Capítulo 21
—Es…
—Me alegro de que te hayas quedado sin palabras. Eso es muy buena señal. ¿No?
—Sí —susurré—. Es una maravilla.
—Y todavía no hemos llegado —habló con satisfacción.
Observé toda la zona verde que nos rodeaba, la que recorríamos por un camino asfaltado que iba en línea recta. Hasta que unos metros más adelante se desvió un poco hacia la derecha.
En cuanto giramos, apareció una construcción que me pareció enorme.
—Joder…
Noté la sonrisa de Agustín, pero él no dijo nada. Me dejó disfrutar por mi cuenta, para que me hiciera a la idea de lo que estaba viendo y dónde me encontraba.
Sobre todo, para que fuera realmente consciente de que una parte inmensa de esto era mío. O más bien sería mío, aunque fuese por poco tiempo antes de venderla.
—Es una pasada, Agustín —le dije.
—Lo sé. Deirdre le tenía un cariño muy especial a esta propiedad. No sé si lo sabes, pero aquí nació Amber, la madre de Mateo.
—¿En serio? —le pregunté sorprendida.
—No fue premeditado. A Deirdre no le dio tiempo a salir de la casa, antes de que Amber decidiera que era buena idea salir a este mundo para descubrirlo.
—Vaya…
—Por eso, y por muchas otras cosas, esta propiedad fue y siempre será única.
—¿Y por qué Deirdre me dejó la mitad a mí? —pregunté entre susurros.
—Algún día lo comprenderás. No hay nada al azar.
—¿Cómo?
Me giré hacia él, pero el coche ya había parado y Agustín se bajó.
Me colgué la mochila a un hombro y lo seguí rápido, pero cuando fui a preguntarle a qué se había referido, me quedé parada en el sitio, aún más sorprendida de lo que me había dejado Agustín.
—Amber… Liam… —susurré.
Los ojos se me nublaron, pero reí con ganas, al ver al matrimonio esperándonos en la entrada.
Amber me miraba emocionada y feliz, mientras que la sonrisa de Liam no podía ser más grande.
Corrí hacia ellos, sin dejar de reír.
Amber y yo nos encontramos a medio camino, para fundirnos en un fuerte abrazo. Liam caminó despacio hacia nosotros, haciendo gala de la calma que lo caracterizaba.
Pasé de unos brazos a otros y durante unos segundos no existió nada más que nuestro reencuentro.
—Estás preciosa —me dijo Amber.
Me agarró de las manos y me hizo girar, haciéndome reír otra vez.
—Gracias por venir a verme. Por estar aquí.
—No nos lo hubiéramos perdido por nada del mundo —me aseguró Liam.
Me tragué el nudo de emociones al asentir.
—Bienvenida a Irlanda de nuevo, Diana. —Me acarició la espalda Amber—. Y a la ciudad de Naas.
—No quiero llorar —reí, mientras me retiraba una lágrima que se me resbaló por la mejilla.
—Es momento de celebrar —aseguró Liam.
—Sí —estuvo de acuerdo Amber—. Mateo no ha podido estar aquí para recibirte, pero nos ha dicho que le disculpemos de su parte.
Me mordí la lengua para no soltar lo primero que se me pasó por la cabeza, porque dudaba mucho que el hijo de ambos hubiera sido sincero al decirles eso.
—No pasa nada —les sonreí.
Yo también sabía hacer bien mi papel, como Mateo.
—En algún momento del día nos veremos —comenté.
Me encogí de hombros.
—Sí. Y durante bastantes días seguidos —comentó Amber, con una gran sonrisa.
—Eh. Sí. Claro —intenté imitar su gesto.
¿Lo que me salió? Ni idea, pero una sonrisa sincera no fue. Si Amber y Liam se dieron cuenta o no, no lo supe, ya que no mostraron hacia fuera lo que pensaron. Si es que pensaron algo.
—¿Pensáis quedaros ahí todo el día?
Al escuchar a Agustín, los tres miramos hacia la puerta, desde donde él nos observaba sonriente.
Amber rio y, después de agarrarse a mi brazo, tiró de mí para ir hacia la casa.
Casa o, más bien…
—Bienvenida a la casa LadyDeirdre —me dijo Amber, sorprendiéndome.
—¿Tiene su nombre? —pregunté emocionada.
—Sí. Fue un regalo de mi padre —me confirmó—. En realidad, lo de casa se queda en nada para definir esta propiedad y el terreno que la rodea, pero a mi madre siempre le gustó referirse a ella como casa. Decía que así le sonaba más hogareña, más íntima y familiar.
—Entonces será casa —hablé convencida y nos miramos sonriendo.
Subimos los dos escalones pequeños que había en la entrada y Amber se separó de mí para abrazar a Agustín. Liam le dio la mano después, con una sonrisa cómplice.
Si los exteriores eran preciosos, con tonos verdes y coloridos, el interior de la casa era impresionante.
Me quedé embobada observando la escalera que quedó delante de mí, mientras escuchaba cómo Liam le decía a Agustín que se pusieran cómodos en la sala de estar.
Eso fue después de que Liam me quitara la mochila del hombro y se la llevara con él, liberándome de la carga. Lo miré agradecida y me hizo un guiño.
Amber y yo nos quedamos solas.
—Esta vivienda, independientemente de lo que decía y cómo la sentía mi madre, está considerada como una residencia de lujo excepcional. Como comprobarás con calma en otro momento, combina la elegancia de la inspiración Georgina y un diseño moderno.
—No entiendo mucho, pero es precioso —dije, observando todos los detalles.
—Representa la perfección de una vida de campo refinada.
Las vistas son impresionantes. La casa tiene siete habitaciones con sus baños privados.
Aparte de tres baños más independientes, repartidos por la planta principal y la superior.
En los exteriores destacan los robles, los macizos de flores variadas con arbustos, y los metros cuadrados de terreno.
—Me siento muy pequeñita aquí.
Amber asintió, sonriéndome. Me rodeó la cintura con un brazo.
—Aquí, en el interior, todos los espacios son grandes y muy generosos. Están llenos de luz y de detalles refinados. Como ves, esta escalera engalana la entrada. —La señaló.
La escalera llamaba mucho la atención en el gran vestíbulo, ya que comenzaba recta, pero se bifurcaba, separándose hacia cada lado. La iluminaba una amplia claraboya.
—Es una claraboya cenital —me informó Amber, al seguir la dirección de mi mirada hacia arriba—. La vivienda combina perfectamente la grandeza con la comodidad y la calidez.
—Voy a perderme aquí.
Reímos.
—Terminarás encontrándote —me dijo con un guiño—.
El ala sur de la casa se compone de una cocina abierta, un lavadero, un comedor, un baño y una sala de estar con acceso directo a los jardines.
El ala norte ofrece un espacio de recepción extra, un despacho con varias mesas y muchas estanterías, otro baño, un trastero, y otra sala de estar. Los techos…
Señaló hacia arriba y volví a levantar la vista.
—Como ves, son muy altos y tienen molduras elegantes. Las ventanas son de estilo guillotina de madera, con doble acristalamiento y decoraciones talladas a mano.
Agrandé los ojos y Amber rio.
—Joder, lo del estilo de las ventanas asusta.
Bufé.
—Se llaman así —dijo entre risas—. En la planta superior están las siete habitaciones que te he comentado.
Tienen unas dimensiones muy generosas, cada una de ellas con su baño privado.
El baño individual que falta está arriba.
Cuatro de las habitaciones tienen vestidor y el resto grandes armarios que nada tienen que envidiarles por espacio.
—Esto es un sueño, Amber.
—Sí. Y me alegra mucho que vayas a disfrutarlo tú.
La miré emocionada.
—Aparte de las habitaciones, en la planta superior también hay tres estancias más.
Son muy amplias y por ahora están vacías.
En ellas puede montarse un gimnasio, una sala de cine, otro despacho, o lo que la imaginación dé de sí —sonreímos—.
El patio que rodea la casa, antes del comienzo de la hierba, es de piedra caliza.
—He visto varios bancos por el jardín.
—Sí, y en todos da la sombra a unas horas concretas del día. Está pensado para que siempre haya uno en el que poder sentarse. Ya sabes lo que le encantaba a mi madre estar al aire libre.
Asentí.
—En el jardín también hay una parte de diversión, con un columpio y unas tumbonas cerca de la piscina.
—Es inmenso, Amber.
—Lo es, pero te sorprenderá darte cuenta de lo rápido que vas a acostumbrarte y de lo familiar que sentirás la casa.
—No sé yo… —reí.
—El terreno es muy extenso, pero está completamente cerrado y asegurado. Hay sensores que harían saltar una alarma si alguien decidiera saltar el vallado y entrar en la propiedad. Quédate tranquila, que eso no sucederá.
—Vale —suspiré.
—Hay cámaras y vigilancia por todos lados. Donde menos te lo pienses. No sé si te has fijado en la casita pequeña que hay a la derecha de la casa.
—Sí. La he visto cuando nos acercábamos —le confirmé.
—Ahí está el garaje y también el cobertizo donde se almacena de todo. Caben cinco o seis vehículos, dependiendo del tamaño. En esta propiedad encuentras lujo, pero, sobre todo, calidez, privacidad y tranquilidad.
—Es una pasada. Todo es impresionante, y las vistas de fuera…
—La gran parte de lo que nos rodea son llanuras —me confirmó—.
Ah, se me olvidaba, desde la planta superior se accede a una escalera que lleva a una terraza situada en el tejado.
Desde ahí las vistas son impresionantes y verás por ti misma lo que te he dicho.
Te enamorarás y te quedarás totalmente impresionada.
—Chicas, venid —nos pidió Liam.
Su voz salió de alguna parte, donde debía estar una de las salas de estar.
—Yo también quiero hablar con Diana. No la acapares para ti sola, mujer —le pidió Liam a Amber.
Ella rio y después me pidió que la siguiera.
Me quedé asombrada y maravillada al entrar en la sala de estar. Era enorme, de gran belleza y al mismo tiempo transmitía sencillez. Había mucha armonía en todo.
Agustín y Liam estaban sentados en dos sillones. Cerca de ellos había dos sofás en forma de «ele». Mi mochila estaba a un lado.
Amber y yo nos dirigimos a uno de los sofás y nos sentamos juntas. Iba a entrar en la conversación que inició Agustín, pero una voz a la espalda me sobresaltó.
Me giré para encontrarme con una mujer sonriente.
—Ah, ella es Aven. El ama de llaves y la mujer para todo —la presentó Amber.
—Es un placer conocerla, Diana.
—Igualmente, Aven —le dije, sonriendo.
Escondí la sorpresa que me provocó saber que la mujer iba a hacerme compañía en la propiedad, trabajando aquí.
—Siento haberme asustado —me disculpé—. No esperaba que hubiera alguien más en la casa.
—No pasa nada —me sonrió ella.
—Mateo nos pidió que hubiera el menor número de personas trabajando aquí —comentó Liam—. Normalmente hay mucho personal, por las dimensiones de la propiedad, pero durante el mes que estéis vosotros solo os acompañarán Aven y Blaine. Mateo los conoce muy bien a ambos. Se crio y creció con ellos.
—Blaine es el hombre que se encarga de los exteriores y del resto de la casa, de todo lo que no lleva Aven —me informó Agustín—. Cualquier problema que surja aquí, él lo solucionará.
—Ahora está en el pueblo terminando de hacer unos recados, pero en cuanto llegue te lo presentaremos —me dijo Amber—. Les cogerás mucho cariño a los dos. Aven y Blaine son un encanto de personas.
—Y un matrimonio. Son marido y mujer —añadió Liam.
—Yo me encargaré de la cocina, de la limpieza y de arreglar la casa —se dirigió a mí Aven—. Blaine, de todo lo demás. También será su chófer cuando tenga que salir.
—Oh. No hace falta. —Negué, con la cabeza y las manos.
—Para ellos es un honor, por el cariño que nos tenemos.
Ven normal poder ayudar y se sentirían mal si no los dejáramos hacer —me susurró Amber—.
Trabajaron muchísimos años para mis padres y, desde que mi madre murió, continúan en nuestra familia.
Cobran por ello, pero nadie los considera unos trabajadores como tal.
—Ah. Vale —dije, avergonzada—. Perdona, Aven, no quería…
—No pasa nada. Tenemos que conocernos.
Me sonrió con calidez e intenté devolverle lo mismo, para que tuviera la misma sensación.
—Por supuesto que nos conoceremos. Estoy deseándolo —le dije emocionada.
—Oh. ¡Creo que mi hijo ha llegado! —exclamó Amber, levantándose del sofá.
Yo también escuché el sonido típico de cuando algo pesado pasaba por encima de la gravilla.
Miré hacia el gran ventanal que tenía justo enfrente y entendí por qué se había escuchado con tanta claridad. La hoja de cristal estaba abierta.
—Justo a tiempo para comenzar a tomar una bebida con nosotros —comentó Agustín, con una pequeña sonrisa.
—Pero ¿no te dijo Mateo que tenía mucho trabajo en la empresa y que no podría venir hasta última hora de la tarde? —le preguntó Amber a Liam.
—¿Cómo sabes que no es Blaine? —le pregunté yo a ella, con los nervios disparados.
—Blaine me ha escrito un poco antes de que llegarais tú y Agustín, y todavía le faltaban varios recados por hacer. Hasta dentro de una hora como mínimo no regresará —me aclaró Amber.
Tragué saliva y entonces fue el turno de Liam, para responderle a su mujer.
—Eso exactamente me dijo nuestro hijo y me consta que tenía mucho trabajo. Lo dejé en el despacho de la empresa, rodeado de papeles y al teléfono, atendiendo una llamada. Pero, por lo visto, ha podido escaparse. De lo que me alegro.
—Maravilloso —susurré.
No pretendí que nadie se enterara, pero me di cuenta tarde de que hablé más alto de lo que quería.
Agustín sonrió de medio lado al escucharme, al igual que Amber, pero ninguno de los dos me miró. Lo agradecí en silencio porque de repente me puse tan nerviosa que no pude levantarme del sofá.