¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 24
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Capítulo 24

—Es una pasada todo —dijo Sofi y silbó.

Le sonreí por la cámara.

Pasaban unos minutos de las nueve y media de la noche. Llevaba media hora en videollamada, con Sofi, con Noelia y con mi hermano.

Había esperado para llamarlos a que mi hermano me confirmara que ya estaba en casa y que se había duchado.

Mateo, Amber, Liam, Agustín y Sean se fueron sobre las seis de la tarde.

Después de comer un guiso por el que amenacé a Aven para que me diera la receta, porque estaba delicioso, hicimos una sobremesa y la alargamos mientras Amber, Liam y yo terminábamos de ponernos al día de cómo nos había ido desde que no nos veíamos.

Mateo decidió irse cuando lo hicieron los demás.

Para no sentirme mal, me dije que no era porque no quisiera estar a solas conmigo, que no era porque no me soportaba, sino porque había dejado el trabajo por mí, para estar presente en mi llegada, por lo que debía atender cosas urgentes de su trabajo.

No tenía ni idea de cuál era el motivo real, pero tampoco quería saberlo.

Me quedé sola con Aven y Blaine y cuando ellos comenzaron a hacer cosas por la casa, yo decidí subir a mi nueva habitación para descansar un poco.

Al llegar a ella, me tumbé en la gran cama y, mirando hacia la ventana más cercana, después de poner una alarma en el móvil, me quedé dormida muy rápido.

Con la noche que había pasado sin descansar, y el día tan movido que había tenido, tanto en sentimientos como en no parar de hacer cosas, era normal que me quedara dormida sin darme cuenta.

Cuando me desperté, me puse a terminar de deshacer el equipaje y a organizar todas mis cosas en el vestidor, en la habitación y en el baño. Después me di una ducha en una bañera de ensueño.

La que sería mi habitación por un mes era una de las que tenía vestidor. Todo era precioso y estaba hecho con muy buen gusto.

Al salir de la ducha, me vestí con un pantalón corto ajustado y una camiseta de tirantes. El pantalón lo utilizaba siempre para estar por casa, ya que fue una compra impulsiva que hice una vez que me dio la locura de querer apuntarme a un gimnasio.

Nunca me apunté, por lo que nunca utilicé el pantalón para hacer deporte. El uso que le daba estaba muchísimo mejor, dónde va a parar…

Ya había quedado claro que yo y el deporte teníamos una relación bastante tormentosa, aunque eso podía cambiar al tener tanto terreno verde a mi alrededor. Solo era un pensamiento.

Una vez estuve vestida después de la ducha, me acomodé en la cama y llamé a mis padres, para contarles con más calma cómo me estaba yendo el día.

Fue la segunda vez en poco tiempo que hablaba con ellos, ya que mientras hacía la sobremesa con todos los demás, llamé a mis padres en una videollamada. Tal y como comentamos Amber y yo, antes de comer.

Debo decir que fue genial. Mis padres por fin le pusieron cara a Agustín, conocieron a Aven, a Blaine, a Sean y a Mateo, y saludaron con emoción a Amber y a Liam. Durante un rato Amber y mi madre acapararon la conversación y los demás las escuchamos sonriendo.

Y en la cama estaba otra vez en la videollamada con mis amigas y mi hermano, después de llevarlos por todas las estancias de la casa, para que las vieran, y de enfocarles una buena parte del jardín.

En algún momento me encontré con Aven y con Blaine, e hice las presentaciones enfocándolos con la cámara. Al matrimonio les hizo mucha ilusión conocer a mi hermano y a mis mejores amigas.

—Todavía creo que estoy soñando —les dije.

Apoyé la espalda en el respaldo de la cama.

—Joder, nena, y la mitad de todo eso es tuyo —rio Noelia—. Es que es para flipar —suspiró—. Es una maravilla.

—¿No dices nada? —le pregunté a mi hermano.

Todavía tenía el pelo húmedo. Estaba guapísimo con la camiseta holgada de tirantes anchos y el pelo alborotado.

—No queda nada por decir, con todo lo que te han dicho ya —contestó con diversión, haciéndonos reír—. Dentro de poco lo veré en persona.

Me hizo un guiño y sonreí.

—¿Ya has cenado? —me preguntó Sofi.

—No. Todavía no me he hecho al horario de aquí y cuando Aven me ha preguntado qué quería cenar, le he dicho que no me apetecía nada. Era demasiado pronto, al poco de que se fueran todos.

—Mañana cambia el chip —me pidió mi hermano y asentí.

—¿Mateo no ha vuelto todavía? —me preguntó Sofi y negué.

—Pero parece que habéis comenzado bien ahí, ¿no? —quiso saber Noelia.

—No lo sé, Noe. Lo poco que hemos hablado ha sido cuando ha subido y yo estaba en esta habitación, recién escogida.

Me encogí de hombros.

—Es el primer día. Daros tiempo —me pidió mi hermano.

—Si va a rehuirme, no tendremos ese tiempo —dije con una mueca.

—Pareces muy interesada en pasar tiempo con Mateo —dijo Sofi, mirándome fijamente.

—Eso no es verdad ni lo he dado a entender —me defendí.

—¿Se ha puesto a la defensiva? —les preguntó a Alan y a Noelia.

Yo puse los ojos en blanco.

—Eso me ha parecido —contestó Noelia.

—Os voy a dejar.

—Uy, uy… y ahora huye. —Agrandó los ojos Sofi—. ¿Eres consciente de que solo llevas unas horas ahí?

—Déjalo ya —le pedí, con un bufido.

—¿Te vas a la cama ya? —me preguntó mi hermano, cambiando el rumbo de la conversación.

—No tardaré, pero será dentro de un rato. Ahora voy a bajar a la cocina.

Me arrastré por la cama, hasta que estuve de pie.

—Tengo un poco de hambre, así que cogeré lo primero que vea y sea rápido, y entonces sí, volveré a la habitación para descansar —les conté.

—Que vaya muy bien, cariño —me deseó mi hermano.

—Gracias.

Le lancé un beso.

Me despedí de los tres y, después de mandarnos muchos besos y de que ellos me dijeran que me cuidara, pero que disfrutara de todo, colgué la videollamada.

Activé la alarma en el móvil para que al día siguiente me sonara a las ocho, ya que no iba a madrugar, y puse el teléfono en silencio, antes de dejarlo en la mesita de noche.

Fui hacia el vestidor, de donde cogí una chaqueta de chándal, pero no me la puse. En la casa hacía una temperatura muy buena, por lo que salí de mi habitación con la chaqueta en una mano.

Sin hacer ruido, ya que en los pies llevaba unos calcetines para caminar sin calzado, bajé la escalera. La planta principal estaba a oscuras, pero no tuve problema en llegar hasta la cocina.

Encendí la luz, cogí una botella pequeña de agua para dejarla en la habitación y abrí la nevera. Hice una mueca porque no vi nada que pudiera llevarme a la boca de manera rápida y fácil.

Pensé en hacerme un sándwich, pero no tenía tanta hambre como para liarme a preparármelo. Como si tuviera mucho trabajo…

Lo dejé estar y subí la escalera solo con la botella de agua. Cuando estuve de nuevo en la habitación, la dejé en la mesita de noche, junto al móvil, y fui un momento al baño.

Al salir, me dirigí hacia la puerta de la habitación, ya que no la cerré del todo al entrar.

Iba a hacerlo, a cerrar para meterme en la cama y dar el día por finalizado, pero me llegó un pensamiento a la cabeza y, en vez de encajar la puerta, la abrí.

En el pasillo, miré hacia la otra habitación. Me pregunté a qué hora llegaría Mateo. Era muy tarde como para estar trabajando, seguramente había quedado con su amigo Leo.

¿Y tú qué sabes? Lo mismo tiene pareja y está con ella , me dije.

Era una posibilidad, pero si era el caso, no creía que a ella le hiciera mucha gracia que su novio tuviera que vivir con una desconocida, durante un mes.

Tampoco le había quedado otra salida a Mateo, así que todo podía ser.

No quise pensar mucho en las posibilidades del retraso de Mateo. Dejé abierta la puerta de mi habitación y caminé por el pasillo para llegar hasta la escalera que daba acceso a la terraza del tejado.

Era lo único que no había visto hasta ahora. El resto de la casa lo había recorrido mientras se la enseñaba a mi hermano y a mis amigas por videollamada.

No sabía por qué, pero había querido hacer caso de la recomendación de Mateo. La de esperar a que fuera de noche para subir a la terraza.

Eso hice y había llegado el momento. Cuando me paré al final del pasillo y me giré hacia la izquierda, me encontré de frente con la escalera. Escalón a escalón, eliminé la distancia que había entre la puerta de la terraza y yo.

Una vez arriba, la empujé hacia afuera y salí. El cambio de temperatura me hizo estremecer, por lo que me puse rápido la chaqueta del chándal.

Me rodeé la cintura con los brazos, mientras observaba maravillada las vistas de una noche preciosa.

No se veía el paisaje, la absoluta oscuridad no lo permitía, pero lo que sí se veía era un manto de estrellas precioso e impresionante. Había muchísimas en el cielo… Brillaban con tanta intensidad que parecían luciérnagas adornando la noche.

La imagen me dejó con la boca abierta, ya que nunca había visto algo parecido. Ni siquiera cuando había estado con mis amigas de vacaciones en algún campin de montaña. Esto por las noches era impensable.

Y yo pensando que esas noches de estrellas eran lo más…

Entendí perfectamente a qué se refirió Mateo, al aconsejarme que la primera vez que disfrutara de esta terraza lo hiciera de noche. A partir de este momento la vería de manera diferente.

Sonreí pasando la mirada de un punto luminoso a otro. Había cientos, quizás más, y todas las estrellas se veían perfectamente.

—Por tu reacción veo que me has hecho caso.

Solté un jadeo por la sorpresa, al escuchar a Mateo.

Me giré rápido hacia donde creía que estaba y sí, lo encontré sentado en uno de los muros del final de la terraza. Estaba de lado. Una pierna le colgaba por el lateral del muro y la otra la tenía subida a él, flexionada, con el brazo apoyado en la rodilla.

Tenía un botellín de cerveza en una mano y se lo llevó a los labios, observándome.

La oscuridad predominaba a nuestro alrededor, pero podía verlo con la suficiente claridad, ya que alrededor de la terraza, en el suelo y rozando los muros que hacían de barandas, como en el que estaba sentado Mateo, había las típicas luces de emergencias para que tuvieras la visibilidad suficiente para orientarte.

—Me has asustado —le dije, después de recuperarme.

—Me he dado cuenta. No era mi intención.

Levantó el botellín hacia mí y volvió a beber.

—¿Estás bien? —me preocupé.

No lo parecía. Me dio la sensación de que estaba en el punto que buscaba olvidar algo que le afectaba.

—De maravilla.

Su respuesta no me gustó, por cómo la pronunció.

—No sabía que habías vuelto.

—Hace bastante que estoy aquí —me confirmó, sorprendiéndome.

—No te he visto llegar ni te he oído.

—Estabas muy entretenida enseñándoles la casa a tus amigas y a tu hermano.

—Tú me has visto…

No me respondió, pero tampoco lo había dicho para que me contestara. Era evidente que me había visto y que también había escuchado a mis amigas y a Alan.

—¿Has cenado?

Ese pensamiento fugaz en forma de pregunta salió de mis labios antes de que pudiera retenerlo. Me sorprendí a mí misma, mucho, al escucharme. Soné como si Mateo me preocupara en realidad.

Bueno, me preocupaba como lo haría con cualquier otra persona.

—Vaya… —Sonó confundido, pero se recompuso rápido—. Para haber llegado hoy y llevar solo unas horas en esta casa, la convivencia te está afectando demasiado rápido, Diana.

Bebió un trago largo de cerveza y dejé el botellín en el muro, antes de bajarse de él. Caminó despacio hacia mí, mientras volvía a hablar.

—No debería ser así. Recuerda que estamos forzados a vivir juntos, que esto es una gran mentira. Ya está. No hay nada más. Pareces bastante preocupada e interesada por mis cosas. ¿Tengo que pensar algo raro, como que te gusto?

Mis ojos fueron agrandándose, por sus palabras y porque cada vez estaba más cerca de mí.