Capítulo 26
Diana
Aparté los ojos de la pantalla del portátil, para dirigirlos hacia el ventanal.
A través de él veía una parte del jardín, donde estaba el columpio colgado de la rama gruesa de un árbol y las tumbonas. También veía la curva que hacía la piscina.
Las vistas eran relajantes y era lo que necesitaba porque me sentía nerviosa todo el tiempo.
Los golpecitos que estaba dando en la mesa, con la punta del bolígrafo, se hicieron más insistentes.
Lo había intentado todo para quitármelo de la cabeza, pero ni siquiera el trabajo me había servido. Lo peor de todo era que no había conseguido concentrarme y me despistaba mucho.
Hacía una hora y media que me encerré en el despacho de la planta principal. Sobre una de las mesas tenía el portátil y todo lo demás que necesitaba para trabajar.
Recorrí con la vista las dos mesas grandes que ocupaban el centro, y las altas estanterías. Llegaban hasta el techo y me había sorprendido gratamente porque había muchos libros.
Donde me encontraba, todos le decían despacho, pero también era una biblioteca. Una biblioteca que me encantaría disfrutar con un libro entre las manos, cómoda en el sofá que había cerca de la puerta de cristal que daba al jardín.
El espacio era una pasada, acogedor y encantador. Estaba de los primeros en mi lista de preferidos de la casa.
¿Y qué estaba intentando quitarme de la cabeza desde anoche? Al puñetero Mateo, pero, sobre todo, a lo que hizo por la noche en su habitación.
Tenía metidos en la cabeza los sonidos que escuché con demasiada claridad. Al principio, cuando me llamaron la atención, no lo asocié con lo que era en realidad.
Pero una vez que la lucidez me vino, reconocí perfectamente los sonidos que venían de la habitación de al lado.
Anoche, en ese momento, se me dispararon hasta las pulsaciones. En contra de lo que quería, me excité al escuchar los jadeos, los gemidos y unas especies de gruñidos de Mateo.
Me lo imaginé con mucha nitidez en la bañera, porque también oí el sonido del agua correr y supe dónde se encontraba.
Su imagen dándose placer con la mano alrededor de su miembro erecto, mientras el agua corría por su cuerpo desnudo, multiplicó mi placer y la sensibilidad de mi cuerpo, por lo que me costó muchísimo dormirme.
No quise ponerle remedio para saciar mi necesidad, lo que hubiera sido fácil y rápido, por lo excitada que acabé. Pero, sobre todo, muy necesario. El espectáculo que no vi me pasó mucha factura, incluso en sueños.
Un desastre, ya que esta mañana me había levantado de muy mal humor y con dolor de cabeza.
Todavía no había conseguido borrar de mi mente todas las imágenes imaginarias de Mateo en acción, como todavía también parecía que estuviera escuchando en directo lo bien que se lo pasó dándose placer.
Solté un suspiro, al mismo tiempo que dejaba caer el bolígrafo al lado de la alfombrilla del ratón. Puse la mano encima de él y lo dirigí para guardar el poco trabajo que había podido hacer. Cerré todas las pestañas que tenía abiertas y apagué el portátil.
No tenía sentido perder el tiempo mirando la pantalla, sin poder hacer nada. Bajé la tapa del portátil y cuando estaba levantándome de la silla, sonaron varios golpes en la puerta.
Sonreí cuando apareció Aven. Cargaba con una bandeja pequeña en la que me traía una taza de café con leche.
Esta mañana, cuando bajé directa a hacerme un café, una vez estuve arreglada para comenzar el día, me encontré con Aven en la cocina. En ese momento me preguntó cuáles eran mis gustos, ya que me negué a que me preparara un té.
Le aclaré que esa bebida podía tomármela en ciertas ocasiones, pero de manera muy puntual, y que el café era lo que necesitaba por las mañanas. Según el día, varios.
—He pensado que te apetecería otro café —me dijo, sonriente.
—Eres muy amable y claro que me apetece. —Le devolví la sonrisa—. Pero no tienes que molestarte. Yo puedo ir a hacérmelo cada vez que me apetezca.
—De eso nada. La cocina es mía.
Lo dijo con tanta energía y como si estuviera regañándome, que terminamos riéndonos.
—Y las piernas mías —le dije con diversión—. Me viene bien moverme.
—Ya veremos —carraspeó.
Apreté los labios, para no reírme de nuevo.
—¿Ya has terminado? —me preguntó, al ver cómo recogía los papeles que tenía por la mesa.
—Lo correcto sería decir que no he empezado —suspiré.
—¿Y eso? ¿Problemas?
—Nada que un buen descanso y desconexión no arreglen.
Le hice un guiño.
—Esta noche no he dormido muy bien —añadí.
—¿Es por el cambio o encuentras algo incómodo en la habitación?
—Es por el cambio —contesté—. La habitación es perfecta, Aven. Una preciosidad con la que tuve un flechazo.
Ella sonrió.
—La almohada y el colchón son muy cómodos. No puedo ponerle ninguna pega a nada. Lo que me pasa también me sucede cuando me voy de vacaciones, entonces las primeras noches las paso un poco rara.
Le dije una mentirijilla, ya que no era verdad. Incluso con una almohada incómoda me dormía rápido los primeros días que no estaba en mi piso, aunque me despertara con dolor de cuello y de cabeza.
A pesar de que no era de mentir, ni para quedar bien, y mucho menos con las personas que me importaban, en esta ocasión era preferible la pequeña mentira a confesarle a Aven por qué no había descansado bien.
La verdad era un tema tabú y debía olvidarme de ello de una buena vez.
Dejé varias carpetas sobre el portátil, cogí el móvil y, después de guardármelo en un bolsillo, me acerqué a Aven para coger mi taza de café.
—Gracias.
—No hay de qué, Diana.
Nos sonreímos.
—¿Entonces ya no vas a trabajar más? —me preguntó.
Salimos del despacho y caminamos hacia el vestíbulo.
—Sí. Debo trabajar si no quiero quedarme sin trabajo.
Reí por la cara de susto que puso Aven.
—Es broma. Mi jefe no va a despedirme. Lo que está deseando es que vuelva y no hace ni dos días que me fui —le dije con un guiño.
—Ah —suspiró, con una mano en el pecho.
—Lo siento.
—No te disculpes. Me gusta que me trates así porque demuestras que confías en mí y que estás a gusto. —Asentí, sonriendo—. Si vieras las bromas que me hace Mateo…
La sonrisa que le salió fue de amor, de las que te salen cuando piensas en alguien importante para ti.
—No me lo imagino haciendo muchas bromas —carraspeé.
—Eso es porque no lo conoces todavía —habló animada—. Entonces no tendrás problemas con tu jefe, si hoy trabajas menos.
—Para nada. —Negué con la cabeza—. Aunque tengo la intención de encerrarme en el despacho hasta la hora de comer y por la tarde continuar, hasta la cena. Hoy quiero aprovechar y estar centrada en el trabajo.
—Todo lo que necesites, pídenoslo a Blaine y a mí.
No le dije que no hacía falta porque, en el poco tiempo que llevaba con ellos, me había dado cuenta de cuánta verdad tenían las palabras que me dijo Amber.
Las de que para Aven y Blaine, y también Sean, lo de hacer sus trabajos y estar pendientes de nuestras necesidades no era solo un trabajo, sino la necesidad de quien cuida a los suyos.
—Ahora voy a tomarme un tiempo de descanso, con el café. Quiero disfrutarlo al aire libre y estoy segura de que cuando regrese al despacho tendré la mente mucho más despejada.
—Pues aprovecha —me pidió sonriendo—. Ahora hace una temperatura perfecta.
Asentí y le di un beso en la mejilla. Me nació dárselo y lo hice de manera natural y espontánea.
Aven no mostró sorpresa, pero sí satisfacción, con una sonrisa de oreja a oreja.
Me separé de ella, bebiendo un sorbo de café. Aven le había cogido el punto enseguida y estaba como me gustaba.
Salí de la casa por la corredera lateral, la que estaba en una de las salas de estar. Sonreí en cuanto puse un pie fuera, al ver lo bonito que estaba el jardín y al aspirar los diferentes aromas que flotaban en el aire.
Bajé la mirada a la hierba y no me lo pensé cuando me quité las zapatillas casuales. Me descalcé y me deshice de los calcetines. Lo dejé todo en el pequeño escalón, y mi sonrisa se amplió cuando sentí bajo la planta de los pies el frescor de la hierba y algunas gotas del agua de los aspersores.
Había escuchado desde la cama cómo se conectaban, bien temprano.
Me encantó la sensación de caminar descalza.
Caminé hacia la zona donde estaban el columpio y las tumbonas, muy próximos a la piscina. Esta era grande y una maravilla. Tenía una entrada muy cómoda y bonita, que iba descendiendo poco a poco. Como una playa.
Fui hasta el columpio. Tenía un asiento rectangular de madera, con varios cojines atados por debajo. Era bastante alargado y ancho, cabían dos personas adultas de sobra.
Me senté en el centro del asiento y, bebiendo pequeños sorbos del café con leche, comencé a balancearme impulsándome con los pies.
Estaba rodeada de silencio, era una gozada.
—Buenos días, Diana.
Sonreí girándome hacia donde estaba Blaine.
Estaba vestido con un pantalón vaquero y una camisa, y llevaba en una mano un cesto con varias herramientas para el jardín.
—Buenos días, Blaine —le correspondí.
—Haces bien en disfrutar aquí. Se está muy bien.
—Sí. Creo que va a ser mi lugar preferido para tomarme los primeros cafés del día.
Asintió.
—¿Todo bien? ¿Necesitas algo? —me preguntó, con amabilidad.
—Todo está perfecto. Gracias, Blaine.
—Cualquier cosa que necesites…
—Aven ya me ha leído la cartilla, varias veces —lo interrumpí y reímos.
—No esperaba menos de mi mujer —me dijo con un guiño.
—Anoche subí a la terraza del tejado y vi las estrellas —le conté.
—Ah, ¿sí? —sonrió de medio lado.
—Sí —le confirmé, aunque me dio la sensación de que no hacía falta mi confirmación—. Me quedé encantada. Nunca había visto tantísimas estrellas.
—Cuando te apetezca hacer la experiencia aún más mágica, dímelo y te prepararé la terraza para ello.
—¿En serio? ¿Cómo?
—Una zona en el suelo preparada con cojines y una manta, para que estés cómoda y no pases frío mientras disfrutas de las vistas comiendo o bebiendo una copa. Lo que más te apetezca. Por ejemplo.
—Suena genial.
—Pues ya sabes, solo tienes que decírmelo y te prepararé la terraza.
—No quiero darte más trabajo.
—Estaría encantado de hacerlo, Diana.
—Vale —sonreí.
La conversación se cortó cuando mi móvil sonó en el bolsillo. Lo saqué y vi que mi amiga Noelia estaba llamándome.