¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 25
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Capítulo 25

Mateo

—¿Qué mierda dices? —me preguntó muy molesta—. No tienes ni puñetera idea, Mateo.

Pronunció mi nombre con retintín.

Levantó la barbilla, sin apartar la mirada de la mía. Se tomó su tiempo para seguir hablando, porque yo no dije nada.

—Solo estaba comportándome como una persona normal que tiene corazón.

Me preocuparía de la misma manera de Blaine y de Aven, y los he conocido hoy.

No se trata de convivencia ni, por supuesto, de lo que has dicho.

Pero claro, no puedes entenderlo porque tú eres incapaz de mostrar empatía ni sentimientos. ¿No?

Terminó con un bufido.

—Sé muy bien lo que es esto: nada. Y así será durante los días que tenemos por delante. —Negó con la cabeza—. A ver si te piensas que soy tan tonta como para haberme dejado la cabeza y la lógica en mi país. Los dos tenemos la situación clarísima y hazme un favor, Mateo…

—¿Qué?

—Ignórame. Haz como si estuvieras viviendo tú solo. Te aseguro que no voy a hacerme notar para que el tiempo pase más rápido.

Fue a moverse para irse, pero la pillé desprevenida otra vez, dejándola quieta de golpe.

¿Cómo lo conseguí? Llevé las manos a la cinturilla de su chaqueta de chándal abierta y agarré cada lateral, para unir la cremallera. Una vez tuve la cremallera encajada, comencé a subirla.

Lo hice muy despacio, mirándola fijamente a los ojos. En los de Diana destacó un brillo especial, lo suficiente para destacar en la oscuridad. Entreabrió los labios mientras yo continuaba subiéndole la cremallera, sin dar un paso atrás para alejarse de mí.

Cuando llegué a la curva de sus pechos, paré la cremallera, pero no la solté. Mis dedos siguieron sujetando el pequeño tirador, notando cómo los movimientos de su pecho se aceleraban. La respiración se le descontroló.

Me incliné hacia ella, hasta que dejé la cara a la altura de la suya. No moví los dedos del tirador de la cremallera. Me puse a jugar con él, provocando que una pequeña parte de mis dedos le rozaran de vez en cuando los pechos por encima de la ropa.

Las caricias eran muy superficiales y no eran constantes, pero de igual manera me afectaron. Sí, como cuando me despedí de Diana en el hotel de Agustín, en su pueblo, en España. En esta ocasión también iba a salir yo más perjudicado.

Lo tenía claro, pero ser consciente de ello no fue suficiente para apartarme y recuperar la cordura.

—Podemos empezar una guerra —le dije, en tono muy bajo—, o intentar comenzar desde el principio. Si aceptas un consejo, no te recomiendo que elijas lo primero.

—¿Por qué? —susurró.

Continué el recorrido de la cremallera, alejándome de sus pechos, y cuando llegué al final, arriba del todo, tiré del tirador hacia mí. El movimiento provocó que Diana se acercara más a mí, lo que nos dejó con las narices casi tocándose y respirando el aire del otro.

—Porque no me gusta perder. Es lo que te sucederá a ti si decides enfrentarme.

Mi voz sonó más ronca, mientras que Diana frunció el ceño.

No lo mostré, mis labios no se movieron, pero por dentro sonreí al ver su reacción. No le di tiempo a que se recompusiera para hablar de nuevo.

De la misma manera que la agarré, la solté y me separé de ella. Caminé por la terraza hacia la puerta, notando su mirada a la espalda. Continué mi camino porque por hoy ya había tenido suficiente de todo.

Y necesitaba llegar cuanto antes a mi habitación, para encerrarme en ella. Volvía a tener un problema muy serio por dentro del pantalón y lo que menos quería era que Diana se diera cuenta.

Por suerte, la oscuridad de la noche me había protegido.

Bajé la escalera y me dirigí rápido a mi habitación, para no cruzarme con nadie más. Tuve suerte y llegué a la puerta sin incidentes, pero no podía ser todo tan fácil.

—Buenas noches, muchacho —me dijo Blaine.

Miré por encima del hombro y asentí.

Con el tiempo que hacía que no venía a esta casa y que pasaba mucho tiempo con ellos, con Blaine y Aven, ya se me había olvidado lo silenciosos que eran ambos, cuando querían.

El matrimonio trabajaba en la casa de mis padres, pero una vez por semana venía a esta vivienda para mantenerla como si estuviéramos viviendo en ella. Lógicamente, esos días tenían ayuda externa.

Yo vivía solo en una casa a las afueras de Dublín.

—Que tengáis buena noche, Blaine.

—Tú también.

No quise pensar en qué significó su sonrisa, ni cuánto había visto de mi cuerpo, al verme caminar de frente. Con lo observador que era… pero también muy discreto, lo que agradecí inmensamente.

Mientras escuchaba cómo Blaine se alejaba, dirigí la vista hacia la puerta abierta de la habitación de Diana. Estuve unos segundos debatiéndome en algo que no tenía sentido, que debía prohibirme, por lo que me encerré rápido en mi habitación.

Me aseguré de que la puerta se quedara asegurada, aunque fuera una tontería, ya que se abría desde dentro y la decisión de si volvía a abrirse o no era mía.

Me alejé de ella, de la tentación, y comencé a desabotonarme la camisa mientras iba hacia la cama.

Todavía llevaba puesta la ropa con la que fui a trabajar, a excepción de la chaqueta del traje. Esta hacía horas que me la quité.

Me descalcé antes de lanzar a los pies de la cama la camisa. Los pantalones siguieron el mismo camino, al igual que los calcetines y el bóxer.

Completamente desnudo, ignorando la gran erección que tenía, la que evité rozar lo máximo posible, fui al baño para darme una ducha lo suficientemente fría como para conseguir que mi cuerpo volviera a estar como siempre.

No esperé a que el agua saliera templada. Me metí en la bañera y me puse debajo de la alcachofa, elevando un poco la cabeza.

Cerré los ojos antes de que el agua me diera en la cara y estuve sin moverme durante bastante rato.

Mi ánimo no había mejorado ni un poco durante el día y me jodía reconocer que el motivo por el que me fui de la casa, cuando los demás decidieron irse sobre las seis de la tarde, fue porque hui de Diana y de quedarme a solas con ella.

Estaban Aven y Blaine, pero ellos se hacían invisibles en la mayoría de los momentos, por lo que era como si no estuvieran.

Me puse de espaldas a las baldosas y me apoyé en ellas. Dejé caer la cabeza, mientras el agua goteaba de mi pelo y mi cara, y continuaba dándome directamente de cintura para abajo.

Bajé la mirada, porque mi problemilla no había comenzado a solucionarse. Parecía que mi miembro no quería rendirse. Se mantenía duro, firme y apuntando hacia arriba.

Y que me viniera el recuerdo de Diana en la terraza no me ayudó a que perdiera las ganas de jugar.

Cerré los ojos, rindiéndome, porque excitarme por Diana era una cosa, pero masturbarme por ella y pensando en ella, ya era otro nivel. No me quedó más remedio que reconocer que con respecto a esa mujer no controlaba una mierda.

Me rodeé el miembro con la mano y apreté con fuerza, mientras traía a la mente la imagen de lo jodidamente bien que le quedaban los pantalones minúsculos y pegados a su figura.

A pesar de la poca luz que había en la terraza, no tuve problema en ver cómo la tela moldeaba la redondez de sus nalgas y terminaba al filo del final de ellas.

Por suerte, por delante no había podido ver lo que se le marcaba, porque ya hubiera sido demasiada locura para perder el poco puñetero control que me quedaba hacia esa mujer.

Y no lo comprendía. Joder. Jamás había perdido el poder sobre mi cuerpo y sobre mis acciones, hasta que eso comenzó a cambiar días atrás.

Me retiré con la lengua el agua de los labios, antes de comenzar a mover la mano. La deslicé abajo y arriba, despacio, sin parar, con la vista perdida en un punto fijo de la pared de enfrente.

No necesitaba nada más que la última imagen de Diana, para pasar de masturbarme con calma a hacerlo desesperado y con ansias, incluso con rabia, porque realmente no era lo que quería que sucediera esa noche.

Sus calcetines que sustituían a unas zapatillas de estar por casa.

Sus piernas al descubierto, tan perfectas para enrollarse en mi cintura.

Esos pantaloncitos que cubrían lo justo de la redondez de su trasero.

La chaqueta del chándal abierta, que se puso en cuanto salió a la terraza.

La camiseta de tirantes que había medio escondido al abrigarse, pero que aun así dejaba ver la curvatura de sus pechos.

Su pelo suelto. Su mirada vidriosa y sus labios entreabiertos…

Solté un gemido, mientras movía la mano a una velocidad frenética. Entonces me acordé de que era posible que Diana pudiera escucharme, ya que al otro lado de la pared estaba su baño y de ahí a su habitación…

Porque estaba seguro de que dejó la terraza al poco de hacerlo yo.

Apreté la mandíbula por ese pensamiento, frustrado por no poder estar disfrutando con y de ella, en este momento.

Mi mano voló por todo el largo de mi miembro, ejerciendo mucha presión, machacándome en cada movimiento que me sabía a poco y me impulsaba a querer más. Hasta que no pude contener por más tiempo el orgasmo y me corrí con mucha intensidad y necesidad que me cortó la respiración.

No me reprimí acallando los sonidos de placer. Para nada me contuve a la hora de gemir y jadear, e incluso gruñir, mientras el orgasmo parecía no tener final.

Quería que Diana me escuchara, que supiera lo que estaba haciendo y cómo había terminado. Necesitaba que se sintiera como yo.

Si lo conseguí o no, era imposible saberlo. A no ser que me rindiera y fuera a picar a su puerta.

Sacudí la cabeza y la bajé, para ver cómo el agua arrastraba y eliminaba los restos de mi placer.

Respiré profundo, cerré los ojos unos segundos, y cuando los abrí, aparté la mano de mi miembro y me separé de la pared.

Me puse debajo del agua, para que cayera de nuevo por la cabeza, y después me enjaboné rápido, para terminar el día de mierda que había tenido.

No había sido todo malo. Lo que acababa de suceder había sido muy bueno y algunas cosillas más, pero si pensaba en el motivo por el que había terminado tocándome y corriéndome en la bañera…

Una vez fuera de ella, me sequé el cuerpo y me pasé la toalla por el pelo, con energía.

Salí del baño tal y como entré, desnudo. Fui al vestidor y lo único que me puse fue un pantalón de pijama largo y fino.

No necesitaba nada más, por lo que volví a la habitación. Después de coger el móvil del bolsillo del pantalón del traje, rodeé la cama mientras ponía la alarma para el día siguiente.

Me senté en el borde de la cama, pensando en todo el trabajo que no había podido hacer hoy. El mismo que se me había acumulado para mañana.

Cansado con todo, solté un suspiro, antes de poner el modo silencio en el teléfono. Lo coloqué en la mesita de noche y me tumbé en la cama, metiéndome debajo de la sábana y la colcha.

Pensé en si Diana tendría frío, en si había notado el cambio de temperatura al que ya no estaba acostumbrada. Sobre todo, por las noches y por las mañanas temprano. Lo último se lo encontraría al día siguiente.

Una vez que comenzaba a calentar el sol, en esta época del año, se estaba de maravilla.

Cerré los ojos con fuerza, cabreado conmigo mismo, porque, ¿qué me importaba a mí si Diana tenía frío o no?

Por lo mismo que ella se había preocupado por preguntarme cómo estaba o si había cenado, después de venir del trabajar , dijo una vocecilla en mi cabeza, antes de que se me cerraran los ojos.