Capítulo 28
Sonreí al ver a Blaine caminar hacia mí.
Estaba sentada en la terraza de un bar, en una zona muy tranquila. Aunque toda la ciudad de Naas lo era.
En ella estaba. Había venido a conocerla un poco y ahora Blaine venía a por mí, para regresar a la casa. Él también me había traído a media mañana.
Había aprovechado bien el día, caminando por una parte del gran canal que atravesaba la ciudad, recorriendo las calles de la ciudad, comiendo comida típica en un restaurante con mucho encanto. Auténtico.
Hacía un rato que me había parado a tomarme un café con hielo, para esperar a que Blaine apareciera.
La ciudad de Naas era un lugar que transmitía mucha paz. Parecía mentira que la ciudad de Dublín, con mucho más ajetreo y donde muchos de los habitantes de Naas trabajaban, estuviera tan cerca de aquí.
Durante el pequeño trayecto hasta aquí, a Blaine le dio tiempo a contarme algunos detalles, como que la ciudad de Naas era agrícola y que cada sábado había un mercado con los mejores productos de la ciudad.
Aquí se encontraban importantes clubs de golf, de equitación, de rugby y de otros deportes destacados de la isla.
También había dos hipódromos importantes cerca.
Por todo ello era un lugar muy visitado, incluso por turistas que venían a ver expresamente algunos de los eventos que ofrecían las variedades deportivas.
Naas era la capital y la localidad más poblada del condado de Kildare, con el gran canal atravesándola y una amplia oferta de actividades y cultura. Era un destino muy solicitado, por todo lo que ofrecía y al estar tan cerca de Dublín.
En la ciudad de Naas había una gran oferta de restaurantes, cafeterías, bares y alojamientos.
Siguiendo una ruta histórica desde el puerto, se llegaba al Castillo de Jigginstown. Recibía ese nombre, pero era una casa del siglo XVII en ruinas y un Monumento Nacional cerca de Naas. Cuando se construyó, bajo el mandato del reinado de Carlos I, fue uno de los edificios más grandes de Irlanda.
—Hola —le dije a Blaine, levantándome de la silla.
—Si no has terminado, no hay prisa —me dijo, al ver que todavía me quedaba café en el vaso.
—No pasa nada. Me apetece estar en la casa ya —le sonreí.
—Entonces no hay más que hablar. —Me devolvió el gesto—. He estacionado donde te dejé a media mañana.
—Vale.
Comenzamos a caminar.
—¿Te ha gustado? —se interesó.
—Mucho. Y toda la gente con la que he hablado me ha tratado muy amablemente. He estado hablando bastante rato con la dueña de una tienda de alimentación, Coney.
Asintió, sonriendo.
—Me ha dicho que este fin de semana hay una carrera de caballos en el hipódromo más cercano. ¿Sabes cuál es? ¿Podrías llevarme? Coney me ha asegurado que vale mucho la pena vivir la experiencia, aunque sea una sola vez. Me ha comentado que atraerá a muchas personas, que la ciudad se llenará.
—Claro que sé cuál es. He estado muchas veces. —Me miró sonriendo—. Dalo por hecho, te llevaré.
—Gracias.
—Me informaré bien para llegar a tiempo, antes de que el acceso se colapse.
—Estupendo —dije muy animada.
Después de girar al final de una calle, llegamos donde había dejado estacionado el coche.
Una vez nos montamos en él y Blaine empezó a circular por las calles, no tardamos mucho en tomar el desvío que había a las afueras, en la dirección de LadyDeirdre.
—Estás cansada.
—¿Se nota?
Sonreímos.
—Me cuesta coger el sueño por las noches y cuando me despierto tengo la sensación de que la noche ha sido muy corta —suspiré—. Pero estoy bien. No quiero parar durante el día. Prefiero terminar agotada, a ver si así caigo en la cama y no me da tiempo ni a pensar en darme una ducha.
Me encogí de hombros.
—Aven prepara una infusión que va muy bien para conciliar el sueño. Ahora, cuando la veas, pídele que te prepare una.
—¿Tú la has probado?
—Alguna vez que lo he necesitado, sí.
Asentí.
Blaine me hizo bajarme cerca de la entrada de la casa y él continuó en el coche, para llevarlo al garaje.
Entré en la vivienda. Me la encontré en silencio, lo que era algo habitual.
—¿Aven? —la llamé, al asomarme a la cocina.
No estaba, por lo que dejé estar lo de la infusión. Me dirigí hacia la escalera del vestíbulo y cuando iba a subir el primer escalón, me paré porque algo llamó mi atención.
A la izquierda se encontraba una de las salas de estar, lo que no era nada destacable. Lo que sí lo era fueron las piernas que vi. Unas eran de mujer, las otras de hombre.
Fruncí el ceño y me alejé de la escalera, para comprobar quién había en la casa. Pensé en Amber y Liam y mi expresión cambió por completo. Sonreí ante la posibilidad que cada vez creí más.
Me lo creí tanto que eran ellos los que estaban en la sala de estar, que abrí la puerta de golpe. De estar a medio cerrar, la dejé abierta por completo, llevándome la sorpresa de que me había equivocado.
Y no solo eso, sino que mi sorpresa aumentó cuando vi que las piernas de hombre correspondían a Mateo y las de mujer, a una que no conocía. Esta tenía el pelo platino e iba vestida con un vestido que cortaba la respiración.
Aparte de sensual y provocativa, se la veía elegante. Una combinación infalible y ella lo conseguía.
—Roisin —dijo Mateo—. Te presento a la invitada que está viviendo en esta casa por unos días.
Entrecerré los ojos por su presentación.
—¿Cómo hablo para que me entienda? —le preguntó ella, con una voz muy melosa.
Soltó un bufido.
—Te entiendo perfectamente —hablé, captando la atención de ambos—. Puedes hablarme tan normal como lo hagas siempre. Mi nombre es Diana.
—Diana… ¿Cuánto tiempo te quedarás? —Sonó molesta.
Arqueé una ceja y miré a Mateo.
Él continuó serio. Su cara no me indicó nada, mientras me observaba fijamente.
Sonreí de medio lado. Muy lentamente mis labios se curvaron.
—¿Te molesta mi presencia aquí, Roisin? —le pregunté—. Porque creo que la única intrusa aquí, por el momento, eres tú. No, yo.
—¿Cómo…?
Se giró hacia Mateo y yo puse los ojos en blanco.
—No estoy para tantas tonterías —dije, con un largo suspiro.
Volví a ser el foco de atención.
—Me cansa esta mierda.
Roisin jadeó.
—Tranquila, podéis hacer lo que os plazca. Si paso por vuestro lado, porque os va lo público, y os encuentro follando, créeme que no me sorprenderé ni escandalizaré, Roisin.
Ella volvió a jadear, con una mano en el pecho.
—Oh, sí, ahora me pensarás que estás muy por encima de mí. No te confundas, que las apariencias engañan. Ah, y para aclarar tu duda, me quedaré todo el tiempo que Mateo quiera que le caliente su cama —le dije con un guiño.
Se atragantó con su propia saliva.
Miré a Mateo, para desafiarlo a que dijera algo, pero se me cortó por unos segundos la respiración, cuando me encontré con la intensidad de su mirada.
No iba a cohibirme. En absoluto. Levanté la barbilla.
—La decisión de largarme de aquí es mía y de nadie más.
Con esas palabras, agotada mentalmente porque había estado luchando demasiado tiempo contra algo sin sentido y totalmente fuera de lugar, les di la espalda y caminé hacia la escalera.
No corrí para subirla, pero sí fui a buen ritmo, para llegar a mi habitación cuanto antes.
Había traspasado más de una línea con respecto a Mateo y fui todo el camino preguntándome qué mierda me había pasado para actuar como lo había hecho.
En cuanto estuve en mi habitación, solté un suspiro y cerré los ojos, apoyando la espalda en la puerta cerrada.
—Mierda… —Me presioné el puente de la nariz—. Me he expuesto mucho. Joder —siseé, cabreada conmigo misma.
Me quité la ropa de malas maneras, con movimientos torpes y a tirones. La dejé de cualquier forma, tirada por el suelo de la habitación, y fui al baño.
Necesitaba una ducha con urgencia, para eliminar la mala leche que me había entrado por la escenita que había visto y…
Me tapé la cara con las manos, mientras el agua me caía por la cabeza. Sentí mucha vergüenza de repente, porque yo nunca perdía las formas como hacía unos minutos. Al menos no sin una buena justificación.
Algo me había superado, o quizás había sido todo.
Como, por ejemplo, encontrarme a Mateo en la casa, a media tarde, cuando pensaba que otro día más no lo vería.
Oh, pero sí que lo escucharía, porque para mi desgracia se había convertido en una puñetera rutina que él se diera placer y se lo pasara genial en la intimidad de su habitación, mientras que mi frustración aumentaba con el paso del tiempo, tumbada en mi cama.
La noche anterior, mientras me esforzaba por no tocarme, al escuchar sus gemidos, me prometí que la noche siguiente iba a devolverle lo que él me daba cada maldita noche.
Sí, eso sería otra locura, la de masturbarme y gritar si hacía falta, para fastidiarle y que me escuchara sin problema.
Ya me daba exactamente igual, porque de la misma manera que yo disimulaba haciendo ver que no pasaba nada, que no lo escuchaba, y me tragaba la vergüenza, él tendría que hacer lo mismo cuando nos viéramos.
No podía salir nada mal. Al contrario, porque esta noche por fin encontraría el alivio que tanto necesitaba y me había negado.
También le había hablado mal a la tal Roisin porque no me gustó cómo me miró desde que aparecí.
Y encima, con lo que me había dicho, casi invitándome a irme de esta casa…
si hubiera podido, me habría echado. Mala suerte para ella, porque la que saldría rápido por la puerta, la próxima vez que la viera, sería ella.
Sabía a qué se había debido su reacción, a que me reconoció como una amenaza. Lo que tenía muchísima gracia. Yo, una amenaza para esa mujer… Me entraron ganas de reír.
Y no porque la considerara más y mejor que yo. En absoluto. Mis ganas de reír se debían a que para Mateo yo era menos que nada. No existía para él, tal cual.
Solté un suspiro cansado y terminé sentada en la bañera, con las rodillas flexionadas y los brazos abrazándome las piernas, mientras el agua caía sobre mí.
No quería pensar en lo que podía estar pasando abajo, entre Mateo y Roisin, lo que me llevó a pensar en qué momento y cómo había llegado a este punto yo.
Tuve que reconocer que me había metido en un problema bien gordo, pero saldría yo solita de él.
Solo necesitaba aguantar hasta que se cumpliera el plazo, para que la mitad de esta propiedad fuese mía, y que Agustín me informara de ello cuando yo ya estuviera en España.
Porque en cuanto pasara un minuto del final del último día del mes, yo saldría de esta casa para ir al aeropuerto de Dublín, para volver a mi hogar, con mi familia y amigos.
Iba a dolerme dejar atrás a personas maravillosas, pero irme no significaba que fuese la última vez que los viera. Nunca iba a perder el contacto con Amber y Liam, y gracias a ellos podía acceder a los demás.
Daba igual lo que sucediera con el hijo de ambos. Daba igual todo. Yo tenía una segunda familia en Irlanda porque Liam y Amber me lo habían demostrado muchas veces.