¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 23
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Capítulo 23

Diana

—Yo creo que así está bien. ¿Qué te parece? —le preguntó Amber a Aven.

Ambas me daban la espalda. Amber estaba frente a una olla, removiendo el contenido, y Aven estaba hacia su derecha, preparando una salsa en la larga encimera.

No tenía ni idea de qué comida estaban preparando entre las dos. No habían dejado que me acercara mucho porque querían sorprenderme.

Por lo visto era una especialidad de Aven. Fuera lo que fuera, olía delicioso y el apetito se me había abierto. Estaba deseando probarlo.

Yo, mientras tanto, preparaba una ensalada. En cuanto entré en la cocina, lo primero que hizo Amber fue ponerme delante muchos ingredientes, para que la hiciera a mi gusto. Me dijo con una sonrisa que no se le había olvidado cómo me gustaba hacerme ensaladas variadas.

Y aquí estaba, en este momento cortando un tomate, mientras las escuchaba hablar.

Era una escena que me traía muchos recuerdos y me daba mucha añoranza, ya que la vivía muchas veces en el pasado, pero en vez de Aven, era Deirdre la que estaba con Amber y conmigo en la cocina. Cuando Amber iba a visitarnos a la casa de su madre, nos gustaba pasar tiempo juntas.

—¿Va bien, Diana? —me preguntó Aven.

Dejé de cortar y levanté la mirada.

—Sí —le sonreí.

—Perfecto —me devolvió la sonrisa—. Si quieres, puedo seguir yo. Todavía no has subido a la planta superior.

—Es verdad. ¡Tienes que elegir habitación y llevar las maletas! —me dijo Amber.

—¿Hay algo que deba saber? —les pregunté, mirándolas a las dos—. Como, por ejemplo, cuál es la habitación de Mateo. Hay muchas, pero imagino que tendrá la suya desde pequeño. No quisiera entrar en ella por error.

—Hace años sí que tenía una habitación fija. Siempre le gustaba quedarse en la misma, pero hace mucho que no viene y puede que esta vez cambie de opinión —me informó Aven.

—Bueno… pues si no os importa, termino de cortar el tomate y cuando baje, acabo la ensalada. No quiero daros más trabajo.

—No das trabajo, Diana —me sonrió Aven—. Ve tranquila, yo me encargo de la ensalada. Ya solo falta que el guiso se termine.

—Hoy vamos a comer más de lo normal —rio Amber.

—Sí, me acuerdo de que las comidas fuertes eran para las cenas —comenté sonriendo.

—Tu llegada lo merece —me habló con cariño Amber.

—Por cierto, a mi madre le haría mucha ilusión veros a ti y a Liam. Me ha pedido, si os apetece, que le haga una videollamada antes de que os vayáis.

—Oh, estaremos encantados de volver a ver a tus padres —habló emocionada—. Me acuerdo de ellos, Emma y Arturo, de las veces que venían de viaje a visitarte.

—Los mismos —reí—. Pues les enviaré un mensaje para decirles que no se alejen mucho del móvil, para dentro de unas horitas.

—Estupendo. ¿Y tu hermano?

—Alan trabaja de turno de tarde en el hospital.

—Pues otra vez será.

Asentí. A mi hermano lo recordaban más que a mis padres, ya que Alan viajó a Dublín bastante más veces que ellos. Por aquel entonces Alan también estudiaba y podía moverse con libertad, aunque estudiara muchísimo.

—Voy arriba a llevar las maletas a una habitación.

—Tómate el tiempo que necesites. Recorre toda la planta —me pidió Amber.

—Cuando la comida esté en la mesa te avisaremos —comentó Aven.

—Muchas gracias —les sonreí.

Fui al fregadero para lavarme las manos y cuando me las sequé, las dejé terminando en la cocina.

Solo había visto donde había estado de la casa, pero la planta principal ya la vería con calma cuando se fueran todos.

Ese pensamiento me hizo tragar saliva porque ese todos no incluía a Mateo. Él se quedaría conmigo, aunque, por suerte, también estarían Aven y Blaine.

Blaine, el marido de Aven, hacía un rato que había llegado.

En el vestíbulo y mientras subía los primeros escalones de la escalera, escuché su voz, junto a la de Sean.

Me encantaba el trato que se daban todos y la relación que tenían. Eran una gran familia, sin importar que no tuvieran la misma sangre. Agustín, Sean, Blaine y Aven eran muy importantes para Amber, Liam y Mateo.

En cuanto Blaine llegó a la casa de hacer los recados, vino directo hacia mí, para presentarse y saludarme. Tuvieron razón al decirme que, en cuanto conociera al matrimonio, me iban a enamorar.

Así había sido. Sin conocerme, me trataban con mucho cariño.

Subí la escalera bifurcada y, al llegar arriba, lo primero que vi fueron mis maletas y la mochila que al final Liam me subió. Estaban en un rellano con forma de cuadrado.

Alrededor del hueco de la escalera había cuatro puertas que estaban abiertas, dejando ver los interiores. Eran cuatro de las siete habitaciones que había.

Me asomé en cada una de ellas, impresionándome y enamorándome de los grandes espacios, de las camas enormes y de todo el conjunto de detalles y colores.

Cuando llegué a la última de las cuatro, decidí ir a donde estaba mi equipaje, para recorrer el pasillo que comenzaba desde el rellano.

Me colgué la mochila y tiré de las maletas.

La siguiente habitación que me encontré seguía la misma línea que las anteriores. A falta de ver dos más, decidí ir cargada para decidirme por una habitación cuando terminara.

Tuve claro cuál iba a ser mi habitación por un mes, en cuanto llegué frente a la puerta abierta de una de las últimas.

—Qué pasada —dije, mientras la vista se me iba de un lado al otro.

Era de película. De ensueño.

Lo primero que pensé fue en hacerles una videollamada a Sofi y a Noelia, pero me contuve porque se emocionarían y, aparte de ver la habitación, querrían saber todo, desde que aterricé en Dublín.

No era el momento. Ellas no podían porque estaban trabajando y yo tenía el tiempo justo, ya que en cualquier momento me llamarían para bajar a comer.

Me pregunté si iba a tener la mala suerte de haberme enamorado de la habitación de Mateo.

Me fijé bien en todos los detalles. Nada indicaba que fuera la habitación de un hombre. Me habían dicho que hacía mucho que Mateo no venía, pero suponía que algo de él debía permanecer aquí.

Me paré en medio de la habitación y ahí dejé las maletas y la mochila que me quité. Caminé hacia una de las grandes ventanas y me maravillé al pararme frente a ella, al ver el paisaje al que daba esta parte de la casa, y desde una nueva altura.

—Has sabido elegir bien.

Me sobresalté al escuchar a mi espalda la voz de Mateo y me giré rápido hacia él.

Me lo encontré con el hombro apoyado en el marco de la puerta y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Ya no llevaba la chaqueta del traje. Hacía un rato que se la quitó y se quedó con la camisa que le quedaba igual de bien que los pantalones del traje. La ropa parecía hecha a medida para él.

La forma en la que encajaba en su cuerpo no era normal. Ni justo, para quien lo veía.

—¿Es tu habitación? —le pregunté.

—No —me contestó serio—. La mía es justo la que está al lado de esta.

—Ah…

Menuda puntería tengo. Más cerca, imposible , pensé.

Bueno, sí, todavía podía superarme y acercarme tanto a él que me metiera en su cama.

El corazón me dio un vuelco al tener ese pensamiento. Solo de imaginármelo…

—Entonces sí, he sabido elegir —hablé—. Me he enamorado de esta habitación en cuanto la he visto, así que habría sido mala suerte que tuviera que dejarla porque es la que tú utilizas.

Con la necesidad de dejar de mirarlo, para que nada me delatara porque me ponía muy nerviosa su presencia, y mucho más estar a solas con él, caminé hasta el centro de la habitación, donde había dejado mis pertenencias.

Notando cómo Mateo seguía cada uno de mis movimientos con la mirada, llevé la mochila a un tocador precioso. A falta de mesa de escritorio, por ahora, decidí sacar el portátil y dejarlo sobre la superficie del tocador.

Coloqué al lado todos los accesorios que acompañaban al portátil y llevé la mochila a la cama.

La dejé encima y fui a por las maletas, mientras notaba cómo mis nervios y mi agobio aumentaban. Mateo no se movió ni dejó de observarme.

Abrí la mochila en la cama y la primera maleta también.

—¿Te han pedido que subas para avisarme de que la comida ya está? —le pregunté.

—No.

Paré los movimientos y levanté la mirada hacia él, manteniéndome inclinada sobre la maleta.

—¿Y qué haces ahí parado?

—¿Te molesta?

—Un poco. Me pone nerviosa que estés observándome tan fijamente.

—Interesante.

Ladeó la cabeza.

—No hay nada de interesante en eso.

Fruncí el ceño.

—Yo diría que sí —sonrió de medio lado.

Bufé.

—¿Qué quieres, Mateo? Desde que has llegado solo me has dirigido la palabra para saludarme. Dudo que vengas ahora a hablar.

Me incorporé. Me quedé de pie junto a la cama y crucé los brazos.

—¿Por qué no? —me preguntó.

Arqueé una ceja.

—He subido un momento a mi habitación, mientras se termina la comida. Mi padre, Agustín, Sean y Blaine han salido de la casa. Blaine quería enseñarles algo. Ayer traje mis cosas, pero las dejé por medio de la habitación, de cualquier manera.

—Tu madre y Aven me han dicho que no tenías ninguna habitación fija, que como hacía mucho tiempo que no venías, yo podía elegir la que más me gustara.

—Por lo visto tienen memoria selectiva —dijo de manera despreocupada.

Negó con la cabeza y yo bajé la vista hacia mi maleta abierta.

—¿Te has traído alguna ropa de abrigo?

Su pregunta me pilló desprevenida y lo miré sorprendida.

—Sí —contesté susurrando—. Me acuerdo bien de los cuatro años que estuve aquí.

—Claro. Es verdad —hizo una pausa—. ¿Has recorrido toda la planta?

—Solo las habitaciones. Pero no te preocupes, la tuya da la casualidad de que no me ha dado tiempo a entrar. He venido directa a esta.

—Las otras tres grandes estancias que hay están vacías, al final del pasillo.

Asentí.

—Si me da tiempo, quiero subir a la terraza, para ver un momento las vistas. Tu madre me ha dicho que son muy bonitas.

—Lo son —estuvo de acuerdo—. Pero si aceptas un consejo, la primera vez que subas, hazlo de noche. Después ya podrás ir cuando te apetezca.

—¿Por qué por la noche? —le pregunté con interés.

—Si vas, lo descubrirás.

Después de esas palabras se separó del marco de la puerta, sin apartar la mirada de la mía, hasta que se giró y desapareció.

Respiré profundo, cuando me di cuenta de que necesitaba respirar. En algún momento dejé de hacerlo.