Capítulo 22
Mateo
—No me toques más las narices, Leo —le advertí.
Mi amigo me tenía al límite. A mala hora había descolgado su llamada viniendo hacia aquí.
Acababa de llegar a la que fue la casa de mi abuela, pero no a su vivienda principal. Era la misma casa que llevaba su nombre y que pensaba que, desde que mi abuela faltaba, era propiedad de mi madre.
Hasta días atrás era lo que creía, hasta que supe que era mentira, ya que los propietarios reales éramos una mujer que apenas conocía y yo.
Así lo quiso mi abuela, aunque no entendía por qué. Siempre supe lo importante que era Diana para ella, o más bien su álainn , como se refería a Diana.
Conocía la relación que crearon. Tanto mi abuela como mis padres siempre me hablaron maravillas de la chica que vivía temporalmente con mi abuela. Yo por aquel entonces vivía, estudiaba y trabajaba en Alemania.
Estuve muy limitado de tiempo. Fueron unos años de no parar para tomarme un descanso. De ahí que no llegara a conocer en persona a Diana, ya que no viajé a Irlanda durante ese tiempo.
Y todavía hoy no conocía a Diana, más allá de un pisotón, de varios intercambios de palabras, la mayoría de ellas tensas, de algún pique y de un acercamiento que me pasó más factura a mí que a ella.
Al decir que no sabía por qué mi abuela quiso que Diana formara parte de su herencia, con la mitad de esta propiedad, me refería a lo que hizo al partirla.
No le veía el sentido a dividir el terreno entre nosotros.
Yo no me hubiera enfadado si, llegado el momento, Agustín me hubiera dicho que la casa LadyDeirdre pasaba a ser de Diana, por completo.
Tal vez me hubiera molestado al principio, por la sorpresa inesperada, pero me hubiera durado muy poco. Mi abuela tenía todo el derecho del mundo de hacer y deshacer a su antojo sobre sus cosas. Eran sus propiedades, su fortuna, y solo ella podía decidir a quiénes iban destinadas.
Y comprendía que, para ella, Diana, su álainn , fue tan importante y especial como para que formara parte de su familia, la nuestra.
¿Hubiera preferido que la propiedad me la dejase solo a mí? Por supuesto, siendo egoísta. El principal motivo era que, para mí, tenía un grandísimo valor sentimental cada rincón de esta casa y de sus jardines.
Pero terminaría siendo mía, solo era cuestión de tiempo.
Por el momento debía conformarme con pasar un puñetero mes conviviendo con Diana. Me parecía una locura enorme, pero una locura que iba a hacer igualmente, para cumplir con el deseo de mi abuela.
Un mes no era nada. Pasaría pronto y después me sentaría con Diana para hablar tranquilamente sobre lo que queríamos hacer cada uno, cuando la propiedad fuese definitivamente nuestra.
Tenía gracia que tuviéramos que pasar como por una prueba, con lo de vivir juntos. Si es que, por más que pensaba en ello, no había por dónde cogerlo.
Ya había comenzado a pensar en la oferta que iba a hacerle a Diana, una a la que no podría resistirse. En mi cabeza no había otra opción: LadyDeirdre era para mí.
Sacudí la cabeza, para dejar la mente en blanco de pensamientos e ideas, y me centré en mi amigo, mientras pasaba despacio con el coche cerca de la entrada de la casa.
—Te cuelgo, ya estoy aquí —le dije a Leo.
—¿Vas a entrar en la casa o todavía no has salido del coche? ¿Has visto a Diana?
—Joder, Leo. Contigo es imposible no ponerse nervioso.
Bufé.
—Si estás nervioso, no es por mí, precisamente.
Soltó una carcajada.
—Porque, perdona que te diga, te ha faltado tiempo para mandar el trabajo a la mierda. Y más quedándote tú al mando, porque tu padre sí que quería recibir a Diana. Tú, el señor responsable, pasando de todo. Quién te ha visto y quién te ve —dijo con diversión.
—Ahora te advierto que no me toques los cojones. Tú mismo.
Mi amigo volvió a reír. Yo negué con la cabeza, mientras metía el coche en el garaje. No apagué el motor, para despedirme de Leo.
—Ahora sí que te dejo.
—Si no sé de ti dentro de un rato, me presentaré en la casa.
—Como aparezcas hoy, te arrepentirás.
—Joder —rio—. Hoy estoy llevándome todos los premios gordos —continuó riendo—. Amigo, no te sienta nada bien ser tan posesivo. ¿Vas a querer a Diana solo para ti?
—Leo…
—¿Sí?
—Vete a la mierda y piérdete un buen rato por ella.
Colgué sonriendo, escuchando sus risas.
Apagué el motor y salí del coche, palpándome la chaqueta del traje para asegurarme de que llevaba el móvil.
Estaba esperando una llamada importante, pero podía recibirla a cualquier hora del día.
Salí del garaje, cerré la puerta, y me dirigí a la casa.
En el corto recorrido pensé que, a mi pesar, Leo tenía razón en algunas cosas. La llegada de Diana y saber que estaba en la casa me tenía nervioso. Ya me había levantado con una sensación de inquietud extraña, pero con varios cafés se me había pasado.
Sabía reconocer cuando mi carácter no era el mejor y hoy era uno de esos días en los que era preferible que nadie me complicara la vida. Ni mucho menos que me llevara la contraria.
Antes de llegar a la puerta principal, esta se abrió.
Sonreí de medio lado al ver asomar la cabeza de mi madre.
—¡Mateo!
Me recibió con alegría y con los brazos abiertos.
—Hola, mamá.
Nos abrazamos y le di un beso en la mejilla.
—Qué ilusión, cariño. No te esperábamos.
—Ya… Es que no iba a venir —dije con sinceridad.
Entramos en la casa y, después de cerrar, mi madre me guio hacia una de las salas de estar.
—Estoy muy liado en la empresa y necesitaba dejar varias cosas cerradas hoy, pero al final será mañana.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —me preguntó, con una gran sonrisa.
—Me ha parecido mal no estar presente y acompañaros para recibir a Diana. No quiero que se lleve una mala impresión en ese país —hablé con un carraspeo.
—No sabes cómo me alegra oír eso —rio—. Has hecho muy bien, cariño. Estoy deseando que conozcas bien a Diana. Te va a encantar, como a todos.
La miré de reojo, pero mi madre tenía la vista fija hacia delante. No quise decir nada sobre su comentario, preferí callarme porque cierta parte de mi cuerpo parecía estar igual de encantada que los demás con Diana, pasando de mí y mis órdenes.
Por suerte, solo sucedió una vez. No iba a volver a pasar.
Al entrar en la sala de estar, a la primera que vi fue a la mujer que estaba complicándome un poquito la vida. Me encontré al instante con la mirada de Diana e incluso desde donde me encontraba, separados por unos metros de distancia, pude notar su incomodidad.
Bien , me dije. No iba a ser yo el único.
Mi madre se separó de mí, para ir junto a los demás. A mí me costó un poco más moverme.
En cuanto corté el contacto visual con Diana, miré a los demás.
—Mateo.
Mi expresión se suavizó al escuchar a Aven. Caminó hacia mí.
—Hola —la saludé con cariño y la abracé.
—Hola, hijo. —Me dio un beso—. ¿Qué quieres beber? Los demás ya me han dicho lo que quieren. Tu madre no hace falta, lo sé de sobra.
Sonrió de oreja a oreja.
—Una cerveza estaría genial. Así voy abriendo el apetito. —Le hice un guiño.
Aven se fue de la sala riendo y a mí no me quedó más remedio que acercarme a donde estaban los demás.
Rodeé el sofá y saludé a mi padre y a Agustín. A Diana la dejé para el final, como hice en España la última vez que nos vimos, cuando me despedí de ella en el salón del hotel de Agustín.
—Diana… Me alegra verte de nuevo.
Se levantó despacio del sofá, para quedarse de pie frente a mí. Moví la cabeza, para adaptarme a la diferencia de altura.
—Mateo… Lo mismo digo. Me alegro mucho de verte otra vez —me imitó.
Sonreí de medio lado, porque más falsos no podíamos estar siendo.
No quería llevarme mal con Diana. Con sinceridad, no sabía qué mierda me sucedía con ella, pero era lo suficientemente significativo como para obligarme a mantener las distancias con esta mujer.
Me salía ser frío, cortante y distante con ella, lo que, en cierta manera, me hacía contradecirme porque me sentía mal. Diana no me había hecho nada. Si acaso, yo comencé dándole un pisotón después de los fuegos artificiales de su pueblo.
Menuda puntería había tenido.
Preparé a mi cuerpo para mi siguiente movimiento, porque no iba a permitir que me sucediera lo que en España.
Me incliné hacia Diana, mientras ella no apartaba los ojos de los míos, muy atenta a todos mis movimientos.
No era el momento de decirle algo, ni siquiera susurrado. Teníamos tres pares de ojos puestos en nosotros.
Por ello, lo único que hice fue mostrarme con un caballero que aceptaba de buen grado su presencia. Coloqué los labios en su mejilla y ese simple roce fue como recibir una jodida descarga eléctrica.
Diana también debió sentirla porque, mientras que yo fruncía el ceño, todavía sin apartarme de ella, Diana dio un pequeño respingo y se puso tensa.
Cuando me separé lo justo para conectar con sus ojos y quedarnos mirándonos a muy corta distancia, ambos nos mostramos desconcertados.
—Hola, muchacho.
Oír a Sean fue todo lo que necesité para enderezarme delante de Diana y cortar todo el contacto con ella.
El chófer de Agustín, y amigo de toda la familia, caminó hacia mí junto a Aven. La estaba ayudando con la bandeja en la que traía las bebidas para todos.
En cuanto soltó la bandeja en la mesa baja ovalada, Sean le habló a Diana.
—Te he llevado las maletas a la planta superior. Verás que las he dejado en el pasillo. No sabía qué habitación te gustaría más para ocuparla.
—Muchas gracias.
Se sonrieron y después Sean se giró hacia mí, para darme un abrazo. Lo correspondí encantado.
—Te haces caro de ver, muchacho —me dijo, apretándome un hombro.
—Mi padre me tiene esclavizado en su empresa —hablé con diversión.
—Esa es muy buena. —Soltó una carcajada mi padre—. Como si alguna vez hubiera podido controlarte.
Negó con la cabeza, mientras yo sonreía.
—No es bueno trabajar tanto —me reprendió con cariño Aven—. Tienes que divertirte también.
—Exacto. Eres muy joven y cargas con demasiadas responsabilidades —intervino de nuevo Sean—. Me recuerdas mucho a alguien que también está en esta sala —carraspeó—. Es un milagro que, de un tiempo a esta parte, esa persona esté aprendiendo a delegar y a apartarse.
—Como sigas por ahí, te mando a limpiar el coche —lo amenazó Agustín, porque había hablado de él.
Casi todos reímos. La única que se contuvo fue Diana, pero nos observó con mucha atención y con una gran sonrisa iluminando su expresión.
—Vamos a ponernos cómodos —nos pidió mi padre—. Aven, no se te ocurra ponerte a hacer cosas ahora.
—Pero la comida…
—Hoy no hay prisa para comer —le dijo con cariño mi madre—. Es un día muy especial y estamos en familia. Además, debemos esperar a Blaine. Entonces yo te ayudaré en la cocina.
—Y yo —se apuntó Diana, decidida.
Aven y mi madre la miraron sonriendo.