada y se fue al suelo, lanzando a Mateo por los aires. Rodaron ambos.

Todo el mundo se quedó en silencio, hasta que vimos cómo Mateo se levantaba con la ayuda de uno de los hombres que corrió a socorrerlo.

Solté el aire de golpe, al ver a Mateo de pie, aunque aguantado por el hombre. Y su yegua Atenea se levantó sin problema y se mantuvo bien sobre sus patas.

—A Atenea la llevan a su cuadra, en el establo. Mateo no se separará de ella —me dijo Liam—. Por si quieres ir.

Miré a Amber y ella asintió, sonriéndome.

—Ve tranquila. Yo lo veré más tarde. Puedo esperar porque se mueve por él mismo —suspiró.

—Vale. ¿Cómo se llega? —les pregunté, intranquila.

A mí me dio igual que hubiera salido por su propio pie de la pista.

Sus padres estaban acostumbrados a estas cosas, dado que Mateo llevaba toda su vida sobre un caballo, pero para mí cada cosa era nueva y necesitaba ver con mis propios ojos que todo estaba bien.

Aunque no sabía si Mateo me recibiría bien.

Después del historial que teníamos… Tampoco me importó en ese instante, ni siquiera lo pensé cuando me alejé de Amber y Liam.